Vida cotidiana de una numeraria del Opus Dei/Las zonas de la casa

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III. LAS ZONAS DE LA CASA


El oratorio

El corazón de cada centro del Opus Dei es el oratorio[1]. Es la habitación que alberga al Santísimo Sacramento, al que se llama a menudo el señor de la casa. Se trata de habilitar para este uso la habitación mejor de la casa. A menudo es posible, abriendo alguna puerta, ampliarlo de tal modo que aumente la capacidad con ocasión de alguna celebración más solemne y numerosa. Se evita llamar a esta zona con el término capilla, que se considera en la Obra un término poco laical.

Es costumbre asomarse al oratorio para una rápida genuflexión, acompañada interiormente de una jaculatoria como “adoro te devote, latens deitas” para saludar al entrar y salir del centro. Asomarse al oratorio para saludar al Señor es también un modo de cultivar la presencia de Dios durante la jornada: o sólo una genuflexión, o una breve visita permaneciendo algún momento arrodillada en un banco cercano a la puerta.

En los centros del Opus Dei el altar, incluso después de la entrada en vigor de las reformar previstas por el Concilio Vaticano II, continua estando adosado a la pared central o poco separado de ella, dejando un estrecho pasillo para la limpieza y la organización de los accesorios litúrgicos. El sacerdote sigue celebrando volviendo la espalda al pueblo para evitar dársela al tabernáculo, ya que para la sensibilidad de los socios del Opus Dei parece una falta de respeto situar el tabernáculo a un lado del altar. Sólo los oratorios especialmente grandes de obras corporativas importantes a los que tienen acceso con frecuencia personas que no pertenecen a la Obra, tienen estudiadas soluciones arquitectónicas que permiten, a pesar de adoptar las reformas establecidas por el concilio, evitar que se dé la espalda al tabernáculo dejándolo en una posición central. Una de las soluciones arquitectónicas que se empezó a usar en esa época fue la de construir una capilla del santísimo sacramento en una habitación de detrás, elevada respecto al oratorio, y poner el tabernáculo tras una ventana con puertas que se encuentra en la pared divisoria entre la zona principal del oratorio y la capillita del tabernáculo. Esa solución permitía, precisamente, al sacerdote celebrar coram populo sin dar la espalda al tabernáculo, que quedaba de ese modo en una posición sobreelevada.

Para poder hacer la oración ante la eucaristía expuesta aunque no haya un sacerdote que pueda legítimamente abrir el tabernáculo para mostrar el copón, se adopta a menudo la solución de dotar al sagrario, por detrás de la puertecita que da acceso al copón, de una segunda puerta con cristales, que deja ver por tanto el interior del tabernáculo sin necesidad de abrirlo[2].

El altar, por tanto, se encuentra siempre en los centros de la Obra en una posición central. Con frecuencia es de madera estucada, a veces de mármol. La parte del ara sobre la que se celebra el sacrificio eucarístico está cubierta con dos lienzos cortos de lino, de la medida exacta de la superficie que deben recubrir, bordadas a mano con un ribete según el día, cubiertas por un lienzo superior de la misma anchura pero que cae lateralmente hasta quedar a pocos centímetros del suelo, también de lino y bordada a mano, sencilla para los días de diario y bordada o acabada con encajes para las celebraciones más solemnes[3]. Este último lienzo, cuando no se celebra, está cubierto por un cubremanteles corto, a menudo de simple algodón. En la parte posterior del ara, en el centro, se encuentra el tabernáculo. Lateralmente al sagrario quedan libres dos espacios a lo largo de los cuales se disponen, simétricamente, tres candeleros. Además de estos candeleros fijos, hay otros dos más pequeños, que se ponen o quitan según las necesidades, que se encienden para los actos comunes y para la celebración de la misa diaria. Las velas siempre son de cera.

