Rompecabezas religioso - Presentación y motivos

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Por Paulino Quevedo, 4 de noviembre de 2011.


Quiero aclarar que aquí uso el término rompecabezas en un sentido positivo, es decir, el de un conjunto de múltiples piezas dispersas --o aparentemente dispersas-- que hay que acomodar a fin de lograr la unidad y armonía del conjunto.

Saludo a todos mis ahora amigos de Opuslibros. Y digo ahora porque apenas ahora he comenzado a leer sus escritos. Mi nombre completo es Paulino Quevedo Hernández, y no siento necesidad de usar un sobrenombre; aquí, en Opuslibros, tendré como nombre de usuario mi nombre de pila: Paulino.

Nací en 1940 en Guadalajara, México, y fui numerario de 1963 a 1982. Coincidí en el Colegio Romano con Jacinto Choza por allá en los años sesenta, y ya leí algo de él aquí en Opuslibros; le envío un afectuoso saludo. Hace algunos años entré a este sitio y leí muy poco, pues al encontrar críticas y resentimientos, no me interesé más y me retiré. Pero noté que habían traido a Opuslibros algunos documentos internos de la Obra. Y tampoco me interesé por leerlos, ya que ni estando todavía en la Obra tuve curiosidad de leerlos. Al salir del Opus Dei me distancié, y he procurado dejar la Obra en la historia de mi vida sin criticarla ni seguir girando alrededor de ella. He conservado, en cambio, la espiritualidad de todo lo referente a la búsqueda de la santidad en la vida ordinaria.

Tengo amigos íntimos supernumerarios, también amigas, y últimamente he tenido algunas dificultades con ellos debido a su típica falta de respeto a mi libertad de opinión y de expresión, además de que no acaban de perdonarme que me haya salido de la Obra. Claro que me enteré de que se había logrado la figura jurídica de la prelatura personal, y también de la canonización de Josemaría, pero no tuve interés de conocer los detalles. Aquí, con algunas excepciones, procuraré llamarlo así, Josemaría, sin el “San”, porque percibo que es más consonante con el usual sentir de Opuslibros, y porque me resulta artificial llamarle Escrivá, a secas. Y por lo mismo, también procuraré hablar de Don Álvaro y de Don Javier, los dos últimos prelados, en vez de llamarles Portillo y Echevarría, a secas…

Debido al diálogo con mis amigos supernumerarios decidí enterarme de los detalles de la Prelatura, recordé que aquí se tenían esos documentos y vine a leerlos. Me encontré además con la noticia de la carta del Prelado del 2 de octubre pasado, diciendo que él sostenía tremendas mentiras en esa carta, y también con la noticia de que el Papa lo había llamado a cuentas. Leí la carta y, efectivamente, es falso lo que dice de la dirección espiritual y de la confesión sacramental. En los diálogos delicados me gusta distinguir entre falsedad (inadecuación de la mente o la palabra con la realidad) y mentira (inadecuación de la mente con la palabra); yo puedo saber que alguien falsea algo, pero no puedo saber si miente, porque no puedo entrar en la intimidad de su conciencia. Me pareció que Don Javier está asustado; lo cual me confirmó en la noticia de que el Papa había empezado a llamarlo a cuentas. Comprendí que la Obra anda mal, más mal de lo que yo pensaba. Como le agradezco mucho –y otro mucho no-- y además le tuve cariño, me interesé por averiguar cómo andan las cosas.

Me puse a leer y encontré que Opuslibros ha mejorado muchísimo; tiene escritores y escritos de mucha calidad, bien documentados, bien investigados, etcétera; lo mismo que muchos y muy valiosos testimonios. En adelante será ya habitual mi lectura de Opuslibros, y también comenzaré a participar con mis escritos. Me di cuenta de todo el daño que el Opus Dei ha hecho a tantas personas, sean numerarios, agregados o supernumerarios. Yo sabía que se ha hecho daño, pero no tanto.

