Tendré yo dentro ese 'bicho' de la vocación?

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Por Ruta de Aragón, 18 de mayo de 2007


Acababa yo de quedar aquella tarde con los amigos en la feria. Eran las fiestas de mi ciudad. Y nos topamos con un grupo de amigas, entre ellas iba N. Me dio un salto el corazón al verla y con una alegría no tan espontánea como otras veces, hice reír a todas las chicas pero muy especialmente, como era también mi costumbre, charlé con N., subí con ella en la noria, en los coches de choque etc., pero ella había notado algo en mí porque aprovechando que nos habíamos apartado algo del grupo me dijo “ya no eres el mismo de antes”. Tenia razón. ¿Qué me había pasado?

Toda la metamorfosis era cuestión de un mes antes. Si no, nunca se le hubiese ocurrido a N. decirme aquella frase para mí tan alarmante. ¿Quién había sido yo hasta entonces? Vamos a despejar primero esta incógnita y después aclararemos lo que me había pasado...

Como estudiante no me iba mal. Las ciencias las digería como lonchas de salchichón, pero las letras y sobretodo los idiomas, me sentaban algo peor. Con todo, el conjunto resultaba bueno y estupendo mi porvenir cuando eligiera carrera a mi gusto. Los veranos, desde que cerraba los libros, los pasaba haciendo deporte de 9 a 2 y de 4 a 9 y porque mi madre no me dejaba salir de 2 a 4 de la madrugada. Tostado como un negro me pasaba el día saltando, corriendo, jugando al frontón, nadando, pero sobre todo mi fuerte era el fútbol. Sin embargo, pese a mis buenas notas y a lo bien que jugaba al fútbol, no era nada estirado ni pertenecía al gremio de los “perdonavidas”, era amigo de todos. Con mis amigos íntimos no había mas razonamiento que mi cabezonería, es decir que había que ir donde a mí se me antojaba: si al fútbol al fútbol, si con chicas con chicas, si de excursión de excursión, si al rio al rio.

Por otro lado, el trato e inclinación a las chicas crecía en progresión geométrica; en los principios me roía la duda de cómo seria yo para el gusto de las chicas. Recuerdo que un día en el cine un grupo de ellas se estuvieron riendo toda la sesión; yo me dije: “efectivamente, por desgracia, tengo algo de cara de bruto”. Pero los hechos me indicaron que no era así; me enteré de una frase de alguna de ellas que animó mi acongojado espíritu: “¡Que simpático es!”. En fin algunas escaramuzas entre algunas de ellas, fácil de suponer y largas de contar, me acabaron de llenar de plena satisfacción a mi mismo.

Yo por mi parte me inclinaba hacia N., que, además de lo que se suele exigir en tales casos era, por solo dar un dato, muy buena persona y de misa los primeros viernes de mes además del domingo: con ella me sobraba todo, y más al ver que a ella le pasaba otro tanto conmigo.

Y a todo esto ¿cuántos grados de vergüenza tenia yo? Mis actividades espirituales se podían reducir a una que sin duda ¡gracias a Dios! me libró de despeñarme y “partirme” la cabeza del alma: la misa diaria. Ella me salvó sin duda, en medio de mi sed y facilidades de divertirme y en medio de un mar de pasiones bestiales que se encrespó dentro de mí aún antes de abrir del todo los ojos a la vida, después de una infancia mas bien tímida. Solo así gracias a la misa diaria, me explico por solo poner un ejemplo, cómo pude escapar de las redes de una pandilla de chicas de poca o ninguna vergüenza con quienes había empezado a tratar por entonces. Con todo, la tranquilidad ordinaria de mi conciencia cooperaba a aclarar los horizontes de mi porvenir, no amargados por la mala conciencia. Este era yo, o creía ser yo hasta un mes antes de aquella tarde en la feria ¿Qué me había sucedido?

