Ser mujer en el Opus Dei/Tiempo de resurgimiento

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SER MUJER EN EL OPUS DEI


CAPÍTULO 7. TIEMPO DE RESURGIMIENTO


Cuando ya todo ha pasado

¿Cómo se encuentra uno al día siguiente? ¿Qué se siente al levantarse por primera vez, fuera del medio que te ha tenido tan absolutamente absorbido? Voy a responderte con brevedad: uno nota descanso. Quizá porque muchas veces cansa más, y hasta agota, lo que no se hace y el verdadero descanso es haberlo hecho. Pero, sobre todo, se siente confusión. Todavía te encuentras repleta de palabras, de muchas palabras, que por algún tiempo continúan dándote vueltas en la cabeza como un tiovivo. Tienes auténtica necesidad de silencio, ya que la comprensión, que sin duda hace falta, exige silencio. No más palabras que sigan acelerando el ritmo desordenado de los pensamientos. Silencio que deje oír que todavía respiras y que tu corazón late, porque ese latir es el que te va a permitir entrar en sintonía con otros nuevos latidos. Serenidad; encontrada era imprescindible en aquellos momentos -y en tantos otros-. La serenidad tiene mucho de aceptación pero también algo de autorreconocimiento de tus límites. Vivir en armonía, serenamente, no significa que no tengas conflictos sino que puedes convivir con ellos con serenidad, en armonía con tu entorno.

Como le sucede a la protagonista de Susana Tamaro en Donde el corazón te lleve, algo así me pasó a mí: "¿Sabes lo que ocurre a las plantas cuando pasa un tiempo que dejas de regarlas?"-se pregunta aquella ancianita deliciosa-. Las hojas se ablandan, y en vez de elevarse hacia la luz cuelgan hacia abajo como las orejas de un perro de aguas. Mi vida, durante los últimos meses que permanecí en la Obra, había sido parecida a la de una planta privada de riego. Sólo el rocío nocturno se había ocupado de brindarme el alimento indispensable para sobrevivir. Pero la naturaleza, cuando está sana, es muy agradecida, y basta con que la planta se riegue, para que nuevamente las hojas comiencen a erguirse. Eso me ocurrió pasados algunos días -no sabría decirte cuantos-. Entonces tomas clara conciencia de que has cometido errores; también de que cometer errores es lo natural, de lo que se trata es de ir comprendiéndolos, pues eso precisamente es lo que va dando sentido a la existencia. Las cosas que nos ocurren nunca son finalidades en sí mismas; cada cosa -pequeña o grande- que nos ocurre, encierra un significado, y la apertura para aceptar ese significado, nos da el impulso o la capacidad necesaria para cambiar de dirección, si conviene, en cualquier momento.

Pero en el momento de liquidar toda gloria y "seguridad" -porque no cabe la menor duda de que mientras se es numeraria una se cree algo, poco o mucho pero se lo cree-, te sientes tan poca cosa, tan hecha un guiñapo como la imagen de Jesús en el balcón de Pilatos. Tus ex dirigidas y prosélitas reciben el aviso de que ni se les ocurra ponerse en contacto contigo, y la misma advertencia escuchan tus ex-hermanas, hasta el punto de que si te encuentras a alguna por la calle, no te saluda, y si es posible se cruza de acera para esquivar un simple adiós. Entonces también se te hace más presente aquel Jesús, el Cristo, a quien durante unos años siguieron muchedumbres, reunió a discípulos, y después se quedó solo, absolutamente solo, y pedían para él el patíbulo... Al ver la "seguridad" hecha añicos, compruebas que es a partir de ahí cuando de verdad te vas soltando, desprendiendo de toda una vasta red de cosas superfluas en las que vivías atrapada. y a medida que te vas quedando más sola, la oración, cada vez más desnuda, va cobrando autenticidad: hay que quedarse sola, hay que aprender a orar. Yo lo sigo intentando cada día con una fidelidad que pienso que es más Suya que mía. Paseando, contemplando, escuchando música, en el silencio de cualquier iglesia o Evangelio en mano, le busco e intento seguirle, pues eso es para mí orar. Rezo, quiero rezar, necesito la oración para centrarme, para no perderme, para dar sentido a mi vivir diario; a mi lucha y a mi espera. Rezar para profundizar más en la Palabra, la Eucaristía, el silencio y el Espíritu. Rezar para seguir caminando, tambaleándome y avanzando sobre algo tan misterioso, tan lleno de dudas, como es creer; seguir creyendo.

Un error en el que con frecuencia incurrimos es creer que la vida es inmutable, que una vez metidos en unos raíles hemos de recorrerlos hasta el final. Sin embargo, el destino tiene muchos más recursos que nosotros. Así, cuando crees que te encuentras en un callejón sin salida, en una situación de la que parece imposible escapar; cuando te notas al borde de la desesperación, llega una ráfaga de viento y lo cambia todo. Sí, de repente las cosas cambian y hay que adaptarse a otras circunstancias, hacerse a una nueva vida. En esos momentos, como en tantos otros -pero después del paso vital que has dado, todavía más-, necesitas soledad, serenidad, silencio -ya te lo decía al principio- que dejen escuchar a tu conciencia; porque a partir de entonces, y más que nunca, has de apoyarte y creer en la propia conciencia. Al principio no percibes nada, y hasta sientes miedo, pero luego, algo profundo, que viene muy del interior, se deja oír.

Doler, sigue doliendo. Pero es que el dolor es necesario para continuar caminando, para seguir creciendo; dolor mirado de frente, asumido, porque si uno se escabulle, o tan sólo se compadece y lamenta, de poco sirve.

A partir de entonces comienzas a ser cada vez más consciente de que en nuestra vida, como en la vida de la Tierra, una parte está iluminada y otra permanece en la sombra. Vivir es saberlo y luchar para que la luz no desaparezca ahogada por la sombra. De una vez por todas huyes de quien se considera perfecto; de quien tiene todas las soluciones preparadas en el bolsillo. Y ya, ante todo lo que va ocurriendo en tu camino, desde el silencio y la soledad, escuchas lo que te dice tu conciencia, tu corazón.

Desde entonces siento con los versos de P. Valéry: "Cada átomo de silencio es la posibilidad de un futuro maduro".

Hacen falta pausas para reencontrar una inspiración nueva; lentas gestaciones de las que nacerán, van a ir naciendo, frutos inesperados. Hay que empeñarse en participar en la apasionante aventura de vivir con todos los ingredientes que esta aventura lleva consigo: duda, fracaso, tedio, estancamientos, pero también esperanza, ilusión, alegría, amor y luz.

Desde entonces -desde el día siguiente-, sólo soy y deseo ser, una persona que intenta mantenerse fiel a sí misma, por encima de toda circunstancia, y que está dispuesta a seguir haciendo de la vida un lugar hermoso y habitable, donde todos y cada uno podamos aplicarnos, con buena voluntad, a la construcción de un mundo mejor.

Recién salida de la Obra me interesó mucho la idea de "las dos formas de ser Iglesia", que por aquel entonces empezaron a desarrollar un destacado grupo de teólogos postconciliares, y algún tiempo después comencé a colaborar con una Comunidad de Base. El teólogo R. Muñoz resumía bien esta idea de la que te hablo en un artículo publicado en la revista Concilium, en abril de 1977: "Por un lado hallamos el modelo de una iglesia -escribe el mencionado autor- "gran institución", que tiene su centro sociológico y cultural fuera del mundo de los pobres, en los sectores ricos de los países pobres y en los países ricos del mundo; que valora más la disciplina y busca mayor cohesión funcional; que practica organizadamente la ayuda a los pobres; que tiene poder para negociar con las autoridades político-militares y para ejercer una cierta presión sobre ellas a fin de obtener dulcificaciones en los efectos sociales del régimen; que enseña con autoridad una doctrina y puede hacerse oír por los medios de comunicación social. Por otra parte -añade- hallamos el modelo de una Iglesia "red de comunidades" que tiene su centro sociológico y cultural en el mundo de los pobres, en los sectores mayoritarios, que son los pobres del país, y en los países pobres del mundo; que valora más la fraternidad y busca una mayor corresponsabilidad; que vive y promueve la solidaridad en medio del pueblo; que cumple allí una denuncia profética de la injusticia, discretamente, pero asumiendo los inevitables riesgos, a fin de alimentar en los pobres la conciencia de su dignidad y la esperanza de un mundo diferente; que, en y desde el mundo de los pobres, busca dar testimonio del Evangelio sin contar ordinariamente con más posibilidades de comunicación que el contacto directo de personas y grupos".

En esta misma línea teológica, me resultó conmovedor escuchar en directo -en el año 1982-, las palabras del jesuita Ignacio Ellacuría, uno de los llamados teólogos de la liberación, rector de la Universidad del Salvador y mártir, pocos años después, por ser consecuente con sus ideas:

-El problema real no consiste -afirmaba Ellacuría-, en un plano fundamental, en una oposición entre una Iglesia estructurada con su propia corporalidad histórica y una Iglesia desarticulada y espiritualista, sino entre una iglesia que como poder social y aun político se pone en relación de connivencia con otros poderes sociales y políticos, y esa misma iglesia que como pueblo de Dios unificado por el Espíritu y hecho cuerpo en la historia, se pone directamente al servicio del Reino: una Iglesia seguidora de Jesús. En esta iglesia seguidora de Jesús hay obispos, tal vez hasta conferencias episcopales, incluso una conferencia general de obispos como Medellín. Hay congregaciones religiosas, parroquias, cartas pastoral es, etcétera. Esta iglesia siempre ha estado viva y ha contribuido y contribuye a la liberación de los más oprimidos. Pero está la otra vertiente de la iglesia -añadía-, la iglesia mundana y secular, que se configura según los poderes y los dinamismos de un mundo de pecado, la que vive de espaldas al pueblo de Dios. Cuando se rechaza a la iglesia institucional es a esta iglesia mundana a la que se rechaza, y se la rechaza con razón.

