Toda mi vida he querido ser periodista

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Por Rolo, 14.09.2007


Bogotá, 1997.

Un niño-numerario de 19 años aterriza en Bogotá, con dos maletas cargadas de ilusiones y un nudo en la garganta por haber dicho adiós a su familia, a la vida “en su familia”, a la “casa de sus padres” y la inocencia.

Iba a estudiar periodismo.

Un numerario me recibe en el aeropuerto, Charly, y comienzo a vivir en Ingará, una residencia para estudiantes donde la vida era muy buena.

Seis meses viviendo ahí y mi primer contacto con “compañeras” (había estudiado en un colegio de solamente hombres) hace que la vida de verdad asome a mi conciencia y sobretodo porque yo sabía que “el otro lado de la moneda” no era malo. No tenía nada de malo recibir llamadas telefónicas de compañeras, quedar para hacer tareas, hacer algún plan con los amigos como ir a jugar futbol, ir a tomar un par de cervezas, salir por la noche en grupos de amigos… en fin, la vida normal. Pero por el otro lado sabía que había renunciado a eso por algo más grande. Nunca he tenido problemas con esas negaciones. Pero bueno, después de seis meses expuesto al mundo “se decidió” que lo mejor era que entrara al centro de estudios y en efecto, seis meses entrado 1997 yo hacía mi ingreso triunfal al centro de estudios. Tres plantas de un palacio en el que vivíamos 6 numerarios y tres curas. Aquellos eran tiempos de vacas flacas.

El centro de estudios era un reto, me sale más fácil enumerar las cosas que podía hacer que las que tenía que evitar. Pero no me enojo, porque esa etapa en Hontanar me hizo valorar el gusto, el verdadero placer, de ver una película, de tomar una cerveza, de escaparte con los amigos para llegar tarde, de desear llegar a clases al día siguiente sólo para sentir el perfume de las compañeras, verlas reir y recibir un abrazo. En fin, no era yo...


Bogotá, noviembre de 1999.

Tengo forzosamente que hacer una retrospección. Pité como numerario de 14 años y medio en una región diferente a Colombia. Fui durante 4 años el numerario aspirante modelo que cumplía, hacía cumplir, tenía encargos, no vivía en el centro pero casi y que además era ejemplo para los que iban llegando. Siempre riendo, en el centro la pasaba muy bien, era querido, verdaderamente querido, aceptado, y los problemas que siempre los hay pues ahí se iban llevando. Decidí viajar a Bogotá a estudiar periodismo, que siempre ha sido mi sueño, mi pasión y mi verdadera vocación. Lo hice al terminar el colegio. Hice la universidad con el único esfuerzo de mis padres (que incluso vendieron uno de los carros para poderme sostener) y media beca que me daba la universidad.

Yo no sabía lo que era vivir, tengo que decirlo porque es la verdad, había entrado a un régimen de celibato y reclusión a la tierna edad de 14 años y medio!!!! Como dice la canción, a esa edad no tengo derecho ni siquiera a votar!!!! Pero como en realidad yo era un “aspirante”, la admisión venía a los 18, ya con uso de razón, pero ya desde los 15 yo estaba recluido en una vida de piedad, abstinencia y control muy distintos a los demás de mi edad. Y escribo esto no con rencor, ni con arrepentimiento, es simplemente que durante mucho tiempo lo he guardado, lo saben mis cercanos pero creo que solamente ustedes pueden valorar mi historia porque me entienden y porque creo que compartirla con ustedes es compartirla con alguien que ha vivido lo mismo y por lo tanto la comprende.

Tres años después de haber abandonado mi país, tres años de universidad y dos años y medio de hacer centro de estudios ya se veía que la vocación era un camino difícil con muchas preguntas que no tenían respuesta, sobretodo porque yo sentía que era malo sin hacer nada malo. Se que ustedes me entienden.

La vida en el centro era difícil, no voy a emplear términos trágicos como calvario, tortura, opresión u otras similares que he leido por aca porque tampoco era para tanto. Era difícil, nunca me entendí con mi director, no podía hacer absolutamente nada, perdí muchas oportunidades de hacer mi verdadera pasión pero en fin, yo era quien me había metido voluntariamente y todo lo que vale en esta vida requiere un poco de sacrificio. Era y sigue siendo mi pensamiento. Como todos, estaba seguro que con un poco de esfuerzo iba a perseverar y la frase “no perseveró” era para mí como una condena a la que siempre le tuve miedo. Como si después de eso no hubiera nada más.


Diciembre de 1999.

