Sobre el libre ejercicio de la maternidad

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He leido el testimonio de Brisa dónde apunta unas pinceladas acerca del mundo de las supernumerarias. En líneas generales, estoy de acuerdo, pero me gustaría profundizar un poco más.

Ante todo puntualizar que en numerosa ocasiones, he tenido la impresión de que los ex numerarios habláis de los supernumerarios con marcada condescendencia. Cómo si hiciésemos lo que nos da la gana, sin sujeción alguna, como "por libre".

Sin duda que no estamos sujetos a las exigencias de la vida de familia en un centro y exentos del control que esto supone pero tampoco es un camino de rosas. Al contrario, la inteferencia e ingerencia continua de sacerdotes y directoras es si cabe mayor y más aberrante.

Me refiero a las supernumerarias, no a los supernumerarios varones.


Nosotras tenemos que soportar "si nos tomamos la vocación en serio", como muchas hicimos, un constante interrogatorio acerca de nuestra vida sexual e incluso la determinación inapelable de cuántos hijos tenemos que tener. Así, yo he visto chicas o mujeres amargadas, con una concepción victoriana de la sexualidad, asfixiando sus legítimas aspiraciones personales o profesionales en aras de una entrega agotadora y sumisa hasta extremos comparables a las numerarias auxiliares, a un proyecto de familia, fundamentalmente anacrónico y machista.

Mujeres que lloran desconsoladas cada vez que se enteran, hasta la extenuación, de que están nuevamente embarazadas. ¿Es ésta una forma positiva e ilusionada de vivir la maternidad, o más bien un concepto trasnochado de la misma, más propio del proletariado de la Revolución Indusstrial o sociedades deprimidas del tercer mundo?.

Me gustaría que algún médico de la Obra me contestara si es aconsejable que una mujer llegue a perder la salud, física o psíquica, cuando se la coacciona, sutil o abiertamente, a tener más y más hijos, sin prudentes intervalos ni consideraciones según su caso.

Yo he visto, soy una de ellas, mujeres desbordadas, con la constante y objetiva sensación de ser utilizadas por nuestros maridos que encima creen estar obrando "santamente" y reciben parabienes de sus directores numerarios que no han preparado un biberón, pasado una noche en vela o cambiado un pañal, en su vida. Y ellos tampoco.

En general, los supernumerarios varones, son el último reducto del más acendrado machismo. La idiosincrasia del concepto de familia en la obra, lo conlleva. Acaban teniendo una visión empobrecida, utilitarista y de dominio irracional sobre sus mujeres. "Para la cama, para la cocina, para el salón" (esto último sólo algunas de estratos sociales superiores).

La falta de independencia económica, la imposibilidad de acceder al mercado laboral por el cuidado de los hijos, tenidos contra su voluntad no se olvide, convierte a la supernumeraria en un ser dócil y alicorto o en una mujer amargada que no se siente en absoluto dueña de su vida, como me ocurre a mí.

Se da la paradoja de que queriendo con locura a nuestros hijos, éstos son a la vez, los eslabones de una cadena que nos impide liberarnos.

También existen supernumerarias que no se cuestionan nada, que traen hijos al mundo a borbotones, sin después ocuparse de ellos individualmente, como debe de ser. Estas últimas, suelen ser hijas de familias de la obra y se limitan a copiar el modelo que vieron en sus padres. Son las que no queriendo ser numerarias, son supernumerarias sin atisbo de pensamiento propio, idiotizadas y felices de haber encontrado un marido "de casa" que las mantenga y las haga "santas" a fuerza de utilizarlas, con perdón, como si fueran putas.

En el fondo, todas acabamos igual.


Creo que en el escalafón jerárquico de la obra, las supernumerarias ocupamos en último lugar.

Objeto de vejaciones por parte de maridos, no todos gracias a Dios pero sí una mayoría, que confunden el amor con el sometimiento, la castidad con la satisfacción de sus propias y exclusivas necesidades, incapaces incluso de vivir la continencia periódica con la comprensión de directoras y sacerdotes que argumentan que "es normal, ellos no pueden aguantarse" y apelan al débito conyugal recordando que el negarse a la lujuria egoista del marido es "pecado mortal".

Yo conocí a una mujer humilde que con nueve hijos, las noches fértiles, se iba a dormir a la habitación de alguno de los niños para evitar las relaciones, pero tuvo que dejar de hacerlo porque los gritos de su marido reclamándola, escandalizaban a todo el vecindario. Esto es verídico y esta familia sobrevivía gracias a la ayuda que procurábamos prestarle otras amigas supernumerarias con más recursos materiales y a quiénes nos iba nombrando sucesivamente "madrinas" de aquellos pobrecitos churumbeles que, hoy ya crecidos, recuerdan con horror las penurias y privaciones que pasaron sin que nadie en la obra dónde un vago que solía abandonar los trabajos alegremente alegando que no eran "dignos de él", muy estimado por su generosidad!!!!!, se le ocurriera poner freno a su brutal irresponsabilidad.

Es cierto que algunas de nosotras tenemos aparentemente buena posición. ¿Y qué? Nuestros maridos, más fanáticos que los directores de la delegación y ojito derecho de los mismos, por la liberalidad de sus aportaciones, controlan ferreamente los gastos familiares, nos humillan obligándonos a ganar el pan de nuestros hijos en la cama y en una ficticia e impecable vida social de cara a la galería.

Si despertamos de la pesadilla debemos permanecer en ella por qué ¿adonde iríamos?

Anuladas nuestras capacidades, con la responsabilidad de un número de hijos que dejan atónitos a abogados y jueces de familia, con los bienes conyugales ocultos para nosotras en cuentas que desconocemos o sociedades cuya existencia ignoramos, acostumbradas a obedecer, fingir y callar, soportando incluso verdaderos malos tatos; como dice Brisa se nos dice sin rubor y sin piedad, que este es el camino de nuestra santificación, la cruz que hay que llevar incluso sonriendo!!!!!.

Encima la obra nos "quita" a nuestros hijos a los 14 años y medio, como si los entregáramos al Estado en brazos del Padrecito Stalin.

Se supone que hemos de estar contentísimas ante tamaña aberración, y algunas aleladas por completo lo están, pero aquellas que protestamos y ponemos obstáculos por su bien, conscientes de la aberración de captar adolescentes, somos estigmatizadas, tachadas de perturbadas y condenadas a la "muerte civil" aún sin haber salido del opus dei.

Nosotras no hemos podido salir pero, -muy mal espítu-, no hemos facilitado las cosas para que nuestros hijos entren. De lo que por cierto algunas, al menos yo, nos sentimos muy orgullosas.

También hemos pasado por etapas fanáticas, sería injusto no reconocerlo pero el abrir los ojos a la verdad, en el caso de las supernumerarias casadas y madres de familia numerosa, no es necesariamente una plena liberación. Aunque, gracias a esta web, que duda cabe que es un primer paso hacia la libertad.

Me gustaría, queridos ex numerarios, que reconsiderárais, refexionando sobre las verdades que acabo de exponer, que las supernumerarias del opus dei, agredidas en la más íntima esfera de la dignidad de la mujer, el libre ejercicio de la maternidad y un legítimo derecho de vivir en pié de igualdad la relación con el marido que tantas veces brilla por su ausencia, algunas afirmaciones frívolas sobre nuestras tantas y tan injustas limitaciones.

Ésta que firma, nunca se ha tenido por "sabia" pero para colmo, se ha cansado de ser "discreta". Y en esta página, disfrutando de la compañía de tantas personas buenas, razonables e inteligentes, se siente libre.


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