Yo no me considero ni nunca me consideré dañado. Claro que en su momento hubo el dolor del rompimiento, pero fue el normal dolor de todo rompimiento, con sus más y sus menos. El proceso de mi salida duró un tiempo, pero lo manejé sólo para mis adentros; no lo mencioné hacia afuera; tal vez los directores locales se dieran cuenta de algo. Cuando solicité mi salida fue en forma definitiva; obviamente, nunca pretendí contar con la venia de mis directores, pues sabía que no me la darían. Tardaron pocos días en darme la dispensa de la vida de familia, pues tuve que hablar con varias personas, incluido el Consiliario; finalmente quedé dispensado de la vida de familia. Al ir a Misa por fuera la primera vez, pasó por mi mente si debería confesarme, y me pregunté: ¿de qué? Salirme no era pecado mortal, ni venial, ni pecado alguno. Yo tenía el derecho de salirme, tanto conforme al Derecho Canónico como conforme al derecho interno de la Obra. Yo ejercí libremente el derecho de salirme, y santas pascuas; asistí a Misa y comulgué sin confesarme. Y de ahí en adelante todo en orden. o como decimos en México: ¡a otra cosa, mariposa!

Desde la dispensa de la vida de familia hasta mi salida jurídica pasaron nueve meses, ¡todo un embarazo!: de Roma dijeron que me insistieran; me pidieron que siguiera asistiendo a los círculos, las charlas, etcétera. Luego fui dejando de asistir, para que comprendieran que yo me iba. Finalmente pidió hablar conmigo otro director regional. Él seguía insistiendo, y yo le dije que ya me soltara, que de hecho yo ya me había ido. Y le pedí que me hiciera el favor de decirme estas 8 palabras: “Que Dios te bendiga; que encuentres tu camino”. Pero él se negó en rotundo y me dijo que mi salida era una traición. Mi reacción fue de que él lo viera como él quisiera.

Me había salido de la Obra, pero no de la Iglesia. Entendía que Dios me pedía otra cosa, aunque no sabía bien qué; ya lo iría descubriendo poco a poco. Yo me sabía y me sentía igualmente entregado a Dios; nunca pensé haber vuelto la vista atrás después de poner la mano en el arado. Claro que tuve que ir readaptando mi vida, buscando otros trabajos, dónde vivir y otras cosas, pero nunca perdí la paz, ni tuve angustias, ni seguí girando alrededor de la Obra, ni rondándola, ni nada de eso. Ahora, al estar leyendo Opuslibros, me doy cuenta de que mi caso es casi extraordinario, gracias a Dios.

¿Por qué no estoy dañado?

Yo pensaba que mi caso –no estar dañado o casi nada-- era normal en los que dejaban la Obra, aunque tenía noticia de personas que habían quedado dañadas, unas más y otras menos. Pero ahora, después de varios días de la lectura de Opuslibros, me doy cuenta del gran daño que se ha causado, y de que mi caso es excepcional, casi extraordinario. ¿Por qué? Me parece que la respuesta está en las circunstancias de mi vida, sobre todo antes de pitar. Voy por tanto a relatarlas tan brevemente como pueda.

Nací y crecí en Guadalajara. Mi abuelo paterno murió tiempo atrás. Mi abuelo materno era ateo, y luego se convirtió al espiritismo. Su esposa, mi abuela, era católica, pero con ese marido apenas pudo vivir su catolicismo, como mejor pudo; pero tuvo buen cuidado de que todos sus hijos y nietos fueran bautizados y confirmados; en aquella época estos dos sacramentos de administraban casi a la vez. Por tanto mi mamá –así hablamos en México--, sus hermanas y su único hermano fueron educados en el espiritismo. Mi mamá era una mujer culta y se preocupaba de que en la casa hubiera siempre una pequeña biblioteca, pero vivía una curiosa mezcla de cristianismo, espiritismo y filosofías y religiones orientales (de muchachito yo me leí a Krishnamurti, Ramacharaka, Vivekananda, la vida impersonal, etcétera).

Además, mi mamá tenía un especial don pedagógico. Me enseñó a que antes de preguntarle algo tratara de responderme la pregunta yo mismo; si no podía, que consultara la enciclopedia; y si ni así podía, que le preguntara a ella. También solía leernos cuantos o aventuras de buena literatura a mí y mis dos hermanos antes de dormir. Y luego nos daba oportunidad de que fuéramos nosotros los que leyéramos, uno a uno. Desde niño tuve afición a la lectura.

