Una pequeña experiencia sobre el amor

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Por Itaca, 7.04.2006


Estos días he estado en Bulgaria y he leído (con una cierta dificultad) las magníficas aportaciones sobre la problemática de los ex para establecer relaciones auténticas de amor. Yo os puedo explicar mi experiencia, por si puede ser de utilidad para alguien (ojalá lo sea).

Cuando dejé la Obra tenía 31 años y una idea clara: había perdido mi momento, mi posibilidad de establecer una relación de pareja y tener hijos. Intenté asumir esta (que yo consideré realidad) situación con filosofía: bien, seré una solterona, pero intentaré llevarlo lo mejor que me sea posible, sin lamentaciones (“a lo hecho, pecho”) y sin salidas de tono tipo “busco amante a cualquier precio”. Estaba, entre otras cosas, muy mediatizada por los comentarios que había oído dentro de que los que se iban lo hacían porque no sabían guardar la castidad. Con un espíritu de revancha bastante típico, yo quería demostrarles a los de “dentro” que mi salida no se debía a impulsos hormonales incontrolados. Evidentemente, era una tonta de baba, pero entonces lo veía así.

Consecuente con mis ideas, me encerré en una soledad que era, al mismo tiempo, soberbia y miseria; soberbia porque me sentía capaz de soportarla, y miseria porque no sabía cómo salir de ella. Tenía un buen trabajo profesional, y me enfrasqué en él.

Así pasé los primeros años; “dignamente” sola, incorrupta como el brazo de santa Teresa; virgen, como tantas vírgenes del santoral que me caían un tanto gordas pero que ahí estaban, en el cielo de los bienaventurados.

Y llegó la muerte de Franco y los atisbos de democracia: me afilié a un pequeño partido político –no me gusta ver los toros desde la barrera- y conocí a gente excelente; entre ellos, a un chico muy inteligente, con un sentido del humor muy catalán, pausado, tranquilo, que exponía sus ideas dialogando y demostrando, nunca utilizaba argumentos “ad hominem” y nunca hostigaba a nadie. Encontré en él al amigo que te empuja hacia adelante: me apoyó en mi tesis de que la mujer era una clase oprimida, con independencia de su status social, lo cual era absolutamente heterodoxo dentro del marxismo del partido. Leímos juntos a Trotski, a Betty Friedan, a Alexandra Kolontai, a Marilyn French, a Simone de Beauvoir... formábamos un buen equipo.

Un día nos tocó realizar una gestión difícil, con un alto cargo del partido; salió bien, y mientras caminábamos hacia la salida por la entonces única terminal del aeropuerto del Prat, de pronto, él buscó mi mano y yo la suya: fue un momento mágico, como si una suerte de electricidad muy potente se canalizara a través de de nuestras manos. Experimenté una sensación nueva, única, inexpresable y, a la vez, muy grata. Cuando nos despedíamos, él me propuso salir alguna vez a tomarnos un café juntos: sentí una asfixiante sensación de miedo, casi diría de terror, estuve a punto de decirle que no, que no quería, pero el recuerdo de aquella mano amiga pudo más y le dije que sí. Así empezó nuestra relación.

Intenté ser honrada: le expliqué mis miedos y mis carencias: mi incapacidad emotiva, mi miedo cerval al contacto físico, mi ignorancia sobre el sexo, mi inseguridad. El escuchó mi historia en la Obra en silencio y sólo hizo una cosa: me miró con aquellos ojos azules tan veraces y me dijo sonriendo: confía en mí. Y confié y fue un maestro único: ¿cómo os puedo transmitir su dulzura, su sensibilidad, su paciencia, su experiencia, su delicadeza,? Sólo os puedo decir que han pasado más de 25 años y todavía me confortan.

Nuestra relación, en sus comienzos, no fue fácil: yo tenía de pronto ataques de miedo, pensaba que era imposible que me quisiera, que quizá lo hacía por compasión; le pedía que me dejara si no estaba seguro, si yo no lo acababa de llenar: os aseguro que le montaba unos shows de campeonato. Y él me volvía a mirar con aquellos ojos tan limpios, tan serenos, y me pedía calma. Aprendí a confiar en él, incluso a depender de él; yo, la independiente, la mujer-hecha-por una misma, la profesional-por-excelencia.

¿Qué más os puedo decir? No sé, quizá mi mensaje sea simplemente que permitáis que el amor os cambie, que no pongáis barreras para que el amor nazca, que os sintáis como niños pequeños que todo lo han de aprender...

Cuando conocí a Jordi, mi compañero, yo tenía como proteción más de cuarenta caparazones tortuguiles y más de veinte capas de de cebolla bien picante; con su ayuda y su amor, fui capaz de destruir, uno a uno, aquellos caparazones y estos envoltorios. Creo recordar una canción que se cantaba en mis tiempos en la Obra: “Abrid la ventana de vuestros corazones, es primavera, la fiesta del amor”. Que la primavera del amor os acompañe, queridos amigos de esta web. Con todo mi cariño

Anna



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