Carta de dimisión

From Opus Dei info

Marina, 13.07.2005


Copio abajo el texto de la carta que le llegará al Padre en los próximos días.


Querido Padre:

Después de pensarlo mucho en la presencia de Dios, le escribo para pedirle la dispensa de los compromisos de la Fidelidad. Después de 12 años en la Obra, tengo muy claro que quiero dejar de ser del Opus Dei.

No caben en unos pocos párrafos las explicaciones que justifican una decisión de este tipo, por lo que voy a centrarme en una sola idea: la desilusión. Ruego a Dios sinceramente que lo que le digo sirva para que no se repitan algunos errores en el futuro y me gustaría -aunque soy escéptica en esto- que no generara reacciones estereotipadas de defensa del tipo "esta chica tiene problemas, esta chica es poco sobrenatural, a esta chica le falta objetividad".

Estoy desilusionada porque me mintieron. O me ocultaron parte importante de la verdad, que es lo mismo.

Me mintieron cuando yo era una chica de San Rafael y me dijeron que tenía vocación y que, concretamente, Dios me llamaba a que fuera numeraria, dadas mis circunstancias personales. A pesar de que nadie podía saber eso con certeza, sólo Dios, no dejaron de decirme que Él me llamaba. Además, me ocultaron información importante: por ejemplo, que había supernumerarias jóvenes y que yo podía ser una de ellas.

Me mintieron cuando, en el momento de hacer la Admisión, y después la Oblación, y después cada 19 de marzo, y después la Fidelidad, no permitieron que pensara seriamente en las dudas que tenía. Parecía que el tiempo de prueba era una formalidad legal, pero que Dios ya había decidido desde la eternidad que yo sería numeraria. Padre, ¿para qué se hacen aprobar por la Iglesia unos pasos jurídicos que después serán considerados meras formalidades? Me quedo con la sensación de que la Obra tiene un discurso para jerarquía de la Iglesia y otro para sus miembros.

Me mintieron cuando me dijeron que mis dudas de vocación eran tentaciones del demonio: ¿quién sabe si una duda es una reflexión bien fundada sobre la propia vida o si es una intervención diabólica? ¿Tanto conocimiento tiene una directora de lo que el demonio hace o deja de hacer? No lo creo, Padre, porque yo misma fui directora y nunca supe qué hacía el demonio en cada alma. Atribuirle a él lo que no nos gusta o no entendemos es lo más parecido a la superstición que se ha visto. Es decir, probablemente sea diabóilico.

Me mintieron cuando me dijeron que Dios quería que pitaran 100 numerarias este año en mi país. Nadie sabe cuántos pitajes quiere Dios. Ahora mismo dudo de que Dios quiera algún pitaje: no me lo imagino promoviendo vocaciones para una institución en la que se engaña a gente con buena voluntad. A menos que la Obra cambie, me parece que Dios va a estar remiso a enviar nuevas vocaciones: quiere la felicidad de sus hijos, no la tristeza.

Me mintieron cuando me dijeron que, si era fiel, sería feliz. He sido fiel y hoy estoy enferma de tristeza y deprimida. Me parece que la fidelidad a una vida tan artificial genera, sobre todo, problemas. Cuando comenté que había mucha gente deprimida en la Obra, me mintieron también: me dijeron que no había más que en el resto de la sociedad y que Dios a veces bendice con esa cruz. Es evidente que en la Obra hay más enfermos, en proporción, que afuera. Sobre si Dios bendice con esa cruz, me resisto a creer que lo haga como sistema: ¿no preferirá que usemos el sentido común para llevar una vida que no destroce nuestro cuerpo y nuestra psicología? Si la alegría es una virtud tan propia del Opus Dei ¿cómo es que a Dios se le ha dado por bendecir a tantas numerarias con la tristeza y la angustia y la depresión? Padre, algo estamos haciendo mal, y para colmo se nos ocurre decir que se trata de bienes, porque vienen de Dios que es Padre.

Nos engañamos a nosotros mismos y engañamos a los demás. Me mienten cuando me dicen que, si me voy del Opus Dei, me juego la felicidad en esta vida y, luego, la vida eterna. No sé cómo puede hablarme de felicidad en esta vida una directora que, a todas luces, está deshumanizada. Qué sabe de felicidad alguien que vive pendiente de miles de criterios y no sabe lo que es el cariño. Pero sobre todo, si sabemos tan bien sobre lo que hace feliz a la gente, ¿por qué se van tantas y por qué muchas de las que se quedan están tan tristes? No me imagino tampoco cómo podemos amenazar con la condenación eterna a alguien. En la Obra he aprendido que el único pecado que no se perdona es el pecado contra el Espíritu Santo, porque consiste en la desesperanza, y Dios no puede perdonar a quien no quiere ser perdonado. Padre, cada vez que se le dice a alguien que se juega la salvación eterna se le está empujando a la desesperanza, se le tienta para que crea que Dios no es Padre, sino un juez terrible que condena. Además de que me mienten, procuran tentarme para que caiga en la desesperanza. No sé si puede haber algo más diabólico.

No juzgo con dureza a las directoras que me mienten: yo misma he mentido a muchas, y muchas veces. Les he pedido perdón a las que he podido, y hasta me ha valido algunas correcciones fraternas eso.

Tantas cosas que considero mentiras (con mayor o menor conciencia de quien las dice) me han desilusionado hasta un extremo que las considero del todo incompatible con seguir en la Obra. Le pido que no retrase el concederme la dispensa que le pido y que, si esto depende de las directoras, no sean ellas obstáculo para que pronto yo esté fuera de la Obra. Soy leal siguiendo los pasos jurídicos correspondientes y pido que, de parte de la Obra se me corresponda con la misma lealtad: no demoren concederme la dispensa porque darán cuenta a Dios de ello.

Le agradezco su buena voluntad y su preocupación por el bien de la Obra y de todas las almas. Sinceramente espero que, por el bien de mucha gente, pueda cambiar algo de lo que se está haciendo mal.

Con el mayor de los cariños,

Marina



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