Testimonio y experiencia

From Opus Dei info
Jump to navigation Jump to search

Por Westy, 29 de agosto de 2008


Hola a todos, es la primera vez que escribo en esta web (también soy una ex). La verdad es que no hubiera escrito en esta web si no fuera porque ahora le ha tocado el turno a mi sobrino de 20 años. En estos momentos está machacado, ingresado con una pequeña depresión: no distingue la derecha de la izquierda, está hecho un lío y tiene un cacao mental considerable. Lo que me enciende es lo MAL (y lo pongo con mayúsculas) que se ha hecho para, y lo digo con tristeza, para “echarle”, porque literalmente ha sido así. Y la historia se repite. Con todo después de tantos años me siento aún incapaz de hacer algo que pueda dañar a la Obra y ciertamente lo podría hacer en esta web, pero esa no es la intención.

No puedo deciros más, pero sí que mis heridas han vuelto a abrir, antes dolorosas y ahora con una enorme tristeza. Ahí va mi testimonio, uno más, no se exactamente porqué, quizá para contarlo a quienes me entienden o sólo porque necesito expresarlo. Voy a intentar ser lo más objetiva y justa posible, aunque se que en algún momento me equivocaré, pero las cosas con razón o no las viví así.


Quiebra biográfica

Una pequeña síntesis es para situaros:

La verdad es que soy una “ex” un poco “particular”. Pité con 16 años en 1976 (parece una eternidad), ahora tengo 50 y desde que consideraron que estaría mejor fuera han pasado 32 años (6 dentro), pero lo gracioso es que no pase de ser adscrita, aunque subjetivamente me consideraba sin la más mínima duda numeraria. Bueno, debo decir que en aquellos años ocurrían este tipo de cosas y que por desgracia me tocaron a mí. Tiene gracia porque conocí al Fundador en una tertulia en el Colegio Mayor Belagua y otra en Goroabe. O sea, que de haber sido numeraria de “verdad” hubiera sido co-fundadora (creo que se decía así)...

Pues bien, dado que la vocación no terminaba de asentarse (yo tenía muy buena voluntad, pero muchos altibajos), al final me dijeron que estaría mejor fuera, pero no entendí el porqué, mi gran duda era si no había puesto los medios suficientes o realmente eso no era lo mío, pero no me enteré. Mi hermano mayor suele decir con mucha gracia que en el Opus Dei no se dice sí o no, sino que se dice “ni”. Pues bien, me fui con un “ni” y ahí empezó mi calvario particular.

La dolorosa quiebra de la existencia

De repente, como suelo decir, me encontré entre el cielo y la tierra colgada de un hilo, yo lo expresé como punto cero de la existencia. El pasado reciente ya no estaba, no era mío y el futuro estaba en blanco. Mi preocupación era que pasara el tiempo para poder tener pasado en que apoyarme, pero no era tan fácil, no encajaba en el mundo, seguía teniendo en la cabeza el mismo modo de pensar. Como ejemplo os diré que me fui a Marbella con unas amigas y era incapaz de estar tumbada en la playa sin hacer nada. Los horarios de comida, levantarse… eran caóticos. No lo aguanté, tome un avión y para casa.

Tenía que comprender este mundo tan raro para mí que se me venía encima. Decidí que si no tenía pasado haría mío el de toda la humanidad empezaría por estudiar filosofía (si ser era lo primero, me dije que por ahí), luego historia, derecho…La verdad es que estudié filosofia, obtuve el doctorado, pero no he pasado de ahí. Con la distancia de los años me parece una ocurrencia bastante curiosa, pero sólo tenía 21 años.

Otra cosa que hice fue encerrarme, aislarme, estuve dos años enteritos e mi cuarto, sólo salía para trabajar, ir a clase, estudiar y “cumplir las normas”. Lo que no conseguí en 6 años ahora era fácil. Además debía ser así porque al irme le pregunté a la directora cuándo podría volver a ir por un centro, me contesto que en dos años y como un clavo a los años me encontré con una numeraria que conocía y le dije que ya habían pasado dos años. Ingenua de mí, cuando te vas, te vas y salvo que hayas rehecho tu vida y haya la posibilidad de pitar como supernumeraria, pues que te den. Con esta vuelta, obviamente, no encaje porque o me seguían tratando como una numeraria dado que “sabía de que iba el rollo” o me ignoraban un poco, es como si pudiera estar ahí sin molestar, pero yo quería que me ayudaran a mí en la vida interior a Dios, pero creo que, salvo excepciones, a la mayoría habría que cambiarles el cerebro, al final, sólo les interesaba a quién iba a llevar a la meditación.

