Una Obra de Amor: tras mi paso por el Opus Dei

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Por Elioeai, 1 de octubre de 2010


El último escrito de E.B.E., “La crueldad en Escrivá”, no solo me ha gustado mucho: me ha ayudado muchísimo, al igual que el libro que ha recomendado, “La alegría en el Amor de Dios”. Da en el clavo en muchos aspectos que tras mi paso por la Obra siguen estando vigentes: la importancia de no vivir como si ese periodo de la vida no hubiese existido, el hablarlo con personas que no conocen al Opus Dei, el dejar atrás el estigma con el Opus Dei marca a quienes se marchan. No me marché hace tan poco tiempo, pero lo complica bastante el hecho de que la interacción con el ambiente característico del Opus Dei me ha resultado inevitable hasta hoy.

Si un tema para mí fue de encendido debate mientras estuve en el Opus Dei fue el tema de la obediencia, porque constantemente se me tildaba como “desobediente” y no lograba entender porqué. Yo no fui un pitaje común: por las características de mi país, es extraño que alguien a mi edad tuviese la fe que tenía yo en la dirección espiritual. De hecho, llevaba rezando por tener un director estable desde mi confirmación, a los doce años. Creía ciegamente en la dirección espiritual, y a la vez veía en la oración que las cosas se estaban haciendo muy, muy mal. Me trasladé a España, desde donde escribo, y aquí… no puedo decir menos que he sido testigo del horror en materia de violación de sigilo sacramental y violación de intimidad. Tristemente, es la palabra que cabe: violación. La insensibilidad respecto a las secuelas de cuanto he visto y vivido por partes de quienes han sido perfectamente conscientes de cuando ha sucedido, es abrumadora: prefieren callar y atropellar a una persona a asumir el error que cometen. Me consta que no soy la única, que sucede una y otra vez. Siempre he rezado que quien peor acaba en toda la historia es ese Sagrario que hoy, día de los Arcángeles, estará adornado por fuera con las flores más exquisitas, pero en su interior está abandonado en el silencio sin eco de corazones clausurados. Como católica, el golpe ha sido dolorosísimo.

El texto que tradujo Ana Azanza del latín que muestra los orígenes jurídicos del Opus Dei como prelatura personal es un excelente ejemplo de lo que quiero decir con “corazones clausurados”: no se ve en ninguna parte la oración, ―contemplación del Amor― como protagonista de la praxis del Opus Dei o de sus orígenes. Llaman milagro algo que fue fríamente calculado a lo humano. La verdad es hija del tiempo, y hoy se contempla el fruto de sus trabalenguas humanos: la pérdida de la caridad. La oración es más un protocolo formal, algo así como “que no se diga que no rezamos”, más que un auténtico acto de cariño al Señor. En mi caso, constantemente la oración contradecía las indicaciones de mis directores, y a pesar del dolor que me provocaba no hacer lo que se me decía ―puedo decir sin tapujo alguno que quería con toda mi alma obedecer a mis directores― era incapaz de obedecerles cuando no coincidiera con mi oración.

Me ha tomado tiempo entender la raíz de este conflicto, y al resolverlo hallé mi verdadera vocación a la santidad como laica en medio del mundo, no siendo del mundo, que es el error que pienso comete del Opus Dei. Y la raíz no es otra cosa sino el Amor mismo, del que habla E.B.E en su último escrito.

En todo lo que he leído en Opus Libros de formación interna, en la que recibí siendo parte del Opus Dei, en lo que he leído de la web oficial, e incluso en lo que he leído en esta página web ―que he leído entera y sistemáticamente al menos dos veces― jamás he leído que alguien se percate de un dato simplísimo: si Dios es Amor, la traducción práctica de “Opus Dei” debe ser “Obra de Amor.” Es decir: si hubiese coherencia interna en el espíritu del Opus Dei, podrían responder también a ser llamados “Obra de Amor.” Creo que podemos llegar al consenso de que están lejos de ser una Obra de Amor. Esto lo digo después de muchas horas de reflexión en la oración: me consta que no estoy hablando a la ligera. Mi llamada como laica, y hablo solamente de la mía, es ser una Obra de Amor siguiendo el plan que el Amor traza en mi corazón y confirma en mi confesor. Sorpresa: desde el nombre “Opus Dei” pienso que puede esbozarse una espiritualidad genuinamente laical.

