Si yo pudiera escribirle al Padre, le haría llegar esta carta

From Opus Dei info
Jump to navigation Jump to search

Por Una Como Yo, 3.09.2012


Estoy cansada de guardar silencio y cansada de saber que poco o nada interesa lo que pueda contar de mi experiencia en el Opus, una experiencia que terminó este año y que agradezco a Dios porque al salir me ha hecho fuerte, me he sabido querer y he aprendido que aunque me partan la vida, hay cosas que nunca podrán robarme. Cosas como mi familia y lo que realmente soy, incluso si tengo que rescatarme de las sombras en que me dejaron...

Mi pecado fue no regalar mi voz a los directores y opinar para ir contracorriente, que muchas veces es ir en contra de ellos y sus inteligentes estrategias para hacer creer que es uno quien piensa y actúa, uno el de las ideas, uno el del error, el pecador. Perdí la cuenta de las veces que me dijeron la famosa frase "el que obedece nunca se equivoca" y miren que me equivoqué, me equivoqué por hacerle caso a una mujer que no sabe de familia y me decía que debía desprenderme de mis padres porque pronto me iría a vivir al centro, que dejara de hacer muchas cosas con ellos y mejor me concentrara en el Padre como figura paternal y la Virgen como mi madre.

A los dos meses, cuando ya estaba completamente sustraída de mi familia, me dice que no, que tal vez lo mío no es ser numeraria y que Dios a veces cambia de opinión. Después de esa decisión que hicieron ver como si fuera mía, pasaron dos años de tristeza en los que Dios me decía que Él no cambia de opinión y eso me dio la fuerza para irme, a pesar de las veces que me dijeron que no sería feliz.

No es fácil escuchar una cosa así cuando uno apenas está empezando a vivir pero, haciendo uso de mi juventud, decidí volver a mi familia y reconfigurar una vida en la que seguramente me seguiré equivocando, pero una vida en la que el Cielo promete darme cosas maravillosas que ya empiezo a ver.

Sin embargo, quiero decirle al Padre que en esta región nunca habrá 500 vocaciones porque se vive todo menos la vida ordinaria. La gente llega y así se va, y los que siguen son individuos de piedra que se hacen tontos para no sufrir pensando que hay vida fuera, que no es pecado tener amistad con un hombre, ni dormir en la misma cama con una amiga (adivina quién peca de mente retorcida por ver algo así con malicia), que no está mal dar un abrazo a una numeraria auxiliar, ni es falta de espíritu dar un te quiero. Que la familia de sangre es la familia que está siempre, incluso cuando la familia sobrenatural te deja quebrada y que la única que llora contigo al ver tu afán por volver a ser la misma de siempre, es tu madre.

Padre, mi PADRE en la tierra es uno solo y no se llama Javier. Mi padre es un hombre que manifiesta su amor y corrige con cariño por cosas que de veras valen la pena. Me dice que soy guapa, me enseñó a leer, se queda a mi lado secando las lágrimas que los hijos del Opus me sacan cuando me persiguen en los ambientes que piso. Me recuerda que valgo mucho, que confía en mis capacidades intelectuales y nunca, jamás me deja lavar un plato o una taza para pagar mi comida porque en MI CASA la comida no se cobra.

Mi padre me enseñó a rezar antes de acostarme, él y mi madre me enseñaron a darme mi lugar porque lo merezco como cualquier persona, pero también me enseñaron a desprenderme de todo lo que tengo, de la ropa si es necesario sin sacar un centavo porque dar de corazón implica no recibir, mucho menos dinero.

Don Javier, le digo de corazón que muchos de sus hijos tienen un poder del que abusan constantemente pero eso no es lo grave, lo realmente grave es que lo hacen sin esa intención, pues están convencidos de tener una gracia especial que les permite ver lo que "Dios quiere para otros", para los más jóvenes que somos quienes terminamos alienados o destruidos.

Yo sé que mis palabras no van a cambiar nada, pero le digo a usted y a los directores que lean esto para luego ir a ponerse el cilicio y pedir por mi alma, que no necesito sus oraciones porque la mujer que más me quiere pide por mí todos los días y no hay nada comparable con la oración de una madre. También quisiera agradecerles por difamarme, pues eso solamente me hace más fuerte, refuerza el amor y la unión de mi familia, el apoyo que mis amigos me dan todos los días y abre de par en par las puertas que tengo para seguir adelante.

En cualquier caso, Don Javier, yo siento mucho que estas cosas pasen porque hacen daño a la Iglesia y a las almas, apagando cada día "la luminaria de la fe y del amor". Recuerde que yo estoy joven y llena de vida, pero esos hijos suyos que han hecho daño a otras personas que apenas empiezan su plan de vida, deberían tener un verdadero temor de Dios porque en algún momento "les pedirá cuentas de nuestras almas", como ellos mansamente saben repetir.

Me despido con el corazón lleno de esperanza, porque Dios siempre camina conmigo y porque a pesar de todo el dolor que me han dejado y las heridas que siguen abriendo, yo tengo mi libertad y no estoy sola. Porque un alma que brilla y luego es opacada, necesariamente recupera toda su luz.




Original