¿Cuándo llega la paz?

From Opus Dei info

Por Peaks, 6.05.2019


Fui numerario por 9 años, hace dos meses me dieron la dispensa. No puedo decir que fueron los peores años de mi vida, pero sí estuvieron llenas de cansancio, estrés, soportar hipocresías y ser utilizado como una herramienta, no como un fin.

Es cierto que un numerario no tiene los mismos problemas que una persona de su edad, que no se preocupa por hacer que su sueldo dure, mantener una familia, que no haya ningún desperfecto en la casa, tener trabajo, porque todas esas cosas el Opus Dei se encarga de que sus hijos no se preocupen. Pero hay otras cosas que me tocaron soportar y que no tendría que soportarlo ninguno de mis amigos...

En primer lugar, está el hecho de hacerte vivir en una burbuja que no es tu realidad. Yo fui numerario durante mis años de universidad y los primeros como profesionista joven. Mis ingresos no eran los que correspondían con mi estilo de vida, la gente de la que me rodeaba eran empresarios y yo un profesor que apenas ganaba para pagar la pensión de mi casa.

Mis amigos y yo no teníamos nada en común, o eran padres de familia que me doblaban la edad y confiaban demasiado en mí o eran sus hijos a quienes yo les doblaba la edad. Perdí el contacto con los que debieron ser mis amigos, porque no iba a sus fiestas, no iba a sus reuniones porque había mujeres, ni siquiera iba al cine con ellos.

A los 5 años de ser numerario me pidieron que me vaya a apoyar la labor a otra ciudad, donde pude empezar de 0, me pude hacer amigo de otros profesores. Pero estaba encargado del club -que era muy numeroso- y no tenía tiempo para hacer nuevos amigos, asi que ahí aprendí a desahogarme, a dejar el centro para irme de excursión, a no cenar en la residencia para cenar con los instructores, a planear viajes de una semana con ellos solo para no estar aburrido (pues no tenía amigos).

Viví en carne propia lo que es realmente hacer apostolado y proselitismo: hacer atractiva la vida cristiana. Sin lavarle la cabeza a nadie para que se hagan numerarios, y en ese tiempo si hubo algunos que solos se planteaban la vocación, y tengo la conciencia tranquila porque nunca fue por coacción mía, sino por inspiración del Espíritu Santo.

Esos planes eran para disfrutar, a quienes me acompañaban no los forzaba a ir a Misa (yo iba, pero los dejaba que durmieran hasta tarde), rezar el Rosario o hacer la oración. Eso hizo que los jóvenes se identificaran más conmigo y me tuvieran más aprecio, pues a final de cuentas aprendieron a aprovechar su tiempo libre divirtiéndose sanamente, sin tener que cumplir el plan de vida del numerario que hacía cabeza.

El director del centro empezó a sentir recelos por todo esto y empezó a vigilarme con lupa, hasta que juntó una “lista de agravios” que mandó a la delegación. El vocal de San Miguel me buscó y me dijo que debía volver a la ciudad de donde había salido hace 4 años. Obviamente me costó mucho lo que me forzaban a hacer (pues por primera vez no era pregunta) sobre todo porque era fruto de los celos de otro numerario. Me dijeron que debía “salir corriendo” de esa ciudad.

No digo que yo fuera inocente de toda culpa, en cierto sentido es verdad que dejé de hacer que los de san Rafael se acercaran a Dios para que se acercaran a mí pero, ¿no se supone que el numerario debe caer bien?

Eso fue hace unos meses y desde que decidí “obedecer” sufrí un constante acoso de la delegación. Para empezar, debía hacer mi charla con el vocal de san Miguel, lo cual es una buena historia, porque me pidieron asistir a terapia psicológica (cosa que agradezco mucho, mas adelante explicó por qué), pero llegó un momento en que la delegación no pudo resistir la idea de que yo le abriera mi alma a alguien más o pensaban que no era sincero en mi charla. Un día me llamó el vocal y me dijo que iba a ir a mi próxima terapia, y lo hizo.

Y ahí estaba yo, viendo como el vocal hablaba con mi psicólogo sobre mí, como si yo no estuviera ahí. Preguntándole qué había visto en mí, incluso llegó a preguntarle si yo no tendría alguna patología sexual (tema del que nunca habíamos hablado, pero ya se ve que alguien estaba hablando de mi con la delegación). Obviamente el Psicólogo le dijo al vocal que yo no tenía nada de eso y que si hacía falta podría firmar un documento declarándolo. No se imaginan el sentimiento de paz que me dio ver que, después de 2 meses, alguien hablaba bien de mí.

Un día me buscaron de la delegación para decirme que en aquella ciudad me iban a denunciar por corrupción de menores, porque fui una mala influencia para ellos, porque mantenía contacto con los muchachos de bachillerato a través de redes sociales y que, por mi bien, debía dejar de hacerlo.