Aquí entran las variables posibles: las circunstancias de salida. En mi caso, yo soy de las tontorronas que creía que siendo supernumeraria igual podía elegir permanecer célibe para el servicio de su diócesis y su iglesia. Fue siempre mi único afán: servir a la iglesia como laica y… “con todo el corazón.” Ojo: estas ideas las tenía en la cabeza antes de conocer al Opus Dei, por lo cual mi concepto de servicio va de la mano con altruismo: se sirve por el bien de la persona, lo demás es accidental.

Para mi redundó en una hecatombe espiritual y necesariamente afectiva el que el sacerdote que me dirigía espiritualmente en aquel momento me dijese que era IMPOSIBLE que Dios le diese el don del celibato a alguien que hubiese cometido las faltas que cometí yo en mi pasado. Que si quería ser generosa con Dios, tenía que casarme y tener muchos niños. Iba al Sagrario, y silencio, pero las directoras acabaron el trabajo: una y otra vez, en la dirección espiritual y durante el día que tenía que casarme. El desastre afectivo fue impresionante: me sentí repugnantemente odiada por el Amor mismo, y mi alma era un constante mar de lágrimas; comencé a mendigar consuelos humanos rastreramente. Fue la primera obediencia a ciegas: comencé a buscar exactamente el modo de encontrar un buen marido, y el asunto duró años, incluso ya fuera de la Obra. Hoy por hoy, ya fuera, sé que la paz se pierde de verdad en el instante que se contradice al Amor, no cuando se contradice al director si la orden que ha dictado el director ni se hace desde el Amor ni tiene la autoridad pertinente para ordenarla. Eso solo lo sospechaba en aquel momento, pero ahora lo tengo claro: la obediencia propia de la espiritualidad laical es precisamente la obediencia al Amor. Un laico normal no puede llamar a su director cada vez que tiene que tomar una decisión.

¿Por qué menciono las circunstancias de mi salida? Bueno, porque mi caso es el contrario al ordinario, pero ser Obra de Amor me aplica igual: ser una Obra de Amor redunda en esforzarme día a día por Amar mejor a Dios en los demás, dentro de el hecho de que la decisión que más paz le da a mi corazón es la idea de Amar en el servicio a los demás. Soy joven y puedo estar equivocada. Sobre todo, temo al celibato como manifestación de soberbia; me estoy dando tiempo. Sin embargo, sin duda, la paz de ser una Obra de Amor como laica, en medio del mundo, y sirviendo genuinamente en un apostolado diocesano muy concreto, es infinita. Esto lo digo todavía sobrellevando el dolor de cuanto viví en la Obra, de cuanto he visto del Opus Dei al estar ya fuera ―que ha sido peor que lo que vi dentro―, y sobre todo, celebrando para mí un día especial: el día que, antes de pertenecer al Opus Dei, prometí a Dios amarle con todo mi corazón porque eso contemplé que me pedía, sin saber todavía a qué se refería como lo sé hoy. Tal era mi ignorancia que ni siquiera sabía que era día de los Arcángeles. He hecho y deshecho desde aquel día, he hecho errores, horrores y sigo cometiéndolos, pero si algo me da confianza respecto a no ser yo es que tras de la tormenta que ha implicado mi paso por el Opus Dei, sigo contemplando exactamente lo mismo, y además sintiéndome perdonadísima; a veces hasta me parece que era parte del plan. Es difícil palabrizar como a la vez se puede ser así de feliz y también sentir tanto dolor por cuanto he presenciado, pero me ha parecido un buen día para intentarlo, tras el bien que me hizo la lectura de EBE.