Mi hermana se graduaba del colegio. A principios de diciembre solicité permiso del director para poder viajar a mi país para estar presente en la graduación de mi hermana menor. Después de dos años de no verlos, claro que me hacía mucha ilusión el poder viajar. Pues no, resulta que no. “Se ha visto” que lo mejor es que no viajes, fue la respuesta. Bueno, pues ni modo. No pasa nada.

A estas alturas del paseo la situación ya era bastante difícil en cuanto a mi perseverancia. Tengo que decirlo todo en honor a la verdad. Yo estaba siendo deficitario al centro. Llevaba casi dos meses sin asistir a la charla porque sencillamente no confiaba ni sentía empatía con el director como para abrirle mi corazón y contarle mi intimidad. Además, ya sabía cuáles iban a ser los temas. Apostolado, normas, vida en familia. Y yo lo que quería era periodismo, radio, planes con mis amigos, salir en la noche, ir al cine y hacer vida social. Tiene eso algo de malo? No. Y lo sabía. Lo evitaba, pero lo añoraba. Estaba haciendo mal? En ese momento si, porque yo había dado mi palabra, había prometido cumplir el espíritu de la obra y eso, en mi situación de numerario, iba en contra. Aún ahora lo tengo claro.

Pues bueno… un día en la última quincena del milenio los del centro que tenía amigos en medios de formación (yo tenía muchísimos amigos, amigas también, pero ninguno estaba interesado en ir por mi casa, porque sabían que no iban a mi casa, iban a un centro del Opus) se fueron a una convivencia. Yo me quedé en Bogotá. El campamento terminaba el domingo. El jueves me llama el secretario, porque el director estaba en el campamento, y me dice que tengo que irme de urgencia al día siguiente, viernes, porque el director tiene algo que decirme y que es importante. Como nunca he sido tonto, me doy cuenta que es algo tan grande como para que no pueda esperar un día y medio a que ellos regresen de la convivencia. Bueno, jamás imaginé lo que se venía. Al día siguiente salgo muy temprano en un viaje de dos horas hasta el lugar donde estaban de convivencia. Llego a medio día y el director después de comer se sienta conmigo y me dice que “se ha decidido que continúe mis estudios en mi país de origen”, que arregle todos los papeles porque me voy de regreso. Se pueden ustedes imaginar el baldazo de agua fría que esto supuso. Primero la ilusión por ir a estudiar mi verdadera pasión a un lugar obviamente mucho mejor de lo que puedo encontrar en mi país, en una sociedad donde el periodismo es relevante, donde he hecho ya una vida, donde he echado raíces y sobretodo después de que mis padres han vendido incluso un carro!!!! Con qué cara podía yo llegar de regreso???? Además, yo sabía que si regresaba, nunca iba a ejercer mi profesión. Lo acepté entre lágrimas, tengo que decirlo. Fue uno de los momentos más duros de mi vida. El regreso en bus hasta Bogotá, pensando en todo lo que dejaba atrás y en lo que se me venía encima: decirle a mis papás que habían invertido una buena plata por gusto, en regresar a vivir a mi país de origen, a estudiar quien sabe que, a trabajar quizá de profesor de literatura en un colegio… en fin, pensé mil cosas. Recé mucho. Llegué a Bogotá. Me esperaban caras largas porque todos sabían lo que yo estaba sufriendo y lo difícil que era para mi dejar Colombia, a la cual había llegado a querer como mi segunda patria.

Esa noche me costó dormir y tomé una decisión: irme. Del Opus.

Al día siguiente fue un nuevo amanecer. La indicación que tenía de los directores era que en menos de una semana tenía que tener vuelo de regreso a mi país y todos los papeles en regla en la universidad. Lo primero que hice el sabado fue ir a la aerolínea y reservar mi pasaje aéreo. Es de recordar que estoy hablando del final del siglo XX y todos los vuelos estaban llenos, era importante hacer eso en primer lugar. Una vez tenía el tiquete en mano, el siguiente paso fue ir a buscar a un gran amigo, que vivía sólo y que era la única persona que me podía ayudar. Fui a su apartamento, recién se levantaba y tenía una resaca impresionante. Le conté mi situación y me dijo “hermano, mi casa es tu casa, tu nunca dejarás de ser quien eres por salirte del opus, y yo, por lo que te conozco te digo, tu verdadera vocación es ser periodista, asi que cuenta conmigo”. Ok, una mañana y dos pendientes importantes hechos. Luego tenía que avisar a mis mejores amigos de la situación. Recuerdo especialmente a mi mejor amiga, hablé con ella por teléfono sin decirle de qué se trataba el asunto: llegó a nuestro lugar de reunión con unas flores y una tarjeta que decía mas o menos: “no se que te pasa, pero te pase lo que te pase, cuenta conmigo, aquí o allá, siempre podrás contar conmigo”. Con mi mejor amigo la cosa fue más comprometedora. Juntos habíamos fundado una radio en la universidad y la dirgíamos desde hacía más de un año. Teníamos los carnet identificación de la emisora como uno de nuestros tesoros más preciados (teníamos 21 años y estas cosas eran importantes para nosotros a esta edad). Me quitó mi carnet y me dijo, “jureme que cuando esté en su país va a recordar que yo tengo este carnet y que va a volver”. Lo hice.