Un día recibí una llamada de uno de ellos y tras hacerme violencia, contesté, porque como buen numerario yo había hecho caso a la delegación que solo buscaba mi bien. Me preguntó que, si por qué me había puesto en mal plan con ellos, por qué estaba tan seco, le platiqué lo que me habían dicho. Su respuesta me puso los pies en la tierra y me dijo que todo eso era mentira, que nadie iba a hacer eso, y viéndolo en retrospectiva, fui un imbécil, me di cuenta que era una estrategia para que pierda contacto con los amigos que había hecho allá y que me culpaban por lo mal que iba la labor (incluso llegaron a echarme la culpa de que uno de sus aspirantes dejó la Obra).

Con todo esto me quedó mas que claro que aun después de pasar dos meses fuera de esa ciudad donde había pasado mis únicos años de felicidad en el Opus Dei, después de que me que deje de hablar con la gente que había conocido allá y que eran verdaderos amigos, en la delegación se habían dado a la tarea de iniciar una persecución contra mí. Aun pienso que el director de la residencia en esa ciudad estuvo bastante involucrado, porque desde que me fui las cosas no habían estado bien (¿cómo iban a estarlo si quien se encargaba de la labor con jóvenes era un señor de 50 años?).

Esos fueron los 4 meses más difíciles de mi vida, mensajes de whatsapp dictándome qué debía decir en mi charla fraterna (cuando dejé de hacerla con el vocal), recordatorios de pasillo diciéndome que el Padre quería que confiara en los directores, sentirme mal si hablaba con alguien de aquella ciudad. Incomodidad, falta de apetito, mal humor…

Una de las cosas que me detenían para dejar la obra era decepcionar a mucha gente, porque así me formé en el Opus Dei, como una persona que necesariamente debe caerle bien a los demás, porque si no, no podrá acercarlos a Dios. Gracias a esa terapia a la que me obligaron a asistir, entendí que no debe ser así, que no voy a caerle bien a todos y que muchas decisiones que tome no agradarán a los demás, pero deben ser tomadas. No creo que sigan enviando numerarios con ese doctor.

Cuando oficialmente pedí la dispensa, ni siquiera me intentaron convencer de cambiar de opinión, lo cual agradezco, pero no sé si fue por no hacerme enojar y que hiciera una tontería poco conveniente como escribir a Opuslibros o porque en el fondo ellos ya querían que me fuera. A final de cuentas yo necesitaba librarme de un control desmedido sobre mi vida, de saber que estaban hablando de mi a mis espaldas, diciendo que había sido una mala influencia para los muchachos, que soy poco confiable y que en lugar de hablar conmigo, prefieran hablar con mi psicólogo.

Como ya dije, hace dos meses me concedieron la dispensa y estoy buscando trabajo (trabajaba en un colegio del Opus). Lo siento, pero no voy a decir que esta decisión es fácil, ni que me siento liberado y feliz. Ha sido muy difícil y doloroso toparme de frente con la realidad.

Me gustaría escribir lo siguiente para quienes piensan dejar la Obra:

No es fácil encontrar trabajo, uno como numerario piensa que sí porque solo debe buscar en un colegio de casa y se van a pelear por él, pero no es así. No es fácil esa independencia económica, como numerario ingresas todo y sacas solo lo necesario, pero la vida real no es así, hay que pagar cuentas, tarjetas, muebles, etc.

Uno piensa que con tu familia todo estará bien, porque como numerario aprendiste a soportar los defectos de los demás y vivir la fraternidad, una vez fuera serás el hijo o hermano perfecto, pero no, porque empiezas a vivir con gente con un estilo de vida distinto, que dejan la pasta de dientes abierta o el jabón en el suelo, que escuchan música a cualquier hora de la tarde, y debo decir que nada de eso está mal, el que vivió en el paraíso del orden fuiste tú, pero es muy muy difícil contenerse y no reclamar esas cosas y desahogar contra ellos tanto coraje y tristeza que la Obra dejó en ti.

No es fácil decidir que hacer con tu vida, de repente tienes un mar de posibilidades y un montón de sueños que perseguir, pero estás acostumbrado a que alguien te diga qué hacer, entonces no puedes tomar una decisión ni dar el primer paso. Quizá te pase como a mí, que tienes una carrera universitaria, pero después de haberte graduado hace 5 años no tienes nada de experiencia, porque siempre te dedicaste a dar clases y atender un club.

Me gustaría decir que los he perdonado, pero no se cómo hacerlo, la disposición ahí está.

Es difícil, es muy difícil… aun así no me arrepiento, porque sé que cuando todo esto pase volveré a ser feliz, quizá con los mismos problemas laborales, económicos y familiares, pero estoy seguro de que volveré a ser feliz, cuando, sin proponérmelo, pase mi primer día sin pensar en la vida que dejé, cuando deje de voltear hacia atrás, hacia esa burbuja que hipnotiza y te hace vivir una vida que no es tuya, que no te corresponde. Ese día seré feliz.



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