Igualmente, pienso que una espiritualidad genuinamente laical no se compromete con votos religiosos (de castidad, obediencia y pobreza) sino como alianza: el matrimonio es una alianza de Amor, que es en realidad el Camino, la Verdad y la Vida: ya cada cual con sus circunstancias. En ese sentido, y tras las múltiples veces que he leído que no hay un sistema “laico” para vivir la santidad “en medio del mundo “entregándose “con todo el corazón” al Amor (queriéndose referir al celibato apostólico), quisiera responder que mi respuesta ha sido literalmente asumir como alianza de Amor dicho compromiso y seguir el plan de la Obra de Amor que me parece que es lo que realmente buscaba en el Opus Dei y por lo cual naufragué estrepitosamente en Él: la constante contradicción obeciencia-oración no tenía fin porque la definición de santidad del Opus Dei no se fundamenta en el Amor, sino en los intereses institucionales ―la obediencia que falta a la caridad o carece de ella es tiranía―. Pienso que es bueno también contar con el consejo de sacerdotes que me conocen desde antes del Opus Dei. Llevo una alianza en mi dedo corazón que me recuerda la alianza de Amor que he asumido como vocación, y a quien pregunta por ella le digo que es un recordatorio de mi compromiso de Amor como cristiana. No le llama la atención a nadie que sea cristiano común y corriente… pero a los miembros del Opus Dei sí que les ha llamado, y mucho, la atención. Por evitar que se me trate “mejor que los demás” por mi decisión, prefiero mantener esa parte del compromiso entre el Amor y yo. Sobre todo porque mi alianza es de Amor; el celibato es parte del plan que llevo grabado en el corazón, pero no es la alianza en sí misma: insisto que dentro del ser laico la variedad de planes de “Obra de Amor” es infinita. Pienso que también debo ser prudente respecto a mis 25 años: tengo todo por aprender de la vida y otros pueden tomarse la libertad de juzgarme tan superficialmente como lo hizo el Opus Dei; eso, sin duda, hace mucho daño. Hoy pienso que si no es de Dios, no será. El daño que hicieron las palabras de aquel sacerdote del Opus Dei finalmente ha sido superado: no me asusta mi debilidad.

Ahora bien: pienso que dentro de la concepción “Obra de Amor” como espiritualidad laical es importante matizar a quienes han sido miembros del Opus Dei las expresiones “laico”, “en medio del mundo” y “con todo el corazón.” Solo los del Opus Dei creen que los cilicios y los látigos son mortificaciones propias de laicos, que ser laico es seguir milimétricamente un plan de vida y no cooperar con la parroquia. El lugar de un laico es su parroquia, no el centro del Opus Dei más cercano. Su servicio es a la diócesis, sea como diocesano o como parte del movimiento o espiritualidad religiosa de su preferencia. La diferencia de los movimientos y del Opus Dei es que el primero se integra a una parroquia mientras que el segundo las repele. Un laico no vive como dentro de una “cosa nostra”: procurando comprar libros Rialp, yendo solamente a confesarse con el sacerdote tal o comprando hasta las aceitunas de la marca que redunde que los beneficios se queden “en casa” (“sarnoso” lo contaba días atrás). Un laico es que no se complica la existencia con estos planteamientos: una diócesis real ―me parece problemático denominar al Opus Dei como diócesis porque es evidente que no funciona como una― ni mucho menos una parroquia funcionan a lo “cosa nostra”, sino más bien como una auténtica familia. Tanto así que cuando cumplí años, dado a que estoy lejos de mi país natal, en la parroquia alguien me cantó cumpleaños con tarta ―gesto que me conmovió internamente muchísimo, porque no lo esperaba― y el obispo de la ciudad donde estoy de paso, al cual veo por ser voluntaria de la Jornada Mundial de la Juventud, al verme me preguntó con toda campechanía que tal iban mis estudios en la facultad de teología, porque recordaba ―seguramente por lo exótico de mi nacionalidad― que era “la chica de aquel país que estudia teología”. Vaya obispo memoria de elefante. Excepto lo de estudiar teología, que si lo he acometido es porque en mi país hay una terrible necesidad de laicos formadores de laicos, no por mandato de “estudios internos” (admito que no todo laico se lanza la maroma de estudiar teología académica), todo lo que he mencionado es propio de un laico. La repulsión parroquial que se adquiere dentro del Opus Dei es anti laical.