Muy sencillo en menos de un mes había hecho un curso de retiro (ejercicios espirituales) y había ido a una convivencia. En el curso de retiro (ejercicios espirituales) entré tranquilo; de vocación ni preocuparme, como no me preocupaba la fabricación del cemento; no tenia nada que ver aquello conmigo. Éramos bastantes, yo no sabia lo que era un paseo en silencio. Al sacerdote numerario que nos daba el curso de retiro yo no lo conocía. A los dos días era yo un hervidero de angustias: “¿Tendré yo dentro ese “bicho” de la vocación?” Por fin me fui al sacerdote y charlamos dos horas; al final me dijo: “ Creo que tienes vocación”. No sé qué sentí, solo sé que desde ese momento se apagó la alegría en mi alma. ¡Se me oscurecieron los horizontes!

Salí de los ejercicios y la sola duda me mordía el pecho como una víbora. “¡Esto hay que resolverlo!” fue mi resolución. Hablé con el director de mi club, me agradó cómo se interesaba por mis dificultades y me dio un consejo “de tal día a tal día hay convivencia, hazla” Al salir de hablar con el director iba igual de amargado, pero no sé por qué me tragué: “acabo cura”.

Con que de tal a tal día, convivencia. Así reflexionaba, cuando sentí como un latigazo en mi alma que me dejó de cera, había caído en la cuenta que de tal día a tal día eran las fiestas; pero si resolvía el asunto de la vocación me libraba de la batalla interna que sostenía. Además ¿no buscaba en mis sueños heroicos ocasiones de hacer algo? ¡Esta era una! Hice yo no sé de qué, corazón, y ante la admiración de mis padres preparé otra vez la maleta para irme de convivencia en plenas fiestas.

Éramos muy pocos, yo debía hacer eses de fastidio por los pasillos pues el sacerdote numerario también desconocido para mí, me llamó a su cuarto. En un papel escribí muchos pros y pocos contras de la vocación. Pregunte al final: “¿pero hay alguien que no tenga vocación?”. -“Si”, me respondió el sacerdote. “¿Por que no soy yo uno de ellos?”. Pedía una respuesta con seguridad matemática; ni infierno, ni muerte, ni rey temporal, ni… Jesucristo en la Cruz me acababan de arrancar la repugnancia y asco que tenía a arrancar de cuajo tantas inclinaciones; por añadidura los horizontes de vida de numerario: silencio, estudios, nones… me reventaban. Pero la conciencia no me dejaba prescindir del problema; no lo veía bajo el prisma de la generosidad y el valor, sino del “no hay más remedio”. Ante lo problemático de la salvación, si era cierto que yo tenía vocación y no la seguía… Esto no era sino una de tantas manifestaciones de mi espíritu casi innato de rectitud y cumplimiento del deber.

Así salí de la convivencia; tan “así” que me lancé enseguida a aprovechar la ultima tarde de las fiestas. Aquella fue la tarde cuando N. me dijo: “ya no eres el mismo de antes”. Era verdad, ya no lo era, aunque quería serlo: feliz.

En mis charlas con el director y el sacerdote del club exigíauna especie de demostración matemática de que yo, Fulano de tal y no otro, fuera el que tenía vocación, hasta que el sacerdote viendo que todo era miedo y cobardía oculta para dar el paso, puesto en pie se me encaró un día en su cuarto y me dijo: “Mira así jamás adelantarás nada. ¿Tienes agallas para hacerte numerario?. Si tienes vocación ya lo veras. Yo, ante aquella andanada, que traducida a buen castellano significaba que era un “gallina”, respondi: “Si”. Este había sido mi paso decisivo; pero el de mi padre no lo fue menos.

Una noche después de toda una tarde sin atreverme a decírselo, se lo solté:

-“Papá, voy a ser numerario”. Me clavó una mirada que me atravesó de parte a parte y me dijo “¿ahora sales con esas? ¡Pues NO!”

Si hasta ese momento mi lucha por la vocación había sido un Via Crucis, entonces empezó el puro Calvario. Se me habían cerrado todos los horizontes. Todavía parece que me enjuago con hiel cuando recuerdo la amargura y la opresión que sentía al despertar por las mañana: “¡ Otro día de contradicción y de lucha!”