El siguiente paso fue más sencillo, cambiar mi dirección en la universidad para que mi matrícula del año siguiente no llegara al centro sino que llegara a la dirección de mi mejor amigo. Hecho.

A media semana llegó al centro un gran amigo, se metió hasta la segunda planta (la zona de los de casa) y literalmente me secuestró. Me metió en un taxi y me llevó al aeropuerto. Me dijo que ya sabía lo que había decidido y que respetaba mucho la decisión. Que si estaba seguro de lo que estaba haciendo. Y por primera vez alguien me hizo ver lo duro que sería todo el proceso: “va a ser duro. Te van a intentar convencer por el lado sentimental. Se van a meter con tus defectos. Pero si tu has tomado la decisión mantente firme.” El motivo del secuestro es que, por la cercanía de las fiestas de fin de año mi amigo se iba de la ciudad y ya no iba a tener oportunidad ni de verme ni de despedirse. Tengo que decir que todo se cumplió tal como lo habia dicho. Pero no me quiero adelantar.

Me pagó el pasaje de regreso al centro, abrazo y hasta pronto.

La semana transcurrió de lo más normal. Un par de días más, todos diciéndome lo afortunado que era porque Don Javier iba a estar en mi región en enero y yo iba a poder verlo y estar con él. Ilusos. Creo que nadie nunca se imaginó lo que ya había decidido. Muchos se despidieron y yo aparenté la mayor normalidad y naturalidad. Y por fin se llegó el sábado del viaje. Nadie en este mundo sabía la decisión que había tomado. Esperaba que hubiera gente de casa esperándome en el aeropuerto a pesar que yo no había dicho nada del viaje más que a mis padres. Llegué al aeropuerto con todas mis pertenencias. La fila era interminable. Luego pasé a sala de espera con el corazón en la mano. Mi intención era la de regresar pronto. Para el siguiente curso universitario. Pero aca tengo que hacer una aclaración que no he hecho. Porqué iba a viajar si de todos modos mi intención era salirme del opus??? Pues por dos cosas. La primera era que si yo pertenecía a otra región me parecía lo más correcto ir a esa región y decir que me iba. Y la segunda es que quería pasar las navidades con mi familia a quienes no veía desde hacía mucho tiempo.

Estando en la sala de espera del aeropuerto llega un oficial de migración porque hay un problema con mi pasaporte y era que no había renovado un permiso temporal de trabajo que debí haber hecho, puesto que era extranjero en Colombia. Ufff. Problema. El avión me dejó y no pude viajar. Terrible. Yo quería Salir cuanto antes de esta situación. Ya suficiente había pasado una semana entera viviendo en un centro que ya no era mi centro, en una vida que ya no era mi vida. Además, debía pasar un fin de semana más porque hasta el lunes siguiente, 20 de diciembre, yo no podía hacer nada porque estaba cerrada la oficina de migración. Avisé rápido a mi casa para que no me llegaran a buscar al aeropuerto y al día siguiente, domingo, retiro mensual… qué apropiado.

El lunes siguiente a primera hora de la mañana estaba yo en la oficina gubernamental en la que tuve que pagar una fuerte suma de dinero como multa, dinero que me prestó un amigo. Todo debía ser a la mayor brevedad posible porque mi vuelo salía al medio día, vuelo en el que no tenía cupo porque lo había perdido el sábado y que además estaba completamente lleno, por la cercanía con el fin de año. Llegué al aeropuerto, solo y para mi sorpresa mis amigos (el del carnet y mi mejor amiga junto con un par mas) habían llegado a despedirme, desearme feliz año y dejar caer un par de abrazos sentidos y un ánimo, te esperamos de regreso. Pasé a sala de espera sin saber si iba a poder viajar. El vuelo estaba lleno y yo viajaría solamente si alguno de los pasajeros se retrasaba o llegaba tarde. Creo que la gastritis que tengo ahora se lo debo a esos minutos que pasé en esa sala de espera. Al final, faltaron dos personas y uno de esos asientos lo ocupé yo. El vuelo salió.


