Sobre fotos y tonterías

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Por Satur, 23.01.2006


Los humanos pelsonas cuerpos con frecuencia hacemos y decimos cosas muy extrañas. Las hacemos porque sí, porque siempre se han hecho así, porque es lo que hay o, sencillamente, no sabemos porqué las hacemos. Por ejemplo, te dice alguien que se ha puesto una mesa de billar en su casa y añade “es calidad de vida”. Y decimos “¡coño, claro!, ¿cómo no había caído antes?: es calidad de vida. Pero si lo pensamos un poco uno se pregunta, ¿cómo que tener una mesa de billar en tu casa es calidad de vida?- ¡¡¡pero qué mentira más grande!!!. Tener una mesa de billar en tu casa es un puntazo que te ha dado y nada más. Como el que va y te dice que “me lo ha dicho un pajarito”. Y, hala, nos callamos. Pero, bueno, ¿quién narices es ése pajarito?, ¿de verdad alguien se cree que un pajarito va largando de acá para allá cosas a la peña sobre los demás… lo que sucede es que cuando decimos que me lo ha dicho un pajarito lo que queremos decir es que no nos sale de los cojones decir quién nos ha contado el chismorreo… y le echamos la culpa al pajarito. O como el que dice “oye, que yo me visto por los pies”. ¡Joder, qué chachi el tío!:¡¡¡se viste por los pies!!!. ¿Qué quiere decir con eso?, ¿qué yo no me visto por los pies?, ¿que los demás nos vestimos por el culo, o por el codo, o… ¿no estará diciendo que ÉL ES UN MACHOTE?. Pues dilo, hombre dilo, y quédate tranquilo. Con un par, campeón. Otro te dice así como con careto de tío listo y preparado “…ya te digo, blanco y en botella…”. ¿O sea , que blanco y en botella?: pues anda que no hay cosas blancas y en botella: yogures, batidos de coco, licores varios… lo mejor es que diga lo que quiere decir, que es un listo, y que tiene toda la razón.

En la opus, como en todo corral pequeñito que se precie, eso también sucede. Se hacen y dicen cosas que no tienen ningún sentido. Se hacen porque sí, porque queda bien, porque lo hacen los demás. A más de un supernumerario le preguntas que hace una afoto en la sala de estar de su casa de Don Javier Echeverría con toda la familia en el sogiorno del Vikolo (es el sogiorno que siempre se cita), y te contesta...

que es de hace años, que fueron a Roma toda la familia y fueron recibidos por el Padre y que tal y que cual. Vale. Pero resulta que de los cuatro hijos numerarios/as que entonces pertenecían a la prelatura ahora sólo quedan dos, uno, o ninguno – y de los que se han ido, alguno en mal plan- y que si no se ha preguntado si aquella afoto en su casa canta más que Benedicto XVI saliendo de artista invitado en “Vacaciones en el mar”. Y puede contestar, pues que me da igual, que la obra es mi familia. Y se le puede contraargumentar que si no choca algo que a él le animen a tener la afoto en su casa, como industria humana, y a sus hijos numerarios no les dejan tener afotos de su familia, de sus papis, de sus hermanos, de sus sobrinos en su habitación… y, con toda seguridad, el tío nos diría que él qué sabe, que le da lo mismo.

Es como si se separa uno y al cabo de años en la sala de estar de casa de sus padres siguen las fotos de la boda… “porque los suegros nos caían muy bien y nos da pena quitarlas”.

Y es que somos así. No son pocos los supernumerarios que tienen afoto del prelado en casa, pero no la de los abuelos, a veces ni la de los hijos y sobrinos…Yo mismo, en mi casa, tengo foto de mi suegra y suegro, de los hermanos de La Piedra, de sus sobrinos… ¿y los míos?. Pues nada. Ni una de esas de carnet. Y es que después de 27 años en the work sin darle valor a las fotos y recuerdos, pues no tengo querencia ni por las de mi mujer, que ni en la cartera la llevo. Y, sin embargo, cuando la abro añoro el careto de San Chema… que esa sí la llevaba. ¿ Por qué?, pues porque era lo que había.

Cuando estaba en el centro de estudios mis hermanas me enviaron, como una broma simpática, una carta con una foto mía a los tres añitos. Salía en el balcón de mi casa con unos calzoncillos muy subidos, como algunos abuelillos cuando se ponen los pantalones muy parriba, a la altura de las axilas. Y nada más. El subdirector abrió el sobre, observó la foto y la rompió. Pero no rompió la carta. Me la entregan y veo que falta algo: la foto. Voy al dire y se lo digo: oye, ¿no había una foto mía dentro de la carta?. “Pues de sí”, me contesta el tío con pinta de jefe de planta de Sprinfield.

- ¿Y bieeeeeen? – le pregunto
- Es que no era del tono propio nuestro de nuestro propio espíritu, como si dijéramos.

Y me callé.

