Teoría y práctica del hijo pródigo degradado

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Por Savonarola, 16.02.2009

Este diálogo es absolutamente ficticio. Los personajes no son reales y cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. Estas cosas ni se han dado en la Obra, ni, con la gracia de Dios, se darán nunca.

— Ding dong…

Momentos de espera…
— ¿Sí? ¿Qué desea?
— Buenas, quería hablar con alguno de los directores de la delegación.
— ¿Tenías cita?
— No, pero es importante.
— Mmm, un momentín, ¿de parte de quién?
— De Fulanito de Tal.
— Voy a ver, me parece que solo está Perengano.
— Ah, bien, le conozco y me conoce.
— Pasa a esta salita.

Tras una espera de unos diez minutos…
— ¡Hombre, Fulanito! ¡Cuánto tiempo! ¿Qué es de tu vida? ¿Dónde te has metido este año y medio? No conseguimos localizarte para decirte que se te concedía la dispensa…
— Pues verás… Fueron unos momentos muy difíciles para mí. Lo estaba pasando muy mal y no sabía qué hacer con mi vida. Escribí la carta pero no te creas que lo tenía muy claro… Bueno, en realidad, igual que cuando pité, je. El caso es que me lié la manta a la cabeza y tiré por la vía de en medio. Cuando escribí la carta me entró pavor… y desaparecí sin esperar nada más. Necesitaba aire, distanciarme, encontrarme a mi mismo. Aproveché una ocasión que se me presentó para un trabajo en otra ciudad.
— Pero hombre, ¿cómo hiciste eso? Te hubiéramos ayudado… Ya sabes que en Casa tenemos toda la farmacopea…
— Ya, ya me dí cuenta… Pero nunca pensé que esa expresión no fuera una metáfora, jeje.
— (Esbozando una sonrisa) Bueno, ¿y entonces?
— Pues nada, después de este tiempo… que por cierto, he ido haciendo bastantes normas, en la medida de mis posibilidades… he conocido mucha gente, he hecho amistades, he conocido gente de todos los pelajes… me he serenado. Distanciarme me ayudó. Como una especie de tiempo sabático. Me sentí muy solo, la verdad, un tanto desubicado. Pero cuando logré pensar con mayor serenidad, sin presión… Decidí que lo mío era seguir como [numerario o agregado, póngase lo que proceda].
— Ajá… pero… mmm… ¿lo dices en serio?
— Bueno, pues sí… pienso que había perdido la perspectiva y ahora veo más claro… y vengo, pues como el hijo pródigo, jajaja.
— Ya. Bueno, me parece fenomenal. Pero… bueno, ten en cuenta que escribiste la carta de dispensa…
— Ya, sí, pero vuelvo. Además nunca se me llegó a notificar y yo no llegué a aceptarla, ¿no te parece?
— Bueno, pero en estos casos se hace así. Se supone que la aceptas por la vía de los hechos…
— Bueno, vale. Supongamos que la hubiera aceptado. Pues quiero volver.
— A ver, me parece bien tu actitud… Pero lo que se me ocurre es que esperes… 3 años y medio más… entonces se podría estudiar que fueras supernumerario.
— No me entiendes. No digo eso. Digo que quiero volver a como estaba. Si queréis me destináis a otro centro, otra ciudad…
— No, eso por supuesto, sería un mal ejemplo… en fin, creo que lo entiendes. No es serio que un tío desaparezca y de repente vuelva como si no hubiera pasado nada. Pero me temo que no puede ser. Mira Fulanito, eso es algo que no depende de mí. El derecho es el derecho. Y esto funciona así.
— Bueno, ya sé que no depende de ti. Hablo contigo como… “hermano mayor” digamos. Pero vamos, yo entiendo que la misericordia de Dios es más grande que todo eso… Al fin y al cabo, yo ni siquiera me he gastado el dinero con “malas mujeres”, jajaja. Me compré otro coche, eso sí (y sin consultar, je). Pero es que el otro ya estaba bastante amortizado, jajaja.
— Ya te digo que como supernumerario no habría problema…
— Pero vamos a ver, Perengano… ¿Me estás diciendo ahora que tengo vocación de supernumerario? O sea, os habéis pasado años diciéndome que lo mío era el celibato, ¿y ahora resulta que tengo otra vocación?
— Bueno, yo no entro ni salgo en la vocación que tuvieras… pero las cosas son así.
— Joer, si os estoy dando la razón… No lo entiendo. ¿Qué pasa, que ya no soy digno? Claro, ya “sólo” puedo ser supernumerario…
— No olvides que es una vocación tan digna como las demás. Aquí no hay categorías, ni mejores ni peores…
— Pues entonces, ¿cuál es el problema? Si todas son igual de dignas… Yo no he hecho nada que me impida seguir siendo [n o agd]. Joer, que no he tenido ningún hijo por ahí, ni tengo una querida, coño.
— No es eso Fulanito… Mira, hacemos una cosa. ¿Cómo te podemos localizar?
— Apunta mi teléfono…. Y ahora estoy viviendo en esta dirección…
— Ok, con el teléfono me vale. Mira, esto lo voy a consultar y ya te diremos. Aunque probablemente el asunto irá a la Comisión.
— Está bien, esperaré… (mientras se levanta y musita: Joder, aquí ni celebración con ternero cebado ni poner otra vez el anillo ni pollas).
— ¿Perdona?
— Nada, nada… ¿Pax?
— Mmm… Bueno, entonces te llamamos, ¿ok? Venga Fulanito, me alegro mucho de verte.
— Igualmente.

