Reflexiones sobre una vida pasada

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Por Thomas Cook


Reescribir la historia

Entre los temas que se han tratado hasta el momento echo de menos uno que considero una grave falta por parte del Opus Dei. Es la afición que tiene por presentar de manera falsa la realidad institucional o incluso reescribir la historia

Trataré de explicarme con ejemplos de cosas que he vivido personalmente.

Soy español y al poco tiempo de pitar como numerario me fui a vivir a una región X. En dicha región, la oficina de información de la prelatura, en la que yo también trabajaba, afirmó durante décadas que el Opus Dei tenía unos mil miembros en el país, mientras que la realidad es que no eran ni 600.

Cuando le pregunté a uno de los encargados de aop cómo se había acordado ese número como cifra oficial, me dijo que nunca llegó a haber mil miembros en ese país. Sin embargo, a finales de los años setenta, la labor era tan floreciente que se pensó que en poco tiempo se podía alcanzar el millar de miembros. Así, al imprimir un folleto, en lugar de poner la cifra real, se emitió una previsión errónea, y de esta manera la región se quedó oficialmente con sus mil miembros soñados.

Hace dos años, cuando yo ya me había ido de la Obra, una agencia de noticias local sacó a relucir el tema y la Comisión emitió un comunicado en el que admitió que sí, que la región X tiene 600 miembros. Sin embargo, al mismo tiempo, señaló que en la cifra de mil se encontraban incluidos también los cooperadores. Mentira como una casa para salir al paso. Me consta que los cooperadores eran más, entre otras cosas porque yo mismo cuidaba la base de datos.

Es muy posible por eso que en la cifra oficial de miembros de la prelatura que difunde el Anuario Pontificio no sólo se encuentren el Padre y Federico Trillo, sino también todavía Satur, Galileo, el Crítico Constructivo, yo y hasta el Oreja de Turno. Me lo podría imaginar, aunque bueno, es mera especulación.

Otro ejemplo pequeño que me marcó. En una ocasión la oficina redactó un comunicado de prensa sobre una misa del 26 de junio en una parroquia de la ciudad y en él varios numerarios estimaron que habían asistido más de 200 personas, lo cual, para el país pagano que era, podía considerarse ya un éxito. En esas, vino el consiliario tachó la cifra, puso encima 500 y dijo: "Eso lo responsabilizo yo". Me quedé perplejo. Qué quería responsabilizar? Una mentira.

Por otro lado, el que alguna vez haya escrito algún artículo para "Crónica" se dará cuenta de la manipulación a la que puede llegar a ser sometido el texto original. Cuando hice el servicio militar, escribí un par de folios sobre la gente a la que me encontraba en misa en un templo próximo al cuartel y las conversaciones que luego surgían a raíz de ello. Sin embargo, al verlo publicado en la revista, no me podía reconocer en absoluto. No parecía la vida de un numerario de veintialgo años. Eran más bien las historias del superhéroe Numerator que a las cuatro semanas de empezar la mili ya había conocido a trescientos mil tíos de los que la mitad más o menos tenían vocación.

Pregunté qué había pasado con el texto y me dijeron que el corresponsal de "Crónica" de la delegación había recibido otro artículo de otro numerarío que había comenzado el servicio militar a la vez que yo. Entonces, como en la misma edición sólo se podía publicar un artículo sobre la mili de alguien, en lugar de descartar uno de los dos textos, se decidió por fusionar los dos en uno y así es que surgió la fantástica historia de San Numerator, soldado, superhéroe y apóstol.

En el caso de la revista "Obras" he llegado a ver cosas más graciosas. Por ejemplo, que las mujeres han organizado un congreso o un seminario y que luego todo ha sido traducido al masculino y publicado en la revista como si hubiera sido una actividad de los hombres. Lógicamente, después de estos dos ejemplos dejé de tomarme en serio las publicaciones internas y me tomé como un deporte encontrar más casos similares.

