Carta "Vos autem", José María Escrivá, 16 de julio de 1933

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Es una reconstrucción fragmentaria a partir de las citas publicadas en los seis tomos de Meditaciones (ed. segunda Roma 1987, 1989-1991) y en algunos volúmenes de la serie de Cuadernos (de momento, los números III, V, VII-VIII). Los lugares de localización de esos fragmentos se ordenan según la división de números de la Carta. Se indica el comienzo y el final de cada cita mediante paréntesis cuadrados [...]; los paréntesis redondos que advierten sobre omisiones de texto (...) pertenecen a la cita tal como ha sido editada. En los tomos de Meditaciones se indica primero su número y después, tras un punto (.), el número de la página donde aparece cada cita. La serie de Cuadernos se menciona con la abreviatura C seguida del número de volumen unidos por un guión (-) y después se añade el número de la página con indicación de la respectiva nota.
Aparecen fragmentos de la carta Vos autem en estos lugares: 1: C-V.108 n.4, IV.233-34. 2: C-V.119 n.50, III.524, IV.518, IV.276-77, IV.278. 3: C-V.39 n.33, IV.278, VI.495, II.614-615, VI.495. 4: VI.495, VI.495, IV.278-79. 5: C-V.212 n.6, VI.495, II.614-15, IV.279-80. 6: IV.280-81. 7: III.633, IV.282, V.39. 8: IV.282. 9: IV.326, VI.317. 10: V.426, V.427. 14: IV.327, V.467. 15: C-V.115 n.36, C-V.212 n.7, III.378, III.407-408. 16: C-V.108 n.5, I.194. 17: IV.234, IV.335. 18: C-V.109 n.10, C-V.111 n.14, C-VII.132-33 n.6, IV.235, IV.238. 19: V.68. 20: C-V.240 n.29, I.482. 21: I.375, V.472. 24: III.380, IV.324. 25: C-V.239-40 n.28, V.52. 26: IV.327, IV.681.

1 VOS AUTEM dixi amicos, quia omnia quaecumque audivi a Patre meo, nota feci vobis (Ioann. XV, 15); os he llamado amigos, porque os he hecho saber cuantas cosas oí de mi Padre. Aquí tenéis, hijas e hijos de mi alma, unas palabras de Jesucristo Señor Nuestro, que nos señalan el camino que hemos de seguir en nuestra labor apostólica. Dios nos ha llamado para llevar su doctrina a todos los rincones del mundo, para abrir los caminos divinos de la tierra, para hacer que conozcan a Jesucristo tantas inteligencias que nada saben de El, y —al querernos en su Obra— también nos ha dado un modo apostólico de trabajar, que nos mueve a la comprensión, a la disculpa, a la caridad delicada con todas las almas […]

2 […] El Señor ha querido para nosotros ese espíritu, que es el suyo. ¿No veis su continuo afán por estar con la muchedumbre? ¿No os enamora contemplar cómo no rechaza a nadie? Para todos tiene una palabra, para todos abre sus labios dulcísimos; y les enseña, les adoctrina, les lleva nuevas de alegría y de esperanza, con ese hecho maravilloso, único, de un Dios que convive con los hombres […]

[...] El Señor unas veces les habla desde la barca, mientras están sentados en la orilla; otras, en el monte, para que toda la muchedumbre oiga bien; otras veces, entre el ruido de un banquete, en la quietud del hogar, caminando entre los sembrados, sentado bajo los olivos. Se dirige a cada uno, según lo que cada uno puede entender: y pone ejemplos de redes y de peces, para la gente marinera; de semillas y de viñas, para los que trabajan la tierra; al ama de casa, le hablará de la dracma perdida; a la samaritana, tomando ocasión del agua que la mujer va a buscar al pozo de Jacob [...]

[…] acoge a todos, acepta las invitaciones que le hacen y —cuando no le invitan— a veces es El quien se convida: Zachaee, festinans descende, quia hodie in domo tua oportet me manere (Luc. XIX, 5); Zaqueo, baja deprisa, porque conviene que hoy me hospede en tu casa […]

[…] Cristo quiere que todos los hombres se salven (I Tim. II, 4), que nadie se pierda; y se apresura a dar su vida por todos, en un derroche de amor, que es holocausto perfecto. Jesús no quiere convencer por la fuerza y, estando junto a los hombres, entre los hombres, les mueve suavemente a seguirle, en busca de la verdadera paz y de la auténtica alegría.