En mi casa había cámara fotográfica, proyector, aparato de sonido y muchos discos de música clásica, radio de onda corta, microscopio, telescopio y hasta un planetarium pequeño que proyectaba en el techo y las paredes de una habitación oscura. Todavía no había televisión en Guadalajara. Tuve reloj y llave de mi casa desde niño. Mi educación familiar fue de cultura, libertad, mente abierta y búsqueda de la verdad.

Mi mamá se casó tres veces. Se divorció de sus dos primeros matrimonios, pues, aunque estaba bautizada y confirmada no tenía la fe católica, supongo que debido al espiritismo que le enseño su papá y a todos los libros orientales que leía. De su primer matrimonio nacieron mis dos medios hermanos, Gómez. De su segundo matrimonio nací sólo yo, Quevedo. De su tercer matrimonio, con un norteamericano Hollister, no hubo hijos, y fue un matrimonio civil estable hasta la muerte de él. Mi papá murió siendo yo muy pequeño, y no lo recuerdo. Desde que tengo memoria recuerdo a mi padrastro, a quien le llamé papá –dad en inglés--, y hablé con él en inglés desde niño; él me quiso y yo lo quise como si fuera mi verdadero padre.

Yo vi siempre como hermanos a mis dos medios hermanos y viví en lo que consideraba una verdadera familia. En la casa todo era orden, armonía y libertad; ni golpes ni un grito. Yo no padecí ningún divorcio; ellos padecieron dos. A todos se nos permitió estudiar y hacer la vida futura que quisiéramos.

Mi verdadero padre fue rosacruz, mi padrastro fue protestante agnóstico, mi mamá fue espiritista, mi abuelo fue ateo, y tuve tíos y tías católicos, librepensadores y masones. Desde niño aprendí a vivir con todo eso y a respetar las creencias y maneras de pensar de los demás del modo más natural. Además, mi mamá fue generosa: con el apoyo de mi papá se fue trayendo a vivir a la casa a los parientes que estuvieran en necesidad: en total un tío, dos tías y una tía abuela.

Tuve la suerte de que, en el espiritismo, al médium o a la médium les saliera mal casi todo lo que decían: si decían que el enfermo se iba a curar, se moría, etcétera. El espiritismo se me derrumbaba, sobre todo al empezar a estudiar álgebra y ciencias en la secundaria, y luego en el bachillerato. Es duro el derrumbamiento de la propia religión; se le mueve a uno el tapete. En ese preciso tiempo, gracias a Dios, mis hermanos y yo entramos a un club jesuita para muchachos y muchachas donde me hice de amigos católicos que se echaron a cuestas mi conversión, y al fin la lograron. Yo soy un converso, principalmente por la gracia de Dios que tenía latente desde mi bautismo, y también por estudio y convicción.

Me convertí en ambiente jesuita y mis amigos me pescaron por la cabeza. Yo seguí estudiando lo de mi nueva religión, y con el entusiasmo de un converso quise ser jesuita, pero no me admitieron por ser hijo natural, de padres divorciados; se pidió la dispensa a Roma, pero en Roma la negaron. Lo acepté sin problemas y... ¡a otra cosa, mariposa!

Tuve todas las oportunidades y toda la libertad de estudiar lo que yo quisiera. Comencé por estudiar ingeniería electrónica en el ITESO, universidad jesuita en Guadalajara. Ahí tuve a mi maestro de Matemáticas, Ing. José Tapia, quien fue el mejor maestro que he tenido en mi vida. No sólo nos enseñaba Matemáticas, sino sobre todo el amor a la verdad; nos hablaba de los problemas filosóficos que había de fondo, me prestaba y recomendaba libros de fondo filosófico, etcétera. Descubrí la Filosofía y me fui a la ciudad de México a estudiarla en la Universidad Iberoamericana, otra universidad jesuita.

En México encontré mi primer trabajo formal en IBM, donde estuve unos años como segundo asistente del gerente de ingeniería. Paralelamente me inscribí en la carrera de Filosofía de la Universidad Iberoamericana y me fui a vivir a la RUP (Residencia Universitaria Panamericana), del Opus Dei. Y ya se pueden imaginar lo demás. Yo converso, y con deseos de entregarme a Dios, rápidamente me trataron y me ofrecieron la dispensa que los jesuitas no me habían dado, y... ¡a otra cosa, mariposa!

