Sobre la beatificación de Juan Pablo II

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Por Torch, 27 de abril de 2011


Un papa showman. Una personalidad carismática. Un testimonio de sufrimiento, sentido del humor y alegría. Una vida que se agotó en servicio de su vocación. Un hombre que supo conectar con las generaciones jóvenes. Una persona que convocó millones. Que batió récords. Que fue testigo de la caída del socialismo real. Que no se movió un ápice de la doctrina tradicional católica, pero que innovó hasta terrenos inauditos en la pastoral de la Iglesia. Un papa muy popular y querido. Un hombre al que muchas veces se le idealizó y que, no obstante el tamaño de su personalidad y – así lo creo – de su santidad, tuvo defectos y limitaciones, luchas y fracasos, tanto en su propia vida como en su pontificado.

En el universo del pontificado de Juan Pablo II, vistas las cosas fríamente, la aprobación del Opus Dei es tan sólo una anécdota menor. Un relato tangencial que quizá sobresale con más fuerza en la canonización de José María Escrivá. El “papa viajero” hizo mucho más: sus discursos, sus viajes, sus cartas, sus encíclicas, su vida; son mucho más ricas que esa institución oscura (es decir, poco transparente) que se hizo llamar a sí misma obra de Dios. Esto resultará chocante para los que formamos parte de la institución en las últimas dos décadas del siglo XX. Algunos llegamos a pensar que el Opus Dei era el arma secreta de Wojtyla. Y la obra usó la simpatía del papa polaco para sus fines institucionales...

¿Cómo es posible que un santo varón del calibre de Wojtyla, haya dado tanta legitimidad a una institución que, mediante engaños y manipulaciones, ha afectado las vidas de tantos? ¿Que con un proselitismo bien orquestado hizo que niños y adolecentes se incorporaran sin saber muy bien a qué, y sin tener la madurez para hacerlo? ¿Que haya tenido simpatía por un carisma que predica como parte de su núcleo fundamental, en contra de las enseñanzas de la Iglesia a la que dice “servir como ésta quiere ser servida”, la entrega completa y absoluta de la propia conciencia? ¿A una espiritualidad que convierte, en la práctica, a la vida cristiana en un sistema cerrado?

Estas preguntas son mucho más incisivas para nosotros, los antiguos y actuales miembros del opus Dei. La historia de esta institución – que según su fundador había que ser escrita de rodillas – llegó a su clímax en el pontificado de Juan Pablo II. Para los que vivimos en el opus Dei durante el reinado de Karol Wojtyla, este papa era especialmente “nuestro”. De la misma manera que las anécdotas exageradas, y también a veces falsas, del fundador de la obra se iban diseminando de tertulia en tertulia, y más aún de “tertulia pirata” en “tertulia pirata”, de silencios expresivos, de miradas con contenido, de falta de literalidad que significaba mucho más que mil palabras; así se contaban las anécdotas de Juan Pablo II respecto al opus Dei. De cómo “nos” entendía, de cómo “confiaba” especialmente en nosotros, de cómo sabía quién era miembro del opus Dei y quién no por la “pureza de la mirada” (literal), y en alguna ocasión (admito que ya era el delirio) hasta de cómo “podría” ser el mismo papa miembro de “la obra”. En aquella ocasión, nadie lo dijo claramente en la tertulia y, desde luego, el papa polaco no fue parte del Opus Dei; pero considero que la sola sugerencia de tal hecho es elocuente de la falta de humildad colectiva que privaba en el ambiente.

Mientras tanto, el papa Wojtyla guardaba silencio respecto del Opus Dei. Alguien totalmente ajeno al opus Dei veía en el “papa viajero” al vicario de Cristo, a la Iglesia universal, a un hombre dotado de un impresionante sentido de la comunicación, a una persona coherente con lo que predicaba. Pero para nada, como sí habíamos aprendido nosotros a ver, al opus Dei. Creo que aquí está el núcleo de nuestra perplejidad. ¿Cómo convalidar a Juan Pablo II sin hacer lo mismo con el opus Dei? ¿Cómo criticar – con el espíritu del Evangelio – a la institución sin también estar en contra del nuevo beato? Muchos hemos recibido una imagen de Juan Pablo II tamizada por la obra. Doblada para el beneficio institucional.

