Sanando el abuso espiritual y la adicción religiosa

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Por Matthew, Sheila y Dennis Linn, 1997, Editorial LUMEN, primer capítulo


Aquellos años de Seminario constituyeron mi experiencia de formación en el cristianismo. Desde entonces, he evaluado a los grupos, a los líderes cristianos, a las Iglesias, según el mismo criterio: ¿es un lugar donde se protege la libertad de espíritu de cada persona? En todos los años transcurridos desde entonces, la respuesta ha sido negativa con una frecuencia tal, que ahora me hago otra pregunta. Al comienzo, lo que yo me preguntaba era: ¿Cómo podría liberarse a las personas encerradas? Decidí que la respuesta era Jesús. Pero ahora mi pregunta es esta otra: ¿Por qué el cristianismo libera a algunas personas, pero deja a otras más encerradas que antes? Cuando digo “encerradas”, me refiero a personas más rígidas, más alejadas de su verdadero yo, y menos capaces de pensar, sentir y querer lo que quieran pensar, sentir y querer. Como aún me estoy recuperando de una familia nuclear en la que se me desalentaba a confiar en mi propia realidad, me da miedo pensar que se pueda desalentar a miembros de mi familia cristiana de confiar a sus propias realidades. ¿Por qué sucederá esto?... .

He comenzado a encontrar una respuesta a través de nuestro trabajo en adicciones y recuperaciones. He aprendido que una adicción se basa en cualquier sustancia o proceso que utilicemos para escapar y para controlar una realidad dolorosa en nuestras vidas, en especial sentimientos dolorosos. Usamos algo exterior para escapar o para controlar algo interno que nos da miedo. Como dice Anne Wilson Schaef, el propósito de una adicción es el de mantenernos fuera de contacto con nosotros mismos.

Se me ha hecho muy claro que podemos utilizar la religión o aspectos religiosos exactamente de la misma forma en que usamos drogas o alcohol, para escapar de la realidad interior. Lo fundamental en la adicción es el control. La adicción religiosa intenta controlar una realidad interna dolorosa, a través de un rígido sistema de creencias religiosas.

Por ejemplo, tal vez yo me siento insegura de mí misma, y tengo la sensación de no ser aceptada en ningún lado; no puedo enfrentar mis sentimientos de vergüenza, soledad y temor. Así que me pongo a leer la Biblia compulsivamente, o adhiero de manera rígida a todas las enseñanzas de la Iglesia, en la búsqueda de respuestas absolutas y de un sentido de aceptación. Siempre que el dolor está por emerger, saco mi Biblia, me voy a misa o cito al Papa. O puede ser que me haya sentido profundamente herida y esté muy enojada, hasta llena de una ira primitiva, si esta herida ocurrió en una etapa temprana. Se me ha enseñado a avergonzarme de sentimientos como éstos y me aterrorizan. Creo que los “buenos cristianos” perdonan y recuerdo a Jesús en la Cruz; me digo que, cada vez que no perdono, estoy colocando otro clavo en sus manos. Cada vez que esa ira y ese enojo están por aparecer, utilizo la imagen de Jesús en la Cruz para controlarlos. Como estos sentimientos negados, como la vergüenza, el enojo y la ira, no desaparecen, sino que se van acumulando en nuestro interior, la próxima vez que estas sensaciones aparezcan puede ser que me vuelva aún más rígida en mi uso de la religión con el fin de controlarlos. Como mi necesidad de controlar mi realidad interior a través de un rígido sistema de creencias es tan desesperada, yo insisto en que todos los demás crean del mismo modo que yo. El que no hace esto amenaza mi sistema de control de mi realidad interna. De este modo, y por temor a las sorpresas, he creado un mundo en el que no las hay, ni en el interior ni en la realidad exterior. Estoy muy lejos del sendero de la evolución y del de mi proceso de crecimiento personal. Si tuviera un hijo o si fuera una líder religiosa, podría cometer abuso espiritual con aquellos a quienes guiara. Entiendo por "abuso espiritual" el hecho de negarles su libertad de espíritu, diciéndoles que hay solamente una vía para llegar a Dios, la mía, puesto que todas las otras me resultan amenazantes.

