Sobre la necesidad de tener una vocacion especial para consagrarse a Dios

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Por el Padre Jose Baeteman, Misionero Apostolico


Si cada uno viene al mundo con una vocación especial, es evidente que, para entrar en la vida religiosa, la más hermosa y perfecta, pero también la más heroica, es necesario haber oído el llamamiento de Dios. Ir sin él sería cometer una locura; imponerse una carga, que sin vocación, no se puede humanamente llevar; hacer de sí mismo una cruz y un obstáculo para la comunidad en que se ingrese; convertir la vocacion en un parásito de nuestro ser viviente; vivir con él , hasta atormentarnos y hacernos enfermar; ¿no es esto temerario?

¡Esta vocación no debe ser el fruto de una imaginación entusiasta, de un ardor juvenil o de una precipitación pasajera! No. Se necesita un llamamiento moralmente cierto, haber oído en el alma la voz de Dios. Dios habla algunas veces directamente y con más frecuencia indirectamente.

Llamamiento directo

A veces pone Dios en el corazón un amor irresistible a las obras de celo; como una necesidad de sacrificarse por el bien de las almas. Otras veces hace nacer en la conciencia un deseo ardiente de alcanzar una vida más perfecta que sea toda pureza, toda oración y santo amor. En otras ocasiones hace resonar en el alma una voz que, suave al principio, se convierte pronto en apremiante y fuerte; voz que persigue, que resuena en todos lados, que no se puede dejar de oír, y que termina por derribar a quien la escucha a los pies de Cristo diciendo: "Aquí me tenéis Señor; vengo porque me habéis llamado". Entonces ya no hay duda; el camino está claro y visiblemente trazado...

No olvidemos, sin embargo, que el llamamiento interior no puede ser válidamente considerado como un llamamiento divino, si no está en armonía con las aptitudes.

Nunca llama Dios sin dar, al mismo tiempo, los medios de responder dignamente a sus llamamientos. Todo atractivo que no está secundado por las aptitudes, no es más que deseo de la imaginación. No tiene vocación divina para convivir con una comunidad, quien no reúne las condiciones de salud, de nacimiento, de familia, de educación; etc., requeridas para su admisión por las' reglas de esa comunidad. No siente atractivo verdadero hacia la vida religiosa quien no. está decidido a doblegar el carácter, sin cuya condición la vida en común se hace pronto imposible.

El atractivo, en estas condiciones, es contradictorio, puesto que inclina a la vida religiosa, excluyendo al mismo tiempo lo que la vuelve razonablemente posible. La repugnancia para el matrimonio, el deseo mismo de emplearse en obras exteriores de celo y de caridad, no son por sí mismos indicios suficientes de vocación religiosa. A esas disposiciones se responde cumplidamente con la soltería en el mundo y la labor por las almas. La vocación religiosa reclama, además, la aptitud para la vida en comunidad.

No quiere esto decir que los defectos de carácter contrarios a las exigencias de la vida monástica constituyan por sí mismos una ineptitud para esta vida; pero sí importa que estos defectos de carácter: independencia, susceptibilidad, egoísmo, rarezas e inconstancias, no alcancen tales proporciones que el esfuerzo humano, ayudado por la gracia corriente, no sea capaz de hacerlas soportables; e importa además decidirse muy seriamente a emprender un rudo combate contra tales defectos y a no pactar con ellos, para evitarse a sí mismo la molestia de luchar, haciendo de este modo pesar la carga sobre las espaldas ajenas.

Llamamiento indirecto

A veces el llamamiento de Dios no es evidente. Es una voz velada, lejana, confusa. Entonces es preciso buscar mucho tiempo la vocación en medio de dudas, hasta que un acontecimiento inesperado sea luz que ilumine el alma y fuente de reflexiones y de deseos que la conduzcan directamente a los pies de Jesús.

Será acaso la marcha de una amiga, de una compañera, que os dejará tristes y solas hasta haceros soñar en otra vida distinta de aquella que creíais trazada delante de vosotras. Será tal vez la muerte de un padre o de una madre, la que os hará comprender qué escasas son las alegrías que ofrece el mundo y qué hermosas y dulces las que ofrece la abnegación. Será quizá la muerte del futuro esposo. Sin él creeréis que el mundo no es ya nada para vosotras. Y entonces, en lugar de ir mendigando otros amores terrestres, buscaréis el esposo que nunca muere.

Será, más frecuentemente, una gracia especial que Dios os reserva y que os envía con misericordiosa bondad.