En una ocasión salí muy cabreado del entierro de un numerario. Este trabajaba para una fundación eclesiástica que enviaba ayuda al Tercer Mundo. Es muy poco común que un numerario laico trabaje en servicio eclesiástico, aunque hay muchas excepciones. En las charlas en el centro de estudios y en muchas otras ocasiones se nos dijo que en el caso de este hombre el obispo encargado de esa fundación le había pedido al Opus Dei un abogado bien formado y por eso la Obra lo había cedido. Es algo que me extrañó sobremanera, entre otras cosas porque al miembro en concreto le hicieron la vida imposible en el trabajo por ser del Opus Dei. Total, se muere el numerario y uno de sus compañeros de trabajo en el entierro va y lee el primer documento que encontró sobre él en el archivo del personal de la fundación: una carta del tío del numerario al obispo diciendo que tiene un sobrino muy buen católico al que le encantaría servir a la Iglesia a los pobres trabajando para él. ¿Pero no era el obispo el que se había puesto en contacto con la Obra para que le cedieran un abogado? ¿Por qué necesitaba una carta de recomendación

Con la duda me fui echando chispas a un sacerdote de la Comisión y le pedí que me aclarara el tema. Resultó ser que como esa fundación envía cada año muchos millones para fomentar proyectos católicos en todo el mundo, Escrivá consideró que ahí tenía que trabajar uno de sus hijos, para que el dinero fuera a parar también a proyectos de la Obra. "Es una cuestión de justicia", dijo Escrivá, según ese sacerdote.

Estoy de acuerdo en que las instituciones tienen derecho a mantener ciertos temas de manera confidencial. Para explicarlo, en la Obra se utiliza esa odiosa formulación de que "en una familia, no todo lo que saben los padres tienen por qué saberlo también los hijos". De todas maneras, creo que eso no autoriza a mentir. Además, esas mentiras constituyen a mi parecer una falta de lealtad y de confianza por parte de la Obra frente a sus miembros.

Personalmente, me encantaría que alguno de los antiguos de la Obra, sea todavía miembro o no, escriba alguna vez la verdadera historia del Opus Dei. Me resulta por ejemplo flipante el hecho de que la Obra haya conseguido borrar completamente de su historia oficial al que fue su primer consiliario en España, que colgó la sotana y huyó al extranjero, donde se casó. Además, luego va Pilar Urbano en su libro y te hace una historia preciosa de cuando Escrivá se fue a Roma, reunió a sus hijas en Madrid y les presentó al que dejaba al frente de la Obra en España. Lógicamente, le cambia el nombre.

O por ejemplo no paras de oír el comentario que hacía el fundador de que en la primera residencia de estudiantes, en Moncloa, sus primeras hijas de la administración no habían comprendido el espíritu de la Obra y se le convirtieron en una especie de monjas. Y luego vas, pones a un cura histórico contra las cuerdas, y te cuenta que la administración acabó con la mitad de residentes en el cuartel de la Guardia Civil por promiscuidad, que por aquel entonces era delito.

O también, mientras en la historia oficial parece como si a Escrivá le hubieran perseverado todos sus hijos de las primeras horas, luego te pones a contar nombres de curas que se fueron de la Obra y te das cuenta de que de hay hornada de curas en las que han llegado a quedarse sólamente dos.

Lo dicho, ojalá pudieramos leer algún día un libro sobre la historia de la Obra en el que se cuente la verdad. Seguramente, ensalzaría las cualidades humanas de mucha gente fiel dentro de la Obra que tuvo que hacer frente a esos percances, encubrirlos por órdenes supremas y sacrificarse todavía más para ocupar el puesto de los que se fueron.