Para la disposición de los bancos se adoptan soluciones diversas. La más común es la de dos filas paralelas que dejan un pasillo en el medio, pero frecuentemente, si la habitación lo permite, se adopta una disposición en coro. Se busca habitualmente hacerlo de tal modo que los reclinatorios y los apoyabrazos estén acolchados: cada numeraria pasa, cada día, alguna hora en el oratorio, y la devoción personal y el espíritu de mortificación las impulsan a mantener por largo rato la posición arrodillada, que se hace más soportable con este truco. En todo caso, por espíritu de pobreza, que lleva a evitar que se gaste por descuido la decoración, se hace de tal modo que los reclinatorios sean abatibles, así se pueden apoyar los pies sin estropear el almohadillado con la suela de los zapatos.

Los objetos sagrados más importantes, es decir, los que entran en contacto directo con las especies consagradas, serán siempre de metal precioso, oro o al menos plata dorada, incluso en ocasiones ricamente decorados. Cada centro dispone de vasos sagrados para las celebraciones de diario y de otros más ricos para las celebraciones de fiestas. Los modelos son siempre muy clásicos, a menudo barrocos. Se evitan cuidadosamente modelos demasiado modernos y el uso de materiales -aunque sean ricos- que no sean tradicionales. Sobre todo se busca que el material del cáliz, copón y patena sea tal que permita una limpieza profunda, la purificación del vaso sagrado, con bolas de algodón empapadas en alcohol que posteriormente serán cuidadosamente quemadas para evitar la dispersión involuntaria de partículas, aunque sean minúsculas, del pan consagrado.

Para los otros objetos del oratorio que no entran en contacto directo con las sagradas especies -candeleros, apagavelas, cerillera, campanilla, etc.- se pueden usar metales menos nobles, mejor si son de plata, y para las vinajeras se optará por el cristal y, alguna rara vez, por la plata. Todos estos objetos se someten a una cuidadosa limpieza diaria, así como los linos siempre escrupulosamente limpiados y almidonados.

También la llave del tabernáculo es objeto de particular cuidado y debe ser custodiada bajo llave por el director del centro, que generalmente se encarga de llevarla al altar y recogerla al final de la celebración[4].

Paredes, techo y suelo están decorados cuidadosamente, con mayor o menor sencillez o riqueza según la importancia del centro y los recursos económicos de los que se dispone. Generalmente se hará un esfuerzo mayor para la riqueza de toda la decoración del oratorio en los centros de estudios, aunque estos son centros por su naturaleza una y otra vez deficitarios desde el punto de vista económico, porque todo en estas casas contribuye a la formación en el espíritu de la Obra de los que allí viven. La mayor parte de las veces el retablo está formado por una pintura, a menudo realizada por alguna numeraria con capacidad artística, con escenas del Evangelio, realizado de tal modo que alimente la devoción de quien lo mira.

En una de las paredes del oratorio, generalmente cerca de la puerta de entrada, hay colgada una cruz de madera negra opaca, sin crucifijo, de tamaño variable, pero cuyas proporciones entre los dos brazos está determinada exactamente de tal modo que podría inscribirse dentro de una circunferencia como la del sello del Opus Dei[5]: la circunferencia representa, precisamente, el mundo que contiene a la cruz que lo abraza completamente. Como se explica en un punto de Camino[6], esta cruz sin crucifijo representa para cada numeraria su cruz personal, la de su lucha ascética y la de las circunstancias de la vida que pueden hacer arduo el camino de cada una hacia la santidad. Una devoción recomendada a todas es la de besar frecuentemente la madera de esta cruz, en un acto de aceptación y de amor hacia estas cruces personales. Ante esta cruz se celebran los actos públicos de las diversas ceremonias de incorporaciones a la Obra.

Cerca, y si es posible, comunicada directamente con el oratorio, está la sacristía, una habitación preparada con un armario más o menos grande equipado para contener sin estropearlos los diferentes objetos sagrados: casullas de los diferentes colores litúrgicos, capas pluviales, alba y roquete, manutergios, toallas y lienzos, cálices, copones, la custodia para la adoración eucarística, los conopeos -también estos de diferentes colores litúrgicos- que habitualmente velan el tabernáculo, además de todos los materiales para preparar la misa y para la limpieza del oratorio. Las escobas y las bayetas del polvo usadas para la limpieza del oratorio y sacristía son distintas de las usadas para el resto de la casa.

