Y si hubiese sido sincero...?

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Autor: Josgar


Conocí a la Obra el año 1975. Contaba yo 13 años y mi contacto fue a través de un amigo que nos llevó a el resto de la cuadrilla a un centro deportivo sito en Baracaldo, llamado EDE Txiki. EDE por Escuela Deportiva Eretza y Txiki porque estaba enfocado a los más pequeños. A nosotros. A mis amigos y a mí.

Estaba situado en los bajos de un edificio de viviendas sociales y era solamente un gimnasio con algunos aparatos viejos, duchas y unas pocas salitas, además de una más grande para estudiar. Anexo estaba el EDE –sin Txiki- para cuando nos hiciésemos mayorcitos, que a mí me parecía el colmo del lujo, con su gran sala de estar, diversas habitaciones, sala de estudios, estudio de revelado fotográfico y demás. Retrospectivamente comprendo que los locales eran sencillos y hasta humildes, propios de la zona donde se ubicaban. Margen izquierda del río Nervión en Vizcaya. Población obrera casi en sus totalidad...

Me encantó el sitio y la gente que allí había. Amigos de clase además de mi cuadrilla del barrio, cuatro amigos inseparables. Inseparables hasta aquel día. Nos dieron la más cordial bienvenida y enseguida nos integramos en las actividades. El estudio a desgana, los partidos de fútbol, salidas al monte, ejercicios con los aparatos... 15 minutillos de oración leyendo Camino, dirigidos por Iñaki, una estupenda persona. Pasaron unos días y entonces se armó la revolución, porque algunos padres de mis amigos se enteraron de dónde íbamos y salió el tema Opus Dei. El retraimiento fue prácticamente general y la mayor parte de la chavalería dejó de acudir. Yo, no. Yo seguí porque ya he dicho que aquello me gustaba y porque mis padres habían tenido algunos contactos con la Obra y no tenían mala opinión de élla. De forma que prácticamente quedamos de asiduos al Club dos de la cuadrilla. Y mi amigo del alma, mi amigo de toda la vida, Edu, sin el que yo no sabía hacer nada hasta entonces dejó de ir. Y yo simplemente dejé de llamarle, de buscarle. Y él a mí. Y aún hoy me pregunto por qué. Le eché de menos. Deseaba que volviera para divertirnos juntos como siempre habíamos hecho. Pero él no volvió. Y se terminó la amistad. Sólo tenía 13 años, de acuerdo. No es para tanto. Naturalmente que no. Pero sigo sin entenderlo.

Al poco tiempo los chicos mayores del EDE fueron al nuevo Club Eretza, o Centro cultural Eretza, destino natural para éllos, y los del Txiki ocupamos los abandonados locales. Fue un sueño. El gimnasio para hacer la cabra a gusto y el resto para estudiar L, tertulias, cenas frías, queimadas, conferencias. Recuerdo una de Amorrortu, entonces jugador del Athletic de Bilbao, que me dejó alucinado. Hasta un autógrafo conseguí. Lo dicho, para mí aquello era un sueño. Llegó el verano y durante las vacaciones no hubo monitores durante unos días, de modo que me entregaron las llaves y la responsabilidad del centro. Yo abría, entrábamos y barra libre. Luego me “responsabilizaba” de cerrar y hasta el día siguiente.

Pasó el tiempo y un día nos dan la noticia: Todos al Club. Es decir, al Eretza. Pues señor, que no me atrajo la idea. A fin de cuentas éramos los jefes allí, los mayores. Y ahora de nuevo a ser los últimos de la fila. Pero nada que hacer. De hecho, el EDE se cerraba una vez que el Club Eretza estaba plenamente funcional. Tardé como dos o tres días en subir al Club, y una vez allí lo que ví me gustó. No podía ser menos. Eran como dos grandes pisos unidos y con portal independiente, además de las lonjas correspondientes. Todo muy bien puesto, todo nuevo. No había nada lujoso, pero estaba muy bien. Lo de siempre, salas y más salas. Inmenso salón para tertulias, gran sala de estudios, dos enormes terrazas en las que con el tiempo llegamos a jugar a futbito y...un oratorio. Yo nunca había vitso uno y me quedé de piedra al ver una iglesia dentro de una casa. En el EDE la religiosidad se había reducido a los mencionados 15 minutillos de oración, y la charla de vez en cuando con Iñaki. No recuerdo ningún sacerdote, aunque no puedo asegurarlo. Todo muy ligerito y llevadero.