Al cabo de unas semanas (¿meses?), llamado por otro director de la delegación:
— ¿Qué tal Fulanito? ¿Cómo estás?
— Pues ya ves, aquí andamos. Cuéntame.
— Pues mira, estamos muy contentos de que hayas vuelto… (Fulanito esboza una sonrisa). Pero no puede ser lo que pides. No está previsto.
— Pero… ¿Y el Padre? ¿Lo sabe el Padre? Yo quiero hablar con el Padre.
— Mira el Padre te va a decir lo mismo… Con mucho cariño, eso sí, pero lo mismo.
— Bueno, pues yo quiero que me lo diga él. Yo me siento hijo suyo.
— Y me parece muy bien, me alegra, pero el Padre no está para los caprichos de sus hijos…
— ¿Cómo? ¿Te parece un capricho que “vuelva al redil”? No puedo creer lo que estoy oyendo…
— No, no quería decir eso. Quiero decir que el Padre está muy ocupado. ¿Te imaginas que tuviera que atender a todo el que quisiera verle? No puede. Seguro que le encantaría, pero para eso están los directores regionales, locales, etc.
— Ya. Los hermanos mayores, ¿no? ¿Pues sabes que hacéis bien el papel?
— No te entiendo.
— Ya, ya sé que no me entiendes. ¿Cómo vas a entenderme?
— Venga, no te inquietes. A Dios se le puede servir de muchos modos.
— Ah, pues no era eso lo que me decíais cuando me amenazabais con todo tipo de calamidades si dejaba mi supuesta vocación…
— Bueno, los caminos de Dios…
— ¿Los de Dios o los vuestros?
— Tranquilízate. No sé si realmente te ha sentado bien este año y medio… Mira, si quieres te paso los retiros de cooperadores que hay en la delegación…
— Ya veré… Bueno, pues nada… (levantándose). Ha sido un placer. Me tengo que ir ya.
— Venga, hasta otra, te llamo entonces, ¿vale?
— (Haz lo que te salga de los cojones)
— ¿Que estás de vacaciones? Ah, qué bien. Pues entonces tendrás más tiempo para que charlemos. Nos vemos.
— Adiós (sí, en el juicio final, cacho cabrón).



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