En todos los centros de la sección femenina está prevista además la existencia de un confesionario que permita recibir el sacramento de la penitencia en una situación de separación física total entre el penitente y el sacerdote: sólo la voz pasa a través de la espesa rejilla que está por encima del reclinatorio de la penitente permitiendo la comunicación. La confesión es semanal, y a menudo se acompaña de la dirección espiritual que el sacerdote da separada del sacramento. Por tanto también para esta norma se acaba por dedicar un cierto tiempo, por lo que se aconsejan las mismas pequeñas comodidades previstas para los bancos: reclinatorio acolchado y el mejor aislamiento posible de la zona exterior que permita hablar con comodidad y con la posibilidad de poderse entender sin prestar demasiada atención al tono de la voz. Estas exigencias inspiran las más variadas soluciones de equipamiento.

La dirección

La dirección es la oficina donde trabaja la directora del centro, en la que se desarrollan las reuniones del consejo local, en la que se guardan los documentos internos de la Obra y la correspondencia que cada centro mantiene con la delegación de la que depende y con la asesoría, en la que se guardan las llaves que la directora tiene la responsabilidad de administrar: la del armarito de las medicinas, del mueble de la televisión, las llaves del centro, etc. Separada de estas llaves, a menudo en un cajón del escritorio, se custodian las llaves del tabernáculo, guardadas en una cajita más o menos valiosa, y las llaves y los documentos del automóvil del centro.

Con mucha frecuencia, pero no necesariamente, en esta habitación se tiene el círculo breve y se guarda un armarito, también cerrado con lleve, que contiene las medicinas de primeros auxilios.

Según el tamaño del centro, y el número de los locales disponibles, la directora duerme en esta habitación, en un sofá cama o en un mueble cama que se abre por la noche, o en un verdadero y propio dormitorio adyacente a la oficina, de tal modo que pueda custodiar también durante la noche cuanto tiene confiado a su responsabilidad.

La secretaría

Mientras la subdirectora del consejo local no necesariamente dispone de una habitación particular, la secretaria, como la directora, dispone de una habitación específicamente ligada a su papel, que es muy frecuentemente oficina y dormitorio, siempre utilizando los mismos trucos que permiten durante el día utilizarla independientemente del uso que se hace de noche.

Se presta particular atención a la caja que guarda el dinero, guardada bajo doble llave: la de la caja en que se encuentra, y otra, que puede ser la del armario o cajón en que el dinero se coloca. El secretario tiene una llave; la otra, el director o el subdirector. Estas llaves no se llevan en el bolsillo[7].

En secretaría se guardan además los libros de la contabilidad, los archivos de facturas y varios elementos de apoyo a los diversos movimientos contables, y las hojas personales en las que cada numeraria anota sus entradas y salidas.

También cuando se trata de un centro de san Miguel, sin ninguna connotación oficial, todos los movimientos de dinero del centro se gestionan como una administración oficial, porque en todo caso cada uno de los centros en particular responde ante la delegación, y ésta después a la asesoría que enviará a su vez, una vez al año, al gobierno central de Roma.

Se no es una habitación demasiado pequeña y sacrificada, como a veces ocurre, aquí la secretaria recibirá una o dos veces a la semana a las numerarias que deben hacer caja: entregar a la caja del centro sus entradas procedentes del trabajo, ayudas familiares, etc.; retirar las pequeñas cantidades de dinero que cada una recibe para los propios gastos ordinarios -medios de transporte, sellos para las cartas, un par de medias o algún artículo de perfumería- o alguna suma, debidamente autorizada, para los gastos extraordinarios: un libro universitario, una prenda de ropa, un viaje, etc. Estas sumas recibidas, y que cada numeraria no considera propia sino proporcionadas por la Obra, serán justificadas a final de mes en un informe detallado, la cuenta de gastos[8], que cada una entrega a la persona con quien hace su charla[9].

La administración

La administración, más que una zona, es una parte de la casa constituida a su vez por una serie de zonas.