Mi historia preferida acerca de San Ignacio (el fundador de la orden de los jesuitas) es que solía echar a los directores espirituales que trataban de imponer su propio camino hacia Dios a los novicios. San Ignacio entendía que intentar contro<lar el viaje espiritual de otra persona constituye un acto abusivo. A diferencia de san Ignacio, los padres o líderes religiosos que cometen abuso espiritual utilizan a sus hijos o seguidores para dominar o para aumentar su autoestima, en lugar de alimentar el desarrollo espiritual de aquellos a quienes guían.

No es mi intención culpar a estas personas de lo que llamo abuso espiritual y adicción religiosa. ¿Acaso hay otra droga mejor que un Dios perfecto, todopoderoso, omnisciente, que esté ahí afuera controlándolo todo y a todos? Gente bien intencionada está predispuesta a ello, en una cultura que no nos enseña cómo manejarnos con nuestros dolores y en una Iglesia que, a menudo, nos ha formado en la concepción de que la verdad está en la Biblia, en el Papa, en los ministros o-sacerdotes, en los sacramentos... en todos lados, salvo en nuestro interior. A menudo, se transmite la religión como un sistema de control, de normas, de rituales, de ideales: de deberes. Es muy sencillo utilizar todo esto para aplastar el proceso de la vida, mientras pensamos que somos buenos cristianos. Las personas con tendencia a la timidez, al haber sido criadas de modo tal que aprendieron a no confiar en sí mismas, son particularmente vulnerables a esto.

No es nuestra intención afirmar que la Biblia o la jerarquía de la Iglesia no tienen ninguna verdad para ofrecernos. Ambas son transmisoras de la tradición cristiana, y esa tradición es tan esencial a nuestra vida de cristianos como la comida que nos alimenta lo es para la vida de nuestro organismo. Nadie puede crear por sí mismo la sabiduría acumulada a lo largo de miles de años por la historia judeo-cristiana. Sin embargo, no podemos referirnos a las transmisoras de esta tradición si estamos fuera de contacto con la parte real de nosotros mismos o tratando de escapar de ella. En tal caso, las cosas reli­giosas se pueden transformar en sustitutos de nuestra parte más real, de la misma forma en que puede ocurrir con la comida, el alcohol, las drogas, el sexo, o una relación dependiente con una persona. Cuando reemplazamos la parte más real de nosotros mismos por las transmisoras de la tradición religiosa, renunciamos a nuestra propia voz y, por lo tanto, a nuestra capacidad de diálogo. Nos parece que una relación saludable con la tradición es una conversación en la cual el diálogo posibilita un cambio y un crecimiento tanto en el individuo como en la tradición.

Yo elegí hacerme católica. Si bien respeto a quienes dejan de serlo, tomaría hoy la misma decisión, pues amo el catolicismo. Creo que es mi responsabilidad relacionarme con la Iglesia de un modo sano y evitar el mal uso de las cosas buenas como el papado, la Biblia, los votos religiosos, los sacramentos, etc. Hago un mal uso de ellas cuando las pongo en el lugar de la parte real de mí misma o de Dios. Estas cosas constituyen ayudas en mi camino hacia Dios, pero no son Dios en su totalidad. Tal como dijo Karl Rahner: "Dios siempre es más grande de lo que sabemos de Él y también más grande que las cosas que ha dispuesto:"

Si no lo considero así, incurro en idolatría. Si sustituyo la parte más real de mí misma por cosas religiosas, estoy sufriendo una adicción a la religión, Jesús nunca pretendió que lo utilizáramos a Él o a otro aspecto religioso para escapar de la verdad de nuestras propias vidas. Dos amigos nuestros lo expresan de esta manera: Antes que nada, el cristianismo no tiene la intención de enseñarnos doctrinas, sino formas de procesar la vida."

Si bien no todo el mundo tiene que definir el rol del cristianismo exactamente de esta forma, yo creo que las doctrinas y las prácticas religiosas pueden ser muy útiles siempre que apoyen mi capacidad de procesar auténticamente la vida. Creo que la intención de Jesús es caminar a nuestro lado a medida que lo hacemos. Cuanto más auténtico sea nuestro procesamiento de la vida y cuanto más se despliegue la verdad de nosotros mismos, más revelaremos al Dios que habita en el centro de nuestro ser.