Según Jon Sobrino -otro de los padres de la teología de la liberación-, existen dos modos de hacer teología, a uno le mueve el interés de racionalidad y al otro el interés de transformación. La diferencia entre ambas teologías consiste, en que la primera, desarrolla conceptos teológicos de sentido (Dios como futuro absoluto, resurrección...), pero no analiza su operatividad social, ni su significación transformadora de la realidad. Para la segunda, sin embargo, el conocimiento teológico aparece inseparable de su carácter práctico y ético y no se reduce a lo interpretativo. Su interés teológico no consiste entonces formalmente en esclarecer lo más exactamente posible en qué consiste la esencia del pecado, cuál es el significado de un mundo de pecado, cómo puede tener sentido la existencia del hombre en este mundo, sino en transformar esa situación de pecado.

A través de estos teólogos descubrí una profunda faceta del cristianismo para mí hasta entonces desconocida.

Superar el desengaño

Pasado algún tiempo, todo se serena: emociones, penas, alegrías y frustraciones vuelven a recolocarse. Pero a la recolocación, a integrar y superar la adversidad, no se llega sin el consiguiente esfuerzo por nuestra parte, desde luego. No se puede tirar la toalla, y en esos momentos menos que nunca: uno no puede instalarse con pasividad y resignación en el desencanto, sintiéndose presa del rencor y acomodándose en el amargo sentimiento de que a uno le han timado.

La palabra desengaño significa dos cosas: significa decepción, desencanto, desilusión, y significa también escarmiento, aprendizaje, conocimiento. Superar el desengaño es no darse por vencido, no permitir que nadie ni nada te hunda, poner todo tu esfuerzo en que no consigan darte por debajo de tu línea de flotación. y empleo estos términos de batalla, de lucha, porque el disidente de la Obra necesita batallar y luchar para conseguir que no le hundan; porque muchos de los militantes quisieran ver a los disidentes hundidos.

No podemos olvidar que monseñor Escrivá decía: "¡Y para el que abandone el Opus Dei, no doy diez céntimos por su alma!". y añadía: "Fuera de la barca, hijos míos, no hay salvación". Con frecuencia y continuidad éramos sujetos de la pastoral del miedo ejercida en charlas, meditaciones, confesión y confidencia por los sacerdotes y directoras, que repetían y comentaban esta frase de Escrivá, que no era más que la apropiación de la frase que la Iglesia católica ha venido transmitiendo durante siglos pero que los teólogos del siglo XX, sobre todo en el transcurso del concilio Vaticano II, se han encargado de matizar y mitigar tan famosa sentencia: "Fuera de la Iglesia no hay salvación".

Hace más de cinco siglos, en 1439, el Concilio de Florencia, dejó claro que todos los no católicos se van al infierno. H. Denzinger recoge en sus textos lo que el mencionado Concilio dice:

"La Santa Iglesia romana [...] cree firmemente, confiesa y anuncia, que nadie, fuera de la Iglesia católica, ni pagano, ni judío, ni incrédulo, ni quien esté separado de la unidad tendrá parte en la vida eterna que, por el contrario, caerá en el fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles, si no se une a ella (a la Iglesia católica) antes de morir". Se trata de una doctrina clara y simple: "Fuera de la Iglesia no hay salvación".

Esta famosa formulación, que se remonta a San Cipriano, caracteriza el estado de ánimo dominante entre las autoridades eclesiásticas a finales de la Edad Media.

Y en nuestro siglo, ¿qué ocurre con esta famosa sentencia?, ¿cómo se aplica? En 1965, el Concilio Vaticano II, en su Constitución "Lumen gentiun", abre las puertas de la salvación a los fieles de todas las religiones, incluidos los judíos y los musulmanes, citados ambos expresamente, y a todos los ateos que "buscan a Dios con un corazón sincero", incluso sin saberlo. Respecto a estos últimos dice concretamente: "Este mismo Dios tampoco está lejos de otros que entre sombras e imágenes buscan al Dios desconocido, puesto que les da a todos la vida, la inspiración y todas las cosas, y el Salvador quiere que todos los hombres se salven".

Pero a pesar de las nuevas pautas marcadas, monseñor Escrivá insistía: "Fuera de la barca no hay salvación", expandiendo así la pastoral del miedo entre sus seguidores, y hasta conseguía despertar el terror al añadir que "para los que abandonan la Obra no apostaba ni una perra chica por la salvación de su alma". Y es que para el Padre, el hecho de negarse a su Obra era tanto como negarse a Dios, y quería dejado claro con sus rotundas palabras.

No voy a asegurar -aparte de que lo desconozco-, que todos aquellos que se han negado a la Obra lo hayan hecho por motivos valerosos y dignos, pero sí me consta que una parte considerable de los mismos lo han hecho precisamente por todo lo contrario a lo apuntado por Escrivá, es decir, que dieron ese paso vital y decisivo, sobre todo, por no negarse a Dios; por un sincero deseo de reafirmarse en el seguimiento de Aquel que dijo: "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida".

Tengo aquí delante (con el fin de transcribirte los que me parece son los párrafos claves), la carta de dimisión que una numeraria pionera envió al Padre en los comienzos de los años setenta y después de 30 años de militancia:

"Me siento parte de un sistema totalitario agobiante, en donde no es admitida la más pequeña objeción. El único camino es la aptitud de la aceptación total de las enseñanzas de la Obra y la docilidad más completa hasta en las cuestiones más intrascendentes. Me siento presionada con imposiciones ideológicas en temas triviales y sin ninguna importancia para mi vida interior. Y he sentido agobiada mi alma ante una dirección espiritual que no acepta la sinceridad de mis sentimientos: el desahogo espontáneo se considera murmuración; el pluralismo natural, falta de unidad; la palabra "grave" se usa para pequeños motivos, motivos que siempre son grandes cuando se refieren a la Obra, que dicen que es sagrada, férrea e intocable."

"Nunca entendí y siempre me desagradó el fanatismo sectario con que obligan a amar a la Obra y a su persona [se refiere a monseñor Escrivá, a quien dirige su carta]. No es que ese fanatismo se tolere; es que se fomenta en charlas, meditaciones, tertulias, etcétera. Se habla de la Obra hasta la exaltación; ella es el remedio para todos los males, la solución a todos los problemas, la milagrosa farmacopea para curar todo tipo de enfermedades."

"No comprendo la actitud que colectivamente se toma ante la Iglesia; por ejemplo, ante la renovación litúrgica, con críticas despectivas a toda nueva norma. En la Obra hemos llegado a practicar una liturgia propia, difícil de conjugar con el término tan manido de que "somos cristianos corrientes". Las críticas a la Iglesia y el Papa son constantes -yo lo he vivido en Roma con gran escándalo de mi parte-; se anatematizan formas apostólicas que la Iglesia orienta y aprueba y en todos los casos hay una falta de colaboración con esta Iglesia que es la mía, y algunas veces he dudado de que siendo del Opus Dei perteneciera a Ella."

"Tampoco he podido asimilar el concepto que se da de la virtud de la pobreza. No entiendo cómo la pobreza personal (tan arbitraria) puede vivir aislada de la pobreza colectiva, y cómo la pobreza de espíritu no pide la vecindad de la pobreza material. El que cada socio viva según la posición social en la que está colocado es un concepto muy elástico si no va unido a una verdadera exigencia de sobriedad. El sistema de vida burgués de las casas de la Obra, su numeroso y uniformado servicio, están desusados en la vida moderna y es una bofetada para las numerosas necesidades del mundo de los pobres."

"Para poner fin, quiero hablar del proselitismo y la obligación grave de ejercerlo. No dudo de la necesidad del apostolado, pero de un apostolado universal, de ayudar a las almas a conocer y a buscar a Cristo, pero sin caminos y lugares determinados; con respeto a la libertad personal para buscar cualquier lugar. y esto no lo he visto nunca en el Opus Dei."

¿Crees que puede decirse que al negarse a continuar en la Obra estaba negándose a Dios? ¿Quién se atrevería a asegurar infierno y condenación? Bueno, digo yo que asegurar condenación, para nadie, pero en este caso concreto aún menos.

El pensamiento de Karl Rahner -que expone en el "Petit dictionnaire de théologie catholique", es interesante e innovador en el tema que tratamos: "Por lo tanto -escribe Rahner-, el dogma del infierno significa lo siguiente: la vida del hombre está bajo la amenaza de la posibilidad real de un fracaso eterno, amenaza contenida en el hecho de que puede disponer libremente de sí mismo y que puede, por lo tanto, negarse a Dios".

Y ante este planteamiento me pregunto: ¿se realiza esta posibilidad en algunos hombres? Lo cierto es que no hay nada que nos pueda dar una pista a este respecto.

Personalmente entiendo el infierno, la condenación, no como un lugar al que se va a parar, sino como un estado, una situación. El hombre, la persona humana, no va a él como podría ir a la Luna; el hombre hace de su yo, paulatinamente, un infierno, lo mismo que un fumador o un drogadicto hacen del suyo, a pequeñas dosis, un desecho humano. Nadie puede negar que el mal existe. Partiendo de aquí, nadie puede afirmar que la situación infernal no existe. En cuanto a quien o quienes se encuentran en esta situación infernal, el "Dictionnaire de la théologie chretienne", Desclée de Bruwer, 1977, realizado por un equipo internacional de teólogos, puntualiza: "Hay que decir claramente que nadie puede afirmar que el infierno sea una realidad para tal o cual individuo determinado, sea quien fuere. Pero de ahí no se puede concluir que no hay condenados. Cuando no se sabe nada es imposible decir nada: ni que los condenados son numerosos, ni que no existe ninguno. Sólo conocemos con certeza una cosa: si no se combate enérgicamente el pecado, el infierno se hará una realidad en nosotros y por nosotros".

El infierno se construye, pues, por la persistencia en el mal, no por el hecho de estar dentro o fuera de una determinada barca. "El infierno es -añaden los mencionados teólogos- el descubrimiento trágico del inmenso alcance de los actos del hombre, de su carácter absoluto: de la extrema seriedad de la vida de cada hombre".