En un centro del Opus Dei se entiende por administración todo lo que está relacionado con la atención material -pero con importantes implicaciones espirituales, en la mente del fundador- de los centros de la Obra. Quien trabaja en la administración tiene la responsabilidad de hacerlo de tal modo que en la Obra se sientan en familia, cuidados, incluso mimados cuando una enfermedad u otra situación particular hagan aconsejable mitigar las exigencias ascéticas de la entrega. Además es responsabilidad de la administración conseguir que en los centros todos estos cuidados y atenciones sean compatibles con la virtud de la pobreza, tal como se entiende en la espiritualidad específica del Opus Dei: desapego, más que falta de algo; evitar los derroches debidos a caprichos y descuidos; no considerar las cosas como propias; aplicar en cada cosa el criterio que aplicaría una madre de familia numerosa y pobre.

Las zonas fundamentales para desarrollar la actividad propia de la administración son la cocina, que tiene anexa una despensa más o menos espaciosa, que sirve para guardar las provisiones ya que, por evidentes razones de ahorro y de pobreza, se intenta hacer la compra al por mayor siempre que es posible; el office, que constituye una referencia tanto para el servicio de la mesa (por ejemplo, durante las comidas, las personas que trabajan en la cocina pasan a quien desarrolla el servicio en la mesa las fuentes de comida ya preparadas) y para la preparación de aperitivos, meriendas, dessert, etc.; el comedor, que aunque sea una habitación común entre la residencia y la administración, en las horas en que no se utiliza está abierta habitualmente por la parte de la administración; y finalmente la lavandería y el planchero. Esta última zona, habitualmente bastante amplia en la que están los armarios en que se guarda toda la ropa de la casa, y la personal que se limpia y devuelve con ritmo semanal, frecuentemente se usa como sala de estar por el personal que trabaja en la adminsitración.

La sala de estar

La sala de estar es una zona muy importante en cada centro del Opus Dei, por la importancia que tiene la vida de familia, similar al cumplimiento de las normas del plan de vida y del apostolado, en la ascética de la institución.

Habitualmente está decorado con sofás y sillones acogedores, y a menudo con alfombras y cojines que permiten añadir sitios improvisados frente a reuniones más numerosas. Con el oratorio y la dirección, es una de las zonas del centro habitualmente abiertas a las personas ajenas a la Obra que van por el centro.

Los muebles y complementos son alegres y acogedores, no demasiado formales aunque cuidadosamente estudiados y personales. Cualquier detalle -una fotografía de los padres del fundador, los patitos y los burros a los que se refería a menudo en sus escritos y en sus pláticas para aludir a la audacia de lanzarse a nadar sin entrenamiento y a la paciencia y a la fortaleza- sirve para darle un tono íntimo y familiar, y una ambientación ligada a la realidad geográfica del centro sirve para aumentar la naturalidad y espontaneidad con que cada uno entra y usa la habitación logrando que se sienta en su casa. La única diferencia inmediatamente perceptible para el que entra en la sala de estar de un centro del Opus Dei respecto a la sala de estar de otra casa de familia cualquiera es que, aquí como en toda las otras zonas del centro, reina un orden escrupuloso y sin excepciones.

Salitas

En todos los centros en que viven numerarias algunas habitaciones están arregladas de tal modo que se faciliten los encuentros personales en los que cada asociada practica su apostolado de amistad y confidencia. Por tanto al diseñar la estructura de cada centro, se prepararán al menos una, o mejor aún, varias zonas de estas: habitaciones no necesariamente amplias, pero decoradas con esmero, en las que sea posible sentarse cómodamente a hablar en un ambiente íntimo y acogedor. Estas mismas habitaciones se usan para el desarrollo de algunos medios de formación: círculos, charlas doctrinales, charlas sobre el espíritu de la Obra a las vocaciones recientes, etc.

La sala de estudio

La sala de estudio es otra zona fundamental para el desarrollo de la actividad apostólica. Por tanto siempre estará presente en los centros abiertos a las actividades apostólicas en los que vivan numerarias que estudian, en cambio faltan en los centros de san Miguel en los que se realizan actividades de dirección.

Normalmente se destinan a tal fin habitaciones amplias. A lo largo de las paredes sólidas y espaciosas librerías, con estanterías para dejar durante los libros de consulta y el material de estudio de cada una, y con puertas cerradas con llave para los libros de consulta de la biblioteca. En el centro de la habitación hay mesas, también cómodas y espaciosas, en cada una habitualmente de cuatro a seis personas, con una iluminación en cada una, aparte de la luz central, con una luz difusa que permita la concentración. Entrando en una de estas salas de estudio, es habitual encontrar varias chicas, numerarias y amigas de ellas, que estudian en silencio, con una imagen piadosa -el crucifijo, una representación de la Virgen, la foto del Padre- para ayudarse a sobrenaturalizar el propio trabajo.