Pero sea cual sea el modo indirecto del que Dios se sirva para atraeros a El, si efectivamente quiere llamaros, sabrá haceros conocer de modo indudable su llamamiento. Para ello utilizará acontecimientos, personas, lecturas, palabras, dolores, hasta que con certeza plena podáis decir: "¡Es el Señor!"

Generalmente se busca en la vida religiosa el medio más seguro de llegar a la santificación y a la perfección. Algunas circunstancias pueden alentar este deseo: el encuentro de un cura santo, el ejemplo de una persona piadosa, la narración de un misionero, la vista de alguna miseria, y, sobre todo, la consideración de nuestra debilidad; en este caso, nos sentimos incapaces de resistir a ciertas tentaciones del mundo y nos ponemos en salvo.

Esta vocación se dibuja al principio en forma imprecisa...; no se ve nada claro; se quiere y no se quiere. Dios atrae, pero la voluntad no es lo suficientemente fuerte para tomar la decisión.

Se teme errar la senda y se renueva la pregunta acerca de si será mejor seguir a Dios en el mundo o en el claustro. Si os encontráis en esta penosísima situación; si no tenéis un buen director que lea en vuestra alma y sepa decidir por vosotras, leed las siguientes señales de una verdadera vocación y meditad largamente sobre ellas.

Señales de la vocación religiosa

Vedlas aquí, según los maestros de la vida espiritual.

  1. La inclinación interior. Dios inclina suavemente a las almas hacia la vida para la que han sido destinadas por su gran sabiduría. Entendamos bien que se trata de inclinaciones sobrenaturales; en religión no es posible referirse a la satisfacción de las inclinaciones de la naturaleza. La naturaleza sólo sirve para procurar las energías que, al servicio de la gracia, utiliza la religión, para la glorificación de Dios, persiguiendo los fines deseados por la Comunidad.
  2. La aptitud. Ya hemos dicho algo sobre la aptitud. Sin embargo, conviene precisar cuáles son las aptitudes morales que requiere la vida religiosa.
    Quien a ella aspire ha de tener, ya que no plenamente desenvueltos, al menos como germen capaz de desarrollarse, justamente con la firme voluntad de perseguir su desarrollo:
    1. piedad verdadera; es decir amor único, profundo, generoso a Nuestro Señor;
    2. espíritu de renunciamiento;
    3. espíritu de abnegación;
    4. gran docilidad de espíritu;
    5. afición al silencio, a la humildad y a la oración;
    6. afabilidad de carácter, propio para la vida en comunidad;
    7. disposición para el género de vida y la obra especial del instituto donde se quiera ingresar.
  3. Rectitud de intención. Se caracteriza por las siguientes manifestaciones que ostentan su preponderancia en grados diversos:
    1. Confianza habitual y prudente en sus propias fuerzas para luchar con serenidad contra el mundo y contra sí mismo;
    2. aspiración de una vida de mayor perfección;
    3. sed intensa de parecerse a Jesucristo y de vivir en la unión más íntima con El;
    4. necesidad de sacrificarse por Dios para servir al prójimo.
  4. Papel de la voluntad en la vocación religiosa. Según hemos visto, lo más frecuente es que un cierto atractivo mueva al alma a entregarse a Dios. Este atractivo no es brusco, ni imperioso, ni como losa de plomo caída de repente sobre las espaldas. No. Dios pide, ante todo, voluntarios. "Si quieres ser perfecto sígueme". Aliciente no quiere decir en manera alguna atracción sensible. Como hemos dicho, la vocación contraría con frecuencia las tendencias de la naturaleza, y los sacrificios que la vocación prepara, provocan, a veces, singulares repugnancias. Tal esta alma a la que se preguntaba: "¿Qué te llevaste, cuando partiste para entrar en el convento? — Doce pañuelos para llorar toda mi repugnancia".

Pero no todas las almas sienten este atractivo, las más de las veces claro, dulce, tranquilo, insinuante; las hay que han de ir a Dios con una vocación de razón, por deber, fríamente, sin que el corazón sienta ningún aliciente. En este caso, si no hay ninguna imposibilidad física o moral (salud, repugnancia excesiva a obedecer, a guardar el celibato, etc., el alma se encuentra en presencia de la perfección que, en alguna manera se impone a todos. Entonces será la voluntad, ayudada de la gracia, la que deberá pronunciar el "quiero" definitivo que la consagrará.

Todo cristiano instruido en las cosas de su religión sabe que puede: o bien limitarse a la observancia integral de los mandamientos, o bien, si quiere remontarse más y ser perfecto, abrazar los consejos evangélicos.