Sobre la dirección espiritual

En numerosos escritos publicados hasta el momento en Opuslibros.com se ha hecho refencia a la en ocasiones desastrosa dirección espiritual por parte de miembros de la Obra. En muchos de los textos se trata de explicar los desatinos en este terreno con la juventud de algunos numerarios a los que a los pocos años de pitar se les encomienda labores de atención de almas. De todas maneras, también gente con mucha experiencia y décadas en el Opus Dei puede pegarse unas patinadas impresionantes. En mi opinión no es exclusivamente responsabilidad suya, sino que entran más aspectos institucionales en juego. Como es sabido, la dirección espiritual de los miembros de la prelatura es ejercida de manera colegial, por lo que muchas de las indicaciones que un numerario recibe en la charla y otras ocasiones no son atribuibles sólo a quien la recibe "en nombre del Padre", sino a todas las personas en el consejo local, en la delegación o la comisión que han sido consultadas al respecto.

Me pongo a escribir partiendo de esa base, de que un error en la dirección espiritual, no es un error cometido por un numerario inexperto concreto, sino por la Obra en sí. Y por ello, permitidme por favor que deje esta aburrida introducción teórica y descienda a un terreno personal, os relate algunas experiencias y realice algunos comentarios al respecto. Aunque sea el ejemplo de un ex miembro concreto, estoy seguro de que no soy el único que ha tenido vivencias similares.

Al poco de pitar como numerario, cuando todavía era un joven bachiller que aún no vivía en un centro, iba siempre como loco de un lado para otro. El tiempo era para mí verdaderamente un bien muy preciado. Me levantaba muy pronto por la mañana para ir al centro a hacer la oración antes de ir al colegio, que estaba a unos 15 kilómetros de la ciudad y me hacía perder mucho tiempo en transporte. Por la tarde iba al centro, donde tenía que ocuparme de varios encargos que requerían mucho tiempo, asistía a medios de formación, hacía las normas, trataba de estudiar, quedaba con algún amigo y se me hacían las tantas de la noche, me volvía a casa, dormía unas horas y al día siguiente lo mismo. La situación no cambiaba mucho los fines de semana.

Total, viendo que iba siempre completamente acelerado, el numerario con el que hacía la charla va y me dice: "Thomas Cook, cálmate y haz como nuestro Padre: pídele al Señor que te dé la gravedad de un sacerdote de 80 años". Tal vez, el numerario en cuestión, hoy por cierto cura, no sabía que el fundador le pidió eso a Dios, pero sólo para la hora de la misa. Bueno, me tomé en serio el consejo y se convirtió en una especie de propósito especial. "Señor, dame la gravedad de un sacerdote de 80 años", le pedía. Y así, me puse por ejemplo como mortificación especial andar más lento y subir los escalones de uno en uno. No sé, tal vez mis oraciones hicieron efecto. Me acuerdo de una convivencia de adscritos de la delegación en la que nadie se creía que tuviera 16 años.

Cuando ya casi había alcanzado la gravedad de ese anciano presbítero me fui a vivir al centro de estudios, donde el director hizo saltar enseguida la señal de alarma: "Thomas Cook, tienes sólo 17 años y actuas como alguien de 80!". Le preocupaba mucho el hecho de que siempre trataba de apurar al máximo las horas de sueño y si algún día existía la posibilidad de dormir más, pues lo hacía. Es algo a lo que me había acostumbrado en mis tiempos de adscrito, en los que casi no dormía. Si podía, dormía más. Sin embargo, el director me dijo que no era compatible con mi edad, pues la gente joven trata siempre de dormir lo menos posible, y si en el centro se decía de ver una película a las 12 de la madrugada, pues tenía que quedarme despierto y verla también. De todas maneras, lo que más le preocupaba era que en el desayuno me ponía todos los días una taza de leche con un par de cucharadas de azucar (!). "Costumbres así son sólo de gente muy mayor. Así, cómo vas a querer hacer apostolado con gente de tu edad? Imagínate qué diría un chico de 17 años que no te conozca, se siente a tu lado un par de días en el desayuno y vea que siempre bebes lo mismo. Pensaría: 'Qué tío más senil!'". Os juro que es textual y que mi director no era otro que el vocal de San Miguel de la región, con más de 30 años en la Obra. Total, que dejé de beber leche, empecé a variar tipos de café y té y cambié mi estrategia espiritual. Por orden del director, empecé esta vez a pedirle a Dios que me diera una apariencia más joven, volví a subir los escalones de dos en dos, etc.