Nosotros, hijas e hijos míos, hemos de hacer lo mismo, porque nos empuja esa misma caridad de Cristo: caritas Christi urget nos (II Cor. V, 14). Con la luz siempre nueva de la caridad, con un generoso amor a Dios y al prójimo, renovaremos, a la vista del ejemplo que nos dio el Maestro, nuestras ansias de comprender, de disculpar, de no sentirnos enemigos de nadie.

3 Nuestra actitud —ante las almas— se resume así, en esa expresión del Apóstol, que es casi un grito: caritas mea cum omnibus vobis in Christo Iesu! (I Cor. XVI, 24): mi cariño para todos vosotros, en Cristo Jesús. Con la caridad, seréis sembradores de paz y de alegría en el mundo, amando y defendiendo la libertad personal de las almas, la libertad que Cristo respeta y nos ganó (cfr. Galat. IV, 31) […]

[…] La Obra de Dios ha nacido para extender por todo el mundo el mensaje de amor y de paz, que el Señor nos ha legado; para invitar a todos los hombres al respeto de los derechos de la persona. Así quiero que mis hijos se formen, y así sois.

A vuestra unidad de vida, debe corresponder una magnanimidad espontánea, renovada cada día, que ha de estar patente y se ha de manifestar en todas las cosas, de manera que —como fieles soldados de Cristo Jesús en el mundo— sepáis ofreceros en holocausto, diciendo de veras: con plena sinceridad, con alegría, me he entregado, Señor, con todo lo que tengo (I Par. XXIX, 17). Esta ha de ser vuestra preparación, para el apostolado continuo que Jesús nos pide, como es continuo el latir del corazón.

4 Hijos míos, el Señor nos ha llamado a su Obra en momentos, en los que se habla mucho de paz, y no hay paz: ni en las almas, ni en las instituciones, ni en la vida social, ni entre los pueblos. Se habla continuamente de igualdad y de democracia, y hay castas: cerradas, impenetrables.

Nos ha llamado en un tiempo, en el que se clama por la comprensión, y la comprensión no se vive, a veces ni entre las personas que obran de buena fe y quieren practicar la caridad, porque la caridad, más que en dar, está en comprender.

Son momentos, en los que los fanáticos y los intransigentes —incapaces de admitir razones ajenas— se curan en salud, tachando de violentos y agresivos a los que son sus víctimas. Nos ha llamado, en fin, cuando se oye hablar mucho de unidad, y quizá sea difícil concebir que pueda darse mayor desunión, no ya entre los hombres en general, sino entre los mismos católicos.

5 En esta atmósfera y en este ambiente hemos de dar el ejemplo, humilde y audaz al mismo tiempo, perseverante y sellado con el trabajo, de una vida cristiana, íntegra, laboriosa, llena de comprensión y de amor a todas las almas […]

... os facilitará el conocimiento de la grandeza, de la ciencia, de la perfección de Dios, y os hará también saber la pequeñez, la ignorancia, la miseria que tenemos los hombres. Aprenderéis así a comprender las flaquezas ajenas, viendo las propias; a disculpar amando, a querer tratar con todos, porque no puede haber una criatura que nos sea extraña [...]

[…] Es el nuestro, un apostolado de amistad y de confidencia […] Hijos míos, el celo por las almas ha de llevarnos a no sentirnos enemigos de nadie, a tener un corazón grande, universal, católico; a volar como las águilas, en alas del amor de Dios, sin encerrarnos en el gallinero de rencillas o de banderías mezquinas, que tantas veces esterilizan la acción de los que quieren trabajar por Cristo.

Es un celo tal —en una palabra— el que debemos tener, que nos llevará a darnos cuenta de que in Christo enim Iesu neque circumcisio aliquid valet neque praeputium, sed nova creatura (Galat. VI, 15), que —ante la posibilidad de hacer el bien— lo que verdaderamente cuentan son las almas […]

6 […] No se me ocultan las dificultades que podréis encontrar. Es cierto —os lo hago notar siempre— que, en este mundo del que sois y en el que permanecéis, hay muchas cosas buenas, efectos de la inefable bondad de Dios. Pero los hombres han sembrado también cizaña, como en la parábola evangélica, y han propalado falsas doctrinas que envenenan las inteligencias y les hacen rebelarse, a veces rabiosamente, contra Cristo y contra su Iglesia Santa.