Allí conocí al director –nominal- del club: Guillermo (Willy le llamaba todo el mundo). Un socio agregado del Opus Dei, encuadernador de profesión. Recordando ahora veo que los demás, digamos adultos del centro, eran también trabajadores manuales, socios agregados. Y regularmente, cada vez más a menudo, venían unos señores jóvenes, altos y trajeados. Amables pero algo distantes. Los verdaderos “jefes” del club. Los numerarios.

Y empezó mi etapa como chico de San Rafael.

Y no fue una mala etapa, ni mucho menos. De hecho lo pasé en grande. Empecé a ir todos los días al club, porque había empezado a estudiar F.P. en el Instituto Politécnico y necesitaba buen ambiente de estudio, y en mi casa con cuatro hermanitos menores no había forma. En el club sin embargo la sala de estudio era sagrada, sólo superada por el oratorio. Además siempre había alguien que me echaba una mano...con las matemáticas principalmente. Los fines de semana no daba tiempo a a burrirse, con salidas al monte, a la playa, convivencias, campeonatos de futbito, cenas frías, tertulias, romerías a la Virgen en Mayo. Y paralelamente se incrementaron un poco las prácticas religiosas: media hora de oración diaria, charla personal de carácter más profundo, más personal, Círculo de San Rafael. Y confesión semanal. Con un cura que llevaba sotana y nos confesaba sentados en un sillón, cara a cara. Como los hombres, nos decían. Y me gustaba, más que el confesionario. Mis antiguas amistades se borraron lentamente y me integré por completo con los chicos habituales del club. En definitiva y como ya he dicho era un chico de San Rafael...feliz.

Y así hubiese seguido yo, que nada más necesitaba. Pero en la vida igual que no hay marcha atrás, tampoco se puede detener nada. Las cosas siguen por ley natural su camino, y el mío era terminar en el Opus Dei. Me invitaron a una convivencia de fin de semana, una más, y yo me apunté entusiasmado. Se hacían en chalets, en pleno campo, rodeados de pinos y naturaleza. Había ido ya a algunas y me encantaban. Esta fue la mejor. Si hasta teníamos piscina. Y había una chimbera (carabina de perdigones) que en cuanto la ví me echaron chiribitas los ojos. No cacé ningún pájaro, pero me harte de pegar tiros. Me lo estaba pasando increíblemente bien. Sólo me extrañaba la insistencia de Willy por estar conmigo a solas, y hablar continuamente de “entrega”, “sacrificio”, “vocación”, “voluntad de Dios” y cosas así. Yo, la verdad, le decía que sí, que claro, que por supuesto, y no me enteraba de gran cosa. Supongo que por ese despiste mío no pasó la cosa de ahí. Ya de vuelta a la vida normal no sé cómo, no consigo recordar el proceso, pero el caso es que un buen día me encontré ante la disyuntiva de decir que sí o no. Me decían que aparentemente yo tenía vocación, aunque eso era algo que nunca se podía saber con certeza. Que tenía que dar un sentido a mi vida y que el Señor esperaba mucho de mí. Y me lo decían muchas veces. Yo no quería compromisos, no quería cambiar mi vida. Era feliz ya ¿para que variar? Pero estaba claro que la situación no podía seguir así. Por supuesto no me lo dijeron jamás, pero yo entendí que o pitaba, o me iba. Pedí tiempo para pensarlo. Ningún problema, faltaría más. Y lo pensaba, y sabía en mi fuero interno que al final diría que sí. Pero no lo deseaba.

No recuerdo qué día pité. Sí que había mucha gente en el club y que estaban todos reunidos en tertulia. Todos menos Willy y y yo encerrados en su despacho de dirección, hablando. No podían haber elegido otra persona que más me pudiese influir. Willy era un tipo estupendo, alegre, divertido, serio en ocasiones. Se le veía auténtico. Y él me decía que yo debía pedir la admisión. Me mandó al oratorio, para pedir luz al Señor, y allí estuve un buen rato, orando. Regresé al despacho y le recordé algo que ya le había dicho anteriormente, así como también al sacerdote:

- Oye, que a mí me gustan las chicas.