Con todas estas profundas y apaciguadoras reflexiones, podemos concluir afirmando que, dentro o fuera de una determinada barca, el hombre puede obstinarse en no amar. Esta posibilidad pienso que es precisamente la única que da una idea de la no salvación, del infierno.

Pero en la Obra, al socio que se plantea la posibilidad de cambiar de camino, porque de una u otra forma llega a descubrir que ése ya no es el suyo, en lugar de ayudarle a aclararse, le repiten las citadas frases del Padre, una y otra vez, para que las medite. Ni qué decir tiene que, en consecuencia, la mayoría de las personas que se salen de la Obra lo hacen hechas polvo. Psíquicamente, machacadas por las presiones a las que han sido sometidas; afectivamente, desamparadas, y materialmente, sin un duro -como vulgarmente se dice-. Para quienes tienen un trabajo -entre las mujeres era una minoría-, es cuestión de esperar a fin de mes hasta cobrar el primer sueldo y, seguidamente, apretarse el cinturón durante algún tiempo hasta verse un poco instalado. Sin embargo, a esta pura y dura realidad hay que añadir, que como no sólo de pan vive el hombre, al disidente, junto con el esfuerzo para empezar a funcionar lo antes posible como un ciudadano adulto y responsable, también le resulta fundamental entender y asumir lo que le ha ocurrido; es necesario que lo entienda para poder seguir viviendo y proyectando como le corresponde hacer a cualquier hombre completo. En esos momentos de cambio radical, es muy importante que el ex socio o disidente llegue a descubrir la universalidad de lo cristiano. Voy a intentar explicarme un poco más.

Mientras éramos del Opus Dei nos habíamos habituado, o mejor dicho, empeñado, en vincular el cristianismo con una determinada antropología, a base de identificado con ella -decir cristianismo era decir Opus Dei-, y esto es negar o quebrantar inconscientemente la universalidad de lo cristiano que, para un creyente es, precisamente, lo más decisivo del hecho cristiano. Al irte de la Obra te alejas de "una visión cristiana del hombre", que puede tener su valor y sus cualidades determinadas, pero no es "la visión cristiana del hombre". Y como ésa que dejas, existen otras "visiones" con distintas ideologías concretas que también tienen sus valores y cualidades humanas, y que algunos de sus enfoques, quizá coinciden más con tu manera de ser.

El fracaso asumido, el desengaño superado, la adversidad integrada nos hace menos monolíticos, más comprensivos, menos rígidos, más flexibles, más capaces de ir descubriendo la contradicción que es el hombre, que es pecador y justo a la vez, y que esta contradicción se deja ver en nuestros actos. Se trata de todo un proceso que nos lleva a constatar que no se puede totalizar la existencia de nadie sin castrar una dimensión muy humana -la personal-, cuya ausencia acaba, a la larga, por deshumanizar.

El desengaño, el fracaso, nos ayudan a tomar conciencia de nuestras limitaciones, por un lado, y de nuestra capacidad de superarlos, por otra.

Pecadores-justos, culpa-gracia-, materia-espíritu, necesidad-gratuidad. La fe auténtica consiste en creer que esa superación de la contradicción es posible; la esperanza nos pone en marcha apuntando a la superación y, finalmente, el amor cristiano lo vivimos cada vez que superamos una contradicción concreta, eso sí, con conocimiento de que la contradicción no la vamos a superar nunca de forma definitiva. Ése es el único camino que conduce a la plenitud humana. Como contradicción no resuelta somos proyectos, la plenitud sería la plena coincidencia consigo mismo: la identidad entre mi realidad y mi verdad, en definitiva, la plena armonía consigo mismo.

Después de vivir un tiempo -y supongo que más si se vive mucho tiempo- en un sistema de corte totalitario como es el Opus Dei, en el que la formación de sus masas, cada vez consiste más en su "así, sí; así, no", en el que todo está preestablecido y normalizado y el individuo no tiene más que asentir, se te puede acabar olvidando esa contradicción que somos; que maldad y bondad son la entraña misma del ser humano y que es necesario saberlo para poder actuar con conocimiento, sin quedarnos atascados en el desencanto, en las consecuencias del fracaso no asumido.

El desengaño es una constante en la historia de la humanidad y sus realizaciones concretas: los profetas de Israel se desengañaron de la revolución del Éxodo, Hegel se desengañó de la Revolución francesa, la teología de la liberación se muestra desengañada de la revolución de la Ilustración, la generación moderna se desengaña de la revolución tecnológica, los militantes del Mayo del 68 se desengañaron de la Revolución rusa o china y un montón de bautizados formados en el conocimiento de Jesucristo se muestran desengañados de su propio grupo cristiano y hasta de la Iglesia misma. Y es que, como acaba diciendo el teólogo González Faus: "El hombre parece el ser de los proyectos divinos y de las realizaciones demoníacas".

Tal vez por eso el desengaño es también una constante del hombre. Pero para el creyente, junto al desengaño, surgirá la ilusión siempre renaciente y siempre prometedora.

Pienso que el creyente verdadero, pase lo que pase, siempre va a poner más acento en los niveles de gracia y de responsabilidad que en los de fuerza y fatalidad. "No hago el bien que quiero sino el mal que no quiero, eso hago", decía San Pablo. Y si esa contradicción es el ser humano, ¿por qué a veces el hombre utiliza las dimensiones absolutas de su ser para absolutizarse a sí mismo? ¿Por qué su referencia al infinito la utiliza el hombre para construir ídolos?

Asumir nuestra contradicción es asumir nuestra verdad humana, y se puede asumir con optimismo y con pesimismo. Ambas posturas son válidas, pero se vuelven falsas y condenables en la medida en que se hacen exclusivas y excluyen a la otra, no cuando meramente afirman su propia verdad.

Esta teoría se la oí exponer por primera vez, al profesor González Faus, y me resultó muy válida para aclararme en aquellos tiempos en que hacía poco que había dejado la Obra y me encontraba confusa y en situación de desamparo.

Ni pesimismos exclusivistas ni optimismos unilaterales. Pero el creyente -decía el mencionado profesor-, si asume la contradicción hasta el fondo, se encontrará con que el optimismo tiene la última palabra. El hombre sueña y va fracasando en sus sueños, pero también siempre va avanzando a través de sus fracasos, vigorizado con su propia superación. Así vamos adquiriendo una lúcida esperanza que no nos dejará caer ni en la sumisión del escéptico ni en la ilusión del fanático. La esperanza lúcida se opone a la desesperación del primero y a la presunción del segundo, a la abdicación de uno y al mesianismo del otro.

La esperanza lúcida nos lleva a entender que en la vida no existe situación definitivamente cerrada, en la cual no quepa hacer nada. Esta esperanza nos dice que, si bien nunca será posible hacerlo todo, siempre será posible hacer algo. Al abrir los ojos a la realidad sin más y al negamos a abrirlos más a la luz artificial de cualquier ideología o sistema de consuelo, siempre descubrimos algo por hacer, algún obstáculo por superar, y cuando lo has superado, surge otro obstáculo nuevo, y otro. Pero esto no significa que no se haya avanzado nada, y menos que se haya retrocedido. Para nosotros, lo auténticamente cristiano no es desear la vuelta a Egipto, pero menos aún, dar por concluida la marcha. Lo nuestro ha de ser perseverar en el seguir caminando al ritmo y constancia que nuestra resistencia permita. Y este caminar no presupone siempre una aceptación del camino ya hecho, o que no se puede dejar el camino en que se está para transitar por otro. La marcha por el desierto incluye idas y venidas, pérdidas de rumbo y vueltas a comenzar.

Lo importante es, efectivamente, la perseverancia en el caminar; seguir andando.

En tu última carta me preguntabas si, a pesar de todos los pesares, me considero una persona de suerte. Como hoy cuento con tiempo libre, voy a aprovechar para contestar a tu pregunta con un cuento que contaba el jesuita -profeta, maestro y guru- Tony de Mello: "Una historia china habla de un anciano labrador que tenía un viejo caballo para cultivar sus campos. Un día, el caballo escapó a las montañas. Cuando los vecinos del anciano labrador se acercaban para condolerse con él y lamentar su desgracia, el labrador les replicó: "¿Mala suerte? ¿Buena suerte? ¿Quién sabe?". Una semana después, el caballo volvió de las montañas trayendo consigo una manada de caballos salvajes. Entonces los vecinos felicitaron al labrador por su buena suerte. Éste les respondió: " Buena suerte? ¿Mala suerte? ¿Quién sabe?". Cuando el hijo del labrador intentó domar uno de aquellos caballos salvajes, cayó y se rompió una pierna. Todo el mundo consideró esto como una desgracia. No así el labrador, quien se limitó a decir: "¿Mala suerte? ¿Buena suerte? ¿Quién sabe?". Unas semanas más tarde, el ejército entró en el poblado y fueron reclutados todos los jóvenes que se encontraban en buenas condiciones. Cuando vieron al hijo del labrador con la pierna rota, lo dejaron tranquilo. ¿Había sido buena suerte? ¿Mala suerte? ¿Quién sabe? Todo lo que a primera vista parece un contratiempo puede ser un disfraz del bien. y lo que parece bueno a primera vista puede ser realmente dañoso. Así pues, será postura sabia que dejemos a Dios decidir lo que es buena suerte y mala, y le agradezcamos que todas las cosas se conviertan en bien para los que le aman".

"A nosotros sólo nos toca, en la seriedad de nuestra conciencia y dentro de los límites de nuestra esfera de acción, aproximarnos en lo posible a lo que mejor nos parezca en cada opción, dejándole a Dios que cambie la mala suerte en buena con su sabiduría y providencia."

Tony de Mello concluía así su cuento:

"Y la enseñanza de esta historia universal parece ser que no tenemos que tomar en serio nuestra vida, nuestras decisiones, nuestros fracasos o éxitos, ni siquiera nuestras caídas morales o nuestros piadosos méritos. Sigamos haciendo lo que vamos haciendo, siempre con alegría y despreocupación, y todo saldrá bien al final. ¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¿Quién sabe?" [TONY DE MELLO, "Ligero de equipaje", p.96].

Como te decía líneas arriba, lo importante es la perseverancia en el caminar; seguir andando.