Ante esa realidad, ¿cuál ha de ser la actitud de un hijo de Dios en su Obra? ¿Será acaso la de pedir al Señor, como los hijos del trueno, que baje fuego a la tierra y consuma a los pecadores? (cfr. Luc. IX, 54). ¿O tal vez lamentarse continuamente, como un ave de mal agüero o un profeta de desgracias?

Sabéis bien, hijas e hijos míos, que no es ésa nuestra actitud, porque el espíritu del Señor es otro: Filius hominis non venit animas perdere, sed salvare (Luc. IX, 56), y suelo traducir esa frase diciéndoos que hemos de ahogar el mal en abundancia de bien. Nuestra primera obligación es dar doctrina, queriendo a las almas.

La regla, para llevar a la práctica este espíritu, también la conocéis: la santa intransigencia con los errores, y la santa transigencia con las personas, que estén en el error. Es preciso, sin embargo, que enseñéis a muchas gentes a practicar esa doctrina, porque no es difícil encontrar quien confunda la intransigencia con la intemperancia, y la transigencia con la dejación de derechos o de verdades que no se pueden baratear.

Los cristianos no poseemos —como si fuera algo humano o un patrimonio personal, del que cada uno dispone a su antojo— las verdades que Jesucristo nos ha legado y que la Iglesia custodia. Es Dios quien las posee, es la Iglesia quien las guarda, y no está en nuestras manos ceder, cortar, transigir en lo que no es nuestro […]

7 […] Lo que pertenece al depósito de la Revelación, lo que —fiándonos de Dios, que ni se engaña ni nos engaña— conocemos como verdad católica, no puede ser objeto de compromiso, sencillamente porque es la verdad, y la verdad no tiene términos medios.

¿Habéis pensado alguna vez en lo que resultaría si, a fuerza de querer transigir, se hicieran —en nuestra santa fe católica— todos los cambios que los hombres pidieran? Quizá se llegaría a algo en lo que todos estuvieran de acuerdo, a una especie de religión caracterizada sólo por una vaga inclinación del corazón, por un sentimentalismo estéril, que ciertamente —con un poco de buena voluntad— puede encontrarse en cualquier aspiración a lo sobrenatural; pero esa doctrina ya no sería la doctrina de Cristo, no sería un tesoro de verdades divinas, sino algo humano, que ni salva ni redime; una sal, que se habría vuelto insípida.

A esa catástrofe llevaría la locura de ceder en los principios, el ansia de disminuir diferencias doctrinales, las concesiones en lo que pertenece al depósito intangible, que Jesús entregó a su Iglesia. La verdad es una sola, hijos míos, y aunque en cosas humanas sea difícil saber de qué parte está lo cierto, en las cosas de fe no sucede así […]

8 […] Junto a la santa intransigencia, el espíritu de la Obra de Dios os pide una constante transigencia, también santa. La fidelidad a la verdad, la coherencia doctrinal, la defensa de la fe no significan un espíritu triste, ni han de estar animadas por un deseo de aniquilar al que se equivoca.

Quizá sea ése el modo de ser de algunos, pero no puede ser el nuestro. Nunca bendeciremos como aquel pobrecito loco que —aplicando a su modo las palabras de la Escritura— deseaba sobre sus enemigos ignis, et sulphur, et spiritus procellarum (cfr. Ps. X, 7); fuego y azufre, y vientos tempestuosos.

No queremos la destrucción de nadie; la santa intransigencia no es intransigencia a secas, cerril y desabrida; ni es santa, si no va acompañada de la santa transigencia […]

9 […] un celo mal entendido ponga en peligro la santidad de vuestra intransigencia. Habéis de ser como una maza de acero, poderosa y firme, pero envuelta en funda acolchada, para no herir.

La caridad buena, el cariño que la prudencia os hará practicar, os llevará a decir las cosas con discernimiento, cuando convenga y del modo preciso; os hará sensibles a las necesidades y circunstancias del prójimo […]

[…] Nunca olvidéis, hijos, que no se puede ser justo si no se conocen bien los hechos, si no se oyen tanto las campanas de un lado como las del otro, si no se sabe —en cada caso— quién es el campanero […]

10 […] Nunca me ha terminado de gustar ese ejemplo que algunos suelen poner para describir la conducta de un cristiano: las manzanas buenas, que se corrompen cuando en el cesto donde están se coloca un fruto podrido […]