Ya en la Obra fui al Colegio Romano, y al volver a México trabaje en la UP (Universidad Panamericana), de la Obra, dando muchas clases de Filosofía y de Pedagogía, principalmente de Lógica, a todo tipo de alumnos y alumnas; y también daba muchas clases de manera interna. Era un trabajo profesional auténtico y pagado, y que aparece en mi curriculum vitae, aunque se tratara de un trabajo realizado en una universidad de la Obra. Y por eso cuando salí de la Obra pude seguir trabajando sin problemas en lo mismo, ya en otras instituciones. Nunca me sentí fuera del mundo ni abandonado en la indigencia. Muy importante es un buen conocimiento de la Lógica, para que no lo enreden a uno con falacias ni con chantajes afectivos, emocionales o morales.

Dios me hizo la gracia de que se convirtieran al catolicismo todos en mi familia. Yo mismo bauticé a mi papá, ya en peligro de muerte, cuatro días antes de morir.

Si he contado todo esto es para responder y responderme a la pregunta de por qué yo no estoy dañado como consecuencia de salir de la Obra. No se debe tanto a mi persona, sino a mis circunstancias: formación familiar de mente abierta y de pleno respeto a la libertad de todos; convivencia con personas de diversas religiones y maneras de pensar; educación tendiente a buscar la verdad por mí mismo y a valerme por mí mismo; dos carreras universitarias y buen trabajo profesional antes de pitar; buena autoestima y confianza en mis facultades; pitar a los 23 años de edad libremente y por propia convicción, y con la vivencia de ser un converso.

Si ya uno tuvo un cambio de religión y no por eso se hundió el mundo, sino que salió uno adelante con la ayuda de Dios, que nunca nos falta, pues... entonces... ya sabe uno que tampoco se hundirá el mundo al salir de la Obra, sino que también saldrá uno adelante con la ayuda de Dios.

Leo en Opuslibros que muchas personas entraron a la Obra muy jóvenes y sin la formación previa que yo tenía, y que en la Obra no les dieron esa formación que les faltaba, sino que los manipularon aprovechándose de esa deficiencia de formación, que ellos debieron haber subsanado. Es un abuso, algo muy triste.

Mi experiencia en la Obra

Pité a los 23 años, libremente y por convicción; me pescaron por la cabeza. Y poco después me aconsejaron que dejara mi trabajo en IBM, que me dedicara a terminar mi carrera de Filosofía e hiciera tiempo para mi formación interna y para dirigir el Club Chamas, que era el club de muchachos que se llevaba desde la RUP. Así lo hice durante un par de años, y todo perfecto; terminé mi carrera civil de Filosofía y me fui a vivir al Centro de Estudios. Nótese que para entonces yo ya tenía dos carreras civiles externas a la Obra, Ingeniería y Filosofía, y que decidí estudiar está última desde antes de conocer la Obra. Me gustaban en especial las Matemáticas y la Lógica, tenía una mentalidad muy abierta, criterio propio y una formación de plena libertad. Así lo notaron en la Obra y así me trataron. Y así traté yo a quienes me tocó dirigir, pues tuve cargos en consejos locales, aunque nada más arriba. También pensé que a todos los trataban así. Ahora, leyendo Opuslibros, me doy cuenta de que no era así.

En el Centro de Estudios volví a estudiar Filosofía, ya de manera interna, para luego empezar con la Teología. En las reuniones con los muchachos de San Rafael yo cantaba y me acompañaba medianamente con la guitarra: “Diviértenos, Paulino” :-) Después de un par de años de estar ahí me preguntaron si quería ir unos años al Colegio Romano, conocer al padre y doctorarme en Pedagogía para luego volver y apoyar el inicio de lo que llegaría a ser la UP, la universidad del Opus Dei en México. Así lo hice, me fui al Colegio Romano y estuve con el padre en muchas tertulias, en las que con frecuencia cantaba; y en su momento hablé con él en privado para decirle que yo no tendría inconveniente en ordenarme de sacerdote si él así lo quería. Me dijo que no, que por lo pronto deberían pasar muchos años. En fin, todo perfecto; yo no tenía especial interés por ser sacerdote, pues comprendía que la vocación a la Obra era una vocación laical.

