Utilización de la estancia del Papa en la casa de retiros del Opus Dei

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Por Trinity, 28.07.2008


Como podéis imaginar, la comidilla que se está fomentando en estos días en los ambientes de la Obra, es la estancia del Papa en la casa de retiros de Kenthurst, durante su estadía en Australia con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud 2008. En los Cursos anuales de numerari@s y agregad@s y en las Convivencias de supernumerari@s no se para de leer, hasta la náusea, informaciones que están circulando por la red en estos días.

Teniendo en cuenta el ambiente deprimente que va invadiendo progresivamente los centros de Numerari@s, era una baza que las autoridades del Opus Dei no podían desaprovechar, para dar la impresión de que la Santa Sede está de la parte de la Prelatura y ha desestimado las denuncias que les van llegando sobre los abusos que se perpetran en esta institución, al amparo de la aprobación pontificia de sus Estatutos.

Nada más lejos de la realidad. Pues, como es fácil advertir, estos viajes están programados desde hace muchísimo tiempo, y el organismo que se ocupa de su organización nada tiene que ver de forma inmediata con los dicasterios pontificios donde se han enviado esas denuncias.

Como sabemos los que estáis fuera y los que estamos dentro, son maestros en el pelotilleo. No han parado en gastos: han instalado ordenadores en las habitaciones, y la administración de la casa de retiros preparó al Papa una fantástica suite con tres ambientes, con un radiador en cada uno de ellos, así como en el aseo: nada más entrar, a la derecha, un recinto de oración, con altar, crucifijo, cuadro de la Virgen, reclinatorio, silla y una gran librería con libros de teología y de Australia y, ¿cómo no?, la edición de la Biblia de Navarra y libros de y sobre San Josemaría (ya saben: ese gran padre de la Iglesia a quien el Papa nunca cita).

Después, a la izquierda un pequeño salón con dos sillas y una mesa pequeña en medio, así como un escritorio y una pequeña librería con un lector de CD’s. Luego está el dormitorio, en el que había una cama, una mesa de noche, una silla y una puerta que da al aseo. Y todo ello adobado con los detalles que tan bien saben emplear en el Opus Dei cuando quieren conseguir algo: un díptico con una foto de la Virgen de su tierra natal y otra de la madre y hermana del Papa en el escritorio, que luego regalarían al papa; las sábanas, toallas y albornoz bordados con el escudo pontificio, así como las sillas del salón principal de la casa y los amitos para celebrar la Misa; un piano de chocolate en el café; el café y licor preferidos del Papa; un recital de arpa, viola y piano a cargo de unas de la Obra; etc.

Los cronistas de la estancia, han ido narrando cualquier comentario elogioso que, lógicamente, haría una persona educada y agradecida. Que si se sentía en buenas manos; que si le habían puesto una biblioteca (¡si supiera que en el Opus Dei no podemos consultar más bibliotecas que las que sus autoridades nos construyen!); que si les había dicho que el oratorio y la casa en general eran muy bonitos, que si le habían enseñado una foto del prelado del Opus Dei con el Papa y que éste había dicho: “Ah” (quién sabe lo que habrá querido decir con ello: ¿admiración por tan excelso personaje o… porque los de la Obra hayan conseguido sacarles una foto juntos?); que si había dicho que habían cantado bien el Ave verum las de la Obra que asistían a su Misa; que si se había referido a “mi querido amigo don Álvaro”, cuando hablaron de su proceso de beatificación.

Ni que decir tiene que las comidas del Papa con sus sucesivos invitados, durante esos días fueron fantásticas.

En fin, que presentan todo esto como si se hubiera superado el clima de distancia en que se han movido las relaciones de los de la Obra con Benedicto XVI. Ya veremos.



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