Se interesó por si había alguna en concreto. No, ninguna. Es decir, todas. Me gustan en general. Y a mí, me dijo. Pero Dios que te da la vocación te da también la fuerza para poder seguirla, y la Obra pone los medios. No me convenció del todo, pero dije que sí. Willy se fue y me dejó solo.

-Cuando termines vienes a la tertulia. Me dijo.

Yo sabía que en la Obra había gente casada y otra célibe, pero en ningún momento se me ocurrió que pudiese optar por un tipo u otro de asociación al Opus Dei. Simplemente hice lo que me dijo Willy. Tomé la pluma, que las cartas al Padre se escriben a pluma, y solicité mi admisión como socio agregado al Opus Dei, y ahí se terminó mi inspiración. Algo más debí añadir pero no recuerdo qué.

Y me reuní con el resto de la gente. Y todo fueron abrazos, sonrisas, felicitaciones, y yo totalmente asombrado viendo allí chicos del club que nunca sospeché que fuesen de la Obra. Por cierto, recuerdo lo confuso que quedé cuando dos me hablaron a la vez, uno de la Obra y otro de Casa. Yo que desconocía el último término llegué a la conclusión de que alguna reforma se hacía en alguna vivienda. En fin...

Pues no, en fin no. Era el principio. El principio de casi tres años de altibajos, de gozos y sombras, de sentirme tremendamente bien y dispuesto a comerme el mundo y luego deprimido y pensando que lo mejor era marcharme. Mi vida dentro del Opus Dei fue una constante lucha por

a) ser sincero b) ser puro c) controlar la imaginación.

Siempre me ha costado mucho esfuerzo la sinceridad y ante situaciones difíciles tengo la desagradable tendencia a salir “airoso” mintiendo. No sé si es algo adquirido o congénito, y lucho contra éllo. Pero me cuesta mucho. Y en la Obra hay que ser salvajemente sincero. He de decir que lo fui en muchas ocasiones, sonrojándome hasta los calcetines y deseando se me tragase la tierra. Y también que en otras tantas mentí descaradamente. Siempre me he preguntado qué habría sido de mi vida si siempre hubiese sido sincero. En fin, la mentira no lleva a ningún lado y por supuesto se dieron cuenta. No hubo broncas, ni una voz más alta que la otra. Se me propuso adecuar el plan de vida a mis circunstancias y decidimos de común acuerdo, mi director y yo, qué normas cumplir y cuales no. Y así, poco a poco, pero poco a poco, conseguí ir al ritmo acordado.

Lo que no conseguía, y tampoco le procupó mucho a mi director, era aguantar con el cilicio las dos horitas de rigor. El primer día me lo puse bien apretado. Tanto que al sentarme pues claro, se apretó aún más y creí que se me partía la pierna. Lo alfojé y ya fue más soportable. Pero no me lo ponía muy a menudo. Sobre este horrendo aparato corría la broma de rigor, que los pinchos iban para adentro porque caso contrario te cargas el pantalón. Y con el pantalón había otro problema. Eran los años setenta y la moda eran los vaqueros ajustados. Y por lo tanto el cilicio de marras se notaba. Y a ver qué le decías a un chico de San Rafael si lo veía. Y las disciplinas, ni mirarlas. Probé una vez rezando la Salve y rápidamente las archivé y nunca más.

Pureza. Jolín. He leído bastantes escritos en esta web y no veo que se hable mucho de élla. Pues para mí fue una tortura. Y no creo que estuviese hiper-hormonado. Sólo era un chaval de 15 a 17 años con su cuerpo naturalmente alterado. Me masturbaba. Y bastante. Luego era la confesión con sincero propósito de enmienda y a aguantar como se pueda. Mientras estaba en el club era sencillo. El ambiente ayudaba. Pero fuera... Los quioscos con sus revistas parecían cruzarse en mi camino. Ëpoca de destape, en la televisión y en el cine. Bueno, al cine no iba pero las carteleras ahí estaban. Y los programas de la tele. Y las chicas en la calle, en la escuela, en todos lados. Mi promedio de aguante era de una semana, y total, como ya tocaba confesar de nuevo pues por pecar un poquito... Y venga y dale. Ni el cura ni mi director se escandalizaron tampoco nunca. Lo verían normal imagino. Eso sí, se me llegó a decir que cuidadín, que el semen “lo que sale por ahí” que me decían, era puro nervio y podía terminar muy mal de seguir por ese camino. Cosas...