La adversidad asumida

Muestras un gran interés por conocer la explicación que me daba a mí misma después de la ruptura, y las explicaciones que daba a los otros cuando, con más o menos tiento, me preguntaban.

La verdad es que al principio no me gustaba nada hablar del tema; estaba demasiado dolorida, y procuraba que no me lo sacaran a relucir. En lo que se refería a mí misma, la cuestión estaba clara: había tenido un fracaso -adversidad, revés, equivocación- y tenía que asumirlo. El poner los medios a mi alcance para profundizar en lo que es el fracaso en sí, me ayudó a conseguirlo. El hombre es esencialmente un ser forjador de proyectos, es decir, un ser que se propone fines. El hecho de no alcanzar los objetivos que persigue representa para el hombre sufrir un fracaso.

Todos nuestros proyectos nacen del hecho básico de que cada uno de nosotros somos un proyecto. Cada uno de nosotros tenemos unas u otras intenciones, de tal modo que los fracasos se relacionan con las intenciones que tenemos. El fracaso se trata de una determinada intención, aspiración o empresa humana que, por una u otra razón, no logra su propia plenitud, es decir, un objetivo determinado no llega a ser alcanzado.

Para hablar realmente de éxito o de fracaso hace falta distinguir entre nivel de expectación -lo que el sujeto estima poder lograr- y el nivel de aspiración -el ideal al que se apunta-, y más importante que estos niveles es la resonancia personal que el éxito o el fracaso provoca en cada individuo. Por lo general, el nivel de aspiración se eleva tras el éxito y desciende con el fracaso; el triunfador se crece y el derrotado pierde la confianza en sí mismo.

Las cosas, sin embargo, no son tan sencillas, ya que también ocurre que una voluntad fuerte se endurece en el choque con los obstáculos, mientras que una voluntad débil se adormece con el éxito. Lo cierto, de cualquier forma, es que éxito y fracaso aparecen como reguladores de las acciones venideras, y más aún el fracaso que el éxito. El éxito, en cuanto no hace más que confirmar la justeza de nuestras intenciones, no nos enseña nada, mientras que el fracaso, al obligarnos a tomar en consideración otra hipótesis, a efectuar otros intentos, es más fecundo.

Aquí está la clave de la cuestión: el fracaso se hace fecundo siempre que el sujeto reaccione, es decir, ponga en marcha el dominio y la capacidad de control de sí mismo.

El filósofo francés Jean Lacroix afirma que el fracaso sólo existe como posibilidad para un ser que acomete alguna tarea, para un ser dotado de iniciativa. Un barco que encalla en un banco de arena y no puede surcar de nuevo los mares, y un hombre que acaba de encallar en una situación degradante tras muchos esfuerzos infructuosos, han perdido igualmente toda iniciativa. No pueden hacer otra cosa que soportar su destino; son incapaces de enfrentarse a los acontecimientos [JEAN LACROIX, El fracaso, cap. 1 y 2.].

La noción de fracaso, tal y como señala Lacroix, está ligada a la de enfrentamiento, y el fracaso definitivo no es sino la imposibilidad de toda iniciativa, la pérdida de toda capacidad de enfrentarse a la realidad. El fracaso tiene un carácter eminentemente personalista; se refiere siempre a la persona -o al que se asimila a la persona-, y la persona es alguien que se distingue por su poder de recuperación, de recobrar el dominio de sí mismo, alguien capaz de reanudar, de continuar su proyecto vital a partir de cualquier interrupción del mismo. La persona, en suma, es algo que jamás puede encallar, quedar totalmente embarrancada en ningún lugar. El fracaso -la frustración, la adversidad, el revés- es precisamente, casi siempre, la fuente de estas recuperaciones de la persona, la ayuda para adaptarse y readaptarse poco a poco a sus tareas.

Recuerdo que, en el duro final de la etapa de ruptura, ponía todos los medios para no dejarme comer la moral por todas las máximas que nos habían repetido hasta la saciedad. También procuraba ser lo menos explícita posible con los directores, pues sabía bien que quienes gobernaban, debían encargarse activamente de procurar el deterioro, el cansancio e incluso el desequilibrio psíquico del sujeto que se quería ir.

"Es la hora de ser valiente -me decía-, de sacar fuerzas de flaqueza. Reza, escucha tu voz interior y actúa en consecuencia." También me animaba recordándome que lo que a mí me estaba pasando era algo que, de una u otra forma, sucede alguna vez a todo el mundo a lo largo de su vida. Y no andaba descaminada, porque con un mínimo de instinto de observación, podemos constatar que en toda existencia humana, un día u otro, la adversidad acaba por llegar, obligándola a superarse, a sobrepasar sus propios límites.

Ante el fracaso, que inevitablemente llega -y después uno se da cuenta de que es bueno que llegue-, caben tres actitudes diferentes: volver a empezar el mismo acto pura y simplemente; rehacerlo pero con modificaciones; abandonarlo, renunciando a la satisfacción que podía procurarle, y aplicar el esfuerzo a otra empresa. Yo opté por esta tercera postura, pero después de haber intentado, reiteradamente, la primera y la segunda.

Expuesto así, en esquema, tal y como te lo estoy contando, parece que la cuestión es sencilla; fácil la elección y llevadera la tarea a realizar. Pero cuando uno es tocado por el fracaso se encuentra sin fuerzas, se siente presa de un malestar generalizado que se traduce en múltiples sensaciones de angustia, pesadumbre, tristeza y consternación.

Hace relativamente poco tiempo, me contaba una ex numeraria, que antes de tomar la decisión definitiva, se pasó varios meses vomitando todo lo que comía. Otra ex numeraria -compañera de profesión-, a la que conocí en un viaje de trabajo hace algunos años, me dijo que cuando dejó el Opus Dei pasó un año entero como una zombi, hasta que consiguió volver a ser ella misma.

El malestar que produce el revés, la adversidad, en ese doloroso proceso de conseguir asumirlo, puede entorpecer, impedir, Y en el peor de los casos hasta destruir, de manera momentánea y en alguna ocasión hasta definitiva, la capacidad de acción. Es decir, que la reacción de fracaso puede transformarse en comportamiento de inadaptación, rechazo y pasividad.

Importa mucho recordar que, ante cualquier situación complicada con el fracaso, es necesario poner todos los medios para hallar una nueva adaptación. Si uno no es capaz de encontrarla, se produce un movimiento de marcha atrás, es decir, una repetición de actos anteriores sin relación con la situación presente, produciendo una especie de desorden orgánico generalizado.

Pero no hay que perder de vista que el fracaso es la gran oportunidad para readaptarse y progresar. Tampoco debemos echar al olvido que todo fracaso humano implica un descenso o degradación a escala social y, correlativamente, en el interesado, una desvalorización de la propia estima; son puntos muy importantes a tener en cuenta en la etapa de la readaptación.

Finalmente, no puedo dejar de recordar que el fracaso es el problema existencial por excelencia. Se trata de una prueba que, como toda prueba, debe ser superada.

A partir de aquel sonado fracaso -tal vez es más exacto hablar de adversidad o revés-, me he ido haciendo -poco a poco- a contentarme con lo que llega; rechazo menos y acepto más, deseo menos y disfruto más de lo próximo, de lo asequible.

¿Me he vuelto conformista?, ¿me he hecho más humilde? Creo que más bien va por ahí la cosa. A partir de entonces capto más aquello de imitar a los pájaros del cielo y a los lirios del campo. Me siento más preparada para aceptar lo que viene y despedir lo que se va. También he aprendido a ahondar en el valor de la paciencia:

"El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó...", decía Job.

Dejar que las cosas vengan y dejar que se marchen. Dejar que corra el agua, que sople el viento, que la melodía fluya sin obstáculo.

Me noto más suelta, menos aferrada a todo. Pero no te preocupes, volar, no vuelo. Aún no me han crecido las alas como para "vivir sin vivir en mí", ni para "volar tan alto, tan alto...", ni para poder decir el "muero porque no muero". Todavía me encuentro a ras del suelo.

Continúo en el intento de irme haciendo cada vez un poco más libre, más humilde, más verdadera. Más atenta a lo real, más lejos de sucumbir a engaño, más preparada para asumir la vida como propia; más capaz de llevar a puerto el barco echado a mar abierta -a golpe de vientos favorables, unas veces; de esperas fatigosas, otras-. Me encuentro mejor dispuesta a remar cuando el viento se para y a vencer la resistencia de las aguas. Más a punto para llevar una existencia realista y esforzada, sin gastarla más en dar figura de realidad a lo que tal vez fue fantasía ingenua y desmesurada. Estoy más aclarada y esclarecida. Con muchos deseos rotos contra el suelo de la realidad. Aceptando límites, consciente de mi finitud, consciente de mis limitaciones pero más despierta hacia lo ilimitado: límite y trascendencia del límite.

Desde entonces me encuentro más cerca de las palabras que Cervantes puso en boca de don Quijote: "...Con la mirada puesta en lejanos horizontes, con la existencia consumida en minucias".

Vencer el miedo

En más de una ocasión me has preguntado por qué hay tanta gente, que después de haber salido de la Obra, no quiere ni oír hablar del asunto. Ante la curiosidad de los de fuera, la mayoría se escabulle, y sólo una aplastante minoría manifiesta sinceramente su temor a las posibles represalias por parte del Opus.

Efectivamente, muchos ex socios tienen miedo a hablar. ¿Por qué? M. del Carmen Tapia lo explica así en su autobiografía: "¿Cuál es la razón de que hombres y mujeres que salieron del Opus Dei tengan miedo a decir la verdad de lo que vieron, oyeron y, en muchos casos, sufrieron? Hay gente casada que teme que sus hijos puedan sufrir alguna afrenta del Opus Dei y guardan "silencio" sobre aquellos años de su vida, incluso ruegan que su nombre no salga a la luz porque miembros de su familia que son del Opus Dei se apartarían de ellos para siempre".

