Sobre el sigilo de la confesión

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Por Agustina López de los Mozos, 5.12.2007


Tengo una duda respecto a que los sacerdotes no comentan lo escuchado en la confesión sacramental. Es la siguiente: las numerarias nos confesábamos y se siguen confesando en el confesionario, no existe la más remota posibilidad de que la confesión se realice fuera de él, ni en el despacho de la directora ni en ningún otro sitio (a no ser que estés enferma y aún en ese caso recuerdo lo que dice el Vademécum de sacerdotes, página 53: “Siempre se ha vivido, hasta en el detalle más pequeño, esa distancia —cincuenta mil kilómetros— entre los varones y las mujeres de la Obra, sin consentir nunca, por ningún motivo, la más pequeña excepción a este principio tan claro del espíritu del Opus Dei; y esto se aplica, con más rigor si cabe, a los sacerdotes. Nuestro Padre comentó alguna vez que prefería que sus hijas murieran sin los últimos sacramentos —porque estaba cierto de que aun así morirían como unas santas—, a que los sacerdotes fueran sin necesidad a los Centros de mujeres.)

Ya antes de entrar en la obra aprendí en el colegio la doctrina de la Iglesia, que viene a decir que un sacerdote no puede revelar nada de lo escuchado en la confesión. Ahora bien, nunca se nos dijo que podía revelar lo escuchado una vez que daba la absolución ni que la charla que puede surgir a continuación podía ser vox populi. Siempre que he entrado a un confesionario he tenido la certeza de que mi confesión duraba desde el principio al final, es decir, desde que pronunciaba el “Ave María purísima” hasta que el sacerdote me despedía. Y creo que como yo, todo el mundo.

Pero las cosas cambian al llegar a la Obra y se produce la curiosa costumbre de que los sacerdotes de la institución –al menos con los que yo me confesé durante mis años de numeraria-, dan la absolución nada más relatar los pecados o las faltas y a continuación comienzan una charla con la penitente. Nunca imaginé que esa charla, dentro de un confesionario, sí pudiera ser divulgada. Para mí un sacerdote que saca afuera lo oído en un confesionario, sea antes o después de dar la absolución, falta al secreto de la confesión puesto que la penitente tiene la seguridad de que la confesión lo es todo, que no hay un antes y un después del “Ego te absolvo”. Y si no, que pongan un letrero en el confesionario bien visible. Por ejemplo: AVISO: Soy un sacerdote de la prelatura del Opus Dei. Se hace saber a las penitentes que de lo que digan antes de recibir la absolución no podré contar nada a nadie, pero de lo que me digan después, puedo contar lo que quiera, sea conveniente, proceda, lo vea oportuno yo o la directora, la delegación, la asesoría regional, la asesoría central y a quien esté dispuesto a escucharme”. Y entonces hubiéramos sabido y se sabría de qué forma confiesan los sacerdotes de la obra.

No sé si lo que hacen es legal (más de santa desvergüenza, claro), pero de lo que sí estoy segura es que para mí es inmoral, amoral, deshonesto, indecente, intolerable, sucio e ilícito. Y por supuesto, una burla al sacramento, a la Iglesia y a la confiada penitente (numeraria, agregada, supernumeraria, cooperadora o una inocente mujer que casualmente pasaba por ahí buscando que el objeto de su confesión quedara entre Dios y ella).



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