El reto entonces es descubrir al Juan Pablo II sin el “megáfono” con el que el opus Dei lo ha distorsionado. El papa habló oficialmente del opus Dei en tres momentos y de ningún modo aprobó lo que no conocía (lo que la institución no quiere aun que se conozca): con la bula Ut Sit, con la canonización de José María y con la ordenación episcopal de Álvaro del Portillo y Javier Echevarría. Y nada más, si hubiera querido, hubiera podido, clara y públicamente, decir lo que la opinión oficial de la obra dice; pero no lo hizo. Y las audiencias del UNIV, los nombramientos en su equipo, y demás gestos de simpatía, no cuentan. Juan Pablo II tenía un don especial para conectar con la gente. Así, el “papa del opus Dei”, también fue “el papa de los movimientos”, “el papa español”, “el papa filipino”, “el papa carioca”, “el papa italiano”, “el papa mexicano”, “el papa de los indígenas”, “el papa de los periodistas”, etc.

Los que hemos formado parte del opus Dei sabemos, sin embargo, casi de memoria la narrativa que une los tres eventos. Esa narrativa asume que la Iglesia (el Vicario de Cristo) aprobó todo el opus Dei tal como se nos transmitió, y que lo refrendó con la ordenación episcopal de sus dos primeros prelados y la canonización de su fundador. Con la canonización, se nos dijo, se canonizaba también el espíritu del opus Dei, y con ello todas sus prácticas, reglamentos, mandatos, instrucciones, etc. Pero, ¿cabe otra narrativa de tales hechos? ¿Podríamos entenderlos desde otra perspectiva?

Creo que sí. Mi teoría es que, como se ha dicho en OpusLibros, lo mejor del opus Dei es mucha de su gente. La que ha pasado por la institución y la que sigue ahí. Juan Pablo II también vio toda esa gente buena, simpática, dócil quizá hasta la exageración, dispuesta a lo que fuera por seguir una indicación suya. Tengo la esperanza de que muchos de los que hemos pasado por “la peña esa” todavía guardamos esas disposiciones – ya sin ser ingenuos y con menos inocencia; con más profundidad. Pero era natural que el papa polaco aprobara lo bueno que veía y que no conoció lo que no le fue comunicado. Quizá este sea uno de sus errores, entendible pero no justificable.

¿Debió Juan Pablo II ser más crítico con las instituciones y las personas que decían obedecer fidelísimamente sus mandatos? Me parece que sí. Sin adelantarme a un juicio que podrá hacerse en algunos años, cuando se tenga más perspectiva, y sin ser experto en el pontificado de Juan Pablo II, creo que el papa tendió a prejuzgar equivocadamente la ortodoxia doctrinal (y en algunos casos, sólo una versión de ésta), como garantía de ortodoxia moral; y la sospecha de heterodoxia doctrinal como inmoralidad de vida. En su caso fidelidad a la tradición y ejemplo de virtud se correspondían, pero en otros casos bien sabemos que ‘del dicho al hecho hay mucho trecho’.

Juan Pablo II, como cualquier otro papa, no era infalible en todo su actuar. No sólo pudo equivocarse sino que se equivocó. Vi escandalizado cómo el fundador de esa otra institución que también se creía “la preferida” del papa Woityla, con muchas prácticas literalmente copiadas del opus Dei, Marcial Maciel, era reconocido como un pedófilo, que vivió una doble vida, que gastaba cantidades de dinero – presumiblemente donadas para la congregación – en sus fines personales y que procreó varios hijos. Al tiempo que hacía todo esto era venerado como santo en vida y puesto como el “legionario ejemplar”. Al menos en la cúpula, los legionarios de Cristo no eran del todo ignorantes sobre la conducta de su fundador, y consta que, una vez muerto y a sabiendas de la doble vida – y moral – de éste, siguieron comunicando el discurso oficial de su presunta – y falsa de toda falsedad – santidad de vida.

