Una de otras tantas historias

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Por Maximiliano, 29 - noviembre - 2006


Llevo visitando esta web desde hace mucho tiempo, ávido lector pero poco frecuente escritor. Y no por dejadez, sino por mi particular situación, que dos años y pico después de pedir la cuenta sigo relacionado con el Opus Dei (o más bien con personas del Opus Dei) viviendo en una residencia de la Obra en el norte de España. Yo mismo tengo un problema a la hora de abordar la Obra con mi pensamiento: por una parte mi paso por ella me ha abierto el alma y desarrollado una finura hacia todo lo sobrenatural así como me ha ayudado a destruir buena parte de mi personalidad durante mucho tiempo.

Pité a los dieciseis años, a finales de una convivencia de verano. He de decir que nadie me habló de pitar de tú a tú (evidentemente, hubo charla colectiva de "Vocación"), sino que yo, habiendo notado ya "algo" en la parte de atrás de mi mente, y a raíz de lo que sigo creyendo firmemente era una manifestación de Dios durante un rato de oración, decidí pitar. Al día siguiente me dejaron pitar (un tiempo muy prudencial, para asegurarse de que era una decisión "madura"). En fin, ¿cómo podría describiros tal sensación? Era la locura, lo sublime, una felicidad tal que me extraña que de puro gozo no se abrasara mi corazón. Abría las puertas de mi alma a Dios, y decidí entregarme a Él.

Como todo hijo de vecino, tuve mis crisis. Soy una persona con mucho corazón, que ve en cada chica un ángel, y eso consiguió que titubeara a veces a la hora de seguir el camino que había pedido. Me vino bien aprender a perseverar, a superar pequeños baches. En cambio, no me vino nada bien la separación física y comunicativa de mis padres, que poco a poco se iba imponiendo. Todos sabemos que una vez que uno es de la Obra, las confidencias se hacen solo al Director, pero la gente y amigos te pueden hacer las suyas. Yo, alocado adolescente que descubre la vocación cristiana (paralelamente a pitar), fácilmente influenciable, empecé a cometer el error del que más me arrepiento durante mi tiempo en el Opus Dei: levantar un muro entre la familia y amigos y yo. Tardaré mucho en olvidar el daño que hice a mi familia, especialmente a mi padre, durante ese tiempo, que creo que de verdad dejé de comportarme como hijo suyo y pasé a ser alguien de paso en su casa.

Se critica mucho la obediencia dentro de la obra, pienso que la autoridad no supone un control absoluto del individuo, así como asumir las labores de conciencia. La advertencia del "mal espíritu" creo que es una de las armas más contundentes que hay para alguien que de verdad quiere echar toda la carne al asador en una institución así. Tal "advertencia" salió de los labios del Director del Centro no pocas veces, y desde luego, y con bastante vergüenza de mi parte, era lo que bastaba para doblegar el impulso rebelde del momento. ¿Cómo podía ser que yo, una persona que quería con locura a mis padres, con un corazón del que me siento orgulloso y no pocas veces me ha hecho pasarlo mal, llegara al punto de no escucharles para escuchar a los Directores? Qué peligroso resulta hablar en Nombre de Dios, y cuánto daño ha hecho el "seguir la más leve indicación de los Directores como un mandato imperativo". Desde luego, hay que tener cara para afirmar "en la Obra lo máximo con lo que te van a pedir algo es con un por favor".

Pero claro, mi corazón, atado y bien guardadito bajo siete cerrojos, se fue rebelando ante lo que el yo ¿racional? estaba haciendo con mi vida, y empezó a forcejear.

Mucho tiempo pasó, pero ciertos acontecimientos fueron precipitando mi rebelión. Hubo un tiempo en que pensé en irme a otro país para estudiar mi carrera (sugerido y alentado por mis padres), por lo que lo comenté al Director del Centro. Cuando me dijo que mi entrega era estar disponible, y que no podía irme a otro pais para estudiar me sentí defraudado, pues el día en que planteé pitar, preguntando esta cuestión, me dijo el sacerdote que no había ningún problema, que podía estudiar donde quisiera. Peor aún fue cuando mis padres invitaron al Director del centro a comer, para hablar temas de mi ida al Centro de Estudios. Me acuerdo perfectamente de mi padre preguntandole sobre la posibilidad de irme a otro país a estudiar (le hacía mucha ilusión), y me acuerdo de la respuesta del Director: "Por supuesto, Fulanito es libre para estudiar donde quiera". Que cinismo. Delante de mis propias narices. ¿Y sabeis que hice? Nada. Pero me empezó a abrir los ojos.

Entonces fue cuando empezaron las manifestaciones físicas de que algo no andaba bien. Poco después comenzaron las mentales, acompañadas de un aumento de la agresividad sin precedentes, así como de una tendencia depresiva cuando me quedaba solo. Sufría, porque estaba solo. El Señor, tan presente en otros momentos de mi vida, estaba ausente, distanciado. Me rebelé, por dentro, sufriendo por mi soledad. No me atrevía a contárselo a nadie, ni a mis amigos más "íntimos". Al pasar el tiempo, y pasar yo cada vez más de las reglas, de las normas y de tanta estupidez superflua comencé a explorar la vida que yo me había negado a mí mismo, y que comentarlo en el centro sería motivo de escándalo acompañado de pecado mortal por mi parte. Empecé a hablar con una chica, compré una entrada para ir a un concierto del Canto del Loco, ¡pisé una discoteca! ¡Buah! En cualquier otro momento eso hubiera sido para mí pisar el Infierno mismo, pero no fue para tanto.

Evidentemente, esto lo iba comentando con mi director espiritual, distinto al Director del Centro. Con mis directores espirituales tuve suerte, pues el primero de ellos me decía que mis decisiones las tenía que tomar yo, rezando ( fue el único que de verdad permitía desarrollar una conciencia normal, lástima que estuviera poco con él). El segundo era una persona muy nerviosa, pero un buen director, y a pesar de que tuvo sus cagadas, y yo las mías, guardo muy buen recuerdo de él.

No puedo decir lo mismo del director del centro. Una persona que externamente rezumaba amabilidad y bondad resultó ser en la realidad una persona fría, instalada en un universo paralelo gobernadas por las Normas de la obra y la radical interpretación de la Voluntad de Dios. Esta persona, supuestamente provista de criterio, fue capaz de comparar mi situación a la de un esposo que abandona a su mujer. Tenía yo 17 años. Se negó a reconocer los daños mentales y físicos que sufría, sugiriendo que era exageración mía. Por este deterioro ficticio mío pasé el peor verano de toda mi vida y a la vuelta tuve que pasar por la consulta de un psicólogo, una persona de la Obra que de verdad vivía la caridad cristiana y vivía en este mundo. Ojalá hubiera más como ella.

Para terminar, abreviaré. Dos años y pico después de "abandonar a mi mujer" tengo novia, amigos y una familia de verdad que quiero y que me quiere. Me dirijo con un sacerdote de la Obra, amigo mío, ajeno a todo lo que pasó, pero que fue testigo indirecto a través de mi madre. Y he conocido la felicidad, fuera de la Obra, aunque en momentos la haya perdido por mi estupidez. No me arrepiento de haber pitado, y me arrepiento mucho menos de haberme ido. Sé que a pesar de los pesares salgo yo ganando.



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