El padre era maravilloso, encantador, cariñoso, carismático, motivador, piadoso, enamorado de Dios, y todos los etcéteras que se puedan desear. Las fiestas, las navidades, las tertulias, las convivencias fuera de Roma, los cursos de retiro, los estudios, los encargos materiales, todo era maravilloso. Mi paso por el Colegio Romano fue como un sueño, como un cuento de hadas.

Durante una temporada tuve como encargo material, junto con otro, lavar el auto del padre a primera hora, por lo que con frecuencia él nos veía temprano en la mañana si tenía que salir, y se volcaba en nosotros y nos decía algo. Al estar yo sentado en el suelo en algunas tertulias, una vez me dijo: Hijo mío, levántate del suelo porque se te van a enfriar las pompis. Y yo le respondí: No padre, se va a calentar el suelo. Él se reía, pues tenía muy buen humor.

Que el padre nos quería entrañablemente y que se preocupaba por nosotros era algo absolutamente indudable; y así lo sigo pensando hoy. Es algo que percibí, que sentí –lo mismo que los otros--, y que no puedo ni quiero negar. El problema surge en la redacción de algunas de sus instrucciones internas y, según ahora leo en Opuslibros, al trabajar con él de manera directa –trabajo que yo nunca tuve--; y ahí ciertamente hay un problema, casi como si se tratara de dos personas distintas o de dos personalidades. Tratar de explicarlo es un verdadero rompecabezas, y de ahí el título de estos escritos, pues ni dudo de lo que viví en el Colegio Romano ni dudo de los testimonios que leo en Opuslibros.

Mi trato con el padre era íntimo, como el de un hijo con su padre, tal cual, y a veces le hacía preguntas que los demás consideraban impertinentes. En una tertulia le pregunté que sucedería si, cuando el muriera, en la Obra no se le quisiera llamar padre a su sucesor debido al respeto y cariño que le teníamos a él, que además era el Fundador. En la tertulia se hizo un silencio y se produjo una tensión tremenda. Entonces él me sonrió, me agradeció la pregunta y dijo que la Obra es familia, y que si alguien no quisiera decirle padre a sus sucesores... habría que hacerle la corrección fraterna, y si no hacía caso habría que hacerle una primera corrección conforme a derecho, y luego una segunda, y luego una tercera, y luego echarlo a la calle. No son palabras textuales, pero su respuesta fue ésa. La tensión se aflojó y varios estaban ya tomando notas.

Después de su muerte Don Álvaro dijo que a él le llamaríamos padre, y que al Fundador le llamaríamos nuestro padre, y que si surgía alguna confusión sería una bendita confusión. Y Don Álvaro también dijo que nuestro padre seguía gobernando la Obra desde el Cielo. Este comentario puede haber sido causa de futuros problemas, dado que muchos tomaban esas frases casi a la letra.

En una de las visitas del padre a México, fui yo quien le cantó al padre la canción que lo impulsó a decir que fuéramos a cantársela a la Virgen a la Villa de Guadalupe. Trabajando ya en la UP mi convicción era que debía investigar en mi profesión filosófica, pedagógica y teológica –la ingeniería había quedado atrás, excepto las Matemáticas-- a fin de santificar mi trabajo profesional. Fui el primer director durante años de las dos primeras carreras que abrió la UP –Pedagogía y Filosofía--, y también fui sólo profesor de tiempo completo.

Cuando fui a dar un curso de Lógica moderna en la carrera de Filosofía de la Universidad de Navarra –en el primer intercambio de profesores de la UP y Navarra--, usé como texto mi libro de Lógica, todavía sin publicar. El decano de Filosofía lo leyó y me ofreció publicarlo en la Universidad de Navarra. Yo se lo agradecí, pero le dije que pensaba que debía apoyar con mi libro a la naciente UP en México; él lo entendió sin problemas. Cuando regresé a la UP y lo ofrecí para su publicación, el Rector de la UP me dijo que lo que yo pretendía era usar la UP como mi editorial particular; que fuera a la Editorial Porrúa a ver si me lo publicaban (Porrúa es una de las principales editoriales de México).

