Sobre la actuación política de los miembros

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Autor: Thomas Cook, 12 de enero de 2004


Un tema que siempre da de qué hablar en torno la Obra es la actuación política de sus miembros. Cada vez que a algún prominente miembro de la prelatura le dan un cargo público relevante, siempre hay algún medio de comunicación que saca un gran titular sobre la "Santa Mafia" o el "Octopus Dei" que trata con sus tentáculos de agarrar todo lo que puede y de ganar posiciones en el mundo político, religioso, económico y bla bla bla. Seguro que todos habreis leído alguna vez algún artículo similar. Viene ocurriendo así desde hace décadas, desde que nuestros queridos hermanos tecnócratas ocuparan ministerios durante el franquismo, y la prelatura siempre contesta lo mismo, que sus fines son exclusivamente espirituales y que sus fieles gozan de libertad política. Este último punto es verdad. Hay libertad de voto y afiliación política, no lo cuestiono. Pero no es verdad también que en ocasiones en el día a día en los centros cuesta un poco vivirla? Por lo menos en las casas por las que yo pasé no se podía defender con naturalidad una postura política diferente a la de la mayoría de los residentes. Te miraban como un bicho raro y por poco te hacían una corrección fraterna.

En los dos países en los que viví como numerario se produjeron cambios políticos mientras yo era de la Obra. En uno, al que he llamado X en un escrito anterior, un largamente afincado partido conservador dejó paso a un gobierno algo más a la izquierda. Ya desde la campaña electoral, cuando se iba perfilando el relevo, en mi centro el ambiente era verdaderamente catastrofista. Algunos se pensaban lo peor, que los futuros dirigentes iban a perseguir a la Iglesia, iniciar una campaña contra la moral etc.etc. Por aquel entonces no me consideraba ni de izquierdas ni de derechas, pero cada vez que abría la boca en la tertulia para tratar de llamar a alguien al sentido común y explicar que el mundo no se acababa por tener un jefe de gobierno socialista, que en España habíamos tenido uno mucho tiempo y continuábamos respirando, me caía una buena. En alguna ocasión el debate alcanzó tal tono que estuve a punto de salirme de una tertulia después de que, como si de una corrección fraterna instantánea y pública se tratara, me llegaran a decir de manera seria y personal que como numerario no podía en serio defender a una cúpula política así. Con el paso del tiempo se lo tomaron con mayor tranquilidad y cuando hablábamos de política alguno decía en broma "mira, Thomas Cook, nuestro extremista de izquierdas". Y eso que soy el ser más apolítico del mundo y que luego el gobierno -con el que no tengo nada, pero nada que ver, jolines- salió de lo más moderado.

Lógicamente, si en un centro se te juntan muchos numerarios conservadores, hay que aceptarlo -es su libertad- sin pensar por ello que la Obra sea conservadora. De todas maneras, la conducta de algún que otro director que conocí me dio mucho que desear. Todavía recuerdo aquella noche electoral de 1996 en España en la que consiguió la mayoría el Partido Popular y cómo el director del centro en el que era adscrito llamó personalmente el día antes a los agregados e incluso a algún chico de San Rafael para que vinieran a "celebrar" (lo dijo así) el previsible resultado con tertulión y cena fría.

Y ya el colmo.

De vuelta en X. Cuando apenas quedaban dos semanas para las elecciones y el resultado ya estaba completamente claro, vino el Padre de visita a la región y en una tertulia, en contestación a la pregunta desesperada de un anciano supernumerario acerca de qué hacer ante el inminente cambio político, va y dice: "Hijos míos, no debeis tener miedo de que se os vincule con una tendencia política concreta". Os lo prometo, tal como lo entendí en aquel momento sonaba a un "evitad que se produzca un cambio a la izquierda que haga daño al país, votad democristiano y no tengais miedo por ello de que la gente piense que la Obra es democristiana".