[…] Nosotros, hijos míos, no hemos de temer la convivencia con quienes no posean o no vivan la doctrina de Jesucristo. Con las oportunas cautelas, no hemos de rechazar a nadie, porque tenemos los medios espirituales, ascéticos e intelectuales suficientes, para no dejarnos estropear: un hijo de Dios en la Obra no ha de dejarse influir por el ambiente, sino que ha de ser él quien dé el ambiente a los que le rodean, nuestro ambiente, el ambiente de Jesús Señor Nuestro, que convivía con los pecadores y les trataba (Luc. XV, 2) […]

14 […] Siempre suelo insistir, para que os quede bien clara esta idea, en que la doctrina de la Iglesia no es compatible con los errores que van contra la fe. Pero ¿no podremos ser amigos leales de quienes practiquen esos errores? Si tenemos bien firme la conducta y la doctrina, ¿no podremos tirar con ellos del mismo carro, en tantos campos?

Por todos los caminos de la tierra nos quiere el Señor, sembrando la semilla de la comprensión, de la caridad, del perdón: in hoc pulcherrimo caritatis bello, en esta hermosísima guerra de amor, de disculpa y de paz […]

[…] sólo algo bueno o aconsejable. Es mucho más, es un mandato imperativo de Cristo, el mandatum novum (cfr. Ioann. XIII, 34) de que tanto os hablo, que nos obliga a querer a todas las almas, a comprender las circunstancias de los demás, a perdonar, si algo nos hicieren que merezca perdón. Nuestra caridad ha de ser tal, que cubra todas las deficiencias de la flaqueza humana, veritatem facientes in caritate (Ephes. IV, 15), tratando con amor al que yerra, pero no admitiendo componendas en lo que es de fe […]

15 [...] El Señor nos ha llamado a su Obra, para que difundamos por toda la tierra su mensaje de amor infinito. No hay un alma que pueda quedar excluida de nuestra caridad. Cuando el cristiano comprende y vive la catolicidad de la Iglesia, cuando advierte la urgencia de anunciar la nueva de salvación a todas las criaturas, sabe que ha de hacerse todo para todos, para salvarlos a todos (I Cor. IX, 22).

Y nuestro deseo apostólico se convierte efectivamente en vida; empieza por lo que tiene a su alcance, por el quehacer ordinario de cada día, y poco a poco extiende en círculos concéntricos su afán de mies: en el seno de la familia, en el lugar de trabajo; en la sociedad civil, en la cátedra de cultura, en la asamblea política, entre todos sus conciudadanos de cualquier condición social que sean; llega hasta las relaciones entre los pueblos, abarca en su amor razas, continentes, civilizaciones diversísimas [...]

[...] El apóstol ha de empezar a hacer su labor divina en lo que tiene a su lado, sin agotar su celo en fantasías, o en ojalas. Y ése es el consejo que os doy. Llegará el día, en el que podréis poner en práctica vuestros deseos de amor y de apostolado entre gentes de toda la tierra [...]

[...] Vuestra conducta con los demás tendrá así unas características que nacen de la caridad: delicadeza en el trato, buena educación, amor a la libertad ajena, cordialidad, simpatía. ¡Lo dice tan claro el Apóstol! Estando libre de todos, de todos me he hecho siervo, para ganar más almas… Híceme flaco con los flacos, para ganar a los flacos; híceme todo para todos, para salvarlos a todos (I Cor. IX, 19-22) (…) De esa convivencia tomáis ocasión para acercar las almas a Cristo Jesús, y es lógico que no la rehuyáis. Más aún, es preciso que la busquéis, que la fomentéis, porque sois apóstoles, con un apostolado de amistad y de confidencia, y no podéis encerraros en ningún muro que os aísle de vuestros compañeros: ni materialmente —porque no somos religiosos—, ni espiritualmente, porque el trato noble y sincero con todos es el medio humano de vuestra labor de almas. [...]

16 [...] Jesús Señor Nuestro tanto quiso a los hombres que se encarnó, tomó nuestra naturaleza y vivió treinta y tres años en la tierra, en contacto diario con pobres y ricos, con justos y pecadores, con jóvenes y viejos, con judíos y gentiles. ¿Queréis, pues, aprender de Cristo y tomar ejemplo de su vida? Abramos el Santo Evangelio, y escuchemos el diálogo de Dios con los hombres [...] bastarán algunas escenas del Evangelio, entre tantas otras, para que comprendáis todavía mejor la hondura divina de nuestro apostolado de amistad y de confidencia [...]