Sí debo deciros que sólo dos personas no me dieron la espalda. Una vivía en Madrid, trabajaba en la Asesoría y otra en una administración. En mi situación de “encarcelada” viajaba a Madrid cada fin de semana que podía. Cogía el avión y me hospedaba en el hotel Zurbano. En Madrid salía con mi amiga a pasear, a comer y luego me iba con ella al centro, estaba en la administración, planchaba, asistía a la meditación, etc. Y vuelta a casa, pero me sentía querida. Esta amiga ha muerto hace dos años de un cáncer y me he sentido huérfana. Ya no nos veíamos tan a menudo, aunque nos escribíamos, y nos veíamos de vez en cuando. Sobre todo cuando, como suelo decir, “me había perdido”, siempre estaba ella.

Bueno, me he desviado un poco del tema existencial. El tiempo me tenía obsesionada. Como empecé la carrera mientras estaba trabajando, tenía cuatro años más que la gente de mi clase y como ahí había un montón de numerarios y numerarias, de nuevo excluida. Si hubiera tenido la misma edad a lo mejor me hubiera integrado mejor con los de 19 años. Tenía la sensación de haber llegado tarde y no era sólo una sensación: efectivamente llegaba tarde porque como estudié una carrera que no me gustaba ya quede esta manera quizá se asentara la vocación, pues ni una cosa ni la otra: siempre tarde, siempre tarde y no podía adelantar al tiempo. Para ser justa debo decir que las decisiones que se iban tomando sobre mí eran fueron rectas y meditadas, otra cosa que hubieran sido las acertadas.

Bueno, retomo el hilo de la crisis existencial: casi a la par del doloroso punto cero existencial llegó el turno de la indiferencia, noté con más virulencia el que me ignorasen y el dolor se hizo cada vez más intenso, sin embargo seguía queriendo a la Obra y me iba echando a la espalda cualquier ofensa, unas disculpables y otras de una falta de caridad como un piano. Me sentía como un animal capaz de llevar encima todo el peso que se me echara. De vez en cuando me cansaba y tenía que dejar la mochila al suelo, solía dormir todo lo que mis obligaciones me permitían y cuando me sentía recuperada, otra vez en forma, a coger la mochila y a seguir andando.

Efectivamente como he dicho antes estaba hecha añicos y esa quiebra la sentí como un profundo dolor, ahora puedo decir que me dolía el espíritu, que sí, que el espíritu duele y mucho. Durante esa época me pasaba de vez en cuando un fenómeno curioso, ahora se que se trata de una crisis de angustia. Efectivamente sabía que llegaba el momento, entonces tenía que echarme en el suelo y dejar que el dolor penetrara lentamente, no podía hablar ni mover los brazos y hasta que el dolor no alcanzaba un punto máximo no podía recuperarme. Afortunadamente duraba de 15 a 20 mínitos y si era muy largo media hora, pero esto era excepcional. Este fenómeno se producía a veces de modo espontáneo y otras por incidentes tan tontos como volver a ver a una persona de mis tiempos de adscrita.