También ese miedo generalizado llama la atención a Xavier Goriz Muguerza, cuando escribe: "El miedo es el arma que esteriliza y mata. Miedo impresionante en los que han pertenecido al Opus y miedo en los que, sin haber pertenecido, lo sienten como una amenaza terrible. Y así, por el miedo, unos y otros, dominados. Y la apisonadora del Opus sigue adelante arruinando sueños, logros y esperanzas y quebrando la credibilidad que la Iglesia había comenzado a recuperar después del Concilio" [ESCRIVA DE BALAGUER, ¿mito o santo?, Prólogo de Xavier Goriz Muguerza, p.14.]

"Está por demostrar -añade Goriz Muguerza-, si el cacareado miedo ante el Opus no se vendría abajo si, en lugar de temblar y someterse, se le plantara cara, firme y colectivamente. El miedo y la oscuridad no resisten la transparencia y la publicidad, pero para ello hay que salir de la complicidad y lanzarse a defender coherentemente lo que es hoy un servicio urgente de amor a la Iglesia y de su rescate frente al neoconservadurismo."

Sólo quienes han superado el miedo se atreven a hablar abiertamente y con toda libertad. Supongo que ésa puede ser la razón por la que la Obra pone un especial empeño en fomentado en quienes están a punto de abandonarla: quien tiene miedo permanece atado y mudo. Para ser libre no hay más remedio que superarlo; liberarse de sus garras.

El maestro espiritual Krishnamurti advierte que la voz del miedo embota la mente y la torna insensible. Cuestionando que el ejercicio de la voluntad pueda eliminar los efectos debilitadores del miedo, el maestro oriental sugiere que únicamente la comprensión fundamental respecto del origen de todo miedo, puede liberar nuestras mentes. Para ello, el primer paso que propone es mirado de frente:

"¿Podemos mirar nuestro miedo? -pregunta-. No sólo nuestros temores físicos, sino los de la pérdida, los de la inseguridad, el miedo de perder a nuestros hijos, ese sentimiento de inseguridad que existe cuando hay divorcio; el miedo de no poder lograr algo, etcétera. Existen distintas formas de miedo. Miedo a no ser amados, miedo a la soledad, miedo a lo que ocurre después de la muerte, miedo al cielo y al infierno... ¿Puede uno despertar toda la estructura del miedo? ¿Despertar no sólo los temores conscientes, sino también los miedos que se han juntado en los inconscientes, sombríos escondrijos de nuestro propio cerebro? ¿Podemos hacer eso?" [KRISHNAMURTI, Sobre el miedo, p. 126].

Krishnamurti considera que el paso clave para que el miedo cese es la comprensión de nosotros mismos: "El miedo empieza y termina -dice- en el deseo de estar seguros: seguridad interna y seguridad externa, con el anhelo de certidumbre, de permanencia. Nuestro eterno clamor es por encontrar la seguridad y sentirnos a salvo. Esta insistente exigencia es la que da origen al miedo. [...) La comprensión de nosotros mismos es el despertar y la cesación del miedo [...] "y cuando el miedo cesa, también cesa el poder de engendrar vana ilusión, mitos y visiones con su esperanza y desesperación, y sólo entonces comienza un movimiento que va más allá de la conciencia. [...]Entonces, cuando existe ese vacío total, cuando no hay absoluta y literalmente nada, ni influencias ni valores ni fronteras ni palabras, entonces, en esa completa quietud del tiempo-espacio, existe aquello que es innominable."

Este estado se puede conseguir con la profundización, la oración auténtica, la meditación: "La meditación derriba las fronteras de la conciencia; desbarata el mecanismo del pensamiento y del sentimiento que éste despierta. [...] La meditación es la llama que arde intensamente sin dejar cenizas" [KRISHNAMURTI, Sobre el miedo, p. 137 y 138].

Para finalizar, Krishnamurti asegura que el miedo se pierde definitivamente cuando se renuncia a todo anhelo de poder (el poder del dinero, de la posición, de la capacidad, del conocimiento). No sólo el político, sino el hombre de ciencia, el ermitaño y el ama de casa, a su manera, buscan el poder. Todos desean estar asociados con el poder divino o el mundano. Poder acompañado de ambición, éxito, competencia, envidia, miedo... Sólo negando el poder vencemos el miedo: "Negar el poder en todas sus formas -dice- es el principio de la virtud; la virtud es claridad, elimina el conflicto y el dolor. [...] Uno debe descartar de modo completo y total, el poder y el éxito. Entonces ya no hay más miedo y surge una gran energía".

Tal vez esta energía fue la que impulsó a M. del Carmen Tapia a expresarse a tumba abierta y a finalizar su autobiografía diciendo:"No puedo aceptar a estas alturas ser "silenciada" por el Opus Dei, aun a riesgo de que intenten destruirme, porque creo en la defensa de la libertad espiritual y en la de los derechos humanos."

Ojalá otros muchos sean capaces de superar el miedo -unos pocos ya lo han hecho- y hacerse con esa energía interna que lleva a hablar abiertamente y con toda libertad. Que lleva, en definitiva, a servir a la verdad.

Dejar que el espíritu sople

Te han contado que quienes se van de la Obra, como suele ocurrir también a los que rompen con cualquier otro grupo o institución que implica a la totalidad de la persona, se suelen volver abiertos opositores o escépticos rotundos, que no confían en nada, no se fían de nadie y pasan de casi todo. No sé quien te habrá dado una versión tan simple y generalizada. Puedo hablarte de mi caso y de otros casos concretos que he vivido de cerca y, desde luego, no coinciden con lo que me dices; no encajan en esos dos casilleros que apuntas.

Cuando me fui de la Obra tenía clara conciencia de que no era bueno aislarse y que, por tanto, había que conectar con otras gentes, con otros colectivos cristianos. Y es que el hecho de que la vida religiosa se viva en grupo, y no sólo individualmente, tiene un profundo significado teológico. Es un modo de superar el yo egocéntrico y, por lo tanto, una de las mediaciones de la aceptación de un Dios mayor que la propia subjetividad. Es la expresión de la ley cristiana fundamental del "llevar y ser llevados". Y que el grupo sea apostólico significa la ley del excentricismo de la fe cristiana: sólo fuera de uno se encuentra el propio centro; sólo en el hacer el hogar del mundo se puede edificar la propia casa.

Por otra parte, he de añadir que si algo nos caracterizó a la generación de jóvenes de finales de los sesenta fue nuestro idealismo; tanto los más locos como los menos queríamos cambiar el mundo y vivíamos intensamente sueños y utopías de las que a vosotros -generación de los noventa- ya no os caben en la cabeza porque habéis nacido sabiendo que son irrealizables.

Vuestro entorno es, fundamentalmente, conformista y pragmático, mientras que el nuestro era radicalmente inconformista e idealista. Crecimos en un tiempo en que los ideales todavía significaban algo; cuando había algo por qué luchar y el futuro se veía rosa, cuando no pocos creíamos que la "mágica ciudad" podía ser construida en los años por venir. Es del todo cierto que, como decía P. Neruda, caminábamos provistos de "una valiosa carga de locura irreflexiva, que quería emplearse, extenderse, estallar". En fin, creo que me he picado un poco con lo que me dices en tu última carta, ya que en mi generación lo del escepticismo no estaba a la orden del día.

Y pasando ya al tema que hoy iba a ser el centro de atención -íbamos a hablar del "soplo del Espíritu"-, como habrás podido comprobar a lo largo de nuestra correspondencia, a pesar de estar rodeada de este apasionado y apasionante entorno, yo no era el prototipo de rebelde a toda autoridad; ni una feroz individualista ni una decidida iconoclasta. Desde una postura de entrega ilusionada a mis ideales, insistía en el derecho a formarse una opinión propia y a la libre expresión de la misma, es decir, estaba dispuesta a dejarme llevar atada a una correa, sólo pedía que la correa fuera más larga. Necesitaba exponer mis críticas y manifestar los leves soplos del Espíritu que sentía; no podía ajustarme en exclusiva a un modelo ni pretendía ser modelo para nadie.

Una y otra vez me preguntaba: si el Espíritu sopla donde quiere, ¿por qué tanto empeño en no dejar a Dios en libertad?

Pero como a los que mandaban en la Obra les daba pánico las consecuencias imprevisibles de esta convicción, ponían todos los medios para legalizar, planificar y señalizar la acción del Espíritu. El dominico francés, Christian Duquoc, expresa bien lo que quiero decir cuando escribe: "Lo llamamos "creador" y resulta que lo mandamos de pensionista a que resida en la Iglesia católica. Creemos que es "libre" y resulta que fijamos límites a su iniciativa. La simbólica trinitaria nos manifiesta a Dios como "abierto". La Iglesia no tiene la finalidad de imponer como algo universal y divino su legalidad, su estructura y su historia particulares, sino atestiguar con su práctica el movimiento siempre nuevo de Aquel a quien confiesa como su Dios" [CHRISTIAN DuQuoc, Dios diferente, p. 117.]

Un Dios secuestrado, cautivo. ¿Cómo va a ser Dios propiedad de un grupo? Imponen órdenes y mandatos en su nombre, invocan su autoridad a tiempo y a destiempo, le hacen intervenir según conviene a sus intereses; muchas veces limitados intereses. Pero, ¿no será Dios diferente de la imagen que trazan de Él muchos discursos eclesiásticos?, se pregunta el profesor Duquoc, -y con él yo también me lo preguntaba y me lo pregunto-, y responde: "Hace dos mil años surgió alguien que se atrevió a hablar libremente de Él: Jesús. Los especialistas en religión lo trataron de blasfemo y fue ejecutado por haber osado comprometer a Dios en situaciones y decisiones indignas de su gloria. Después de aquel asesinato nadie puede preguntarse sobre Dios, nadie puede negarle o confesarle en occidente sin recordar a aquel que atacó nuestras imaginaciones y nuestras prácticas religiosas.