En determinadas ocasiones -conferencias o actividades culturales de varias clases- la sala de estudio se puede utilizar para acoger un auditorio especialmente numeroso.

Los dormitorios

El dormitorio de una numeraria es la habitación de la casa en la que, más que en cualquier otra parte, es difícil que entre alguien de fuera, sobre todo si no pertenece a la institución.

Siempre que es posible los dormitorios son individuales: esto permite vivir mejor el recogimiento del tiempo de la noche, la modestia personal, la responsabilidad del orden y la pobreza, y sobre todo permite evitar familiaridades con las otras que podrían llevar a amistades personales demasiado íntimas, que están indicadas en la ascética de la Obra, con una connotación negativa y repitiendo una expresión habitual en la historia de la vida religiosa, consideradas amistades particulares.

Cuando la estructura del centro no permite dar a cada una un dormitorio personal, el número de camas presentes en cada habitación será siempre impar.

Una numeraria duerme sin colchón hasta cumplir los cincuenta años[10], directamente sobre una tabla de madera sobre la que hay una manta de lana doblada. Sobre la manta se hace una cama normal, con sábanas y con el número de mantas adecuado al clima y a la estación, y con una almohada normal pero que una vez a la semana, en la noche que precede al día de guardia[11], se elimina o se sustituye por un apoyo duro, normalmente un libro, como práctica añadida de penitencia.

La costumbre de dormir sin el colchón tiene, entre otras cosas, ventajas prácticas: puede ocurrir con cierta frecuencia que, en la imposibilidad de disponer de una cama propia y verdadera, una numeraria duerma durante una época de su vida en una mesa, quizás en una habitación que durante el día funciona como sala de estudio, o si la presencia de un parquet lo permite, directamente en el suelo. Por la mañana, para hacer la cama, es muy rápido envolver en un rollo de pequeñas dimensiones, mantas y sábanas ya preparados para ser posteriormente extendidos y utilizados, y guardarlo en un espacio reducido. En los primeros años de la vocación las posibles incomodidades se viven con una alegre soltura; posteriormente se procura evitar que personas más mayores se encuentren afrontando ese tipo de dificultades, aunque en los relatos de los primeros tiempos repetidos en las tertulias se narre el entusiasmo con que las primeras en cada nación han afrontado molestias e incomodidades debidas a la extrema pobreza de los comienzos.

Además de la cama, en la habitación se dispone de un armario, nunca demasiado grande ya que, por espíritu de pobreza, cada numeraria dispone de una cantidad de ropa no abundante aunque completa y de buena calidad, y de una mesita de noche en la que deja a menudo su crucifijo cuando no lo utiliza, y una botellita que contiene el agua bendita con que se asperge la propia cama por la noche antes de acostarse.

Las numerarias no tienen, en su habitación, fotografías de sus familiares, ni siquiera cuando tienen una habitación individual, porque su familia es la Obra[12].

Aparte de estas cosas, se podrán encontrar otros objetos decorativos destinados a darle a la habitación un aspecto agradable y familiar (mesa y silla, un sillón, alguna estantería, etc.) pero que pueden de vez en cuando faltar sin causar serios problemas, ya que el dormitorio supone, en la jornada de una numeraria, sustancialmente una habitación en la que sólo se pasan las horas de la noche[13], y que a menudo no puede ser utilizada por su inquilina durante el día por estar acondicionada para otras funciones.