Tengo que hacer una referencia a mis padres. Ambos eran supernumerarios y mi “querido padre” cuando me fui de la Obra que llevo a una cafetería y estuvo hablando no me digáis de que, pero vagamente recuerdo que me habló de un teléfono rojo. Ahí acabó todo. Mi madre sufrió lo indecible y más tarde me he enterado que también estuvo a punto de mandarlos a la “m”. debierais conocerla, es la persona más buena del mundo y jamás nos ha hablado de la Obra, ni del Fundador ni de nada. Ahora es mayor (85), pero algunas amigas de mi hemana mayor le comentan: si la gente de la Obra es como tu madre dime dónde tengo que apuntarme. Os cuento dos pequeñas anécdotas. En un momento concreto unas personas de la Delegación fueron a buscar a mi madre que estaba haciendo un curso de retiro en Obanos, no recuerdo a cuenta de qué pero se trataba de mí. Mi madre como se dice se ha dedicado a sus labores y tiene la formación de la escuela y también corte y confección supongo que algo bastante común en aquellos años. Pues cuando venía con las numerarias en el coche les dijo: esto es peor que el comunismo. Supongo que lo que le debía parecer lo peor. Ahora con la situación de mi sobrino y de un lío académico de su hermana comentó ¿pero qué está pasando? Mi hermana mayor le contestó: mamá que esto está haciendo agua, que como sigan así tendrán que cerrar la barraca. Y de nuevo mi madre ha dicho como lo peor “hija esto es diabólico”. Creo que se me nota que se me cae la baba con mi madre.

Mi padre me dejó con un discurso y mi madre sufrió mucho pero no supo que hacer de manera que me quedé solita “Juan palomo yo me lo guiso yo me lo como”. Afortunadamente no va a pasar esto con mi sobrino porque entre otras cosas tiene a su madre que es de armas tomar con un sentido común impresionante y se lleva fenomenal con su hijo. Recién pitado iban los dos a misa y le llevaba en coche pues viven un poco lejos, entonces mi sobrino tuvo la ocurrencia de decir: aquí vamos una madre santa y un hijo numerario. Pero como he dicho al principio de este escrito esto no pasará y que Dios los coja confesados si no es así.

La muerte del corazón

Como ya he dicho en el escrito anterior, a pesar de que ya no pertenecía a la Obra seguía amándola, si se puede expresar así. Tenía una profunda añoranza y aún en esas circunstancias hubiera hecho cualquier cosa por ayudar.

Pero las cosas no sucedieron así. Seguramente todos habréis tenido la experiencia de la indiferencia, de que sin más te habías convertido en un paría, en un leproso del que uno debía alejarse. El dolor era tan profundo que obligué a mi corazón a no sentir, lo encerré en una jaula no de siete cerrojos como decía el Fundador sino de miles. Conseguí levantar un muro a mi alrededor y nunca permití a nadie traspasar los límites que me había marcado. Es fácil que la gente no llegue ahí porque por lo general son bastante superficiales y cuando no lo son a mí aún me quedan muchas millas hacia dentro. Sólo a dos personas se lo ha permitido y son mis amigas incondicionales...

En este aspecto y en otros muchos he aprendido a ir con mis muletas. Realmente quien me vea actuar pensará que soy una persona a la que me importa la gente y de hecho así lo hago, pero si esa persona desaparece de mi vida me da lo mismo porque no puedo establecer vinculaciones afectivas profundas. Manipulo a las personas para dar esa imagen aunque no les hago daño y estoy dispuesta para ayudarles si lo necesitan. Sí encajo muy bien cuando se trata de relaciones intelectuales, ahí no hay problema porque las ideas no duelen y como soy bastante inteligente estoy a mis anchas. Esta desconexión entre la cabeza y el corazón ha hecho que cuando en mi vida han aparecido o aparecen sentimientos, afectividades, etc., sobre todo con algún chico, siento que no controlo la situación y lo que he hecho es cortarlo de raíz antes de que eso fuera a más. Muleta: le digo sin más que me gusta, como nunca ha sido a la inversa con mucha consideración me lo han dicho. Asunto zanjado. La verdad es que siempre lo he dicho porque pensaba que a lo mejor Dios quería que me casara y por si acaso que por mi no quedara.

Estoy escribiendo un poco desordenado. Durante los primeros años después de dejar la Obra escribí una poesía que seguramente la habré roto hace muchos años, pero recuerdo de qué iba. Se titulaba “La canción del loco”. Había un niño cojo y jorobado que vivía sólo en una cueva, estaba sucio. Por las mañanas se escapaba y bajaba a un parque donde jugaban unos niños muy limpios y alegres. El tullido quería jugar con ellos pero no le dejaban, al contrario, se reían de su cojera y de su joroba y le tiraban piedras, entonces el cojo iba a esconderse entre los matorrales para poder mirarlos. Algunas veces también lo descubrían ahí y entonces corría a su sucia cueva. Tras muchos intentos un día descubrió que era invisible que podía estar en el parque sin peligro, pero lo que en principio parecía un gran alivio al final comprobó que era más duro pasar inadvertido que recibir pedradas. Al final el tullido regresó a su cueva y se ató con cadenas para no poder salir. Allí, sentado en el suelo se balanceaba de un lado a otro y con su balanceo las cadenas se le iban clavando en la carne. Tiempo después alguien lo encontró aún balanceándose, con el cuerpo llagado y a jirones, con la mirada perdida y falto ya de razón.