"La muerte de Jesús no fue la última palabra; Él vive desde entonces por el Espíritu. Preguntarse sobre Dios es entrar en un movimiento en el centro del cual la figura de Jesús nos orienta hacia esas dos figuras misteriosas que, desde los tiempos de la iglesia primitiva, nombran los cristianos en su oración: el Padre y el Espíritu. Preguntarse por Dios no puede ser solamente describir cómo Jesús libera de los ídolos, sino también esforzarse por establecer cuál es la nueva figura de Dios que él evoca en la doble relación que suscita con aquel a quien llama Padre y con aquel que da a los que le confiesan como Cristo: el Espíritu" [CHRISTIAN DuQuoc, Dios diferente, p. 10.]

Con todo esto que te cuento, quiero decir que ante un desengaño concreto no hay por qué tirar la toalla definitivamente. Los fracasos, como ya te he dicho en otras ocasiones, hay que asumirlos; los obstáculos son para superarlos, y tras una caída hay que levantarse para seguir caminando. Entonces, más que nunca, es preciso volver a las fuentes; meterse de nuevo en los Evangelios y dejarse orientar por la vida y la luz de Jesús, por sus enseñanzas de fe, esperanza y amor.

El peligro de quienes han militado en una "institución total" -y retorno el tema que me planteabas al principio de esta carta-, no es tanto la abierta oposición como el desapego; la indiferencia frente a Dios, un cierto pasotismo o simple escepticismo. Las palabras que Merlau-Ponty escribió hace casi medio siglo pueden servir de ánimo, de impulso a quienes se sienten tentados a caer en la apatía o la indiferencia: "No se mantiene la encarnación con todas sus consecuencias. Los primeros cristianos, después de la muerte de Cristo, se sintieron abandonados. [...] Es que adoraban al Hijo en el espíritu de la religión del Padre. No habían comprendido todavía que Dios estaba con ellos para siempre. Pentecostés significa que la religión del Padre y la religión del Hijo tienen que cumplirse en la religión del Espíritu; que Dios no está ya en el cielo, que está en la sociedad y en la comunicación de los hombres, en todos los lugares en que los hombres se reúnen en su nombre". [MERLAU-PONTY, Sens et non-sens, p. 169 y p.

Jesús demostró con su acción que el Dios a quien invoca como Padre no es un Dios que oprime, sino un Dios que libera. Ataca a la sinagoga porque ha encadenado a Dios. Jesús le devuelve la libertad; considera fundamental poner en claro que a Dios se le honra en donde se hace libres a los hombres.

Y, volviendo a lo que me planteabas últimamente, tengo que añadir que no me he vuelto una escéptica rotunda ni una opositora sin más; que continúo teniendo fe y esperanza en el mensaje liberador del amor, y tal vez por eso me cuesta creer que una mujer de nuestro tiempo, con la mente clara y decidida a ser honesta, pueda perseverar allí dentro. Lo que sí es cierto es que hay gente crítica pero muy vulnerable, y este tipo de persona sí es fácil que quede anclada. En mi tiempo de militancia tuve ocasión de conocer a personas que me parecían maravillosas, y al cabo de pocos años las vi convertidas en oficinistas secas y quisquillosas, forzadas a vivir en un grupo cerrado y desconectado de cuanto ocurre fuera del mismo. La gente viva y crítica no ha de dejarse absorber y destruir para convertirse en seres fosilizados y endurecidos como madera muerta y sin savia.

Me viene a la cabeza la imagen de una de las protagonistas del "Cuaderno Dorado" de Doris Lesing, Anna, una joven inglesa perteneciente a la primera generación de militantes del Partido Comunista de la posguerra mundial, que, decepcionada del mismo, está pensando en abandonarlo.

Primero se siente dominada por una profunda sensación de impotencia: sabía que era preciso cambiar de marco pero no lo hacía. Miedo, pereza, letargo, debilidad, sobre todo la debilidad hace que nos retengamos en una situación durante más tiempo del que deberíamos.

Anna piensa en alto: "La razón por la que no salimos del Partido es que no podemos soportar la idea de despedimos de nuestros ideales por un mundo mejor. Se trata de un argumento muy manido: el Partido es el único capaz de mejorar el mundo... Y lo seguimos repitiendo a pesar de no creer ya en nada parecido. Otras personas continúan inscritas por un indefinido deseo de totalidad, de querer terminar con esa forma de vida dividida, fragmentaria e insatisfactoria en que todos estamos sumidos. Sin embargo, permaneciendo allí la división se agranda, al estar en una organización en la que constantemente la teoría y la práctica se contradicen: una cosa es lo que se dice y otra lo que se hace. Otro argumento para la permanencia es la necesidad de creer en algo; una necesidad imperiosa. También el estar allí dentro es una forma de encontrar un sentido a la vida y de huir del miedo a enloquecer a solas. Finalmente, las hay hartas y asqueadas pero después de tantos años salirse sería como abandonar toda su vida: aquello es su familia".

Y Anna, una vez que se ha atrevido a dar el paso decisivo, dice: "Al analizar los acontecimientos ya pasados, no siento nostalgia pero sí sigo sintiendo una especie de dolor. A pesar de los pesares tenemos que conservar el sueño -me digo a mí misma-, de la bondad, de la caridad. ¡Hay que tener fe!, no caer en la parálisis de la voluntad".

Cuando tomas la determinante decisión de apuntar para otro lado, es necesario poner atención para no aborrecer todo aquello que abandonas y considerarlo, sin más, como una etapa de la vida ya superada. Me gusta el testimonio que Raimundo Pániker -como ex socio numerario y sacerdote del Opus Dei da en el libro de Alberto Moncada Historia oral del Opus Dei:

"Consideré mi entrada en la Obra como una iniciación. Y una iniciación es un punto de partida, una puerta y no una meta [...]. Empezó por ser un grupo más o menos carismático con un ideal evangélico muy puro y elemental que, lentamente, a raíz de las circunstancias por una parte, y de lo que estaba latente en el espíritu del fundador, se fue convirtiendo en lo que sociológicamente se llama una secta, sin que ello signifique un juicio negativo" .

Pero las personas que se van de la Obra -ya lo hemos comentado-, se suelen ir con el corazón destrozado. Y ocurre que, desde la desolación es posible volverse amargo, rebotado y hasta cínico; llenarse de cinismo en la misma medida en que fueron leales e inocentes. Para quien no se había hecho demasiadas ilusiones, es más fácil mantenerse en calma y dispuesto a volver a empezar, aceptando el hecho de que se libera de un medio que ya le queda estrecho. Pero para unos y otros -más ilusos y menos ilusos-, la nueva consigna ha de ser reconsiderar, a fondo, su propio vivir cristiano, conscientes de que han abandonado la seguridad de los mitos y que caminan hacia adelante más solos y más abiertos a todo, con un material íntimo y doloroso, que en la medida en que uno sea capaz de trabajado, le irá convirtiendo en una persona más libre y más fuerte.

Veintitantos años después

Quieres saber cómo veo hoy el fenómeno Opus Dei, cuando han pasado más de 20 años desde que dije adiós a todo eso. ¿Ha habido cambios importantes? ¿Es cierto que esta institución se ha convertido en la mano derecha del actual Papa?, me preguntas.

Lo primero que se me ocurre responder es que es muy difícil que el Opus Dei cambie, y más difícil lo será si el Fundador llega por fin a subir a los altares, ya que si esto sucede, la Iglesia se verá incapaz de poner veto a la Obra y sus métodos, puesto que con su actitud estará ratificando la doctrina de esta institución que se define como rotundamente inmovilista: "Nunca, para la Obra, habrá problemas de adaptación al mundo -dice Escrivá en la Carta "Res Omnes"-; nunca se encontrará el Opus Dei en la necesidad de plantearse el problema de ponerse al día. Dios ha puesto al día a su Obra de una vez para siempre, dándole esas características seculares, laicales, que os he comentado en esta carta". Y las llamadas Instrucciones abundan en la misma idea al afirmar: "Nosotros no hacemos una obra humana por ser nuestra empresa divina y, como consecuencia, no está en nuestras manos ceder, cortar o variar nada de lo que al espíritu y a la organización de la Obra de Dios se refiera". También he de decirte que en el transcurso de todo este tiempo no he tenido contacto directo con la Obra, y lo que he ido sabiendo de su transcurrir cotidiano ha sido por los medios de comunicación o por lo que otros me han contado -sobrinos míos e hijos de amigos y conocidos son ex alumnos y alumnos de colegios del Opus-. En cuanto al lugar que ocupan en el contexto actual de la Iglesia, creo que sí tengo una idea más o menos clara.

Volviendo la vista atrás, podemos observar que, a lo largo de los años sesenta, el vínculo entre la religión y el orden secular se iba alejando más y más, hasta un extremo que la Iglesia consideró preocupante -de este asunto ya hablamos extensamente hace algún tiempo-. Para remediar lo que se entendía como indiferencia del rebaño hacia los pastores de la fe, muchas instituciones eclesiásticas se esforzaron por adaptar sus propósitos a los valores modernos de la sociedad. La empresa de mayor envergadura fue el Concilio Vaticano II y el "aggiornamento" o "puesta al día" de la Iglesia que fue su consecuencia. A partir de los comienzos de los años setenta, comencé a hacerme consciente, como tantos otros, de que en la institución en la que militaba el proceso empezaba a revertirse, de que un nuevo discurso religioso iba tomando forma y comenzaba a pisar cada vez más fuerte: ya no se trataba de adaptarse a los valores seculares sino de devolver el fundamento sacro a la organización de la sociedad, cambiándola si era necesario. Este discurso propone la superación de una modernidad fallida a la que se atribuye los fracasos y las frustraciones provenientes del alejamiento de Dios. Ya no se trataba del aggiornamento, sino de cristianizar la modernidad. [GILLIE KEPEL, La revancha de Dios, cap. 1, p. 13 y siguientes].