Además, a los pocos meses, cuando ya teníamos el nuevo gobierno, empecé a notar en el centro un activismo político proselitista por parte de algunos residentes que me puso los pelos de punta. Los nuevos líderes políticos habían presentado un proyecto de ley para permitir la doble nacionalidad de extranjeros naturalizados. La propuesta desató un fuerte rechazo por parte de la oposición, que inició una campaña de firmas que acabó bloqueando la nueva ley. Total, que un día llego al centro y en una zona pública de la casa donde se daban círculos, charlas, etc. me encuentro una de las listas de firmas con el logotipo del partido y un papel manuscrito encima que pone "por favor, firmar". Ya había firmado casi todo el centro. Con las mismas, fui a ver al director y le dije que me parecía muy mal que se pusiera una lista así en un centro para respaldar una acción de un partido político sobre un tema completamente opinable. La retiró, aunque luego el numerario que la había traído a casa acabó enfadadísimo conmigo. En fin, se tuvo que desenfadar.

También me ponía de los nervios cuando en el curso anual te encontrabas con algún político venido de España, todo emocionado le pides que cuente algo en la tertulia y en lugar de relatarte su vida como diputado, el apostolado que se puede hacer desde un puesto así etc., el tío se tira una hora contando lo mal que lo había hecho el anterior gobierno y explicarnos lo necesario que había sido el cambio, lo santos que son en su partido, etc. Y todos allí contentísimos con la tertulia-mitin. Nada que objetar, pero lo que me pregunto es si un numerario del partido opuesto hubiera podido hacer algo similar.

La verdad es que en los años que estuve dentro, todos estos temas tampoco eran para mí de importancia vital, porque no era políticamente activo y porque tampoco me sentía a gusto con los planteamientos de ningún partido. De todas maneras, me imagino que hoy en día ningún numerario militante de algún partido no conservador -que supongo que los habrá- podría vivir en ninguno de los centros en los que yo viví. O acabaría muriéndose de asco, o los demás acabarían comiéndoselo vivo. Tal como lo veo, ni siquiera un liberal encajaría en esos centros. Y estoy evitando generalizar y limitarme sólo a la vida en esas casas, aunque supongo que en el resto no es muy diferente.

Pasemos a otro aspecto.

Hoy en día, gran parte del mundo vive en una democracia firme. En el caso de España, uno de los países que conozco por ser el mío, es de dominio público que varios miembros de la Obra ocupan cargos de responsabilidad en altas instituciones políticas, incluso en el gobierno. Perfecto. Son ciudadanos de pleno derecho y son nombramientos que se han producido en el marco democrático, en un proceso transparente. De todas maneras, luego te pones a examinar los equipos de colaboradores de algunos de ellos y te encuentras que por una de esas casualidades sus secretarios, jefes de prensa etc. son también del Opus Dei. Mira tú por dónde. Es como aquel numerario conocido mío que era catedrático en una universidad pública y va y contrata como sus asistentes a dos numerarios (y eso que lógicamente algo así sólo funciona con permiso de la delegación). Es uno de esos casos en los que, cuando sientes curiosidad y preguntas, en la respuesta oficial te dicen que el que sean los dos numerarios es casualidad, que si están ahí es por que el catedrático quería tener a la gente mejor preparada que había en la universidad. Seguramente, en el caso del político al que me refiero también seleccionaría a su gente siguiendo exclusivamente criterios de calidad profesional.

No sé cómo se verán desde Roma las actividades políticas de los miembros de la Obra. A este respecto, se suele decir que el Opus Dei lo único que quiere es que sus miembros sean santos y que un miembro que sea ministro, si no quiere ser santo, no le sirve. De todas maneras, podría imaginarme que muchos directores del consejo, si pudieran, darían órdenes para que la gente del Opus vote a tal o cual partido o se apoye la candidatura de alguien concreto o cosas así, con la idea de que con ello se podría prestar un servicio a las almas. Dejadme que os explique en base a un caso puntual cómo es que llego a esta conclusión.