17 […] Un día —nos dice San Lucas en el capítulo XI— Jesús estaba orando. ¡Cómo sería la oración de Jesucristo! Los discípulos se encontraban cerca, quizá contemplándole, y cuando acabó le dijo uno de ellos: Domine, doce nos orare, sicut docuit et Ioannes discipulos suos (Luc. XI, 1). Señor, enséñanos a orar, como enseñó también Juan a sus discípulos. Y Jesús les respondió: cuando os pongáis a orar, habéis de decir: Padre, sea santificado tu nombre... (Luc. XI, 2).

Hijos míos, notad la maravilla: los discípulos tratan a Jesucristo y, como fruto de sus conversaciones, el Señor les dice cómo han de orar, y les enseña el gran portento de la misericordia divina: que somos hijos de Dios, y que podemos dirigirnos a El, como un hijo habla a su Padre […]

18 […] Maestro —dice aquel hombre, varón principal entre los judíos— sabemos que has venido de Dios para enseñarnos; porque ninguno puede hacer los milagros que tú haces, si no tiene a Dios consigo (Ioann. III, 2). Jesús le responde, hijos míos, con una frase que aparentemente no tiene nada que ver con lo que dijo Nicodemo, pero que atrae su atención y le capta; provoca el diálogo de su interlocutor: pues en verdad, en verdad te digo que quien no naciere de nuevo no puede ver el reino de Dios (Ioann. III, 3).

Así empezó la conversación, que ya sabéis; conocéis igualmente el resultado: a la hora del fracaso de la cruz, allí estará Nicodemo, para pedir valientemente a Pilatos el Cuerpo del Señor.

Pero ¿y la Samaritana? ¿Acaso Jesucristo no hace igual, comenzando a hablar con ella, tomando la iniciativa, a pesar de que non enim coutuntur Iudaei Samaritanis (Ioann. IV, 9), a pesar de que no había trato entre judíos y samaritanos? Jesús habla de lo que sabe que interesa a aquella mujer, del agua que todos los días ha de ir a buscar fatigosamente al pozo de Jacob, del agua viva, tan portentosa que qui atem biberit ex aqua, quam ego dabo ei, non sitiet in aeternum (Ioann. IV, 13), que el que la bebiera nunca jamás tendría sed.

Los frutos del diálogo de Cristo aparecen también en el Evangelio: la conversión de aquella pecadora, la transformación de su alma, que se hace alma apostólica.

Aún otro ejemplo más: aquel que el Señor nos da desde la Cruz, como para enseñarnos que el afán de almas, que nos mueve a tratar, a conversar, a dialogar con los hombres, ha de ponerse de manifiesto hasta la muerte. Es la charla emocionante, conmovedora, que Cristo mantiene en lo alto del Gólgota con los dos ladrones que están crucificados con El.

Esta vez no ha sido Jesús quien ha empezado la conversación, pero su presencia en el patíbulo y sus sufrimientos son más elocuentes que cualquier palabra. Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y sálvanos a nosotros (Luc. XXIII, 39), dijo blasfemando el mal ladrón. Y el bueno: ¡cómo!, ¿ni aun tú temes a Dios, estando como estás en el mismo suplicio? Nosotros estamos justamente en el patíbulo, pues pagamos la pena merecida por nuestros delitos; pero éste ningún mal ha hecho. Y dijo después a Jesús: Domine, memento mei; Señor, acuérdate de mí, cuando hayas llegado a tu reino (Luc. XXIII, 40-42). Hijos míos, la breve respuesta de Jesús, que interviene en la conversación entre los dos malhechores, fue la salvación para el que estaba arrepentido: en verdad te digo, que hoy estarás conmigo en el paraíso (Luc. XXIII, 43). […]

19 […] Al oro, a la plata limpia no se le ponen apodos: cuando la plata es plata, y el oro es oro, se les llama así, sin más. Si se les coloca detrás un calificativo —un apellido, a veces—, no es buen metal: es una imitación de poco precio […]

20 [...] Dentro del orden de la caridad —insisto—, daremos un trato lleno de cariño a los que, por ignorancia, por soberbia o por la incomprensión de otros, se acercan al error o han caído en él [...]

[...] Personas que no atacan la fe, pero que tampoco la defienden. Se han metido en un escepticismo cómodo y egoísta, que bajo capa de respetar la opinión ajena se refugia en la indecisión y en la irresponsabilidad. Su actitud queda bien reflejada en aquellos versos, que alguno escribió en broma. Si los escribió en serio, debemos concluir que había entendido el Evangelio tan mal como la preceptiva literaria: en este mundo enemigo / no hay nadie de quien fiar. / Cada cual cuide de “sigo”, / yo de “migo”, tú de “tigo”, / y procúrese salvar [...]

