Seguimos sin arrepentirnos de haber dejado el Opus Dei

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Por Sonsoles, 09.12.2005


Me gustaría dirigirme a las personas del Opus Dei que leen esta Web. En esta ocasión especialmente a las que casualmente han caído por aquí y son muy felices en la Obra. En realidad me dirijo a una persona concreta, Isabel P., que ha respondido a mi carta dirigida no se sabe a quien (yo sí sé a quien va dirigida, pero no voy a dar datos ya que se trata de una numeraria que no quiere que los dé). Creo que puede interesar a todos aquellos que no entienden los motivos que nos hicieron dejar el Opus Dei o siguen pensando que en todo esto sigue habiendo una capa de infidelidad por nuestra parte que deriva en infelicidad.

La felicidad es lo que todos tenemos entre manos, es a lo que todos aspiramos y no creo que las simplificaciones que desde el Opus Dei se hacen nos sirvan a ninguno. No nos sirven a los que ya nos hemos ido y a la mayoría de los que siguen tampoco. Creo que la felicidad está unida a cada persona y es ella la que debe saber cuando es feliz. Otro viejo conocido, Voltaire, decía: “buscamos la felicidad pero sin saber donde, como los borrachos buscan su casa, sabiendo confusamente que tienen una”...

Todos hemos tenido reveses en la vida como la pérdida del hermano que nos cuenta Isabel P. y, aunque supongo que es una nueva simplificación, el intentar sacar algo bueno de esa muerte, el arroparse en amigos o familiares y aprender de su comportamiento está bien, eso no deja fuera las verdaderas emociones por la muerte de un ser tan cercano. Todos sentimos dolor ante esas situaciones, el mismo dolor. No siente menos la pérdida una mujer anglosajona que pierde a su marido y que casi no vuelve a hablar de él, que una mujer mediterránea que no deja de nombrarle o una árabe que se golpea la cabeza y grita sin parar. Es el mismo dolor y no está mejor o peor encauzado. El duelo que sigue a esas muertes hay que pasarlo todos, también cuando se es del Opus Dei y se piensa que “todo es para bien”. Se trata de saber que esos sentimientos se tienen y no actuar en contra de ellos.

He releído mi escrito de hace más de un año y sigo estando de acuerdo con lo que entonces escribí. Uno de los mayores males del Opus Dei es el de enfrentarnos a nuestros propios principios, el imponer por la vía más fácil para la institución –la vía de la obediencia ciega- sus ideas a las nuestras, la falta de respeto a nuestra conciencia cuando no coincide con sus líneas maestras. Ese ha sido en muchos casos el motivo por el que hemos dejado el Opus Dei, no porque no podíamos con las exigencias de una vocación que por otra parte no existe (por la propia definición que el Opus Dei da de sí mismo: cristianos corrientes). No voy a extenderme mucho más en eso, que ya ha sido tratado y mucho en esta Web. También sigo pensando que es necesario quitar miedo a las personas que siguen en el Opus Dei respecto a lo que se les viene encima si se van. Seguimos sin arrepentirnos de haber dejado el Opus Dei.

Muchos de nosotros vamos viendo cada vez con más distancia nuestro paso por la Obra, resulta ya para nosotros una experiencia más, que nos ha marcado, que nos ha hecho diferentes a lo que seríamos si no hubiésemos estado allí y que tenemos incorporado a nuestro background como tantas otras cosas que hemos vivido. No es más importante nuestro paso por el Opus Dei que la influencia del paso por determinada universidad, nuestra estancia de varios meses en otro país o un noviazgo un poco tormentoso. Todo ello configura las personas que hoy somos.

Esto es así no solo por el tiempo que ha pasado (vuelve el concepto de duelo) sino porque nos hemos dado cuenta de cómo ha actuado el Opus Dei con nosotros, como ha actuado con muchos otros, hemos leído los documentos internos en los que se dice que es así como quiere actuar el Opus Dei, que no se trata de equivocaciones de personas concretas y tenemos muy claro, que siendo así, difícilmente podríamos nosotros cambiar algo desde dentro.