¿Cómo fueron esos primeros años de numerario? Si hubiera escrito mi diario personal hubiera sido algo asi:

“Cada día me acuerdo mucho de N., de mi vida pasada feliz que jamás volverá; me veo sin ilusiones como vacío; Jesucristo bendijo el matrimonio… ¡Y no casarse jamas.!”

“Me parece que no tengo vocación, ni carácter, ni manera de ser, ni nada”

“Al ir ayer a clase me crucé con un chaval que estaba buscando dentro de un contenedor de basura, me quemó la merienda en el bolsillo y se la di, me da pena tener más que comer que otros”

“Me parece que no voy a encontrar la tranquilidad en ninguna parte; siento como ira, me alegraría de que hubiese una guerra y morir en ella”

“Me llena la vida de sacrificio; al hablar con otros noto que son muy materialistas y me siento contento de hacer algo grande por Cristo, la vocación es lo mejor y único grande”

“Pienso, que no tiene gracia estar mortificándome en todo lo que puedo por una cosa que me parece que no existe, como es la vocación; hace días que para alcanzar a Dios no he probado los calamares fritos”

“En una estampa del Cristo de Velásquez he leído: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mi aunque hubiese muerto vivirá”. Es verdad, la única verdad”

“¡Tengo vocación y siempre la conservaré…!”

“Me estoy jugando la ayuda de Dios: ayer me fui a bañar a la piscina, donde vi mas de lo que me esperaba…; además presumo de hombre y luego me da vergüenza que me vean los compañeros hacer una visita al Santísimo. ¡Soy un cobarde!”

“Ayer al salir de clase, todos contentos; ¡Yo vacío y amargado….!, calles, gentes, luces. ¡todo farsa y mentira!. Pasé como de costumbre a ver al Señor en el Sagrario, estaba oscuro y silencioso.”

“Me han dado las notas de la evaluación: el primero en todas las asignaturas menos en inglés, podría dejar el Opus Dei y casarme… ¡Hay más realidades que sueños tenía de niño…!”

“Ayer estuve en el centro; desolador. Salí asqueado y yo tendré que vivir allí en ese ambiente……”

“Ayer hablé de vocación con el director, ni chicas ni nada me vale de excusa; como todos dicen que tengo vocación y el director me dijo que pensara cuantos pecados mortales se cometerían esa noche en nuestra ciudad….”

“Y como estos días muchos otros parecidos”

Además, la lucha con mis padres había tomado serios caracteres, estrujándome el corazón, ¡eran mis padres! Y quien menos sentía la vocación era yo, y me tenía que aprender casi de memoria los argumentos que antes me habían dicho; a veces tan duros como: “Sois el instrumento del infierno para perder mi vocación y mi alma: me llama Dios y por encima de todo la seguiré, etc,etc” La situación ya durísima, fue empeorando con mis padres, pero había que seguir como único camino de solución. Entre dificultades de dentro y de fuera me estaba quedando esquelético. Un día discutiendo con mis padres les dije “Dios lo quiere” y Dios lo quiso. Pasó el tiempo y un día mi padre me dijo “Haz lo que quieras” puedes irte al centro de estudios (son dos años y es el equivalente al Noviciado en las ordenes religiosas).

A los pocos días paro un coche en la estación del tren. Un abrazo entre lágrimas a mi madre. ¡Cómo me quería!. Otro beso a mi padre; el pobre a pesar de su energía, después de la lucha interna que había pasado, todo por cariño a mi y por asegurarse que tenía vocación, estaba destrozado, ¿Qué es lo que había cambiado el alma de mi padre? Todavía sólo Dios lo sabe. Por mi parte, cuando arrancó el tren y me quedé solo, cuántos nudos en la garganta sentí, lo indica bastante lo que me solían decir: ”tendrás que llevarte a tu madre a la universidad”.

Habia ingresado como numerario en el Opus Dei.

Que Dios os cuide.



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