Así es que llegué a entender la diferencia entre la espiritualidad sana y la adicción religiosa de la siguiente manera: considero que la espiritualidad sana consiste en todo lo que nos ayude a procesar la vida, todo lo que nos ayude a encontrarnos con la verdad de lo que somos: Considero que la adicción religiosa consiste en todo lo que utilizamos como sustituto para procesar la vida, como una huida de la verdad de lo que somos."


Repaternalización espiritual

Para mí, la adicción religiosa es un tema de mi ministerio y, aún más, una cuestión personal. Una de las formas en que mis padres no fueron capaces de actuar como tales fue en lo que respecta a la espiritualidad. No quiero decir con esto que no me hayan brindado una instrucción religiosa: me mandaron a un colegio hebreo, en el cual se imparte educación religiosa para chicos judíos. Pero no fueron capaces de estar a mi lado, apoyando mi personalísimo viaje espiritual.

Así, hemos definido el abuso espiritual en términos de lo que se hace, como por ejemplo tratar de controlar el viaje espiritual de otra persona. Pero, al igual que el abuso físico o emocional puede incluir negligencia (es decir, lo que no se hace) también puede incluirla el abuso espiritual. Mis padres no me brindaron modelos positivos de una espiritualidad sana, ni me enseñaron a confiar en mi vida interior.

En su libro Shame (Vergüenza), Gershen Kaufman dice que los hijos necesitan, además de ver cómo viven sus padres, tener acceso al proceso interno a través del cual éstos llegan a la decisión de una forma de vida. Cuando niña, necesitaba saber qué ocurría en el interior de un adulto espiritualmente sano. En otras palabras, necesitaba saber cómo procesaban la vida los adultos sanos. Como mis padres no pudieron revelar mucho, ni tampoco sostener mi recorrido espiritual, me hicieron falta padres espirituales como Flora y Leo.

Tal como mucha gente, cuyos padres no actuaron de manera adecuada, yo era vulnerable ante todo a aquel que me ofreciera la seguridad, la nutrición y la aceptación que necesitaba. He comentado anteriormente que, mientras estaba en el seminario, me uní a lo que me pareció un grupo de oraciones sano. Este grupo, en forma gradual, se transformó en un grupo enfermo, a medida que cambió el liderazgo y los nuevos líderes quedaron expuestos a una enseñanza que enfatizaba la autoridad, la sumisión y la subordinación de las mujeres. En las reuniones de oraciones, empezamos a oír que nosotros (los miembros) éramos iluminados. Los "otros" (presumiblemente, todos los demás de la zona de la Bahía de San Francisco) estaban en la oscuridad. Ya eran pocas las veces que se escuchaban las voces femeninas en las reuniones. Se nos pidió que entráramos en un nuevo acuerdo de alianza con la comunidad, por el cual nosotros delegábamos las decisiones de vida más importantes en los "pastores". Lo que esto implicaba era que el compromiso con la comunidad quedaba igualado al compromiso con Dios. Existía la eventualidad de que toda la comunidad (varios cientos de personas) se viera urgida a mudarse hacia los estados centrales, adonde podríamos unir fuerzas con otra gran comunidad en nuestra lucha contra "el mundo". Allí, estaríamos protegidos de la gente peligrosa que pensaba de otra manera que nosotros. Ahora, reconozco muchas de estas actitudes como el comportamiento de una secta, pero en ese momento una parte de mí misma era muy vulnerable a la presión ejercida por la comunidad. Luché con la decisión de la posibilidad de entrar en este nuevo acuerdo de alianza y mudanza hacia los estados centrales. Yo necesitaba desesperadamente ser aceptada, y esto era lo que la comunidad parecía ofrecer.

Al mismo tiempo, empecé a tener una sensación de vergüenza durante las reuniones de oraciones y un deseo de escapar. Cuando los líderes hablaban, yo me sentía como si alguien estuviera machacándome la cabeza. Anhelaba salir y sentarme debajo de un árbol, donde el aire del atardecer parecía más agradable: allí, me sentía libre y podía ser yo misma.