La imaginación. La loca de la casa según Santa Teresa, como acostumbraban a decirnos. Parece una tontería, pero para mí otro caballo de batalla. Y siempre imaginando lo mismo. Chicas, chicas y chicas. Me veía saliendo con una, ayudando a otra, inventaba novelas en las que yo era naturalmente el protagonista y siempre llegaba hasta el beso. Y ahí me detenía No podía seguir. Incluso para imaginar hace falta un conocimiento previo y yo jamás de los jamases había salido con una chica, mucho menos besado a ninguna. Incluso mis sueños eróticos –sueños de estar dormido- terminaban siempre ahí con una sensación de frustración por mi parte. Y cuando lo contaba la pregunta de rigor era la de si la chica era algo concreto o no. Y no, claro. ¿cuándo iba yo a tener tiempo de conocer a la concreta esa? Presencia de Dios, era la solución. Jaculatorias y mortificaciones. Naturalmente, pero en plena jaculatoria ya estaba yo imaginando desatinos. Y bueno, de mi insinceridad me puedo sentir, y me siento, culpable. De la falta de pureza también, hasta cierto punto. Pero de imaginar no. Nunca. Yo ya avisé antes de firmar que me gustaban las chicas. Ahora venían las consecuencias..

Y así, mal que bien, discurrió mi vida dentro del Opus Dei. Hubo como es natural cursos de retiro, uno en las torres del Campus de la Universidad de Navarra. Hubo convivencias. Buenos y malos momentos. Y hablando de retiros. Nunca pagué ni una peseta por nada. Yo no disponía de dinero entonces, y en mi casa entraba el sueldo de un obrero para siete personas, de modo que ni me planteaba pedirles. La Obra me llevó a todas partes sin pedirme nada. Eso sí, me dijeron que me lo apuntaban y algún día, cuando pudiese, ya lo abonaría. Ese día nunca llegó. Incluso en los veranos nos conseguían trabajo a chicos de Casa. Trabajos esporádicos y sin Seguridad Social, naturalmente. Y el dinero ganado jamás me lo pidieron. No es que yo les diese muchos gastos, pero es claro que conmigo, materialmente, el Opus Dei no ganó ni un céntimo.

Pasaba el tiempo, y yo no hcía la Admisión. No me veían preparado. Y tenían toda la razón. Y cuanto más tiempo pasaba, menos ganas tenía yo de que me admitiesen. Ya me planteaba dejarlo, y creo que no lo hacía por comodidad. Mis amigos estaban allí y mi forma de vida también. Fuera me vería solo. Porque aunque nos decían que no teníamos que instrumentalizar la amistad y que había que ser amigos de nuestros amigos, de dentro y fuera de Casa, lo cierto es que todo el tiempo estaba copado por el Opus Dei. Imposible cultivar otras amistades porque eso requiere tiempo y actividades comunes, y nada de eso era posible.

Finalmente me dijeron de hacer la Admisión. No lo entendí porque yo cada día estaba peor y muy desanimado. Supongo que fue pensando que supondría un empujón. Me dieron una dirección en Bilbao y que me presentase a cierta hora. Allí estuve e hice la ceremonia. Ni siquiera la recuerdo. En mi mente sólo estaba la idea de que aquello era falso y que tenía que marcharme. Al salir me reafirmé en mi decisión. Me iba. Estaba roto por dentro y me sentía un fracasado. Y culpable. Porque el fracaso era responsabilidad mía. Yo no fuí sincero, y ya me avisaron que era condición inexcusable para perseverar. Tenía algo de prevención ya que fuera de la Obra todo eran incógnitas y acechanzas. Esperé al día de la charla y se lo dije a Willy, que por entonces era de nuevo mi director. Recuerdo perfectamente la sala donde estábamos y la mesita de centro, que era una rueda de carro antigua adaptada. Y la recuerdo porque yo no paraba de mirarla, y mirándola le dije

