Ventajas de dejar de ser numerario

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Por Karanka, 11.03.2013


· Descubres -o redescubres, según los casos- la amistad. Cuando eres numerario no tienes amigos porque no puedes abrirte con ellos. Tienes preceptuados o colegas a los que tratas, pero no amigos. No puedes contarles tus preocupaciones; es más, tienes que aparentar que nos las tienes, porque en la Obra estar triste está mal visto y da mal ejemplo. La obsesión por la alegría es inhumana, literalmente hablando. Así que cuando dejas la Obras puedes compartir tu intimidad, reírte, hacer el idiota, emborracharte... y no preocuparte nada por el mal ejemplo. Los amigos son prácticamente inmunes al mal ejemplo, porque son amigos y son humanos, como tú.


· Descubres la gracia de Dios. En la Obra la gracia es una cosa para citar en las meditaciones y en las clases de teología, pero no es importante en la vida. Lo importante, a lo que se da relevancia, es a hacer cosas y al esfuerzo continuado por superarse. Número de amigos invitados a un retiro, vencimientos en la puntualidad -en la oración de la mañana, en darse las disciplinas, en ponerse a estudiar...-, cuántas partes del rosario has rezado, cuántas correcciones fraternas has hecho, cuántas horas de estudio has sacado, cuántas jaculatorias has dicho hoy... Es dejar la Obra y te das cuenta de que el Evangelio tiene poquísimo que ver con eso. Que lo importante es la gracia y que esta es gratis y que Dios la reparte a raudales. Y, sobre todo, que Él, y no tú, marca el ritmo. Que te relajes, vaya.


· Dejas de tener todas las respuestas. Ya nadie espera que seas un consejero profesional. Que sepas exactamente por qué a un tío le cuesta la pureza y qué tiene que hacer -incluido el número de partidos de tenis con efecto desfogue- para evitar las caídas. Y, simultáneamente, vas perdiendo el reflejo de juzgar a la gente. Más aún, empiezas a aprender de ella. Incluso de gente que no son los directores, ni de ‘nuestra cuerda’... Es difícil explicar lo maravilloso que puede llegar a ser esto.


· Descubres la Iglesia, que resulta ser la institución fundada por Cristo. Es enormemente amplia, con infinitas sensibilidades, algunas de las cuales te dan grima. No pasa nada. Es de Cristo. Y es una autopista amplísima, en la que puedes ir por tu carril y a tu velocidad. Pero de verdad, no como lo que decía San Josemaría de la Obra, que es pura paparrucha, pues tienes tanta libertad para elegir tu ritmo como para elegir con quién haces la charla o con qué cura te confiesas. Y también descubres -esto ya te deja atónito total- que la Iglesia no necesita de la Obra para ser salvada.


· Descubres a tu familia. A la de verdad, a la buena. Con la que te puedes cabrear y sigue siendo tu familia. De todas las mentiras que la Obra teje no hay ninguna como la de que es una familia. ¡Venga ya! No puedes tener afectos reales porque se verá como una amistad particular; y es cierto: la amistad es esencialmente particular. Pero en la Obra está vedada. Por eso es un sitio sin alma. Y el centro no es tu casa. En tu casa no tienes que pedir permiso para ver la tele. Así que acabas como en los centros de san gabriel: en tu cuarto el domingo por la tarde, abriendo el portátil de trabajo y viendo el fútbol por internet.


· Descubres la vida. Los numerarios están obsesionados con tener una vida útil, que deje poso. Una vida que llenan de actividades y proyectos para hacerla fecunda. Cuando no eres numerario y tienes una familia, no necesitas una vida útil: tienes una vida, sin más, que ya es suficientemente rica. Vives la vida sin adjetivos. Y no pasas tu madurez pensando qué coño vas a hacer durante el fin de semana porque el centro se te cae encima...


· Ah, y descubres que todo lo que te habían dicho de que dejar la Obra es ser infiel a Dios, comprometer tu salvación y abonarte a una vida desgraciada es también mentira. Una más de una laaaarga lista.




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