La invitación se presenta. Unos la escucharán, otros no entenderán, otros se negarán a responder. Como se ve, en todos estos casos, ha de intervenir la voluntad. En este sentido, se puede muy bien afirmar que: 1) en toda vocación, la voluntad ha de tener parte en la decisión definitiva; 2) hay casos, en los cuales, en último término, gravita sobre ella sola la orientación de la vida.

La respuesta se ha de dar con prudencia y discernimiento, pero también con generosidad.

Diversos caminos que pueden conducir a la vocacion religiosa

Para llegar al fin, es decir a la vocación religiosa, importa, en gran manera, considerar los caminos que a ella conducen. Helos aquí, especificados con gran sabiduría, por el P. Bellouard:

  1. Camino alfombrado. Siempre se ha pensado en esto. Es el ensueño en que ya se meció la infancia. Se nace religioso; se encuentra un lirio en la cuna. Es la vocación con aliciente. Se pasa dulcemente del hogar al noviciado.
  2. Camino de piedra dura. Ningún aliciente; ningún ensueño. Se camina fríamente, varonilmente, casi con bravura, porque se siente que ésta es la obligación. No se retrocede ante el deber. La joven considera entonces que, para ella, la vocación es:
    • el mejor camino para la salvación;
    • el medio más seguro para la perfección,
    • el mejor empleo de las energías interiores.
      La naturaleza no tiende a ello; el temperamento tampoco. Pero la voluntad es la que manda y la que finalmente decide. Es el camino áspero, pedregoso, duro, sin sombra.
  3. Camino de arena movediza. Los comienzos son tranquilos, claros, como una aurora. El panorama es limpio... Poco a poco, el camino se pierde en la arena, y la estrella, que brillaba, como la de los Magos, desaparece en el cielo. No es posible saber si es sí o si es no. Un día es sí; otro, es no. Es un perpetuo ¿quién sabe? No se atreve a decidirse, porque pronto surgirá como posible la decisión contraria.
    En este estado, hay unas veces falta de carácter; otras el influjo de un temperamento indeciso; otras falta de dirección; también una manera de proceder de Dios, que quiere probar al alma.
  4. Camino de Damasco, a la manera de san Pablo derribado en tierra en el camino. — Un imprevisto divino se cruza en iel camino de la vida. Una joven es feliz; está tranquila; ningún ensueño flota en el horizonte. El matrimonio le sonríe y los diez mandamientos de la ley de Dios parecen bastarle. Si se le dice que un día entrará en un convento, su estupefacción no tendría límites. Sin embargo, sin ella sospecharlo, en un recodo de la vida, la espera Dios. Sin avisarla, como un ladrón, se le presenta y la derriba... Ante la claridad deslumbradora que la aterra, exclama también, como san Pablo: "Señor ¿qué quieres que haga?" Una voz le responde: "Ven, déjalo todo y sígueme". Y Dios contará con un nuevo lirio en sus jardines.
  5. Camino de lucha. A veces, las vocaciones de las jóvenes comienzan como un encuentro de dos ejércitos; como una batalla: Dios y ellas. Diríase que es la lucha de Jacob con el ángel. Dios llama. Ella no quiere. Al verle venir de lejos, toma un sendero excusado, para evitar el encuentro. Llegan unos ejercicios espirituales. Jesús pasa... Los dos en acecho... Por más que ella rechace el Amor divino la persigue, vuelve siempre a la carga. Finalmente, la víctima dejará escapar el "sí", a la manera de una lenta agonía. Triturada, se levantará e irá hacia Dios a través de las ruinas de su corazón saqueado. Empero ocurre también que, como si no pudiese defenderse, Dios—que se ha impuesto el no violentar las voluntades humanas, pues sólo quiere los corazones que van a él libremente—se detiene y se retira vencido. Quería un alma y rechaza una esclava. Y entonces, un porvenir, lleno de un amenazador misterio, comienza para la que se ha negado a ser la esposa de un Dios.
  6. Camino de Getsemaní, camino de grandes dolores, que conducen a un gran amor. — Dios tiene derecho a escoger entre los tristes fracasados de la vida y a poblar su morada de pobres corazones heridos, que, al recorrer los campos de batalla de la tierra... ha encontrado, por la tarde.

Se ofrece entonces a reemplazar, en calidad de segundo, a alguien que ha partido... a un desposado difunto... a una madre desaparecida.

¿Se dirá que es la tristeza del amor? ¿Por qué no? Pero es también el fruto de la prueba.

La tribulación de esta alma atormentada, transformada en amor divino, será la dicha, el consuelo de los pobres, de los huérfanos, de los ancianos, de los negritos que irá a lavar, a evangelizar allá lejos... muy lejos... bajo una palmera...