21 [...] ¿Os acordáis de aquellas escenas que nos cuenta el Evangelio, narrando la predicación de Juan el Bautista? ¡Buen murmullo se había organizado! ¿Será el Cristo, será Elias, será un Profeta? Tanto ruido se armó que los judíos le enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas, para preguntarle: ¿tú quién eres? (Ioann. 1, 19). También, con ojos poco sobrenaturales, podría parecer que Juan desaprovecha una ocasión de hacer prosélitos. Incluso podía haber contestado con el testimonio que Jesús había de dar de él: ipse est Elias, qui venturus est. Qui habet aures audiendi audiat (Matth. XI, 14 y 15); él es aquel Elías que debía venir. El que tenga oídos para entender, entiéndalo. Pero los que fueron a preguntar a Juan no estaban en disposición de comprender bien esas otras palabras, y él confesó la verdad y no la negó... Yo soy la voz del que clama en el desierto (Ioann. 1, 20 y 23) [...]

[…] ¡Qué bonita es la conducta de Juan el Bautista! ¡Qué limpia, qué noble, qué desinteresada! Verdaderamente preparaba los caminos del Señor: sus discípulos sólo conocían de oídas a Cristo, y él les empuja al diálogo con el Maestro; hace que le vean y que le traten; les pone en la ocasión de admirar los prodigios que obra […]

24 […] Muchas veces esos errores son fruto de una equivocada formación. En no pocos casos, esos pobrecillos no habrán tenido a nadie que les enseñara la verdad. Pienso, por eso, que el día del juicio serán muchas las almas que responderán a Dios, como respondió el paralítico de la piscina —hominem non habeo (Ioann. V, 7), no hubo nadie que me ayudara— o como contestaron aquellos obreros sin trabajo, a la pregunta del dueño de la viña: nemo nos conduxit (Matth. XX, 1), no nos han llamado a trabajar.

Aunque sus errores sean culpables y su perseverancia en el mal sea consciente, hay en el fondo de esas almas desgraciadas una ignorancia profunda, que sólo Dios podrá medir. Oíd el grito de Jesús en la cruz, excusando a los que le mataban: Pater, dimitte illis: non enim sciunt quid faciunt (Luc. XXIII, 34); Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. Sigamos el ejemplo de Jesucristo, no rechacemos a nadie: por salvar un alma, hemos de ir hasta las mismas puertas del infierno. Más allá no, porque más allá no se puede amar a Dios [...] queremos hacer el bien a todos: a los que aman a Jesucristo y a los que quizá le odian. Pero éstos nos dan además mucha pena: por eso hemos de procurar tratarles con afecto, ayudarles a encontrar la fe, ahogar el mal —repito— en abundancia de bien [...]

25 […] No os dejéis seducir (…), por falsas tácticas de apostolado, porque encontraréis gentes obcecadas, incluso por el mismo buen deseo de ganar almas, que —con la excusa de ir a buscar la oveja perdida— terminarán cayendo en las arenas movedizas del error que quieren combatir, engañadas por compromisos, cedimientos o transigencias imprudentes […]

[…] No debéis dejaros engañar por falsas compasiones. Muchos que parecen movidos por deseos de comunicar la verdad, ceden en cosas que son intangibles; y llaman comprensión con los equivocados, a lo que sólo es una crítica negativa, a veces brutal y despiadada, de la doctrina de nuestra Madre la Iglesia […]

26 […] Veo a la Obra proyectada en los siglos, siempre joven, garbosa, guapa y fecunda, defendiendo la paz de Cristo, para que todo el mundo la posea. Contribuiremos a que en la sociedad se reconozcan los derechos de la persona humana, de la familia, de la Iglesia. Nuestra labor hará que disminuyan los odios fratricidas y las suspicacias entre los pueblos, y mis hijas y mis hijos —fortes in fide (I Petr. V, 9), firmes en la fe— sabrán ungir todas las heridas con la Caridad de Cristo, que es bálsamo suavísimo […]

[…] ¿No os da alegría que el Señor haya querido para nuestra empresa sobrenatural ese espíritu, que palpita en el Evangelio, pero que tan olvidado parece estar en el mundo? Agradecédselo a Jesús, agradecédselo a Santa María; y renovad vuestras ansias de corredención y de apostolado. ¡Qué gran labor nos espera! Porque, el que comenzó en nosotros la Obra, la llevará a término (cfr. Philip. 1, 6) […]

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