Vocación, Elección, Predestinación y Miedo

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Por Nicanor, 28.06.2010


Joven estudiante, me dirigía – como siempre – muy de mañana a tomar un bus que me llevase al Centro de Estudios LOS ANDES para escuchar Misa. Caminando por la acera me tropecé con un religioso de los Sagrados Corazones que, al ver la maqueta que llevaba en mano comentó: “¡Qué hermosa Iglesia!”. Exactamente no era el diseño de un templo sino otra cosa. Le pedí que rezase por una intención especial (las intenciones del Padre) y el religioso pasó de largo.

Pasadas algunas semanas, retornaba de la Universidad sin haber escuchado Misa. Entré a la primera parroquia que me encontré y me encontré con este religioso celebrando. Al darme la Comunión me tomó del hombro y me dijo: “Quiero charlar contigo luego”. Culminados mis diez minutos de acción de gracias me acerqué a la Sacristía. Allí estaba esperándome. Nos presentamos y mirándome fijamente dijo: “Veo en ti la mirada de Cristo” (Algo que años después me enteré en la biografía oficial que escuchó Escrivá de un obrero acerca de él, buen oído de Escrivá). Continuó el religioso: “Dios te llama a construir Iglesias, ven con nosotros”. Le dije que ya tenía un compromiso con el Opus Dei. “¡Mejor aún! Clara señal que Dios se ha fijado en ti. Déjalo todo y vente con nosotros”. Le dí la mano y me retiré...

Llevado a la media hora de oración de la tarde el asunto se volvió complejo. Por un lado, el Opus Dei te dice: “La vocación es una especial llamada de Dios, desde la eternidad, para toda la vida” y ahora, nuevamente, un religioso me dijo lo mismo. Entonces ¿Dios muda de parecer?, ¿Y si Dios en verdad quería que me trasladase a los Sagrados Corazones?

Una de las prácticas usuales para enganchar a los chicos a hacerse numerarios es “vas a sentir miedo, síntoma inequívoco de vocación”. Otra: “Dios te ha predestinado desde la eternidad” y otra: “Dios te está llamando para numerario, como a los apóstoles”.

Tres conceptos: miedo, vocación, predestinación, elección. Para los que están sufriendo esta crisis vocacional o planteándose la crisis de abandonar el Opus hay que aclarar estas palabras no en la mente del Fundador del Opus, sino desde la mente del Fundador del Cristianismo: Jesús.

El “miedo” va en la línea de aceptar las teofanías: Abraham, Moisés, Isaías… todos los Profetas. Sin embargo Jesús no la emplea, en ningún momento dice: “Padre, tengo miedo”. Para los cristianos el concepto de “miedo” no tiene nada que ver con la aceptación de la fe o su práctica sino al contrario. La felicidad será el síntoma inequívoco.

La “vocación” y “predestinación” en el Nuevo Testamento, dentro de su contexto, están referidos a la conversión, a la santidad, a dar testimonio del Mesías auténtico y, también, a vencer el pecado para mantenerse en la fe. Aclaro: en la fe, no en el seguimiento estricto a la normativa particular de un apóstol o discípulo.

En cuanto “elección”, es Jesús mismo quien elije entre la multitud de sus discípulos. En ningún caso se presenta algo semejante a “por no haberme seguido seas maldito entre los hombres”, para nada. Es más, la intención del hagiógrafo o quien escribe los Evangelios inspirado por el Espíritu es plasmar la esencia del mensaje de Jesús. A los evangelistas no les interesaba narrar si Jesús cambió alguna vez de opinión, si estuvo al lado de su San José, si tuvo una discusión con su la esposa de Pedro… La “elección o llamado” se presenta de un modo natural, libre y feliz. No al modo del Opus: “¡Acepta porque es Dios mismo quien te llama!”, “¡Sé valiente!”. Ni siquiera en los Hechos de los apóstoles se narra algo semejante y menos aún de la infelicidad de los primeros cristianos por ser cristianos. El testimonio es al revés, son felices porque son cristianos.

Si bien el Opus se presenta a si misma como el retorno al primitivo cristianismo, no hay nada más lejano a la realidad. Si las primeras comunidades cristianas eran envidiadas por la felicidad que irradiaban, el Opus Dei controlará el “santo temor por no desobedecer una especial predilección de amor de Dios”.

Para todos a los que les plantean ser numerarios (as) o agregados (as) y los que están pensando en marcharse sólo les pido lo siguiente: lean los evangelios no “ad mentis patris” (según la interpretación de Escrivá) sino “ad mentis Iesus” (en la mente de Jesús) y empiecen a dejarse llevar por las mociones del Espíritu Santo.

Únicamente de este modo podrán dar una cabal interpretación del llamado a la santidad desde la felicidad y no desde el miedo, de la verdad y no desde el engaño, de una auténtica vocación a ser santos y no curas o monjas sin hábito, nada más lejano al primitivo cristianismo, radiante de alegría porque sabían de primera mano que el llamado de Jesús es seguir el soplo del Espíritu Santo, “cambiante”, como le sucedió a Felipe con el etíope a quien bautiza y luego le deja seguir su camino porque el Espíritu le llama a otra misión. ¿Qué habrá sido del etíope? No lo sabemos, lo único que podemos afirmar es que siguió feliz y libre su camino tras ser bautizado.

Concebir la “Predestinación” según la peculiar interpretación de Escrivá, como una Voluntad inmóvil de Dios exenta de la felicidad y la libertad del hombre es una tergiversación del concepto de Providencia en la libre decisión que cualquier cristiano asuma al hacer su propia vida. Algo que el mismo Escrivá denominaría posteriormente “estamos haciendo auténtica teología”. Como si la anterior fuera falsa.

Otro ejemplo lo encontramos en la discusión que sostienen Pablo y Bernabé, narrado en los Hechos de los Apóstoles. Bernabé quería llevar a su primo Marcos y Pablo se oponía. Por ello decidieron separarse. ¿Acaso se provocó un caos cósmico en la mente de Dios por esta disensión como para tomarse una Aspirina?, ¿Tuvo que aparecer Jesús mismo para aclarar el asunto o hacer un milagro? No. Y es que el Espíritu Santo, como bien narra Juan Pablo II, es un misterio interno dentro de las decisiones de amor entre el Padre y el Hijo. ¿Quién sería tan soberbio de presentar patente de único intérprete de la voz del Espíritu? Ya sabemos la respuesta: Escrivá y el gran cúmulo de leyendas que le acompañan respecto a los inicios de su Fundación. Personalmente yo fui uno de los que me las creí. Y, la impresión que me llevé del Espíritu Santo que insufla los corazones fue: “ahoga pero no asfixia” y menos mal que me echaron mano para no morir asfixiado.

Señal irrefutable de la ausencia del Espíritu será justamente su capacidad de cambio – como el viento – y la alegría que inunda el alma de los cristianos de mantenerse en la fe que el Hijo les trasmite a diferencia de un “iluminado” (Escrivá) que interpreta las palabras de Jesús para retener a través del miedo: "...signo inequívoco de vocación y perseverancia en el Opus Dei".



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