-Willy, me voy de casa

y a continuación le miré a los ojos. Pero él no me miraba. Tenía la vista clavada en la mesa y los ojos llenos de lágrimas. Todavía me emociono al recordarlo. Me sentí terriblemente mal. Yo apreciaba, y aprecio aún, a aquel hombre. Por cierto que creo que ahora es sacerdote. Pero no sentí el impulso de reconsiderarlo. Me dijo que ya lo imaginaba y que si lo había pensado bien. Luego, que esperase unos días y mientras tanto que procurase llevar una vida de normalidad dentro del club. Por supuesto, asentí a todo. A lo que me hubiese pedido hubiese dicho que sí. A todo menos a quedarme. A los pocos días me llamó el sacerdote. ¡Horror! De ninguna manera quería hablar con él. Tan avergonzado estaba de marcharme que sólo deseaba que nadie más se enterase, que nadie me hablase de éllo. Además, en mi ingenuidad, pensé que Don Jesús –el cura- quizá me llamaba para confesar, y no me apetecía. Porque vamos a ver, ¿era pecado o no irse del Opus Dei? No lo tenía nada claro y ninguna gana de profundizar. Él vió mi confusión y por primera vez mi negativa a entrar en la salita y muy tranquilo me dijo:

-Pasa, hombre. No te preocupes. Será sólo un momento.

Y pasé. Me senté rígido y esperé. Me miró unos instantes pensativo. Yo no aguanté los nervios:

-D. Jesús, es que yo...

-Sí, lo sé. Me dijo. Willy me lo ha dicho. Sólo quiero felicitarte y desearte lo mejor en el futuro. Increíble, me felicitaba. Pues yo no estaba para jolgorios. Y así se lo dije. Me contestó que le alegraba que hubiese tomado al fin una decisión definitiva porque mi situación no se podía prolongar, pero que éllos no habían dado el paso porque seguían considerando que yo tenía vocación. Que él hubiese preferido que mi decisión me mantuviese dentro de la Obra, pero que lo comprendía. Que no dejase de ir a Misa, rezar, etc. Me dio la mano afectuosamente y salí. Entonces para mí quedó claro que salir de la Obra no era pecar y que había un camino fuera. Caso contrario ¿a que me recomendaba el cura que siguiese comportándome como un buen cristiano?

Tras unos pocos días Willy me dijo que se había organizado un curso de retiro, que si me interesaba... Le dije que no, gracias. Asintió con la cabeza. Poco después me comunicó que había sido dado de baja en el Opus Dei y aquél fue mi último día en el club Eretza. Jamás he vuelto. Lo que no recuerdo es haber escrito carta de petición de cese, aunque es posible que lo hiciera. Mi mente era un torbellino aquellos días.

MI adaptación a la vida fuera de la Obra tampoco fue muy difícil. A fin de cuentas un agregado vive su vocación en su entorno habitual con lo que la vuelta atrás es más sencilla que para un numerario. Y además con 17 años la capacidad de adaptación es grande.

Y este ha sido mi paso por el Opus Dei. Y no es una colección de horrores como los que he leído en otros escritos. Valoro positivamente mi experiencia, con sus luces y sus sombras, y me es imposible criticar a la Obra, sus hombres y sus métodos porque conmigo se portaron siempre bien. Incluso excelentemente.

De la formación allí recibida me han quedado “secuelas”. Me gustan las oraciones en latín, la Misa según prescribe la liturgia, sin añadidos que casi nunca vienen al caso. Me gustan los curas con sotana. Cuando veo clérigos de otras confesiones, cristianas o no, todos con su hábito correspondiente siento vergüenza ajena por los sacerdotes católicos que parecen avergonzados de lo que son. Supongo que me convirtieron en un tradicionalista, un conservador.

Me vienen a la mente más recuerdos de aquellos años. Cosas que creía olvidadas para siempre y que vuelven ahora, tras visitar esta web. Pero son solamente interesantes para mí. Nada más por tanto.

Un saludo a todos los ex

Josgar


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