Respecto a permanecer célibe, pienso que si es realmente es una vocación esa llamada va unida un encargo apostólico muy concreto dentro de la diócesis a la que se pertenece: no porque se lo “tiren encima”, como sucede en el Opus Dei, sino porque el Amor mismo le llame a dedicarse de lleno a esa tarea. En mi caso, hay una llamada concreta y además muy necesaria. En este sentido, no se me ocurre pensar el celibato, como escuché a una numeraria decirle a una niña de más de catorce y medio ―intentándola convencer de que pitara― que el matrimonio en verdad no es conveniente, los maridos no son fieles y se sufre más como esposa que como numeraria. Además, como numeraria tendría casa, comida hecha y ropa limpia sin problemas; viviendo ella misma tendría que hacerlo ella, y si era mamá vaya trabajazo el que le iba a caer encima. ¡Vaya modo de plantear el celibato! Es una especie de fórmula matemática: (Edad)3 + (patrimonio familiar estimado) + (talentos)= vocación a celibato. La edad la multiplico por tres porque mientras más joven, más vocación. Algo que me llamó la atención cuando pité es que se me dijo “Dios te llama a ser agregada” (luego pasé a supernumeraria). Yo jamás vi lo de agregada: si creía que tuviese vocación de numeraria por la sencilla razón del celibato y mi afán de servir a la Iglesia, pero lo de agregada me parecía estar en un permanente in medias res: ni aquí ni allá. Pero si se lo dijo Dios, razón ha de tener. No duré ni seis meses de agregada, y ya di matices de mi experiencia como supernumeraria.

El “en medio del mundo” que promueve el Opus Dei es peligrosísimo, porque más que ser “en medio del mundo” son “del mundo”. El tesoro de su corazón es material. Me consta que a las supernumerarias se “les saca el jugo” y algo más, por aquello de “aportación extraordinaria”, pero se descuida muchísimo su formación espiritual: sus clases de teología o doctrina no importan tanto porque lo importante es que lean Camino, Forja, etc. Me asombró saber que dentro de las seis principales espiritualidades de la Iglesia (cuidado con creer que el Opus Dei sea la séptima: no lo es) las terceras órdenes solo solicitan las aportaciones económicas indispensables a los laicos terciarios. Me hacía a la idea, luego de mi experiencia en el Opus Dei, que todas pedirían una “cuota mensual”. Yo era de las que de verdad daba lo que me dolía cuando daba mi aportación, y dado que trabajaba en una administración sabían cuanto me dolía… pero el deber de un laico es sostener a la Iglesia, no a una institución dentro de ella; en particular a la diócesis a la que pertenece. Y absolutamente ningún laico pertenece a la diócesis “Opus Dei”: pertenecen a la diócesis territorial que corresponda su domicilio. Si como miembro le hacen creer otra cosa, no son coherentes con su estructura jurídica.

Finalmente, “con todo el corazón.” Si pensaba que mi vocación era de numeraria sin apenas conocer cómo funcionaban fue porque un sacerdote con el que me confesé de paso me dijo que solo las numerarias amaban “con todo el corazón” a Jesús. Cuidado con esta afirmación: TODAS LAS ALMAS han de amar con todo el corazón a Dios, en sus respectivas circunstancias y dentro de su propia llamada. Por eso el libro que ha sugerido E.B.E., “La alegría en el amor de Dios” me ha gustado tanto: plantea lo que acabo de decir. Fue como encontrar escrito por un Santo cosas que llevaba rezando hace mucho tiempo a tientas. Si bien la Iglesia ha exaltado el don del celibato, no lo ha hecho con la tergiversación que se acomete en el Opus Dei. Se es célibe para servir, no para lucirse de tener menos responsabilidades laicales (sin palabras respecto a la contradicción que redunda esta malinterpretación). No pienso que se entregue más el corazón a Dios en el celibato o en el matrimonio, sino que se atiene a la fidelidad con que se sigue su voluntad. Alguien que vive la vocación al matrimonio ha de amar a Dios con tan todo el corazón como una monja; cada uno tiene su “plan” de Obra de Amor en el corazón, que se discierne a la luz del confesor. Determinar una vocación sin contar con el discernimiento genuino del interesado no es cristiano, y es lo que se hace en el Opus Dei. Dos amigas pitaron como consecuencia de operación acoso: llama que llama, llama que llama, hasta que pitó, y la otra hasta al trabajo iban a buscarla con papel y lápiz en la mano. A quien no interesa a la institución, no son tan gentiles como para buscarla o traerlo al trabajo, como muchos harían con cualquier conocido que me fuera factible hacerle ese servicio.