Lo que se manifiesta en la Obra a partir de la década de los setenta, ¿se puede situar en este contexto de descalificación global de la modernidad? ¿Trata de convertirse en un gran ejército o comunidad de creyentes que rompa de lleno con los usos "mundanos" y ponga cotidianamente en la práctica los preceptos del dogma? Pilar Urbano, última biógrafa oficial de monseñor Escrivá, nos da la respuesta: "Una de las novedades formales del Vaticano II es que no define ninguna verdad de fe. Sus resoluciones no son ni de definición ni de condena. Aunque, como todo concilio, se reafirma en las verdades proclamadas por concilios anteriores, sus textos no son "dogmáticos" sino "pastorales": las antiguas fórmulas, concisas y rígidas, redactadas como fríos inventarios de artículos de fe, se sustituyen por una bella prosa literaria, a modo de amplias meditaciones sobre las verdades y los misterios del catolicismo. ¿Es mejor? ¿Es peor? Lo cierto es que nada aparece claramente definido, delimitado, precisado, ni mucho menos mandado o prohibido. Antes bien, todo queda al albur de la buena intención y de la claridad de luces con que, posteriormente, cada lector quiera interpretado. Y será ahí entonces, en esas lecturas posconciliares, donde se den los abaratamientos del mensaje, las aplicaciones abusivas, las traducciones traidoras" [P. URBANO, op. cit., p. 452.]. "Y toda esta resaca -añade-, de unas lecturas conciliares desquiciadas, retorcidas, con sus esquilmadores efectos, es contemplada con pasmo inmóvil por algunos superiores y pastores amedrentados, débiles, claudicantes, que prefieren no mandar antes que exponerse a ser desobedecidos. Ciertamente, hay una crisis de autoridad; pero forzada por una previa crisis de obediencia"

Según la misma autora, monseñor Escrivá sabía, por inspiración divina, dónde estaba la original solución para esta crisis: "Un rebaño va bien -decía Escrivá, estando en Villa Sachetti con un grupo de hijas suyas- cuando los pastores se preocupan de las ovejas; cuando echan los perros al lobo; cuando no llevan al rebaño por lugares donde hay hierbas que puedan envenenar, sino donde las ovejas se alimentan con buenos pastos. Igual pasa con las almas. Necesitan pastores que no sean perros mudos; porque los perros, si callan, tampoco sirven; han de ladrar, dando la señal de alarma".

No han sabido engendrar valores, sólo han dejado al desnudo angustias y miserias humanas. Ésta es la dolorida y pesimista visión que tiene el Opus Dei del posconcilio, empeñándose en echar al olvido que frente a la idea de cruzada religiosa y verdad única, el Concilio apuntaba a un talante fraternal para acercar los vínculos con todas las creencias, cristianas o no cristianas.

En septiembre de 1978, el cónclave elevó al pontificado de la Iglesia católica al cardenal polaco Karol Wojtyla. Con este gesto pone fin a los titubeos de un posconcilio durante el cual numerosos católicos se interrogaron sobre su identidad, en no pocos casos desorientados por una "puesta al día" de los ritos y la doctrina que no han comprendido, y en un momento en el que en la sociedad secular se está todavía produciendo la agitación de los movimientos puestos en marcha 10 años antes -Mayo del 68-. Al mismo tiempo, los grupos carismáticos, los neoconservadores y los de sensibilidad propiamente integrista comienzan a ser la fuerza preponderante, poniendo a la defensiva a la corriente católica avanzada, o claramente de izquierda, que hasta el momento se había considerado a sí misma "conciencia de la Iglesia".

¿Qué entiendo por sensibilidad integrista? El teólogo suizo Urs von Balthasar, profundo conocedor de la materia, decía ya en el año 1963: "El integrismo domina en todas las partes allí donde la revelación se presenta primariamente como un sistema de proposiciones verdaderas propuestas a los creyentes desde arriba y donde consiguientemente la forma predomina sobre el contenido, el poder sobre la cruz. El integrista se esfuerza por todos los medios -visibles y ocultos, públicos y secretos- en lograr primariamente una posición de poder -político y social- para la Iglesia, con vistas a predicar el sermón de la Montaña y el del Gólgota desde esa fortaleza y desde ese púlpito, ganados a puño. Éste, que a primera vista parece solamente táctico, encierra en sí por fuerza un juicio de valor" [URS VON BALTHASAR, lntegralismus, artículo escrito en 1963].

¿No hay inherentes en la espiritualidad del Opus Dei y en su táctica pastoral elementos que rozan estas proposiciones? En la década de los ochenta, la totalidad de los grupos de corte integrista pasan a desempeñar una función de primer orden en la defensa y esclarecimiento de la orientación dada a la Iglesia por Juan Pablo II. Su poder de movilización y sus objetivos a largo plazo son muy semejantes en todos los casos: proclamar la inanidad de la sociedad sometida al imperio único de la razón, testimoniar la necesidad de que los hombres reencuentren a Dios para salvarse y señalar el camino para reconstruir la sociedad sobre preceptos cristianos. [GILLE KEPEL, op. cit., pp. 21 y 22.]

Si el Concilio Vaticano II centró la visión eclesiástica en explicitar la presencia de Dios en un mundo que ya no le reconocía, lo que marca el pontificado de Juan Pablo II es la reafirmación de los valores y la identidad católicos. En adelante éstos encontrarán su fundamento en una ruptura inaugural con los principios de la sociedad laica y tendrán por objeto proporcionar al mundo posmoderno el sentido, la ética y el orden que le faltan.

Hay quienes presentan al Papa actual como abanderado de la política conservadora y apoyo de los grupos más reacios al cambio social y más acérrimos defensores de los intereses de los poderosos. Para otros, Juan Pablo II defiende en bloque todo lo que era y es la moral tradicional, especialmente en los aspectos sexual y familiar. Finalmente están los que consideran al Papa propiedad suya exclusiva, pues según ellos defiende el retorno puro y simple a las prácticas piadosas propias del cristianismo más tradicional.

Se habla de él para la loa o para el reproche, pero lo que nadie pone en duda es que se trata del Papa más carismático e influyente de los últimos siglos.

Y ahora respondo a tu pregunta: ¿cuál es la razón de la especial simpatía del Papa polaco por el Opus Dei? Según su biógrafo, Tad Szulc, lo que parece que impresionó más a Wojtyla del Opus Dei fue el énfasis que la organización pone en el compromiso del laicado con el trabajo apostólico -una de sus preocupaciones básicas- y la inmensa disciplina interna y el sentido de la obediencia que la anima. También reconoce el Papa el alto grado de profesionalidad de sus miembros, muchos de los cuales son destacados políticos, ejecutivos de brillante trayectoria, científicos, académicos y militares. [TEL SZULC, Popejohn Paul II].

Aquí pienso que es preciso añadir que no pocos estudiosos del tema piensan que lo que persuade a las más altas jerarquías de la Iglesia a hacer la vista gorda ante las facetas menos claras del Opus Dei es la declarada lealtad de sus miembros al presente pontificado, su energía y seguridad en promover las creencias y prácticas más tradicionales, sus tácticas para captar numerosos miembros, su militancia ante el secularismo y su convicción al calificar cualquier crítica como marxista y atea.

Retorno a la obediencia, al orden, a la disciplina, son también claros objetivos de la Obra, lo que no puede hacemos olvidar, que la clave del éxito en el gobierno de una comunidad cristiana, no radica exclusivamente en el buen funcionamiento de la disciplina externa del grupo, sino más bien en la sólida formación y régimen de sus conciencias.

Hoy todos estamos ya muy de vuelta del cojitranco "aggiornamento" del Concilio Vaticano II y sus escarceos secularizadores y, en consecuencia, desde finales de los años setenta se puede observar que existe una tendencia cada vez más clara y numerosa, a simpatizar con la Iglesia milenaria; la de los cirios, el incienso, las devociones, la abnegación y la penitencia. Ante este alarmante panorama, no debemos dejar de recordar que esa Iglesia anacrónica fue también la Iglesia intolerante, retrógrada y hasta criminal, la que aplastaba toda semilla crítica, quemó vivo a Giordano Bruno y se liquidó a otros muchos.

En cuanto a la cuestión que me planteas de si el Opus se ha convertido en el colectivo preferido y en la mano derecha del Papa actual, las palabras del mismo hablan por sí solas. Juan Pablo II, con motivo de la beatificación de monseñor Escrivá en mayo de 1992, dijo en el discurso que dedicó a los peregrinos:

"Os inunda la alegría por la beatificación de Josemaría Escrivá de Balaguer, porque confiáis en que su elevación a los altares, como acaba de decir el Prelado del Opus Dei, proporcionará un gran bien a la Iglesia. Yo también comparto esa confianza [...]. ¿Cómo no ver en el ejemplo, en las enseñanzas y en la obra del beato Josemaría Escrivá un testimonio eminente de heroísmo cristiano en el ejercicio de las actividades humanas comunes?".

También en el transcurso de la homilía de la misa, el Santo Padre señaló al referirse al nuevo beato: "En efecto, su vida se reviste de humanismo cristiano con el sello inconfundible de la bondad, la mansedumbre de corazón, el sufrimiento escondido con el que Dios purifica y santifica a sus elegidos" [JUAN PABLO II, Hoja informativa núm. 19, pp. 10 y 11 (vicepostulación del Opus Dei en España)].

Si deseas una respuesta más amplia, puedo añadir, con suficiente objetividad, que en las dos últimas décadas, el Opus ha visto claramente favorecida su presencia en el campo eclesiástico. En primer lugar, por la decisión de Roma de concederles el 27 de noviembre de 1982, tras largos forcejeos, la Prelatum personal, que les otorga un serio soporte jurídico-institucional y una mayor libertad de movimientos.

"La "conquista" fue acogida en el Opus con verdadero alborozo -comenta Abel Sánchez, especialista en periodismo religioso-. Su superior será a partir de entonces obispo y podrá ordenar sacerdotes e incluso consagrar obispos, y la organización ya posee una clara personalidad jurídica dentro de la Iglesia. El Opus Dei depende directamente de la Congregación de Obispos y del Papa" [ABEL SANCHEZ, El quinto poder, pp. 175 y 176.].

"La fulminante beatificación de su fundador -añade el mismo comentarista- por Juan Pablo II era el mejor reconocimiento oficial de la Iglesia a su "Obra" y a su línea de actuación, a la vez que demostraba que el Opus Dei contaba con fuertes influencias en el gobierno central de la Iglesia."