Cuando el actual alcalde de Santiago de Chile, Joaquín Lavín, supernumerario, se presentó a las elecciones presidenciales de hace pocos años en las que salió elegido Ricardo Lagos, el consejo desde Roma envió a las regiones información bastante parcial sobre el candidato. Si no recuerdo mal, se incluía una carta del director de la oficina de información de la prelatura en Chile al hermano del candidato, consiliario en algún país del norte, en la que le decía que las elecciones, debido a Lavín, se habían convertido en una ocasión excepcional para practicar el apostolado de la opinión pública. Todo estupendo y precioso, era el tono de la misiva. Además se enviaban también numerosos artículos todos de "El Mercurio", el principal diario del país, en el que se resaltaba la actuación de Lavín a favor de la familia, en contra del aborto, etc.

Todo era bonito hasta que en una de éstas se pasa por la oficina de información en X, en la que yo trabajaba, un supernumerario chileno y va y nos cuenta para sorpresa nuestra que Lavín había sido alguien promovido por Pinochet, que durante la dictadura había ejercido un puesto similar al de secretario de Estado y que precisamente había sido directivo de "El Mercurio", nuestra única fuente de información al respecto. Pasó lo que tenía que pasar. Llega el día de la primera ronda electoral y todos los diarios en X tienen el titular "Miembro del Opus Dei ahijado de Pinochet podría tomar el poder en Chile". Al no entender cómo no se nos había avisado de un dato tan clave en el tema (en X tal vez lo único que podía interesar con respecto a Chile era si los candidatos tenían relación o no con Pinochet), escribimos a Roma y preguntamos al respecto y la única respuesta fue "En Chile es conocido que Joaquín colaboró con la dictadura, como muchos otros católicos". Toma ya! Se quedan tan panchos y te lo dicen como quitándole importancia cuando ya te has comido el dichoso titular, sin amnestesia ni advertencia previa.

No puedo evitar especular después de algo así, después de que en Roma le resten importacia a un dato tan destacado como que el candidato tenía relación con Pinochet, líder de un régimen criminal desprestigiado mundialmente. Puede ser que me equivoque, pero lo sucedido me lleva a pensar que posiblemente más de un director soñaba con tener un presidente chileno supernumerario. Tal vez pensaban que así se contribuiría a mantener la cultura cristiana del país, en vista de que la campaña electoral acabó muy polarizada por temas como el aborto, por ejemplo, en los que los católicos deben mostrar una postura clara.

Si llego a una conclusión así es también después de ver el proceder de la Obra en otros terrenos. En principio, la gente de la Obra trata de evitar meterse en iniciativas empresariales particulares con otros miembros y cualquier operación al respecto -cuando uno monta una empresa con otro miembro o quiere contratar a alguien del Opus Dei- precisa de un permiso especial. En una ciudad vi cómo varios numerarios montaron empresas. Uno de ellos quiso contratar a un chico de San Rafael, pero no le dieron permiso aludiendo a viejos criterios y principios. Sin embargo, como los otros fundaron empresas de comunicación, campo en el que la Obra quiere que sus miembros estén cada vez más presentes, no tuvieron ningún obstáculo. Uno de ellos empezó con otro numerario como empleado e incluso con varios supernumerarios como socios inversores, y más adelante llegó hasta a conseguir contratos con ayuda de otros miembros. O sea, que si montas una gestoría no puedes contratar ni a un chico del club para que te haga de mensajero en verano, pero si te embarcas en una productora de televisión, algo que puede influir en la opinión pública, pues casi hasta te dan un cheque en blanco. En fin, la Obra puede afirmar una y otra vez que no es un grupo organizado con fines temporales y presentar miles de criterios al respecto. De todas maneras, actuaciones concretas me hacen dudar de ello. Aunque no sea un comportamiento generalizado, los criterios se echan por tierra cuando la institución lo considera oportuno, cuando algún fin lo justifica.