A mí a estas alturas poco me interesa ya si el Opus Dei cambia o no, me sobra con poner de manifiesto las infracciones que se hacen en contra de los derechos de sus fieles y con intentar ayudar a los que lo pasan mal por culpa del Opus Dei.

Cuando nos enteramos de sectas en las que se planifica un suicidio masivo, todos estamos de acuerdo en que las autoridades deben intervenir y salvaguardar el derecho a la vida que tenemos todos incluso cuando esas personas han hecho voluntariamente dejación de él a favor de los líderes de esa organización. Tenemos muy claro que nadie puede perder un derecho ni siquiera de forma voluntaria.

Deberíamos tener la misma claridad cuando hablamos de derechos en el Opus Dei. Aunque no nos hubiesen engañado, aunque pidiésemos la admisión a la Obra sabiendo que se iba a ir contra nuestro derecho a la propia intimidad, que se iban a entrometer en la elección de nuestros estudios, trabajo, ciudad en la que vivir. Aunque supiéramos que todos nuestros ingresos ya no eran nuestros sino suyos (muy claramente expresado en las Glosas de la Obra de San Miguel), el Opus Dei incumple muchos de los aspectos de nuestras normativas legislativas y hay que tenerlo claro. El que lo supieramos no les exime de su culpa.

Mucho se ha hablado aquí de la dirección espiritual en la Obra y de la falta de confidencialidad de la misma. Algunas veces se ha dicho aquí que no pasa nada porque lo que se contaba en “la charla” saliese de allí, que la dirección espiritual en el Opus Dei es colegiada… porque eso es algo sabido. Efectivamente, aunque a mí nunca me lo dijeron de palabra desde el primer momento viví que era así. Yo aceptaba como normal que una persona del consejo local de mi casa me preguntara por algo que yo había comentado en la charla (con otra persona, claro). Que el sacerdote preguntara por lo mismo, que alguien de la delegación también me dijera que lo sabía… Incluso que temas tratados exclusivamente en confesión los conociera la directora. Como digo, se hacía tan abiertamente, de una forma tan natural que yo al menos lo tenía asumido como algo que “se hacía así”.

Suele pasar como en el chiste, que no nos importa tanto que se haga pis en la piscina, no terminamos de ser conscientes de lo insalubre que es, hasta que vemos a un listo que lo hace desde el trampolín. Eso es lo que yo al menos viví y por lo que dejé el Opus Dei: en dos ocasiones, temas tratados exclusivamente en la dirección espiritual se comentaron en populosas tertulias y ahí saltó mi alarma.

Cuando aquello pasó vi con toda claridad que no podía seguir en el Opus Dei, que el Opus Dei estaba totalmente equivocado en esto, que no se trataba de una equivocación de una persona- aunque así trataron de hacermelo creer- y que era el momento de irme. Me fui por tanto no porque no pudiera con la exigencia, no porque creyera o creyeran los demás que no tenía vocación sino porque no creía que aquello fuera compatible con mi conciencia.

Es cierto que no pensé en intentar reformar el Opus Dei. A ello contribuyeron dos personas muy mayores y con muchos años en la Obra (entre los dos cerca de 100) con los que hablé en esos días. Uno era un sacerdote numerario que tras oír lo que había pasado, mis reflexiones al respecto y mi decisión me dijo: “hijita, por favor, no te vayas. Aquí haces mucha falta”. Desde luego me impresionaron aquellas palabras y el tono empleado- casi llorando- y las uní a las de “una de las primeras” que me decía que efectivamente había mucho que cambiar en el Opus Dei, que diese tiempo porque algunas de las cosas que comentaba- una vez abierto el grifo, salieron varias cosas más que no eran asumibles por mi conciencia- llegaban con demasiada anticipación y que, cómo en la Iglesia, las cosas en la Obra cambiarían poco a poco. Me di cuenta de la tristeza de esos dos viejos numerarios que habían dejado su vida en algo en lo que al final de sus vidas no se reconocían.


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