Mi país, 20 de diciembre de 1999

Al aterrizar en el aeropuerto me estaban esperando, por un lado mis padres y por otro lado el director y el secretario del centro. Abrazos sentidos por un lado y un apretón de manos por el otro. Salimos al parqueo con mis cinco maletas en mano y el director se acerca a mi y me dice “espero que ya habrás dicho en tu casa que desde hoy en la noche te vas a vivir al centro”. Nunca se esperó mi respuesta. “Mirá, tengo muchas cosas que hablar con ellos, hoy en la noche duermo con mis papás y mañana en la mañana llego al centro”. La cara que puso todavía la recuerdo. Jamás le había hablado así y no creo que nadie más le haya dicho algo parecido. No tuvo más remedio que aceptarlo. Esa noche, hubo cena de bienvenida en mi casa, toda mi familia reunida, yo llevaba regalo de graduación para mi hermana que aunque tarde, fue bien recibida. Además, entre los invitados a la bienvenida estaba el director y el secretario del centro.

Una vez se hubieron ido todos me quedé solo con mi familia. Sobretodo me preocupaba mi mamá, que había sido supernumeraria y quien tenía mucho cariño a la obra. Pero más cariño a su hijo. Reuní a mis papás y les expuse lo que había pasado, que la obra quería que me viniera de regreso, que dejara la universidad y que no volviera más a Colombia. Ante este hecho yo había tomado la decisión de salirme de la obra y volver a bogotá en enero por mi cuenta. Mi papá se levantó y me dijo “yo ya me esperaba esta noticia, mañana mismo te compro el pasaje de regreso para enero”. Dormí como un bebé esa noche.

Al día siguiente comenzó la lucha. Fui al centro, oración de la mañana y misa. Llegué puntual y como era costumbre me tocó saludar con los ojos porque no se podía hablar absolutamente nada. Mucha gente que no veía desde hacía dos años estaba ahí. Fue durísimo. Había gente que yo había tratado que ya eran numerarios. Gente que yo había hecho que pitaran. Inmediatamente después de la misa y del desayuno (creo que el director habrá estado buscando mis maletas) fui a encerrarme con el director. No pudo ser de inmediato como yo hubiera querido, tardó un par de horas. Entramos en su oficina. Y sin dejarlo que hablara le dije “me voy”. “Me han dicho que tengo que regresar y recomenzar todo desde aca y mi verdadera vocación es al periodismo, quiero seguir allá y hay cosas de la vida en la obra que no entiendo y no he encontrado explicación cuando las he planteado asi que, me voy”.

Después de dos horas de “charla fraterna” (nunca antes mejor aplicado el término) me pareció que el tipo ya iba entendiendo que lo que yo le decía iba en serio. Tanto tiempo acostumbrado a que lo que él decía era palabra de Dios, nunca antes estuvo en la posición en que un simple numerario le dijera que no quería hacer algo. Y en mi caso, era más bien lo que yo SI quería hacer. Al medio día terminamos de hablar y me dijo que me llamarían de la delegación para seguir charlando. Y de hecho me llamaron. Y ahí, 21 de diciembre comenzó una serie de reuniones, charlas, pláticas, como quieran llamarlo con el vocal de san miguel en la que intenté explicarle mis razones por las cuales me iba. Fueron tres semanas larguísimas, con reuniones todos los días. Un día en especial, recuerdo, llegó el conciliario justo a la hora en que yo tenía mi reunión. El consiliario es una de las personas que he conocido que más me han querido y a quien más yo he querido. Recuerdo especialmente cómo me palpitó el corazón cuando me abrazó y me dijo “mira, no te preocupés… tomés la decisión que tomés, yo te voy a apoyar, si decidís continuar me vas a hacer el hombre más feliz del mundo, pero sino igual te voy a querer. Sólo te quiero pedir una cosa: no te regresés a Colombia.” Aún recuerdo mi dolor al prometerle que lo iba a considerar pero que no veía porqué iba a dejar de hacer algo en lo que yo creía y que además no era malo. Quería terminar mi carrera y ser periodista.

Llegó navidad, la primera en 7 años en la que no asistí al triduo… la primera en 7 años en que estuve en mi casa para la hora del abrazo y la apertura de regalos. Fue especial. El fin del milenio lo ví íntegro por televisión, alquilé películas todos los días, me acosté tardísimo, no tuve que preocuparme del aprovechamiento del tiempo porque estaba haciendo lo que quería, para qué quería más tiempo si no era para dedicármelo a mi y a los que me quieren?????