Centralita y portería

El servicio de centralita y portería no es, en los centros del Opus Dei, un servicio de poca importancia, siguiendo en esto las recomendaciones del fundador[14]. Según la amplitud del centro, se pueden destinar a la centralita o portería locales más o menos definidos. En un centro de san Miguel donde viven pocas numerarias y donde la labor apostólica con personas de fuera es poca o nada, se limita a dar el encargo a una persona para coja el teléfono y lo comunique a las ausentes, y de hecho este encargo se vivirá con mucha elasticidad y delegándolo con facilidad. Por el contrario, la responsabilidad de filtrar y controlar los contactos con el exterior del centro se vivirá con mayores precauciones en los centros grandes: residencias universitarias, centros de estudios, clubs de bachilleres, centros de gobierno. Siempre que sea posible, especialmente en el caso de centros en los que se desarrollan actividades de gobierno, es la administración quien realiza este servicio.

Cuando llega el correo al centro, desde la portería se entrega a dirección. Es la directora quien hará llegar a cada destinataria las cartas que le hayan enviado, después de haber abierto los sobres y, si lo considera oportuno, haber leído antes el contenido del mensaje. Del mismo modo, las cartas preparadas para enviar se dejan abiertas en la mesa de la directora, que procede, en su caso, a leerla, y después a cerrarla y a enviarla[15]. No es raro que la directora llame y dé indicaciones respecto al contenido del correo. Esas indicaciones se refieren sobre todo al sentido positivo y sobrenatural del contenido, ya que se considera de mal espíritu hacer críticas o comentarios negativos[16], así como la oportunidad de comunicar o no, o dar importancia a determinadas noticias referentes a la Obra, el tono apostólico, etc.