Ahora mientras escribo estas líneas estoy viendo la cueva, su oscuridad y siento nostalgia, se me caen las lágrimas… quiero volver a mi cueva, quiero volver a mi casa echarme en el suelo y descansar. ¿dónde está mi corazón? ¿Por qué mi cabeza está separada de él? En fin ya es demasiado tarde para cambiar.

Aún no os he hablado de mis temores. Algunas veces siento miedo porque alguien quiere hacerme daño, en principio es indeterminado “ya vienen”, ¿quién? Ellos. ¿Quienes son ellos? Los de la Obra vienen otra vez a hacerme daño. Bueno, afortunadamente sólo me ocurre de vez en cuando y como ya conozco el tema hasta que se pase, tampoco dura mucho.

Voy a terminar el epígrafe del “cuore”. Podría extenderme en muchísimos detalles pero no merece la pena. La verdad es que mientras estoy escribiendo tengo la sensación de estar un poco “chiflada”. Espero que esta sensación no vaya a más.

La vocación

Como ya he dicho esperé dos años para volver a un centro de la Obra, pero el resultado no fue el esperado por mí. Yo quería que me ayudasen en la vida interior, aunque tengo que decir en mi contra que mi cabeza seguía pensando como una numeraria y en lo que respecta al apostolado me exigían como si lo fuera. Muchas veces no entendí que el apostolado se concretase en llevar gente a la meditación. Si como decía el Fundador el apostolado es de amistad y confidencia y que es el resultado de una profunda vida interior, pues por lo que respecta a lo primero ayudaba a mis amigas a acercarse a Dios, pero el camino no era asistir a una meditación...

Otra cosa era un curso de retiro. Cuando hubo que repartir “hojas informativas” y quizá pensando erróneamente que haciéndolo era muy apostólica, me dedique a repartir no solo a mis amigas sino a gente que conocía sin más. Tuve que hacerme mucha violencia. Ahora mirando hacia atrás pienso que no entendí el apostolado y tampoco fui capaz de expresar mis dificultades al respecto.

Visto lo visto y que en mi interior seguía “viendo” que Dios me pedía algo empecé a leer sobre caminos de espiritualidad distintos a la Obra. Recuerdo “Las tres edades de la vida interior” de Garrigou-Lagrange. Ese libro me encantaba y de hecho siendo de la Obra lo leía. Me matriculé en Teología por si allí encontraba la respuesta. Obviamente no tenía sentido y lo dejé en primero. También asistí a una reunión de los neocatecumenales, pero no me atreví a seguir. Era tan distinto que en esa reunión me sentí insegura además buscaba otra cosa. Leí a Santa teresa, San Juan de la Cruz, Santa Teresita , pero nada. Como lo que más me atraía era San Juan de la Cruz fui a ver a un carmelita y le expliqué mi situación pero me quedé un poco confundida porque todo le pareció estupendamente, incluso me dijo que era una ventaja que hubiera estudiado filosofía porque así entendería mejor los escritos de Santa Teresa. Ni corto ni perezoso concertó una cita con las carmelitas descalzas de mi ciudad. No me dió mucha confianza porque pensé que debía asegurarse de que no fuera una “loca” ya que no me conocía de nada. Pero al menos fui al convento. Me di cuenta de que no era lo mío porque el estilo me echaba para atrás. Como era navidad en el torno había un nacimiento con una monja dentro como una figura más junto a la Virgen, San José y el Niño. A mi derecha estaba colgada una lámina de la Virgen en tonos pastel que me pareció horrorosa. Pensé que Dios no me podía pedir algo que me supusiera tanta violencia. Por último, también me apunté a un grupo de mi parroquia en el que leíamos el evangelio y lo comentábamos. Yo me ponía “negra” de las estupideces que se decían ahí y el sacerdote que estaba en el grupo no decía nada. Aquí se acabó mi búsqueda y a partir de allí soy un cristiano que camina por “libre” cuando lo hace, porque han habido muchas temporadas de abandono, de retorno, de abandono y vuelta a empezar. Además a esto se añade que nunca me han interesado ni atraído el voluntariado y cosas similares. Es posible que por poca generosidad, pero guardo muy mal recuerdo de estos desde el colegio. Me tocó la época postconciliar y todo ese “rollo” de las guitarras, los grupos. Desde entonces tengo mala experiencia y no porque no hubiera participado en ellos, pero era muy crítica, además los problemas que se planteaban me parecían tonterías.