Afortunadamente, escuché estos sentimientos. Por suerte también, conocí a algunas personas del seminario cuya sana espiritualidad me brindó un marco de referencia en el cual pude evaluar al grupo de oraciones. Además de Flora y de Leo, conocí a un sacerdote jesuita llamado Jim. Hablé con él de lo perturbada que me sentía durante los sermones en las reuniones de oraciones, como si alguien me estuviera machacando la cabeza. Jim me respondió que estos sentimientos eran pistas del camino por el cual Dios me estaba guiando. Sacó su ejemplar de los Ejercicios espirituales de san Ignacio, buscó la parte de "Reglas para el discernimiento de espíritus" y me leyó el siguiente pasaje:

En las almas que están evolucionando hacia una mayor perfección, la acción del ángel bueno es delicada, gentil, deliciosa. Puede compararse con una gota de agua que penetra una esponja.
La acción del espíritu malo sobre tales almas es violenta, ruidosa y molesta. Puede compararse con una gota de agua que cae encima de una piedra."

De inmediato, me di cuenta de que mi sensación de que me estaban machacando la cabeza durante las reuniones de oraciones era como el golpe del agua sobre la piedra. Afuera, debajo del árbol, el aire agradable era más bien como una gota de agua que penetra en una esponja. Jim me dijo que «inflara en mi conciencia. En esa reunión con Jim, él hizo de padre espiritual. Me alentó a sentir y a pensar lo que quisiera sentir y pensar. Él (además de san Ignacio) me mostraron la forma en que los adultos espiritualmente sanos procesan la vida y toman sus decisiones (es decir, atendiendo a las tendencias internas). La paternidad espiritual sana de Jim, me protegió de la paternidad enfermiza del grupo de oraciones. Me decidí a no comprometerme en la nueva alianza con la comunidad y a no mudarme con ellos hacia los estados centrales. Hoy en día, conociendo la historia subsiguiente de esa comunidad, como de hecho la conozco, creo que hubiera sido un desastre para mí permanecer en ella.

Hubiera sido un desastre para mí seguir perteneciendo a ella, en parte porque esta comunidad en particular se había tornado muy enferma, y también porque yo había crecido más que el tipo de estructura que se encuentra en muchas de estas comunidades tan rígidamente organizadas. Cuando me uní a la comunidad por primera vez, yo estaba en una etapa del desarrollo de la fe en la cual necesitaba una gran estructura externa. Sin embargo, en el momento en que abandoné la comunidad, había crecido hasta el punto en que ya no necesitaba de ese tipo de estructura. Tal como el abuso emocional implica la expectativa de que un chico de dos años se comporte como uno de diez, o bien de que un chico de diez años continúe siendo tan dependiente como uno de dos; el abuso espiritual conlleva una presión para las personas cuyo grado de desarrollo en la fe aún no está preparado, o bien un intento de mantenerlas por debajo de la etapa a la que han llegado. La adicción religiosa me hiere y me asusta porque muchas veces, como ocurrió con el grupo de oraciones al que me he referido, me expuse ante gente que creía que habría de proteger mi libertad espiritual. En lugar de ello, ellos me dijeron que había una única vía para llegar a Dios: la de ellos. Ahora, recordando el pasado, creo que me uní a la Iglesia porque estaba buscando los vínculos que cuando niña no había tenido y una familia sana en cuyo seno yo pudiera aprender a confiar en mi propia realidad. Algunas veces, lo encontré. Otras veces, me sentí traicionada, como si tuviera dos familias disfuncionales en lugar de una sola.

Creo que muchos de nosotros hemos pasado por este tipo de experiencias. Yo tuve suerte de escapar de aquel grupo de oraciones. Otros, con la misma necesidad de paternalización espiritual que yo sentía, no han sido tan afortunados y quedaron atrapados en ambientes de abuso espiritual. Esperamos que este libro nos ayude a curar estas experiencias y a recibir la paternalización espiritual que necesitábamos y merecíamos.

También este libro nos alentará a agradecer a aquellos cuyo amor hacia nosotros nos permitió vislumbrar qué es una espiritualidad sana, ayudándonos a encontrar nuestro único y personal camino de pertenecer a Dios. Estas personas nos revelan algo que oímos por primera vez de Anthony de Mello: Dios te ama al menos tanto como la persona que más te ama.