Un director me dijo que se había enterado de que yo estaba dedicando ¡clandestinamente! algo de mi tiempo para escribir, y que eso no podía continuar sin consultarlo. Yo tenía casi 40 años, era profesor de tiempo completo y escribía sobre las asignaturas que enseñaba, lo cual sin duda pertenecía a mi trabajo profesional. Un director regional me dijo que no intentara investigar, que yo no tenía talento para eso, y que eso en mí era soberbia; que me contentara con dar mis clases. ¿Cómo era eso si en Navarra me ofrecían publicar mi libro? En fin, que cuando empecé a tener cierta relevancia en la UP, comenzaron a hacerme difícil la vida.

En lo espiritual no tengo queja de ninguna de mis confesiones sacramentales, que durante 19 años fueron muchísimas. Respecto a mis charlas fraternas hubo sus más y sus menos, dependiendo del director espiritual que me asignaran, pues tenían diferentes edades y niveles de formación. Pero yo no aceptaba que me dijeran tonterías, en cuyo caso le hacía corrección fraterna a mi director espiritual; y así, en mis confidencias se pensaban dos veces lo que me decían. Respecto a las confidencias que yo recibí, nunca ningún director me pidió que le revelara lo que mis dirigidos me habían dicho, sino que, en mi caso, el silencio de ofició se respetó siempre en su absoluta integridad. De hecho sucedió así, aunque yo supiera que el silencio de oficio no es tan fuerte como el secreto de confesión.

En fin, entendí que en la Obra no tendría libertad para investigar y así santificar mi trabajo ordinario. Entonces decidí salirme de la Obra para intentar santificarlo afuera. Y así lo he hecho y me ha funcionado bien: he investigado y escrito mucho, pero con problemas para publicar debido a no ser un escritor conocido, dado que en la Obra tuve problemas para poder publicar.

¿Por qué vengo ahora a escribir en Opuslibros?

Vengo a escribir en Opuslibros porque pienso poder colaborar en lo que aquí se hace, y también ayudar en algo a las personas que están dañadas. Pero no quiero usar Opuslibros a modo de una editorial digital particular mía, como una Porrúa digital particular :-) No, eso sería aprovecharme de Opuslibros. Para eso tengo mi propio sitio en internet.

Aunque hayamos pensado que la vocación al Opus Dei fuera para toda la vida, y por eso hayamos aguantado ahí durante años, no por eso esos años han sido tiempo perdido, ni vida desperdiciada. Si estuvimos ahí con rectitud de intención, por amor a Dios, todo ese tiempo ha sido para nuestro bien; porque todas las cosas son para el bien de los que aman a Dios, como dice la Sagrada Escritura. Por tanto es conveniente e importante que tratemos de descubrir el bien que nos hicieron, y que seguirán haciéndonos, los años que estuvimos en la Obra.

Hay que formar en nosotros el hábito –porque es algo que lleva tiempo-- de ver esos años en perspectiva, desde el pasado; y también en prospectiva hacia el futuro. Muchas veces no es fácil; por eso digo que lleva tiempo y que hay que formar un hábito. Cada caso es diferente, y por eso no hay recetas. Hay que pedirle luces al Espíritu Santo. Y también, sabiendo que fue algo que Dios permitió en su proyecto insondable, hay que aprender a decirle: ¡Amén! Amo tu proyecto, Amor mío, aunque yo no lo entienda del todo, e incluso aunque no lo entienda en nada.

No tengo recetas. Lo que puedo hacer, y quizá ayude a otros a encontrar el camino en su propio caso, es decir lo que a mí me ha ayudado. Siempre que veo mi vida pasada en perspectiva entiendo cosas que no entendía en el momento de estar viviéndolas. Y al repetirse esta experiencia una y otra vez, va uno afirmando la propia confianza en Dios, y también el convencimiento de que lo que no se entiende ahora se entenderá después. Así lo sabe todo maestro, pues enseña a sus alumnos muchas cosas que ellos no entienden ahora, pero que entenderán después. Y así lo dice el Maestro divino, Jesús, cuando Pedro se resiste a que le lave los pies: “Lo que yo hago no lo entiendes ahora; lo entenderás después” (Juan 13, 7). ¿Cuándo, Señor, hasta cuándo? Mucho mejor es decirle: Señor, enséñame a amar tus tiempos. Poderoso es Dios para sacar bienes de los males.