Ahora me encuentro en una situación en la que quisiera retomar mi fe, pero me cuesta un montón. Creo que es por pereza y porque andar sólo es pesado aunque tampoco lo quiero hacer en grupo, o sea que “yo me mi conmigo”. Otro obstáculo es que no entiendo el lenguaje que emplean los cristianos corrientes: “experiencia de Jesús” …No sé a qué se refieren, no lo se categorizar, seguramente por culpa mía que intento racionalizar la vida.

No debí pitar

Cuando hice una síntesis de mi vida como numeraria comenté que estuve 5 años como adscrita, pero me faltó decir que no debí pitar. Realmente no tenía ni idea de lo qué era el Opus Dei. Cuando me plantearon la vocación y me dijeron que yo debía verlo, se me planteó una duda interior. El hecho de invitarme a "una convivencia especial" me hizo sentir cierto orgullo, aunque no sabía muy bien que era eso. La convivencia nos la dio D. Fernando Lázaro que se pasó los tres días relacionando la vocación con la indecisión de Hamlet (ser o no ser esa es la cuestión). Ahora tengo que decir una cosa que me da una vergüenza horrible pero pasó así. Cuando fui a confesarme sin querer me tiré un pedo, y me puse tan nerviosa que le pregunte de repente al sacerdote si tenía vocación (a veces en broma conmigo misma me digo que pité por un pedo; es horrible). Después de confesarme es cuando surgió mi duda interior. Tenía 16 años, comenzando la adolescencia, pero hay que situarse en aquella época: a los 16 era totalmente inocente (no es lo que ocurre ahora). Me fui con mi duda y estando en el club en el estudio y no pudiendo ponderar las cosas (demasiado joven) y dado que eso me quitaba la paz, fui a dirección y dije que quería ser de la Obra...

Cuando empecé a escribir la carta pregunté si numeraria era de las que se casaban o no. Me dijeron que de las que no se casaban; me daba igual. La verdad que en aquellos años el tema de formar una familia me quedaba muy lejos.

A los 6 meses hice la admisión. Para que os deis cuenta de lo que me había enterado pensé que todo consistía en rezar mucho y en cada charla fraterna decía cuantos rosarios había rezado (recuerdo que 5 al día). La verdad es que me extrañaba que no me felicitaran ya que rezaba tanto. Recién pitada le dije a una numeraria que se ocupaba de mí si "esas amigas tuyas no se iban a enfadar si iba tantas veces a tomar café". Recuerdo que en mi primer curso anual me fui tan pina con pantalones (sin ninguna falda). Cuando me dijeron que con falda, mis padres me enviaron una y me apañé con esa todo el curso anual. Me traía frita el tema del velo y el de besar el suelo antes de rezar la preces. Me daba mucha vergüenza. El día que recibí mi primera carta y me la dieron abierta monté en cólera y le pedí a la directora el libro donde estaba escrito todo lo que teníamos que hacer para no darme más sorpresas porque le dije "todo esto tienen que estar escrito en algún sitio". Al año más o menos ya me había situado e intenté vivir la vocación. Aunque nunca lo dije (fallo por mi parte) la sentía como una desgracia que me había tocado y por eso me entristecía cada vez que alguien pitaba, pero he de decir que una vez era de la Obra la quería como si llevara allí mil años: ya era de la familia.