Referencias

  1. “Por evidentes razones de delicadeza sobrenatural y humana, desde los comienzos de la Obra, al instalar los Centros, y siempre, lo primero es el oratorio -el sagrario-; después, la Administración, y, en tercer lugar, el resto. Cualquier otro planteamiento supondría un desorden, que no sería grato a Dios” (Vademecum de la sedes de los Centro, Roma, 6-XII-87, pag. 8-9).
  2. “En los Centros donde el sagrario tiene puerta interna de cristal, se usa con frecuencia la facultad concedida por la Santa Sede de abrir la puerta metálica, porque contribuye a aumentar la devoción al Santísimo Sacramento: concretamente, cuando los asistentes son miembros de la Obra, se pueden abrir las puertas que ocultan las de cristal, todos los jueves durante la oración de la mañana y, si se desea, también otro día de la semana” (De Spiritu et de piis servandis consuetudinibus, Roma 1990, 77, nota 36).
  3. Todos los criterios concretos que se suelen usar en el cuidado el oratorio se contienen en un documento llamado Praxis de oratorio, que es un compendio de criterios dados por el fundador y de experiencias recogidas a lo largo del tiempo por las diferentes numerarias que se han ocupado de este encargo.
  4. “La llave del sagrario se guarda en una caja digna, forrada por dentro con terciopelo, moiré, etc., que el Director del Centro custodia bajo llave (también el duplicado). Inmediatamente antes de comenzar un acto litúrgico en el que se ha de abrir el sagrario, se coloca la caja sobre el altar, junto al tabernáculo; y en cuanto se termina, se devuelve a su sitio. Generalmente, el Director se ocupa de llevar y recoger la llave” (Vademecum de las sedes de los Centros, Roma 6-XII-87, pag. 26). Además: “Las llaves de todos los sagrarios de los Centros de la Prelatura, han de tener una cadena, de la que cuelga una medalla de San José, con la inscripción: Ite ad Ioseph” (De spiritu et de piis servandis consuetudinibus, Roma 1990, 94).
  5. “Donde tres o más fieles del Opus Dei hacen vida en familia, se coloca una cruz de color negro y sin imagen del Crucificado, en un lugar conveniente y digno” (De spiritu et de piis servandis consuetudinibus, Roma 1990, 81).
  6. “Cuando veas una pobre Cruz de palo, sola, despreciable y sin valor... y sin Crucifijo, no olvides que esa Cruz es tu Cruz: la de cada día, la escondida, sin brillo y sin consuelo..., que está esperando el Crucifijo que le falta: y ese Crucifijo has de ser tú (Camino, 178).
  7. “El dinero se guarda sólo en la caja correspondiente, custodiada bajo doble llave: la de la caja, y otra, que puede ser la del armario o del cajón de la mesa en donde está. Tiene una llave el Secretario; y la otra el Director o un Subdirector. Cuando alguno de éstos se ausenta de la ciudad, entrega la llave al miembro dignior del Consejo local. Estas llaves no se llevan en los bolsillos” (Vademecum de las sedes de los Centros, Roma, 6-XII-87, pag. 48).
  8. “Como manifestación práctica de su desprendimiento de los bienes materiales y de la virtud cristiana de la pobreza, cada numerario y agregado lleva una nota personal donde apunta sus gastos ordinarios y las cantidades que retira con este fin. El Consejo local revisa periódicamente esas notas mensuales” (Glosas sobre la obra de San Miguel, Roma, 29-IX-87, IV. Desprendimiento en el uso de los bienes materiales).
  9. A propósito de la charla, véase más adelante.
  10. La costumbre de dormir sobre tabla se vive, en el Opus Dei, exclusivamente por las numerarias. Ni las agregadas, ni las numerarias auxiliares, ni los numerarios de la sección de varones practican esta penitencia, aunque todas estas otras categorías de miembros de la Obra practican la costumbre de dormir sobre tabla y sin almohada en la noche que precede al día de guardia. En el periodo de los cuarenta y cinco a los cincuenta años cada una es libre de elegir si seguir durmiendo sobre tabla o empezar a usar un colchón normal. Además el colchón se utiliza durante los cursos anuales y los cursos de retiro, y siempre cuando una numeraria se queda en cama enferma.
  11. Para la costumbre del día de guardia, véase más adelante.
  12. “...Como manifestación patente de que su familia es la Obra, los numerarios no dejan a la vista fotografías o retratos de sus parientes en las habitaciones personales de los Centros; conservan estas fotos en la intimidad, si lo desean” (Vademecum de las sedes de los Centros, Roma, 6-XII-87, pag.17-18).
  13. En el Opus Dei, por espíritu de mortificación y para aprovechar mejor el tiempo, no se descansa nunca por la tarde, a no ser en casos excepcionales -enfermedad, a la vuelta de viajes agotadores, etc.- que en todo caso deben ser autorizados cada vez por las directoras del centro.
  14. “Nuestro Padre subrayó siempre la importancia de atender muy bien los servicios de portería, correo, teléfonos y visitas. En los Centros donde la administración no se ocupa de la portería, se adoptan las medidas necesarias para que funcione debidamente: con eficacia y con sentido de responsabilidad. Se encarga de abrir la puerta o de contestar a las llamadas telefónicas un miembro de la Obra que, siguiendo las instrucciones del Consejo local, cumpla bien esa tarea: así se asegura siempre que no se pierde ninguna carta; que el correo llega inmediatamente al Director; …que se transmiten los encargos; etc.” (Vademecum de las sedes de los Centros, Roma, 6-XII-87, pag. 25-26).
  15. “...Cada uno decide en conciencia si debe o no enseñar la carta al Director del Centro, teniendo en cuenta que -sin duda- le puede ayudar en su vida espiritual enseñar aquellas cartas cuyo contenido no le gustaría que otros conocieran, excluidas, como es lógico, las que se refieren estrictamente a cuestiones de su trabajo profesional.
    “Los Directores, por su parte, tienen el derecho y el deber de evitar que lleguen a los miembros de la Obra escritos, cartas, etc., que, de algún modo, puedan causar daño a quienes las reciben, vengan de donde vengan. Por esto, entregar una carta abierta, o haberla leído antes, no constituye nunca una prueba de desconfianza: manifiesta sólo el deseo de evitar un perjuicio, una razón ascética o una medida práctica de ayuda en la labor de formación espiritual.
    “Los Directores locales, sin embargo, no abren ordinariamente las cartas que reciben los Electores, los Inscritos y, en general, los que ya hicieron la fidelidad. Alguna vez, sin embargo -como muestra de sujeción y de obediencia-, se entrega al interesado la carta abierta: y esto, aunque quizá no se haya leído. Durante alguna temporada concreta, el Director abre y lee la correspondencia de todos. El Subdirector del Centro se ocupa de las cartas dirigidas a quien hace cabeza” (Glosas sobre la obra de San Miguel, Roma, 29-IX-87, VII. Correspondencia).
  16. “No hagas crítica negativa: cuando no puedas alabar, cállate” (Camino, 443).