Una biografía no autorizada

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Por Satur, 2.10.2006


Su currículum pone los pelos como escarpias, incluso los de los brazos: licenciado y doctor en Derecho, licenciado y doctor en Geografía e Historia, licenciado en Ciencias Políticas y Sociología, Doctor en Filosofía y, además, estudios inacabados en Ciencias de la Información, Filología Románica, Graduado Social y Ciencias de la Educación. Un maquinorro. Le pirraba coleccionar títulos.

Cuando le conocí compaginaba el estudio de estas carreras con su cargo de director de estudios en el Centro de Estudios. Su dedicación y entusiasmo eran una leyenda entre las promociones que le sufrimos. No cejaba en su empeño de que cursáramos todas las asignaturas del bienio de filosofía en el tiempo establecido por la Delegación. Los horarios de presentación de los exámenes –cuando eran escritos– los dilataba hasta altas horas de la madrugada. Ponía una papelera en la puerta de la habitación y un cartel “Teodicea. Hora final de entrega: a las cuatro de la mañana“. Y el tío a las cuatro de la mañana se levantaba y recogía la papelera con los exámenes en el interior...

En aquellos dos años cursabas decenas de asignaturas. Y copiabas más que un japonés. En mi vida he copiado más que en aquellos dos años. Te ibas al váter con el libro y las preguntas y, venga, herramientas “cortar y pegar”. El único problema era que se te dormían las piernas de estar tanto tiempo escribiendo en las rodillas y al incorporarte te venía un hormigueo insufrible en las piernas y unos andares de tonto de pueblo durante unos minutos que se te hacían eternos. Peor que el cilicio. Yo propondría de mortificación diaria ésa: sentarte en el váter sin moverte quince minutos y luego echar una carrera por el pasillo hasta dirección, dar un beso al custodio del centro y ofrecerlo por el de casa que más lo necesite.

El de casa que más lo necesita, seguro, es el que tiene las piernas dormidas.

Podía haber otro problema. Y es que no cayeras en la cuenta de que la tapa del váter estaba subida y al sentarte inadvertidamente y con rapidez te daba la impresión de que te subsumía todo tú en el abismo y te creías que te ibas a colar por el desagüe, como que te licuas, y vas a aparecer en el Mediterráneo. La cara que se te pone en ese momento es apoteósica.

Esa cara debió de poner nuestro protagonista, hoy insigne catedrático, cuando creyéndose solo en un apeadero, lo encontraron en calzoncillos, con el cilicio puesto, y escribiendo con una Hispano Olivetti. La escena dio la vuelta al mundo. El calzoncillo era tipo slip Ocean, de esos blancos con goma, que cuando te los ponías la alargabas un poco y soltabas para que hiciera “¡splash!“. Pues de esos llevaba nuestro hombre. Nada más erótico que un tipo listo en calzoncillos con un cilicio en la pierna.

Juraba y rejuraba que él jamás haría el servicio militar, en aquellos años obligatorio. Sentía pánico a la idea de perder un año de su vida, de vestir uniforme, de obedecer órdenes absurdas. Las prórrogas por estudios iban cayendo año tras año y llegó el día en que se acabaron. Las estampas pidiendo que saliera excedente de cupo no dieron resultado alguno… y llegó la carta temida que, ya mayorcito, le instaba a incorporarse a filas.

Mucho debió sufrir aquella alma las noches anteriores a su incorporación. Las coñas de los alumnos del Centro de Estudios se cebaban en su destino con bromas y chanzas. Pero él todavía no había dicho su última palabra. Había jurado que no lo haría, y no lo haría.

Y no se le ocurrió mejor cosa que presentarse ante los mandos y alegar que estaba loco. Adujo, con un informe médico, que tenía una psicosis obsesiva compulsiva de tipo religioso. Presentaba trastornos de alucinaciones, visiones paranoicas, locuciones divinas y/o espirituales (ángeles, santos, beatos), y cientos de prácticas religiosas compulsivas que le impedían el desarrollo de una vida normal.

Lo internaron en un hospital militar para su observación y, pasado un tiempo prudencial, darle por regadera, o incorporarlo al servicio.

Oírselo contar era delirante.

“Lo único que debía de hacer era cumplir todas las normas en público. Me levantaba por la mañana y besaba el suelo y gritaba “¡¡¡ SERVIAM!!!. Después rezaba en voz alta el “ Oh Señora mía”. Iba a Misa, rezaba en alto el Trium Puerorum y hacía media hora de oración en la capilla del Hospital. Luego musitaba jaculatorias en voz alta, besaba estampas de la Virgen que sacaba de su pijama, o estampas de San Josemaría, o de Montse Grases, o de Isidoro Zorzano. Rosarios rezaba por decenas, siempre por los pasillos, y siempre en voz alta. El ángelus. Bendición de la comida. La Visita al Santísimo. Pedía confesarse con el sacerdote cada día. Oración de la tarde. Rezo del Salmo II, o del Símbolo Atanasiano. Leía el Evangelio y libros de lectura espiritual…”.

“Me daba golpes de pecho que ni King Kong. Escribía cartas larguísimas a Felipe González, al ministro de defensa, Narcis Serra, al Papa, al Presidente de los EEUU… en ellas les advertía de los mensajes que había recibido del Beato de Liébana, de Moisés o, incluso del mismo Jesucristo. Les reservaba todo tipo de fatales consecuencias para sus almas y sus pueblos en caso de no hacer caso a la volunta de divina. Por supuesto, después de folios y folios, terminaba rezando por ellos para que no se condenaran”.

Los médicos tardaron un mes en diagnosticar que el tío estaba con los frenos descacharrados y más zumbao que Panete.

El hombre llegó a disfrutar allá dentro, acompañado de otros enfermos, que le respetaban y temían, pues con ellos hacía apostolado de tipo apocalíptico que los dejaba acojonados durante meses. Los médicos le huían por sus peregrinas peticiones. “¿Qué podría traerme un litro de agua bendita, por el amor de Dios?. Es que tengo tentaciones por la noche, son de la carne, y con el agua bendita las ahuyento. Me va muy bien.”.

No hizo la mili.

Lo curioso es que la anécdota se prohibió contarla porque, a mi me lo dijeron así, “no era ejemplar”. ¿Cómo que no era ejemplar?. Lo que sucede es que al contarla, uno se daba cuenta de que, efectivamente, la vida de un numerario, con todas las normas, costumbres y devociones, no está lejos de la locura. Porque él lo que hizo fue manifestar en público, y quizás de un modo algo excéntrico, lo que hacía en el día a día, semana a semana y mes a mes.

Lo de copiar en los exámenes del bienio era deporte nacional. Se decía eso de que había confianza, de que no había por qué sospechar de una persona que se compromete a vivir las virtudes por su honradez de cristiano, se afirmaba eso de que me fío más de la palabra de un hijo mío que de la escritura de cien notarios… pero la tentación se presentaba, y uno caía. ¡Era tan fácil!

Aunque, visto lo visto, las mujeres tampoco debían de quedarse mancas.


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