Ahora comprendo el bien que surgió de toda mi situación familiar y de que yo fuera un converso. Si no fuera un converso tal vez el anhelo de buscar a Dios estaría muy apagado en mí, como veo que sucede en algunos amigos que fueron cristianos desde el principio. Si los jesuitas me hubieran aceptado yo habría estado inmerso en la locura del postconcilio. Dios quiso que yo estuviera protegido en la Obra de todo eso; y ya que pasó el peligro quiso que saliera de la Obra a fin de poder santificar mi trabajo profesional. Yo le agradezco a la Obra que me diera a conocer la ortodoxia católica, lo mismo que la llamada universal a la santidad, y tantas otras cosas. Pero no le agradezco la estrechez mental, ni tantas otras cosas. Y viendo las cosas así, la vida se va haciendo llevadera...

Las vocaciones para toda la vida son falsas pretensiones, excepto las que Dios quiere

Dios quiere que la vocación bautismal y la sacerdotal ministerial sean para siempre, para toda la eternidad; y también quiere que la vocación matrimonial sea para toda la vida, hasta que la muerte separe a los cónyuges. La vocación bautismal es de derecho divino. La vocación matrimonial es de derecho natural y divino. En cambio, de las vocaciones de derecho humano, como son las vocaciones a instituciones de derecho canónico, Dios no ha dicho nada comprobable. La supuesta vocación para toda la vida es una personal interpretación de los respectivos fundadores –de la luz carismal que recibieron-- o de quienes redactaron los correspondientes estatutos.

Quien ha ingresado a una de esas instituciones –órdenes religiosas, institutos de vida consagrada, Legión, Opus Dei, etcétera-- y ha hecho su entrega definitiva --sean votos o compromisos de cualquier tipo-- pensando que sería para toda la vida conforme a los estatutos de la respectiva institución, pasado un tiempo puede percibir que Dios le pide otra cosa; y puede suceder que Dios realmente se la pida. De otro modo ¡Dios no podría hacerlo!, ya que estaría obligado a cumplir los estatutos de dicha institución. ¡Qué disparate! ... Dios obligado por legislaciones humanas...

Dios es libérrimo, aunque coherente con lo que Él mismo ha querido y revelado. Dios puede pedir distintas cosas en distintos tiempos. Por tanto, tales supuestas vocaciones de derecho humano para toda la vida... ¡lastiman la libertad divina! Y por eso en el derecho de la Iglesia y en el de todas esas instituciones está prevista la posible salida de sus miembros. Y por eso es perfectamente legítimo percibir que Dios nos pida otra cosa, al menos en adelante, porque Dios efectivamente puede quererla y pedirla. Por eso salirse de la Obra –las puertas están abiertas de par en par-- no es pecado mortal, ni venial, ni pecado alguno, si quien se sale no violenta la voluntad divina, porque percibe que Dios le pide otra cosa. Esas personas pueden estar perfectamente tranquilas y en paz, sabiendo que Dios las ama y que siguen dentro de la Iglesia. No es de Dios lo que quita la paz del alma.

Para que las vocaciones de derecho humano fueran realmente para toda la vida haría falta que, al recibir la luz de su carisma, Dios les hubiera dicho a los fundadores de manera explícita –como a los Profetas, a los Apóstoles o a San Pablo-- que esa vocación es para toda la vida; y que eso fuera comprobable.

Es bien sabido que en las revelaciones privadas el mensaje divino puede ser mal o parcialmente interpretado por el vidente. Así consta, por ejemplo, en San francisco de Asís, quien pensó que Dios le pedía que reconstruyera su iglesia en el sentido de que reconstruyera, con piedras, una pequeña iglesia que estaba afuera de su pueblo. Así consta también en el mismísimo Josemaría, quien al principio pensó que en la Obra nunca habría mujeres. Es algo bien sabido. Entonces, si en uno de los platos de la balanza ponemos la interpretación del vidente, y en el otro plato ponemos la libertad divina... ¿qué pesa más? Obviamente, pesa más la libertad divina. Por tanto, es falso que las vocaciones de derecho humano sean para toda la vida.