Supongo que no ocurrió así en todas partes pero en el centro en que yo estaba las personas "responsables" eran muy jóvenes y con poca experiencia y no tenían "criterios claros" sobre ciertas cosas. Recuerdo que cuando era un día de fiesta nos quedábamos celebrándolo hasta las tantas de la madrugada y luego nos quedábamos a dormir en distintos sitios (en las mesas del cuarto de estudio que eran muy grandes, etc.) Debió ser muy divertido, lo digo ahora, cuando las de la delegación vinieron a felicitarnos y se encontraron con semejante panorama incluida la directora. Poco a poco las cosas se fueron encauzando cuando el club de bachilleres se trasladó a un sitio con las condiciones. adecuadas y vino gente más mayor.

Por lo que a mi respecta, la verdad que aguantaba unos meses con las normas de piedad y el esfuerzo apostólico, pero al final estallaba y estaba 15 días sin aparecer por el centro. Obviamente algo pasaba que no sabía explicar y tampoco lo debieron ver porque yo era muy buena, apoyaba en todo lo referente al centro, confiaban mucho en mí y cuando había alguna adscrita que se "ponía en mal plan" me encargaba de hacer que recapacitara y sabía hacerlo fundamentalmente porque escuchaba, no daba la taba y sabía contestar a todas sus preguntas.

Esto está un poco desordenado. A los 18 años me fui a vivir al club de bachilleres, pero para que os deis cuenta de mi "madurez", o sea, de risa, me llevé una muñeca (Pebles picapiedra) con su hueso incorporado en la cabeza. Cuando salía del instituto y hasta la hora de comer no sabía qué hacer en el centro, estaba incómoda, pensaba que había que aprovechar el tiempo y me metía en el cuarto de estudio; total un rollo porque las ganas de estudiar y nada eran lo mismo. Al final tampoco fue bien esta experiencia. Antes de volver a mi casa estuve 15 días sin querer levantarme y fumando en la habitación. Estaba en la pequeña administración de modo que todo fue muy discreto. Por la noche agarraba el petate y me iba a dirección, me tumbaba en el suelo y decía "X" dame la mano, "X" dame la mano, "X" dame la mano. una y otra vez hasta que lo conseguía y me dormía. Increíble verdad. Por supuesto no se si llegó a tres meses mi "incorporación a la vida de familia".

Después de todas estas peripecias por fin me fui a hacer el semestre. Estaba alocada porque llevaba dos o tres años pidiéndolo. En un momento concreto, a punto de terminar el semestre, la directora me preguntó si no pensaba hacer la Oblación a lo que respondí que no sabía que tenía que pedirlo yo y entonces le dije: pues ya la pido. Del semestre a Goroabe. Ahí estuve un mes más o menos y como nadie me había dicho nada seguía sin hacer la Oblación. Ahora conforme escribo esto me doy cuenta de lo que pasó. La directora del semestre debió tener dudas acerca de si debía hacer o no la Oblación por eso hasta que no vieron que no era una persona idónea para ser numeraria estuve en Goroabe. Un día vino a verme la directora de mi grupo al trabajo y me dijo que en el centro de estudios no había suficientes plazas y que debía volverme otra vez a casa. Lo estaba pasando tan mal que ni siquiera me molesté y le dije que sin problema, que ya iría a Goroabe el año que viene. Ni que decir tiene que no volví a ir. De Goroabe a mi casa, de mi casa al club y al mes del club a la calle. Me dijeron sin más que ya no era de la Obra. Por desgracia en ese curso había cambiado todo el consejo local por lo que me lo comunicó una persona a la que no conocía y que tampoco me conocía a mí por lo que supongo que cuando le pregunté porqué, no lo sabía muy bien y se enrolló como una persiana. Total no me enteré de nada sólo recordé una desafortunada frase: "los peces no vuelen y los pájaros no nadan". Esta frase me ha martirizado durante años sobre todo porque mi preocupación era saber si no había puesto todos los medios por sacar adelante la vocación, pero la frase no me decía nada a este respecto. Incluso pasados varios años logré localizarla en Granada, la llamé por teléfono y le pregunté por la dichosa frase. Ni se acordaba de mí ni de la frase. O sea que me quedé igual.