Estas vocaciones tienen derecho a un respeto mezclado de emoción.

¿Sería preferible que la joven convirtiese su tristeza en desesperación? ¿Quizás en oprobio?

Tales son los diferentes caminos por los cuales el alma puede acudir al llamamiento. El camino varía; el fin siempre es el mismo.

Si Dios llama, hay que obedecer

Cuanto más grande y hermosa es una vocación, más acompañada viene de luchas, de tristezas y de sinsabores. No podría ser de otra manera. ¿Como queréis que nos entreguemos por entero sin que la naturaleza se rebele? Hasta el último momento, habrá algo en nosotros que intentará escaparse de esa consagración universal de todo nuestro ser que pretendemos ofrecer a Dios.

Estas palabras del P. Marquigny nos llevan a pensar en las dificultades que una joven puede encontrar, cuando quiere consagrarse a Dios.

Esas dificultades no faltarán. Al contrario, son una señal de que el Cielo bendice al alma a quien se los envía. La obra de Dios sufre siempre persecución, y el demonio no puede ver aparecer una vocación religiosa sin intentar algo para hacerla fracasar. Si lo consigue ¡qué éxito!; pero en cambio, si es vencido, sabe que la gloria de Dios brillará con más esplendor; de ahí sus esfuerzos para evitarlo. El alma que quiere consagrarse a Dios tendrá por consiguiente que luchar contra sí misma, y, lo que es más duro, ¡contra los suyos!

Luchas contra sí misma. Dios ha hablado. La vocación largamente estudiada y madurada, arrancó una resolución. La joven se prepara a partir. Los últimos momentos que tiene que pasar en familia serán para ella un verdadero martirio; sus padres, sus hermanos, su casa, su cuarto de soltera, su parroquia, sus obras, su iglesia, su pueblo... de todo tiene que despedirse; y si su vocación la llama a lejanas misiones, también tendrá que dejar su patria para siempre.

Después de estos destrozos, de estas separaciones que harán sangrar su corazón, prevé el porvenir y piensa en la cruz que tendrá que llevar. Sin duda Dios estará a su lado para darle sus gracias; pero la vida religiosa no deja de ser un sacrificio de todos los días, un holocausto que se renueva sin cesar, una lucha de todas las horas, de todos los instantes, contra la naturaleza. Los santos votos son dulces cadenas, pero cadenas, sin embargo. Pobreza, santidad, obediencia, son virtudes que crucifican. Sea cual sea el hábito que elija para vestir su cuerpo, debajo de él continuará su cuerpo agitándose y atrayéndola al mal. El claustro no hace los santos; las virtudes pueden buscar la protección de los muros del convento, pero no nacen espontáneamente entre sus piedras.

Sí; antes de consagrarse a Dios es bueno considerar el porvenir y mirar valientemente las dificultades que reserva y los sacrificios que exige.

Una de las pruebas de la vida religiosa, — dice el P. La-cordairc, — es la de obligarse a vivir con gente que no se ha elegido y que en su mayoría no despierta en nuestro espíritu ninguna simpatía; gente con la que hemos de tener intimidad sin el calor del afecto que la hace agradable. En el claustro no os pertenece vuestra soledad ni vuestra intimidad. Es forzoso estar con los demás en momentos en que os gustaría quedaros solas, sonreír cuando quisierais llorar, privaros de lo que gusta y hacer a menudo lo que no gusta, soportar alegremente lo que os molesta, vivir amablemente con el que no es amable, en una palabra pisotear continuamente todas las aspiraciones de la naturaleza y olvidaros siempre de vosotras mismas.

El mundo ha muerto para el alma consagrada. Dios solo debe bastarle. Si quiere volver a las cosas que ha dejado, no tendrá ya el derecho de poseerlas más que en contrabando, como un ladrón. Un muro de separación debe quedar establecido entre el presente y el pasado; y ese muro no puede franquearlo sin hacerse muy desgraciada. Si quiere ensayar la habilidosa y armoniosa conciliación de Dios con la naturaleza, no satisfará ni al uno ni a la otra y vivirá mortificada por un perpetuo malestar.

Todo esto debéis saberlo, cuantas queráis consagraros a Dios. Debéis reflexionar seriamente, no para desanimaros, sino para preparar vuestra alma al combate. Y además, más vale prever que decepcionarse; no tendríais una buena vocación si no estuvierais resueltas, al ir al convento, a lanzaros de lleno en el océano del sacrificio. Pero estas luchas íntimas son poca cosa al lado de aquellas que tendréis que sostener a veces con vuestros padres al tratar de separaros de ellos.