Salida y dispensa

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Por Rafiki, 13 de octubre de 2008


Hace poco más de un mes descubrí este sitio por mera casualidad. Me impresionó ver mi trayectoria "retratada" en algunos de los relatos que aquí leí.

Con la experiencia de haber sido numeraria durante 29 años (pité a los 15) y llevar fuera de la opus ya 12, quizás algún día relate mi historia por si fuera de utilidad a alguien, me atrevo, no a dar consejos, a transmitir mi experiencia sobre el asunto salida y la famosa dispensa.

Estuve en una situación agónica, ahora esa palabra me parece excesiva pero entonces no lo era, desde mediados del 86 hasta que me fui en enero de 1996...

Carecía de experiencia laboral en el mundo real, tras haber abandonado mis estudios, arquitectura, en el tercer año de carrera para dedicarme desde entonces a labores internas a todos los niveles.

Las perspectivas de encontrar trabajo en esas circunstancias eran nulas. Para seguir en el país en que había gastado toda mi vida adulta (llegué allí en 1972) y en el que me sabía desenvolver necesitaba un permiso de trabajo. No podía pagar el pasaje para regresar a España y presentarme en casa de mis padres, como se dice vulgarmente, con una mano delante y otra detrás.

Por circunstancias que ahora no vienen al caso una organización internacional empezó a ofrecerme trabajos por contrata en 1992, a los que las "directoras" accedieron ya que estaban muy bien pagados y con la beatificación a las puertas se necesitaba ese dinero para los viajes. Con mi primer trabajo se pagaron 4 viajes a Roma. Poco a poco, esos trabajos aumentaron en frecuencia hasta que me propusieron un contrato de 6 meses que acepté.

Con ese trabajo se me abrió el horizonte y, gracias a mi jefe, lo pude compaginar con los trabajos internos que tenía asignados aunque eso me supusiera un cansancio atroz, apenas dormía 4 horas diarias, pero cualquier sacrificio me parecía unas vacaciones en el Caribe comparado con la tensión interior que llevaba arrastrando.

Como oficial de la asesoría, tenía, en aquel entonces, la suerte de trabajar en distintos centros resolviendo problemas "técnicos" y vivir en un centro al que no pertenecía por lo que mis movimientos no podían ser controlados.

Lo que "precipitó" mi salida fue la insistencia a que consultara con una agregada psiquiatra que según me dijeron "estaba de paso" por la región, cosa imposible por lo alejado de ésta. Tanta fue la presión que accedí a una cita un miércoles a las 11 por lo que dispuse mi salida el martes anterior por la tarde.

Para entonces, con la ayuda de una amiga, había ido trasladando mis escasa pertenencias a su casa en bolsas de supermercado y había alquilado una casita. Dejé en la asesoría, a la hora del círculo (al que yo debía haber asistido) para no encontrarme con nadie, una especie de carta, digo especie, porque creo que escribí una nota en una hoja de cuaderno y a lápiz, diciendo que le dijeran al Padre que pedía la dispensa, y que no se preocuparan por mí pues me habían prorrogado el contrato de trabajo otros seis meses, lo que era verdad, y me fui. Por primera vez en más de 9 años dormí como un bebé y de un tirón con una paz desconocida para mí.

Yo ya sabía que si hubiera dicho que me quería ir me habrían hecho hablar con todo el mundo menos con el Papa. Habrían controlado todos mis movimientos, llamadas telefónicas, amistades y documentos personales por lo que el silencio era la única opción.

No se pusieron en contacto conmigo hasta un par de semanas después. Enviaron a una delegada de Roma para que hablara conmigo y lo hizo a su estilo con argumentos de efecto "boomerang", que si le iba a dar un disgusto al Padre a lo que contesté que yo no ingresé en la opus para darle una alegría a nadie. Que si echaba a perder todos los años de dedicación a lo que respondí que había aprendido que lo que se hace por Dios, nunca se pierde, etc., etc., etc., Y, cómo no, me preguntó si había "pantalones" por medio, a lo que respondí que yo no entré por nadie ni me iba por nadie, lo que era verdad.

Insistió en que perdonara a mis directoras por como me habían tratado. Yo sabía que lo habían hecho muy mal, eso es otra historia, pero nunca me quejé ni hablé de ello con nadie. Que se habían equivocado, que podía seguir viviendo donde vivía y trabajando donde trabajaba...

Allí ya no resistí más tanta hipocresía y le dije a la susodicha, creo que su nombre era Gabriela, que me llamaba mucho la atención que lo que días antes había sido imposible, ahora fuera de lo más factible, y que si yo podía seguir siendo numeraria en esas condiciones y además sin hacer esa maldita y mil veces maldita charla y sin entregar mi sueldo y sin asistir nunca más a un círculo breve ni a una meditación ni a un curso anual ni a un curso de retiro, estaba dispuesta a seguir en la obra. Yo no me iba por la torpeza de unas personas concretas.

Después de esa conversación ya no recuerdo más. Sé que tardaron meses en comunicarme que el Padre me había concedido la dispensa. Tantos, que en una ocasión llamé por teléfono a la de San Miguel para decirle que les daba quince días y al término de ese plazo, la responsabilidad de mis supuestos compromisos recaería en ellos.

Creo que me conocían lo suficientemente bien para darse cuenta de que mi decisión era irrevocable. Nunca había sido problemática, nunca había puesto ninguna objeción a cambio de trabajo, de centro, de nada. Siempre había sacado adelante la labor que me encargaron por difícil que fuera, solucionado problemas por intricados que fueran, incluso a veces se referían a mi como "Miracles Inc."

En resumen. Calla, organízate la vida lo mejor que puedas sin que se enteren, recurre a alguien en el exterior de quien te puedas fiar, no dejes carta, deja una nota, dales un plazo y rehaz tu vida. No tienes nada que perder y ganarás PAZ, la de verdad.



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