En fin, Gracias, E.B.E., por tu escrito. Me ha aclarado algunas ideas. He visto la crueldad, pero no he sabido estructurarla como la has estructurado tú.

Ojalá que la idea de ser “Obra de Amor” como antídoto a los estragos que se sufren tras la salida del Opus Dei ayude a tantos como me ha ayudado a mí. Es la primera vez que me escribo desde mi experiencia y desde la paz: sin duda ayuda el expresar lo que se piensa, reza y se hace en el afán de seguir adelante.

Como he mencionado que he estudiado teología, quisiera aclarar que todo esto que digo lo digo más desde lo que he reflexionado en mi oración tras la salida del Opus Dei que propiamente de el estudio formal de la teología. De hecho, en cuanto no proseguí a tercero de teología, en principio mi formación formal es filosófica, pero he sido catequista desde los doce años, con lo cual mi formación pastoral es algo más amplia que la media. Si hubiese algún punto doctrinalmente incorrecto, agradezco de antemano las correcciones. También creo que es pertinente mostrar mi perspectiva respecto a quien es responsable de qué: no pienso que sea un problema de los miembros de la institución ―conozco al menos un numerario que dentro de sus circunstancias muestra un afán muy sincero de santidad, siempre y cuando se le perdone la obediencia ciega―, sino institucional. La institución está cegada en sí misma, y ciega a los miembros a su vez; la fidelidad se entiende cómo obediencia ciega y la bola de nieve sigue rodando. Pienso que en su momento la Iglesia tomará cartas respecto al atropello a la humanidad de las almas que se comete en el Opus Dei: por más que el Opus Dei tape el cielo con una mano, nada puede más que el Amor. Tarde o temprano, la Iglesia verá lo que hemos visto quienes hemos tenido la luz de marcharnos y enmendará lo torcido. Al decir “institucional” me refiero al espíritu del Opus Dei, desde donde se desprende su praxis. Si es desde el espíritu donde las cosas van mal, solo le corresponde a las autoridades de la Iglesia remediarlo: al Opus Dei no le parece que su espíritu contradiga a la caridad, cuando contemplándolo a la luz del Amor si algo llama la atención es la falta de caridad. En esto OpusLibros hace una labor capital: dar a conocer el espíritu que han ocultado a propósito de la mirada eclesial, no solamente los documentos internos sino la experiencias que, como bien dice EBE, la mayoría elige callar. Pienso que el que a la Iglesia no se le mostraran estos documentos cuando aprobó al Opus Dei como prelatura personal es algo que debe reflexionarse y que se ha de tomar muy, muy en cuenta, a la hora de responsabilizar a la Iglesia de los errores que el Opus Dei comete.

Por si ayudara a alguien, concluyo con un poema que escribí una vez en la oración; lo he revisado varias veces… y pienso que puede ayudar a otros a sanar heridas, a darse cuenta de que no es en nombre del Amor que el Opus Dei hace lo que hace.


El clamor herido

No me duele tanto la grotesca magnitud de sus estafas
como el que se apropien de lo que no les corresponde en Mi nombre.
Hasta el Cielo asciende el lamento de la justicia atropellada.

