También me echaron del Opus Dei

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Por Morfeo139, 23/03/2006


Después de más de 25 años deje el opus dei ¿Cómo?

Un día me insinuaron que lo mejor “para mi”, era dejar de vivir por un tiempo en el centro. Todo rodeado de esa aparente delicadeza que ponen los directores de la obra. Me dieron la dispensa de vida de familia sin pedirla. También me insinuaron la posibilidad de dejar la obra, cosa que después negaron haberlo insinuado.

Los motivos aparentes… Desde antes del centro de estudios había estado yendo a distintos médicos de la obra para que médicamente me ayudara a superar una ansiedad excesiva que padecía. Con lo que, en teoría, la vida en familia me tensaba y aumentaba la ansiedad. En principio era una decisión tomada para ayudarme y ver cómo me sentaba. Por supuesto, en todo momento animado, empujado y en perfecta coordinación con el médico que me trataba en ese tiempo.

Los motivos reales eran que no estaba de acuerdo con algunas de las actuaciones y decisiones que tomaban los directores. Y en la obra no cabe la disensión con los directores, ni siquiera aunque éstas no sean públicas, como era mi caso. Yo las comenté con directores de la Comisión regional siempre que me pareció oportuno...

Tomé la decisión de no dar guerra y aceptar la dispensa no pedida ni esperada, y demostrar así a los directores que con aquella decisión no se solucionaba nada de mi ansiedad. De hecho así fue. En ese tiempo pude comprobar que la teoría de que el opus dei era el mejor sitio para vivir y para morir, que éramos una familia con vínculos sobrenaturales más fuertes que los de sangre etc… era un pitorreo, o sea pura teoría. Entonces empecé la guerra para que me regresaran a la vida en el centro, y aquí empezó un lío de mentiras por parte de los directores que no voy a entrar a comentar.

Entonces confirmé que todas aquellas actuaciones, las de entonces y las anteriores, realmente no estaban bien ni podían agradar a Dios. Lo único que los directores defendían era la institución: ellos nunca se equivocaban, no tenían reparo en mentir y negar afirmaciones que me habían hecho en conversaciones con ellos. Tuve la certeza de que me trataban como a un imbécil.

También constaté lo poco que se reza en la obra, desde el prelado al último director: harán mil devociones, pero el amor de Dios brilla por su ausencia en muchísimas ocasiones, la Caridad. ¡Que lean la encíclica de Benedicto XVI Deus caritas est!. Incluyo al prelado porque le he visto comportamientos de desprecio a miembros que, desde luego, no son dignos de un padre y menos de un tan buen cristiano, como le dicen algunos. Por mucho que me lo justifique con su psicosis, que la tiene, o con cualquier otra causa.

Esas actuaciones conmigo suponían un juicio previo por los informes que están en los expedientes, que se guardan en la Comisión regional. Por mi experiencia personal veo que todos los testimonios que aparecen en esta página son auténticos. Pero no sólo eso, sino que además son sólo un botón de muestra: hay muchos que conozco de primera mano y no aparecen en la página, tanto más o menos terribles, pero con el denominador común de la absoluta falta de caridad en cuanto al trato y comprensión con que se ha tratado a esas personas. En todos los casos se observa una intransigencia sectaria, donde la fidelidad sólo se pretende por el miedo y el posible daño que se puede causar a la institución y a los que ingenuamente continúan en ella, pero falta el verdadero amor de Dios en las personas que dirigen.

Gracias a Dios, tuve cerca amigos que me ayudaron en aquellos momentos de volverse loco, para hacer una crítica sana a la situación y tener claro que, aunque ellos actuaran en nombre de Dios y “para mi bien”, aquello no podía agradarle: la obra no iba a ser más que la Iglesia y mejor, en cuanto está constituida por hombres falibles y en ella muchos hombres y santos han sufrido persecución dentro de sus instituciones, como San José de Calasanz que tanto gustaba citar al fundador.

Al final me reincorporé a la vida en el centro, ya que mi deseo de ser fiel a Dios no desapareció, ni ha desaparecido, y desde luego los hombres somos falibles aunque gobiernen colegialmente y con buena voluntad, que por cierto no exime ni de la culpa ni de la pena del pecado.

Desde que comprendí cómo se funcionaba en la obra, la batalla estaba ganada de antemano. Dejé de plantear guerras que tenía perdidas de antemano, ya que los directores “nunca se equivocan”, “siempre tienen razón”, y además “cuentan con más datos”, que extraen de los informe periódicos a las comisiones (que se hacen desde los centros) sobre los miembros, tanto de fuero interno como externo, tomando pie en las confidencias: ¡hasta llegan a “codificar” los pecados de las personas refiriéndolos por menciones en clave en relación con el Apartado IV (la explicación de la moral católica) del plan de formación de la obra para sus miembros!

Pasado un tiempo, haciendo mi oración personal delante del sagrario del centro, ví claro que tenía que dejar la obra: no sé si igual que el fundador la fundación, pero sin ningún tipo de angustias ni agobios y con una paz y serenidad que no he perdido desde entonces. Dejé pasar un tiempo y medio tiempo, y lo comuniqué, y después del medio tiempo pedí la dispensa. Por supuesto, el director local intentó retenerme, pero con todo el historial anterior no tenía mucha fuerza moral para nada.

Los motivos por los que envío este escrito son dos. Atestiguar que, después de la experiencia en la obra, sigue existiendo la llamada de Dios a cada uno y Dios no deja de llamarnos pues, como diría san Agustín, “Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti”. El otro es la certeza de que la obra se destruye a sí misma “el día en que viváis como indiferentes”, como decía el fundador, pues ese día “habéis matado el Opus Dei”: la indiferencia que se constata “dentro” hoy, no sólo hacia las cosas personales de cada uno sino en el trato mutuo, es tan grande que nunca dejó de impresionarme.

Yo no me arrepiento, ni de un segundo, de lo vivido en el Opus Dei, por la sencilla razón de que, gracias a Dios, siempre he visto su mano amorosa en mi camino en esta tierra. Cierto que humanamente podía hablar de una experiencia negativa y firmar muchos de los relatos que podemos encontrar en la web, pero creo que con el prisma de Dios todo tiene un significado para cada persona y no somos quiénes para pedir responsabilidades a Dios. Humanamente tenemos que hacer lo que podamos para ayudar a las personas y en lo más profundo del corazón deseamos que no se produzca nuestra experiencia en los demás. Pero los caminos de Dios son inescrutables.

Cuando leo testimonios y constato que gracias a la obra algunos dejan su fe o su práctica cuando la abandonan, no dejo de apenarme interiormente. Entiendo perfectamente que se llegue a esa situación por las incoherencias que se viven dentro, pero culpar a la propia fe o a Dios sobrepasa nuestra inteligencia, igual que aceptar todo como venido de su mano, puesto que no conviene olvidar que Dios sólo quiere para nosotros cosas buenas.

Ciertamente “por sus frutos los conoceréis”. Y ¿cuáles son los frutos de la obra? Cada uno de los que me lee, tanto de dentro como de fuera, que juzgue en conciencia. Si se me permite, por último, daría un consejo a aquéllos que sufren o han sufrido y no han aceptado su propia historia: “Métete en tu corazón, levanta tus ojos al cielo, y dile a tu Padre Dios, aquí me tienes”.


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