A partir de entonces cedió mucho la hostilidad hacia el Opus en determinados ambientes católicos, y numerosos obispos que habían mantenido reticencias en España hacia esta organización se mostraron mucho más condescendientes.

Que en el campo eclesiástico han ensanchado considerablemente su parcela de poder, es algo evidente. Abel Sánchez cuenta que durante el mandato de Díaz Merchán, el Opus Dei solicitó oficialmente estar presente, como tal, en razón de la Prelatura, en las deliberaciones de la Conferencia Episcopal española, pero el Episcopado rechazó la propuesta. Allí sólo está representada oficialmente, al lado de los obispos, la Confer (Conferencia de Religiosos) a la que el Opus Dei no pertenece. No obstante, existe otra fórmula menos llamativa para que los seguidores del beato Escrivá estén presentes con todo derecho en las reuniones episcopales: el nombramiento de un sacerdote de la Prelatura como obispo de una diócesis. Esta posibilidad preocupa en el seno de la conferencia por una razón que parece convincente: los miembros relevantes del Opus Dei, como un obispo, tienen obligación de informar puntualmente a Roma, a sus superiores. Esto originaría la existencia de "cauces paralelos" de comunicación entre la Iglesia jerárquica española y la cumbre de la Iglesia, con las consiguientes distorsiones y desconfianzas.

La Obra tiene en la actualidad más de 80.000 socios en todo el mundo. Según el historiador inglés M. Walsh, el Opus Dei es el decano de los movimientos neoconservadores dentro de la Iglesia Católica. Es el más poderoso, con miembros en altos cargos en Gobiernos de países católicos en todo el mundo, y en puestos influyentes en los medios de comunicación y en los negocios. Como Prelatura personal, es el único capaz de dar a sus devotos un servicio desde la cuna hasta la sepultura, no sólo sacramentalmente en la Iglesia, sino también en muchos lugares para la educación; en escuelas claramente conservadoras, e inevitablemente de un solo sexo. Presta servicio de alguna forma a todas las escalas de la sociedad, pero su clientela preferida es la elite profesional, como deja claro su Constitución.

Recuerdo que hace ya más de tres décadas, concretamente en 1964, el teólogo Hans von Balthasar publicó un artículo en el cual, dirigiéndose al entonces todavía misterioso Opus Dei, decía: "Que tengáis mucho dinero, mucho poder, muchos cargos políticos y culturales; que empleéis una táctica inteligente y discreta con el fin de alcanzar esas posiciones por la vía más rápida y directa; no hay nada que decir. En sí mismo, el poder no es malo. Toda la cuestión, la cuestión decisiva, es ésta: ¿para qué queréis el poder? ¿Qué pensáis hacer con él? ¿Cuál es el espíritu que pretendéis propagar con estos medios?" [URS VON BALTHASAR, artículo publicado en 1964]

Hoy, la respuesta sería que al finalizar el siglo XX y comenzar el XXI, la Prelatura personal Opus Dei es una institución poderosa, con gran independencia jurídica dentro de la Iglesia y una importante libertad de movimiento. En cuanto al espíritu que propagan, ahí están todas sus obras para reconocerlo.

En la actualidad, no cabe duda de que se trata de un numerosísimo grupo que puede clasificarse como la principal aportación contemporánea del catolicismo español, que en sus siete décadas de vida ha conseguido penetrar en campos que les habían sido vedados a las organizaciones apostólicas, religiosas o seglares, y que disponen probablemente de más recursos por sí solos que el resto de la Iglesia española.

Estoy de acuerdo con Alejandro García cuando afirma que "Escrivá fue un jurisdiccionalista eficaz que consiguió llevar hasta sus últimas consecuencias muchas exigencias prácticas de la versión jurisdiccionalista del movimiento seglar". García lo explica así en su artículo titulado, "La espiritualidad del Opus": "Monseñor Escrivá, inspirándose en las Constituciones de la Compañía de Jesús, exigió a los seglares plena obediencia y disponibilidad para el apostolado. Organizó su instituto como un ejército, lo que es perfectamente coherente con la mentalidad jurisdiccionalista, que es una mentalidad de imposición y, por tanto, de lucha. Su obsesión fue conseguir la unidad de mando, procurando la máxima exención con respecto a la jerarquía ordinaria. Dio a su Instituto una organización rigurosamente piramidal, consiguiendo que la cúspide sepa siempre lo que ocurre en la base, y la base no conozca las deliberaciones de la cúspide, sino tan sólo sus órdenes y consignas. Hizo que el mayor esfuerzo del Instituto se consagrase a la dirección omnímoda de los socios, igual que en un ejército se consigue la disciplina gracias a ejercicios permanentes de instrucción"

Para acabar esta carta, quiero destacar como un valor positivo, que grupos como la Obra ofrecen al ser humano un mensaje satisfactorio a sus vidas, una sensación de "pertenecer", de sentirse útil e importante y, en definitiva, una alternativa al mundo materialista actual.

Me preguntas si eso es algo tan bueno, y mi respuesta es que cualquier movimiento que dé a la gente una razón para estar contenta (a veces lo de contenta y engañada camina a la par), para vivir o para sentirse realizada, es bueno en el sentido de que le ofrece una razón para seguir adelante, para vivir.

Hay mucha gente que anda por ahí despistada o perdida, y de pronto llega un grupo de éstos que promueve reuniones, que les integra y además les motiva haciéndoles creer que son importantes. Les vende seguridad psicológica y emocional ("La gente busca seguridades, y nosotros vamos a dárselas", repetían hasta la saciedad los sacerdotes del Opus de mis tiempos) y un líder del que se pueden fiar, o se deben fiar, a tope.

¿Que intoxican, que manipulan, que agarran a las personas y son capaces de ahogarlas antes de que se les escapen porque no están dispuestos a soltarlas? Aunque la respuesta pueda sonar algo cínica, no podemos olvidar que haya quien le va lo de ser manipulado, y mientras están manipulados y contentos todo va bien (el contento existe mientras dura, si no la absoluta ceguera, sí las dioptrías o la conjuntivitis aguda, propia del encandilamiento y enamoramiento). La crisis surge cuando un buen día, de pronto, el sujeto afectado despierta y le parece que unos pocos manipuladores se están aprovechando de él -de su tiempo, su buena fe, su dinero, su sinceridad-, y decide que ya no quiere ser manipulado más.

Hay quien cuando llega a tal punto entra en crisis, y las va empalmando, porque no sabe cómo salir de ella -ni de su crisis ni de la organización-. Que ocurra así es corrientísimo en este tipo de montajes, porque se aprovechan demasiado de los débiles; de los que prefieren la "seguridad" o la necesitan a toda costa pues les puede el miedo a ellos mismos, a la soledad, a lo desconocido. Digo que se aprovechan demasiado porque al temeroso consiguen meterle aún más miedo en el cuerpo con argumentos tan contundentes como el que ya hemos comentado ampliamente: "Fuera de la barca no hay salvación".

Es humano tener miedo -pensarás-, lo más humano, y todos tenemos necesidad de un algo que responda personalmente a las cuestiones de nuestros miedos más profundos y sus diferentes formas de desesperación. Pienso que encontrar un soporte en nosotros mismos debe ser una prueba parecida a la historia bíblica en la que Jesús camina sobre el agua: o bien sólo oímos el viento y no vemos más que las olas y, en ese momento, por puro miedo, el abismo nos atrae cada vez más hacia el fondo -y ante ese panorama uno se agarra al clavo ardiendo-; o bien obtenemos la confianza que nos enseña a caminar sobre el abismo -o lo que se nos presenta como abismo-. Y en el fondo, toda la vida humana se decide sobre esta cuestión: o por puro miedo mantenemos ese camino de miedo o interrumpimos la mecánica autónoma del miedo por una confianza que nos permite ver más lejos. Es misteriosa y atractiva la manera en la que Jesús enseña la confianza a los hombres. Debe haber una fuerza en el fondo de nuestra existencia que nos haga atravesar el abismo, y si creemos en ella, nos convertimos en seres humanos auténticos. Estoy convencida de que ahí reside la verdadera esperanza, en lo que el poeta A. Machado sintetizó tan maravillosamente: "Caminante no hay camino, se hace camino al andar".

Enormes minucias

En la última comunicación de nuestra intensa y larga correspondencia, pones especial empeño en que te dé recomendaciones personales concretas; insistencia vana, pues no vas a conseguido. Pretendes que me encarame al primer altiplano, y que desde allí vuelva la vista al sendero recorrido; que ponga la mano en mi frente a modo de visera y, oteando las mesetas, barrancos y peñascales que atravesé, te diga lo que tú debes de hacer. Pero no voy a hacer nada de todo eso, por la sencilla razón de que pienso que ya te he contado lo que tenía que contarte y que las conclusiones, y a continuación, las decisiones personales, tiene que tomadas cada cual -por eso, precisamente, son personales-.

Lo único que realmente deseo que quede claro a través de las "enormes minucias" (así tituló Chesterton una de sus mejores colecciones de artículos) que te he ido contando en el transcurso de nuestro carteo, es que ellas sean capaces de dejar ver la estructura real interna del mundo en el que me encontraba inmersa. Que esas minucias de mucho peso destapen lo que se oculta bajo la cáscara de la estructura superficial aparente; que ayuden a mostrar lo real esencial más allá de lo real no esencial.

Además de todo lo dicho, sólo se me ocurre añadir -y si te vale como recomendación personal, me alegro-, que procures no quedarte en la apariencia de las cosas, que bajo una piel persuasiva y seductora, puede llegar a funcionar la intimidación, el empleo de la fuerza y hasta el terror, si se considera preciso.

Una cosa es la realidad "aparente", y hasta podría ser muy hermoso quedarse ahí, sin calar hasta la realidad "esencial" que en ocasiones llega a ser muy otra. Pero, lo mire por donde lo mire, pienso que en absoluto es bueno quedarse sólo en superficies de hermosura, haciendo por no ver lo que se mueve por dentro.

No, no te dejes seducir, ni manipular, ni persuadir por las apariencias, intenta ir más allá del simple parecer. Busca, busca su significado. Ésta es, en definitiva, mi única recomendación personal.



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