Pero ahora me preguntó, ¿y la fotico que sale San Josemaría a los tres añitos vestido de no sé qué, porque es que parece la primita de la infanta Leonor, esa fotico, qué pasa, no se rompe?. Vamos, esa foto es para triturarla y comérsela. Porque, vale, yo saldría en calzoncillos, pero al menos se veía que era un chaval y un machote, pero es que lo suyooooo. Con ese vestido no me extraña que se pusiese enfermo y que lo llevaran a Torreciudad… y que el médico preguntara “¿a qué hora ha muerto el chavalín?. Normal, con esas pintas te mueres nada más mirarte en el espejo. Y, mira por donde, la de él la ponían hasta en salas de estar, en biografías y en DVD… pues que me lo expliquen. O sea, la versión Niña de los Peines de San Josemaría, sí, y la mía de Tarzán no.

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Somos así: nos dejamos llevar por el carisma. Era divertido observar en las tertulias con San Josemaría cuando Don Javier se levantaba y se acercaba para decirle que quedaban cinco minutos y la peña gritaba “¡¡¡ nooooooo, porfa, ayyyyy, qué penaaaaa, una más, porfaaaaaaa!!!.”. Y es que, todo hay que decirlo, eran tertulias muy movidas, con decenas de preguntas donde siempre había alguien curioso, extraordinario, exótico o peculiar: una actriz de cine de setenta y tres mil años años que afirmaba haber perdido papeles por no ceder al erotismo que exigían los guiones, un torero apostólico, un tío con veintitrés hijos, un soldado que estuvo en la Navy, una paralítica que era un terremoto, un indio con cara de Evo Morales, un agregado que decía tacos y le decía “es usted cojonudo, Padre”, un chaval con cara de “a veces, veo muertos” que le pedía “¡mímeme, Padre, mímeme!”… y te lo pasabas bien. Además, siempre había una tribuna detrás donde veías peña curiosa: un negrazo zumbón que a saber de donde lo habrían sacado, un empresario chachi, otro agregado con zapatos de charol y un nudo de corbata que parecía el bocio de un elefante. No había mujeres en la tribuna. Nunca. Bueno, excepto cuando subió tía Carolina en Brafa que, por cierto, me gustaría que alguien me aclarase cuando comienza la pregunta a san Josemaría si afirmó de ella misma lo que algunos dicen que dijo en un inglés muy nítido –el que tenga oídos para oír, que oiga. Porqué el que traducía dijo “esto primero que ha dicho Tía Carolina no lo traduzco porque no es verdad”.

Creo que era en Tabancura donde sí se ven una chicas, no exactamente en el estrado, pero más o menos. Y alguna estaba como los Andes, como el Cono Austral, como la Tierra del Fuego y el Cabo de las Tormentas, como el Estrecho de Magallanes- que de estrecho, nada.

Luego vino Don Álvaro y las tertulias se hicieron más pesadas. Don Álvaro era un hombre muy de no dejar cabos sueltos y se veía obligado a explicar todo. Ordenado, metódico, riguroso. Si le preguntaban por la mortificación de nuestro Padre, por ejemplo, comenzaba con el sentido ascético de la mortificación, su sentido teológico, su sentido espiritual, después contaba una anécdota de mortificación de san Josemaría en Burgos, aclaraba qué era Burgos, quienes le acompañaban y qué hacían allí… y a la hora de tertulia sólo había contestado una pregunta y media. Me imagino a los pobres que tenían turno para preguntar, con su papelito sudoroso, pensando “jolines, si lleva tres cuartos de hora con el primero y yo soy el quinto, aquí me tiro cinco horas…”. Claro, se levantaba el de turno, creo que era Don Joaquín, un hombre con muchos tics en los ojos -unos tics que le hacían parecer al andar que cada baldosa que iba a pisar contenía en su interior una mina antipersonal- , y le decía lo de “cinco minutos, Padre”. Y allí nadie decía “ ¡¡¡noooooo, porfa, máááááás, una mááááásss”: porque una más era una hora más.

Hombre, tampoco se decía “¡¡¡bieeeeeeeeeeen, síííííííií!!!.

Ahora las tertulias están demasiado preparadas, como últimamente en la Noticias de la Tele cuando dan paso a los deportes, que siempre hace una gracieta el Matías Prats de turno al periodista .

- Parece que el Real Madrid este invierno se ha resfriado, ¿no, Jotajota?- je, je, je.
- Pues de sí, y lo que no sabemos qué médico le podrá curar, juá, juá, juá.
- ¿ Quizás lo consiga una ración de jarabe de palo, no Jota?, jí,jí,jí
- Quizás, Matías… o que cada palo aguante su vela, jó,jó,jó.

Entonces, se gira a la cámara y ya se pone a lo suyo.

Pues eso. Todo muy “espontáneo” y “natural”, jé, jé, jé., jí,jí, jí, jí, jó,jó.



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