Ahora que me doy cuenta de lo que pasó pienso en lo fácil que hubiera sido decirme que después de 5 años la vocación no terminaba de asentarse, que me faltaba madurez y que tenía dificultad en el apostolado. Os aseguro que lo hubiera entendido, otra cosa es que no me doliera, pero no habría sufrido este calvario. En fin, como mi hermano mayor suele decir, en la Obra no te dicen ni sí ni no, sino que dicen "ni". Nunca hubiera imaginado que escribir esto en Opus libros me supusiera soltar definitivamente el peso que he llevado a la espalda hasta hoy.

La indiferencia de Dios

Como comenté en otro epígrafe estuve dos años cumpliendo las normas y esperando para poder ir de nuevo por un centro de la Obra. Pasaron los dos años y el resultado no fue el esperado por mí. Durante un tiempo seguí llevando una vida interior, pero me encontraba sola intentando vivir cara a Dios. Era como circular por carreteras no señalizadas y al final me encaré con Dios, El tenía la culpa de mis desgracias, de mi sufrimiento, de mi desorientación personal y mi insatisfacción laboral. En fin, de todo...

¿Cómo era posible que habiendo respondido a su llamada de repente me hubiera rechazado? ¿por qué permitió que pitase para nada? Que recuerde una vez, quizá fueron más, entré en la Iglesia y le dije: déjame en paz, te odio y prefiero irme al infierno, pero déjame en paz. Pero fue inútil, por más que hiciera para no oírle su voz estaba dentro de mí, me quemaba y no se iba, no podía acallarla ni siquiera cuando no estaba en gracia de Dios, ¡que digo!, entonces mucho peor. Al final pasé del odio a la indiferencia: fueron mis años de "mala vida". Ahí se anestesió mi conciencia y a partir de entonces mi relación con Dios ha sido muy intermitente y ahí estoy, ni frío ni calor.

La consecuencia vital de todo esto es que a Dios no le importo. No es que me odie, pero no le importo. En este contexto me resulta imposible creer que Dios es mi padre, que me ama y vela por mí, que soy la oveja perdida que cuando la encuentra el pastor se alegra, o el hijo pródigo, o la señora que busca el dracma perdido ¡y una mierda! El me abandonó y aunque a veces quisiera volver a responder al amor de Dios, me rebelo. Lo que tengo es una idea teórica de Dios, de la religión cristiana y su doctrina, etc. No me he vuelto tonta de repente por lo que estoy "informada" de lo que aprendí y viví de manera que no me he vuelto agnóstica simplemente como se suele decir ahora "católico pero no practico".

Estoy exagerando bastante porque hace un mes, al menos iba a misa y cumplía con mis obligaciones "oficiales" de cristiana. De momento hasta que no pase por el "garito" ni lo mínimo. Algunas veces pienso que con 51 estoy más cerca del final que del principio y que a este ritmo no llegaré a amar a Dios. Esto si sería un fracaso con mayúsculas.

Recuerdo una canción de Gloria Stefan (no se si se escribe así) que decía: "se que aún me queda una oportunidad, se que aún no es tarde para recapacitar, se que nuestro amor es verdadero, con los años que me quedan por vivir demostraré cuánto te quiero". Ojalá que el resto de mi vida fuera como esta canción.

Reencuentros

No sé si habréis tenido la experiencia de encontraros con una persona de la Obra que hacía mucho tiempo que no la veíais. Lo primero que suele decir es: cuanto tiempo... ¿qué tal estás? ¿tomamos un café? Y si no puedes: quedamos mañana ¿vale? Estupendo, una acude a la cita, en el fondo le apetece pues era una persona con la que se congeniaba y en su momento se le tuvo un especial cariño. Al principio la conversación fue muy estándar, vamos la común que tiene todo el mundo cuando dos personas se reencuentran, pero al final siempre se termina hablando de la relación con Dios, de cómo está “espiritualmente”...