Los legionarios habían sido aprobados por el papa, habían sido elogiados por éste en incontables ocasiones. Su fundador había sido puesto como ejemplo de vida cristiana y apostolado con la juventud. Sus sacerdotes formaban parte de la burocracia de congregaciones y dicasterios romanos. Muchos habían sido nombrados obispos. Y Juan Pablo II se equivocó – estoy convencido que sin ser muy consciente de ello – de cabo a rabo respecto de Maciel y su instituto. Parecido –cambiando lo que haya que cambiar, que no es lo mismo una institución y sus problemas que la otra – pasó con el Opus Dei.

El papa polaco también pidió perdón por todos los crímenes, errores y pecados que han sido cometidos a lo largo de la historia usando la fe católica como escudo. A veces por papas, obispos, religiosos, gente que se llamaban católicos. Me parece natural que también él, Karol Wojtywa, con todo su carisma y sacrificio, se incluyera en esa misma petición de perdón. [Por cierto, que en alguna tertulia, de esas video grabadas en los 1970s, José María Escrivá dijo claramente que la Iglesia no debía pedir perdón de nada y los que pedían un acto así, se equivocaban.]

Al papa que murió agotado, consumido, sin guardar ya semejanza con aquel joven cardenal que había sido electo sucesor de Pedro hacía más de 25 años, le tocó también dar testimonio del dolor, de la vejez, del sufrimiento y de las limitaciones que todos los seres humanos tenemos. Si va a ser beatificado, pienso, no es porque fuera un súper hombre infalible, sino porque dio testimonio cristiano de esperanza, con sus errores y aciertos, con sus debilidades y fortalezas. Así como con la canonización de José María Julián Mariano – así le pusieron sus padres – no se canonizó a todo el opus Dei, sino a una persona que predicó un mensaje de santidad en el trabajo ordinario [N.B. soy consciente que el OD tuvo demasiada injerencia y control en la causa de canonización, y que ésta fue legítimamente cuestionada. Pero, quod scriptum, scriptum est]; así también con la beatificación de Juan Pablo II no se beatifica un pontificado, no se legitima todas las acciones de gobierno con sus luces y sus sombras: un conjunto de actos u omisiones, mejores o peores, que duraron casi tres décadas, sino tan sólo un individuo que nos inspiró con su vida a millones de personas, conociéramos (muy pocos) o no tuvieran remota idea (la mayoría) lo que el opus Dei dice ser, y es en realidad.

Y este punto, el opus Dei, aunque sea realmente marginal para la historia de la Iglesia contemporánea (la Iglesia es mucho más grande y rica), forma parte de un balance histórico del pontificado de Juan Pablo II que está aun por hacerse.

Quién sabe, como se ha mencionado en OpusLibros, San Anselmo de Canterbury concibió un error teológico con una de sus pruebas de la existencia de Dios. El beato Duns Escoto sirvió de inspiración para Guillermo de Occam y después, Lutero. San Bernardo predicó a favor de las cruzadas (de las que luego se ha pedido perdón). Santo Tomás Moro fue ejecutor de las sentencias de la inquisición siendo parte del gobierno. Ni santa Teresa de Jesús ni San Juan de la Cruz se opusieron al régimen de la inquisición en Castilla, donde vivían (tal vez porque hubieran terminado condenados en ella). Y así. No digo que estos hombres y mujeres fueran menos santos y ejemplares. Los hombres, santos o no, somos hijos de nuestro tiempo, cometemos omisiones y errores y, desgraciadamente, no conocemos ni tenemos control sobre las consecuencias más mediatas de nuestros actos. Juan Pablo II se equivocó respecto del opus Dei, la historia nos dirá – espero – cómo y por qué.

Habiendo dicho esto, a mí me da mucho gusto que se beatifique a Juan Pablo II.



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