Pasaron las celebraciones de fin de año y me quedé todo enero esperando que llegara la confirmación de que la carta al Padre pidiendo mi salida fuera contestada. Nunca llegó. Asi que, legalmente yo aún era numerario del Opus Dei. Sin embargo, era una cuestión legal únicamente. Volví a Colombia.


Bogotá, enero de 2000.

Debo decir que había toda una expedición de amigos esperándome en el aeropuerto. Amigos y amigas. Había al menos 12 personas en el aeropuerto. 4 carros. Todos, todos estaban esperando mi llegada. Hubo abrazos, besos, casi llanto. Nos fuimos a mi nuevo hogar y esa noche me emborraché con todos mis amigos. Unos no pudieron ir al aeropuerto y llegaron a la casa por la noche. Sentí un cariño diferente, más sincero, más puro, más desinteresado… que jamás había sentido. Estaban conmigo y me aceptaban fuera del Opus. Era algo nuevo que jamás había considerado ni esperado, es más, temía no ser aceptado. Esa noche no dormimos, mi cuarto estaba decorado con muchos rotulitos de bienvenida porque mis amigas había llegado a decorarlo un día antes y, cosas de mujeres, se habían dedicado a dejar mensajitos de cariño por todas las paredes. Es más, una de ellas incluso se atrevió a dejar su foto en mi nueva mesa de noche. Jajajajajajajajaja…

Como yo aún seguía siendo numerario y quería hacer las cosas bien, seguí recibiendo círculo en la universidad con un profesor que era numerario (digo era porque….) y además llevaba mi charla… sin embargo la charla que llevabamos era mas bien de futbol y un poco de cine. En cuanto a la situación legal, mi carta nunca fue aceptada porque, según me dijeron, “no le vemos suficiente motivo para querer dejar de perseverar en la vocación”, asi que, si yo quería ser desobediente lo único era esperar a que llegara el 19 de marzo (fiesta de san José) y ahí terminaba mi vínculo legal con el opus dei. Recuerdo ahora especialmente cómo todos los directores con quienes charlé me preguntaron si es que había alguna mujer en mi vida… y a todos les respondí lo mismo: “mujeres hay muchas, pero no hago esto por ninguna, lo hago por mi”.

Comencé a llevar una nueva vida, todo era nuevo… era diferente el poder despertarme tarde. El poder gritar, cantar y reir por la tarde y temprano por la mañana. El poder hacer planes con amigos los sábados por la tarde y los domingos por la mañana. El saber dónde me levantaba pero no dónde me dormiría. Está de más decir que al principio mi trato con las niñas fue de lo más torpe imaginable. A los 14 años que había pitado yo aún pensaba en andar en bicicleta y jugar futbol, pero nunca había tratado con mujeres. Si les contara todas las penas que pasé en esos días y que aún paso por “novato” se reirían mucho. Yo aún me río de mí mismo. Pero todo fue un ir descubriendo cosas poco a poco. Fui a saludar a mis amigos numerarios y agregados uno por uno, no quería que se enteraran por otra boca que no fuera la mia. Mi mejor amigo numerario, el secretario de mi anterior centro, me dijo “más te vale que tengás una muy buena razón” jajajajajajaja.. pero lo hizo con mucho cariño, me lo dijo con una sonrisa mientras me abrazaba en una cafetería en el centro de bogotá en que nos encontramos un día de febrero del año 2000.

A los pocos días, unos amigos me invitaron a salir “de rumba”, entiéndase baile, música y bebida. Fuimos a un bar en el centro de bogotá. En el sótano del bar había una pista de baile con música electrónica. Obviamente yo no conocía nada de esto y aquel ambiente me embrujó, me atrajo como nada me había atraído. La música fuerte, el olor a cigarrillo, las luces parpadeantes, casi ni podías ver a quién tenías al frente mucho menos escuchar qué te decía. Dejé a mis amigos en la planta alta y me fui solo al sótano. De la nada una niña me invitó a bailar. Y comencé a bailar con ella, mas bien enfrente de ella, no recuerdo siquiera su nombre. Pronto estábamos bailando pegados. Volví a ver el reloj… y en ese preciso momento me percaté que hacía dos minutos que había comenzado el día 20 de marzo.

Mi historia no termina ahí. Terminé mi carrera, volví a mi país ya graduado, comencé a trabajar en mi profesión, ahora soy el jefe del departamento de prensa de una institución de gobierno. Aún tengo sueños en los que me veo siendo numerario, teniendo que asistir a medios de formación y en los que yo trato de hacer ver que ya no estoy en la Obra y aún así sigo en el centro… son sueños extraños. Tengo 30 años y mientras escribo esto me preparo porque hoy en la noche voy a llevar a una amiga al cine. Soy completamente feliz.



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