Un Mundo Feliz

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Por Roberto, 20 de marzo de 2006

Nota aclaratoria: Cualquier semejanza de este relato con un hecho de la realidad es pura coincidencia. Pero se puede replazar:
Señor “A” por Josemaría Escrivá
“Un Mundo Feliz” por Opus Dei
El Estado por la Iglesia.


A modo de continuación de mi escrito del día 15 de marzo quisiera proponer el siguiente relato:


Un buen día, un individuo (a quién llamaremos señor “A”), advierte que la salud pública es un área que no está suficientemente atendida por el Estado. Con tal motivo, decide crear una asociación, a la que denomina “Un Mundo Feliz”, para completar la labor estatal en este ámbito. Elabora una teoría sobre la importancia de la salud pública y, dada la gran convicción con la que promueve su proyecto, recibe la adhesión de un elevado número de personas, que se ponen totalmente a su servicio y donan ingentes recursos financieros a tal fin. El señor “A” organiza la entidad de un modo rígidamente jerárquico, con una estructura administrativa idéntica a la de un organismo del Estado, colocándose él mismo a la cabeza de la organización. Los asociados se incorporan a la entidad de por vida sin saber muy bien todo lo que ello implica, pero igualmente son felices (al menos al principio) porque el señor “A” asegura que eso es lo mejor que pueden hacer con sus vidas.

Con los recursos recibidos de los asociados y de terceros, el señor “A” adquiere en la capital del país un inmueble de gran categoría y enormes proporciones, muy parecido al que suelen ocupar los Ministerios del Estado. Para cualquier observador externo, es difícil distinguir la entidad de un auténtico Ministerio. Al mismo tiempo, el señor “A” establece que su cargo es vitalicio y que él es el único que conoce a fondo la filosofía de la organización. De lo que se trata es de seguir sus directivas al pie de la letra y de no pensar demasiado (sólo se debe pensar para llevar a cabo las órdenes recibidas del modo más eficaz). Asimismo, el señor “A” dispone que a su muerte, sus sucesores serán elegidos por los miembros de la entidad (o mejor dicho, por un grupo selectísimo de sus miembros, constituido por menos del 0,01% de quienes la integran). Para congraciarse con el Estado, reconoce a éste el derecho de confirmar a quién resulte electo. Claro, todos saben que esto es una mera formalidad, ya que, dados los grandes servicios que “Un Mundo Feliz” presta a la labor gubernamental en materia de salud pública, el gobierno nunca se atrevería a desaprobar al presidente electo.

Pasan los años. La entidad se expande, crea colegios y universidades que promueven su particular visión de la salud pública. Incluso algunos de sus miembros publican un comentario de la Constitución del Estado, donde se interpretan los artículos de la norma fundamental como si ésta hubiera sido redactada pensando únicamente en “Un Mundo Feliz” (lo cual no deja de ser curioso, porque la Constitución fue redactada mucho tiempo antes de que la asociación comenzara a existir). La intensa actividad de la entidad la hace merecedora del más alto reconocimiento del Estado, que incluso concede a los sucesores del señor “A” el título de “Ministro”, que, desde luego, es puramente honorífico, ya que en verdad no dirigen ningún Ministerio.

Un día, sin que se sepa bien quién ha tenido la idea, comienza a circular dentro de la asociación la tesis de que ésta es parte de la estructura misma del Estado. Por supuesto, esto es un error, porque la entidad nunca ha dejado de ser de carácter privado, de actuar únicamente en función del ideario del señor “A” y de elegir a sus propias autoridades. De hecho, la Constitución del Estado no incluye a “Un Mundo Feliz” junto al Poder Ejecutivo, al Parlamento y al Poder Judicial. De todos modos, la idea produce tanto agrado en el sucesor del señor “A”, que decide que se la incorpore expresamente en el reglamento interno de la asociación (que sus miembros tienen la obligación de estudiar y repetir de memoria). Al mismo tiempo, se elimina del reglamento toda referencia al “vínculo contractual” y se agrega la aclaración de que tal vínculo no es de carácter contractual, sino “el propio de la pertenencia a la función pública”.

Algunos de los miembros de la entidad, sorprendidos, afirman que siempre se les había dicho que estaban ligados por un vínculo contractual y no que eran funcionarios públicos. Se les contesta que seguramente no han entendido bien el tema en su momento. De cualquier manera, como las versiones anteriores del reglamento interno ya han sido destruidas, no es posible verificar qué fue lo que se dijo antes. Además, dado que uno de los principios fundacionales de “Un Mundo Feliz” es que todos sus elementos constitutivos, hasta los más ínfimos, son absolutamente inalterables, está claro que no puede haber habido un cambio tan radical. Sí, es evidente que ha habido un malentendido. La asociación, o mejor dicho, el Ministerio, siempre fue parte de la estructura jerárquica del Estado y sus miembros siempre fueron funcionarios públicos. ¿Quién se atrevería a poner esto en duda? Investida de ahora en más de la autoridad del Estado, la organización consolida su poder sobre sus miembros, sus acciones y sus pensamientos. El abandonar la entidad se hace ahora todavía más difícil que antes porque está claro que cuando un funcionario resulta imprescindible para el Estado, su renuncia no se puede aceptar con facilidad. Poco a poco, los miembros de “Un Mundo Feliz” se dan cuenta de que el nuevo Estado del que forman parte... es un Estado totalitario.


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