Un mecanismo sutil para la eliminación del numerario

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Por Otaluto, 29.10.2007


Existe una gran injusticia en el opus dei, injusticia que trasciende el hecho de que sea o no su origen sobrenatural. Una injusticia de proporciones enormes y que se perpetuará mientras el opus dei dure, y que tarde o temprano alcanza a todos, o casi todos, los miembros.

El opus dei es una institución vertical y piramidal. Nadie puede tener dudas de eso. En otras instituciones con las mismas características, como por ejemplo el ejército, ocurre lo siguiente: año a año las diferentes camadas de oficiales son promovidas al rango inmediato superior. Aquel al que le tocaba ser promocionado y, por algún motivo, no lo fue, simplemente deja la institución, pasa a retiro.

Muchas veces me pregunté la razón de esto. No parece lógico que un miembro de la institución, justo cuando ha alcanzado la plenitud de su carrera, luego de largos y costosos años de formación y cuando más preparado parece estar para servir, deba pasar a retiro. No se entiende. Por lo menos no a primera vista.

Lo que ocurre es que una institución piramidal debe mantener la pirámide. Ciertamente, es un costo pasar a retiro a personas utiles, pero es mucho más costoso tenerlos adentro. Personas sin el rango debido, pero con la experiencia y la autoridad informal que dan los años, opinando, expresando su parecer, compitiendo con la autoridad formal por el respeto de los subordinados… es un costo altísimo, un desastre, la estructura piramidal deja de ser piramidal y eventualmente termina desmoronándose.

En el ejército todos comprenden esta regla, y están preparados para pasar a retiro cuando la situación lo requiera. A cambio, la institución los protege económicamente con sus pensiones, y los protege afectivamente manteniendo el respeto debido a su rango, aun cuando estén afuera. No hay nada injusto en esto.

En la obra es igual pero es distinto, porque es injusto. La obra no puede “pasar a retiro” a los mayores, simplemente porque se les dijo desde un principio que la vocación es para toda la vida, y la obra su familia. Debe entonces practicar la eutanasia.

Sucede en la generalidad de los casos, que en determinado momento a los numerarios “mayores” (pueden no tener mas de 35 años) les pasan ideas raras por la cabeza. Comienzan a pensar que debido a sus años de entrega conocen el espíritu del opus dei, y tienen alguna autoridad para interpretarlo y transmitirlo. No quieren el mando, pero piensan que su voz debe ser escuchada en algún tema, quizás en algo donde perciben que las cosas no marchan del todo bien o se ha cometido una injusticia. Comienzan a hacer cosas tontas: hablan de ello en la charla (con un director 10 años mas joven que no le alcanza el tiempo para ir a contar lo que escuchó a delegación), expresan en altavoz sus opiniones, quizás en una tertulia, ponen mala cara, reivindican su amistad con el consiliario, etc. En algun caso llegan incluso a firmar ellos mismos su sentencia de muerte: escriben una carta cerrada al Prelado, que obviamente será leída por todos los involucrados, menos por el prelado.

El opus dei es un organismo que expulsa aquello que le resulta extraño. (Vademecum de los consejos locales, pag.48). Fue descrito asi por el mismo fundador, esto no es nuevo. Ese organismo tiene un sistema inmunológico extremadamente sensible, apenas detecta el peligro, se pone en marcha un mecanismo sutil, pero eficiente y despiadado, que culmina con la eliminación del numerario.

Por eso no hay mayores en la obra. No es, como se decía, porque la obra es una institución joven. Ya no es tan joven. ¿Y donde están los mayores, entonces? Los han ido matando, uno a uno.

Solo sobreviven al tiempo aquellos que han obtenido el rango correspondiente a su edad (directores regionales o mas alto), o han sido ordenados sacerdotes. Quizas existen casos que quiebran la regla. Algún numerario perdido de cierta edad puede sobrevivir, no digo que no, pero solo en la medida en que se trata de gente con poca iniciativa y talento, personas que no están muy bien de la cabeza y han logrado pasar desapercibidas en algún oscuro rincón. Solo esos sobreviven: Altos Directores Vitalicios, sacerdotes, y locos.

Perdón, hay una cuarta categoría de sobrevivientes: aquellos numerarios que han participado de algún escándalo financiero. A esos nunca se los echa ni se los deja ir, a lo sumo se los cambia de región.

Esta es una lamentable realidad, porque es una necesidad del sistema vertical y piramidal. Conocí a un director de delegación que fue responsable de varias salidas, incluida la mia. Parecía que su función era que la gente dejara el opus dei. Por supuesto hacia realmente bien su trabajo, con la sutileza de un artista. Ni te dabas cuenta, y ya estabas afuera. Al cabo de los años lo premiaron con un puesto en Roma, donde vive desde entonces, “muy junto al Padre”.

Las técnicas que se utilizan para echar a la gente son muy variadas, y depende mucho de la creatividad de los directores. Pero es básicamente un proceso en varias etapas.

Aislamiento
“En un centro de mayores te sentirás más cómodo”,
Llevar la discusión al terreno de la vocación
“tienes un problema, que NO ES de Vocación”
Culpa
“La obra es una madre guapa que está para ayudarte en todo, solo que tu eres un hijo de puta que no quieres cambiar”.
Minar la autoestima
“no estás unido al Padre, te falta humildad, no empujas tu peso, consumes la sangre arterial de la obra”
Puente de Plata
“no quieres hacer las normas, no las hagas; no quieres cumplir los encargos, te los quitamos; quieres dispensa de vida de familia, te alquilamos un piso”.
Pastillas
sobre esto sobran las palabras.

El mecanismo es eficaz, nadie queda en pie, y despiadado. El dolor moral masivo que infligen en su victima hace que ella misma pida que la ejecuten. Es más, debe ser asi, es una condición que sea asi, ya que la obra no puede echar formal y abiertamente a nadie.

Una vez un numerario me contó, y la anécdota realmente vale, que la delegación había decidido en determinado momento reunir a todos los numerarios de cierta edad y con problemas de vocación en un solo centro. Obviamente “para ayudarlos”. El que me lo contaba era justamente aquel al que designaron director. Obviamente al cabo de pocos meses no quedó ni uno solo. A él lo mandaron por varios años a estudiar a otro país, quizas para borrar todas las huellas. En ese momento pensé que los directores tenían muy poco criterio en sus decisiones. Ahora pienso lo contrario, tienen mucho criterio y mucha malicia para obtener sus fines.



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