Si procede recibe algún consejo, pero ese consejo ya me lo sabía: que si pureza…. rézale a la Virgen, reza un rosario; que si no practicas y estas un poco alejado de Dios… pues a confesarse; que porque no vas por un centro…. ¿y un curso de retiro? El café se termina con un : ya te llamaré, pero esa llamada no llega nunca o sea que, al final, todo se ha reducido a un café. Y esto se repite una y otra vez hasta que se aprende la lección y cuando aparece alguien del pasado la que dice ya te llamaré soy yo y por supuesto ahora es ella la que no recibirá la llamada. Cuántos cafés en 30 años. Cuántos cursos de retiro inútiles porque sólo has sido un mueble dentro de la decoración, alguien que como no es pitable no merece una conversación.

Sin embargo, para ser justos siempre hay una excepción. En mi vida fue una de las primeras directoras del club de bachilleres, de la época en que las fiestas de Casa duraban hasta las tantas de la madrugada. Como digo, esa persona me apoyó en todas las circunstancias. Vivió en dos colegios mayores, por supuesto a los que yo iba cuado estaba en Madrid, un centro de universitarias y todo esto trabajando ella en la Asesoría. Allí llamaba yo y me pasaban siempre la llamada. Os voy a contar una anécdota graciosa. Una vez llamé al colegio mayor, era verano y a esa persona ahí se le tenía mucha consideración (trabajaba en la Asesoría), pues bien, quien fuera que me cogiera el teléfono me dijo que ahora se estaba bañando. La verdad es que me pareció una tontería y le dije: pues que salga. A partir de entonces le decían: llama esa amiga tuya tan mandona. En fin, son cosas que me enternecen el corazón porque esa amiga mía murió de cáncer. La última vez que la vi me abrazó y me dijo: Mariajo no quiero morirme. Ya no volví a verla. He de decir que de repente me sentí huérfana.

Hace poco a una amiga “ex” le llamó de repente una persona que había pitado con ella hacía mucho tiempo. Era raro, pero mi amiga que no tiene un pelo de tonta me comentó que sabía porqué la había llamado. Yo le insistí en que no fuera, que al final todo se reduciría a un café. Efectivamente, después de verse, y tomar el café, cuando volvió le pregunté ¿qué tal? Nada, le he dicho lo que quería saber . ¿Por qué? Bueno ya sabes se donde venía la sugerencia, además sé que lo había visto en Roma y que había preguntado por mí o sea que la deducción no era muy difícil. Efectivamente mi pronóstico se cumplió, el “ya nos veremos” sólo era una frase. Sin embargo, mi amiga no se enfadó, sólo le dolió, pero para ella a pesar de todo seguía siendo su amiga. Quizá yo no soy tan buena, simplemente a estas personas les pongo una X y a partir de ahí la pura indiferencia, para mí están muertas.

Conclusión

Después de haber compartido mi experiencia y testimonio como “ex” y reconsiderando mi salida desde otra situación me doy cuenta de que a pesar de todo, del daño que me hicieron no siento ningún resquemor, sino todo lo contrario, me acuerdo de la gente tan extraordinaria que conocí y conozco aunque no la trate, siento un suave calor en el corazón.

Es cierto que la situación de mi sobrino al que le ha tocado ahora la salida es lo que me ha hecho escribir y sin embargo cómo no perdonar a quien se ha amado tanto.

Empecé mi testimonio de una forma lo más objetiva posible, viendo las cosas desde cierta distancia, pero poco a poco esa distancia se ha ido acortando y de nuevo estoy en casa, en el sitio donde realmente fui feliz. Siempre ocurre lo mismo, si dejo libre el corazón termino llorando, anhelando lo que fue mi tesoro, lo más bello que jamás ha ocurrido en mi vida: mi primer amor. Dios santo! … llévame a casa de nuevo, llévame donde te encontré.

La realidad pura y dura es que el Opus Dei me ayudó a encontrar a Dios ¿cómo no iba a perdonarle cualquier cosa? No puedo decir sino que mi biografía es un gran misterio, ciertamente una quiebra, un vivir en zig-zag, siempre buscando sin saber qué busco.

Ahora, volviendo a lo prosaíco, no puedo sino agradecer a opuslibros la oportunidad de expresarme libremente, sin tapujos, ante personas que pueden entenderme, ahora ya formáis parte de mi vida aunque a casi ninguno conozca. Un fortísimo abrazo a todos,

Westy



Original