Rompecabezas religioso

  • ¿Por qué Dios permite tanto mal en el mundo?
  • ¿Por qué Dios permite tanto mal en su Iglesia?
  • ¿Por qué Dios permite tanto mal en cada uno de nosotros?
  • ¿Por qué, dos milenios después de que Cristo mandó bautizar y hacer discípulos a todos los pueblos, hoy sólo está bautizado el 17% de la población mundial, y además, sólo el 0.4% viven su cristianismo razonablemente bien? A esto le llamo la crisis del incumplimiento.
  • ¿Por qué, conocida la oración por la unidad, de Jesús al Padre, los cristianos seguimos divididos?
  • ¿Por qué Dios permite el mal incluso en sus santos?
  • ¿Por qué Dios permite el mal en el Opus Dei?
  • ¿Por qué Josemaría, un líder carismático con escritos maravillosos y tan entregado a la Obra, escribió instrucciones que han causado tanto daño?
  • ¿Por qué Josemaría pudo ser cononizado?
  • ¿Por qué en la Obra se ha llevado una doble legislación, una que se da a conocer a la Santa Sede, y otra que no?
  • ¿Por qué en la Obra se ha llevado una doble vida, al menos a nuestros ojos?
  • ¿Por qué en la Obra no se respeta debidamente el silencio de oficio en la dirección espiritual?
  • ¿Por qué en la Obra se identifica la voluntad de Dios con las indicaciones de Josemaría y de los directores?
  • ¿Por qué en la Obra no se respetan debidamente la dignidad y los derechos de todas las personas?
  • ¿Por qué en la Obra se dice, y quizá también se piensa, que quien se sale rompe la unión con Dios y va a la perdición?
  • ¿Por qué en la Obra se abandona a los que se van, aunque se les deje en la total indigencia?
  • ¿Por que se aleja a los numerarios de su familia de sangre, de sus amigos y de su ambiente?
  • ¿Por qué el Prelado sostiene falsedades en su carta del 2 de octubre pasado?
  • ¿Cómo explicar todo esto y cómo corregirlo?

Sin duda todas estas preguntas forman un gran rompecabezas religioso, y es muy difícil tratar de armarlo respondiendo todas sus preguntas y poniendo en su debido lugar todas sus piezas. Y claro que hay más piezas para poder formar un rompecabezas más grande. Aquí he mencionado las preguntas más importantes referentes al Opus Dei, y al principio algunas preguntas más generales que se relacionan con todo. Yo ya he dado respuesta a las tres primeras en mi website. Pongo aquí los vínculos de referencia por si alguien se interesa en ir a verlas:

Quienes hayan tenido la curiosidad de ir a mi website para ver mis respuestas a por qué Dios permite tanto mal en el mundo, habrán visto que eché mano de un recurso peculiar: hacer el ejercicio de meterse en la suela de los zapatos de Dios. ¿Qué habrías hecho tú? ¿Cómo gobernarías el universo tú? ¿Cuál y cómo sería tu proyecto divino? Me parece que este peculiar recurso fue muy fructífero.

Pues bien, aparte de todas las investigaciones que se han hecho y se siguen haciendo en Opuslibros, y que hay que tener en cuenta sinérgicamente, lo que ahora propongo es hacer una investigación basada en la realidad de la vida, es decir, hacer el ejercicio de meternos en la suela de los zapatos de Josemaría, y ver qué sucede. ¿Cómo habrías hecho la Obra tú, o yo?, ¿cómo la gobernarías?, etcétera. Yo me tomaré la libertad de hacer ese ejercicio en futuros artículos de Rompecabezas Religioso, 2, 3, etcétera. Espero que los demás me sigan, que intervengan, que sugieran, que me corrijan, y que todo pueda ser de utilidad.

No lo sé bien, pero tengo ya en mente una hipotética y sintética solución final, que me adelanto a formular de la siguiente manera:

El Opus Dei no debería ser una institución, sino una deliberada difusión de una toma de conciencia evangélica, bíblica, de la espiritualidad que responda a lo que Dios quiere de todos los seres humanos que vivimos en medio del mundo.




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