No me duele tanto su ahínco de grandeza e influencia mundana
como el que se lucren armando un mercado espiritual en Mi Nombre.
Las almas no son negocio; por ellas derribé el mercado del templo.

No me duele tanto el cómo hacen gala de obediencia al derecho
como el que desobedezcan flagrantemente a la caridad en Mi Nombre.
A la luz del Corazón que Ama, la obediencia que carece o falta a la caridad es tiranía.

No me duele tanto el régimen existencial de sus normas y reglas
como el que garanticen en Mi nombre la salvación de quien las siga.
Yo, Amor, contemplo desde la disposición del corazón.

No me duele tanto la devastación interior que engendra su espíritu
como el que lo declaren intachable e inmutable en Mi Nombre.
Lo santo no quita lo de hombre: lo humano ha de enmendarse.

No me duele tanto la hipocresía de su apostolado empresarial
como el que coarten la libertad de las almas en Mi Nombre.
El libre albedrío es don sacratísimo ante el Cielo.

No me duele tanto el doblez de su dialéctica espiritual
como el que se juegue con el sentido de Mi Palabra en Mi Nombre.
Mi Evangelio repudia su proselitismo: amar es el único mandamiento cristiano.

No me duele tanto que cierren el corazón con siete cerrojos
como el que lo clausuren para sí mismos Mi Nombre.
Ni el sagrario más exquisitamente labrado compensa el triste vacío de un corazón cerrado.

No me duele tanto el horror de su praxis corrompida
como la astucia con la que procuran ocultarla a la Iglesia en Mi Nombre.
Yo, Amor, jamás miento, nunca omito, nada oculto; soy Verdad.

No me duele tanto su coacción, su pillería y su desvergüenza
como el que las declaren santas en Mi nombre.
Yo, Amor, jamás coacciono, nunca engaño, nada usurpo: mi infinita bondad inspira al corazón.

No me duele tanto el enfoque señorial de su perspectiva
como el que se llamen “la aristocracia del amor” en Mi Nombre.
Yo, Amor, no tengo aristocracia, ni donde reclinar la cabeza: me doy gratuitamente.

No me duele tanto el pesado yugo que ostentan aguantar
como el descaro con el que lo imponen a las almas en Mi Nombre.
Son esclavos de sí mismos: no es a Mí, Amor, a quien rinden el corazón.

No me duele tanto el cómo se gobierna desde las conciencias
como el que se ultraje impúdicamente la intimidad en Mi nombre.
El Cielo es el testigo, una por una, de cada violación espiritual que cometen: la sangre de muchísimas almas —Mi sangre — corre por sus manos.

No me duele tanto la tasa con la que me miden, ¡a Mí, Amor!
como el que declaren divinas sus artimañas humanas en Mi Nombre.
Hago lo que quiero, cuando quiero, donde quiero; no me atengo a sus cálculos mundanos.

No me duele tanto su énfasis en lo impecable de su porte externo
como el que la equiparen a la perfección interior en Mi nombre.
Mi perfección palpita en el corazón y solo la concedo Yo, Amor: no se adquiere al lucir un atuendo de diseñador.

No me duele tanto el cómo flagelan la humanidad de Mi corazón
como la insensibilidad magistral que dictan en mi Nombre.
Su espíritu pertenece al lugar donde yace el tesoro de su corazón —la opulencia— y donde los corazones se sirven a sí mismos: al mundo.

No, Alma Mía, no me duele tanto el clamor de la Iglesia herida
como el que se le hiera en Mi Nombre y con el Cielo como testigo.
Yo soy Amor; las horrendas heridas que me infligen desfiguran Mi Corazón.

Tampoco me duele tanto cuanto se atreven a decir los del mundo
como el que se haya dicho y se te haya condenado en Mi nombre.
porque tú, Alma Mía, digan lo que digan, desde siempre has sido mía.
No es opus Dei un espíritu que Me contradice; que no es Obra de Amor.
Alma Mía, ¿por qué construyes según el plan de los dioses hombres?

Sígueme: Yo soy tu Camino, y tú eres la más anhelada Obra de Amor.



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