Una cosa que me molestaba mucho en el Opus Dei era que los directores en ocasiones hacían de un problema algo que no lo era o daban una gran importancia a algo que, según dictaba el sentido común, no la tenía. Me acuerdo de una soleada tarde de junio en la que todavía no había salido del centro y en la que se me ocurrió ir a hacer la oración, de manera excepcional, a un gran parque que había muy cerca de la casa. Total, que cuando estoy a punto de salir del centro, otro residente me pregunta qué voy a hacer, le gusta la idea y se me une. Hicimos la oración al lado de un lago y el numerario que me acompañaba, una mole de 120 kilos, me hace la gracia, me agarra y me pone al borde de la orilla amenazando con tirarme al agua. Total, que acabamos los dos dentro del lago, llenos de mierda hasta arriba. El cabreo me duró dos minutos, pero luego la verdad es que acabamos riéndonos a carcajadas. Después de aquello, me vino a la cabeza aquel punto de "Camino" que tengo como lema vital de "Eso que te preocupa importa más o menos. Lo importante es que seas feliz, que te salves" y saqué el propósito inmediato de hacerle una corrección fraterna al que me tiró al agua, pues una conducta así no me parecía del todo propia de un aristócrata de la inteligencia de 25 años. Por cierto, que ese punto de "Camino" me trajo también algún que otro cabreo. Se lo sueltas a alguien en el Opus, no identifica la fuente, y te cae una corrección fraterna de alucine.

La verdad es que la mole y yo tuvimos mucha mala pata, porque al llegar al centro estaba el consiliario justo en la puerta, quien nos vio venir empapados y puso en marcha inmediatamente al director. Así fue que al día siguiente, cuando fui a consultar esa corrección fraterna, el director ya tenía el discurso preparado:

- Me puedes decir qué estabais haciendo en el parque? - preguntó.
- La oración - contesté.
- Ves, es un ejemplo de que las cosas tontas siempre vienen por otras cosas tontas. Un parque no es un lugar para hacer la oración. Tú imagínate qué pensaría la gente que pasara por allí y se viera a dos chicos jóvenes sentados en un banco sin hablar. Pensarían: 'Qué gente más rara!' (os juro, de nuevo algo textual). Estoy muy preocupado porque has necesitado casi un día para venir a contármelo y cosas así hay que contarlas inmediatamente.

Caerse a un lago no es algo que vaya en contra del Decálogo. No es "materia de confesión", ni siquera un tema que se pueda considerar "espiritual". De todas maneras, parece que al percance acuático los directores le dieron otra dimensión. A los dos días fui a hacer la charla con el secretario del centro, le conté como anécdota graciosa lo ocurrido, y surgió de manera "espontánea" el siguiente diálogo, espero que os suene:

- Y me puedes decir qué estabais haciendo en el parque? - preguntó.
- La oración - contesté.
- Ves, es un ejemplo de que las cosas tontas siempre vienen por otras cosas tontas. Un parque no es un lugar para hacer la oración. Tú imagínate qué pensaría la gente que pasara por allí y se viera a dos chicos jóvenes sentados en un banco sin hablar. Pensarían: 'Qué gente más rara!'

Verdaderamente, si lo que quería era imitar al director, le faltaban la pipa y las gafas.

La cuestión es que la cosa no quedó ahí y ese mismo comentario de la oración en el parque lo volví a recibir del sacerdote del centro y de otro sacerdote de la Comisión. En total, cuatro veces. El tema me pareció tan absurdo que no repliqué. Creo que en muchas ocasiones el ahorrarse un "es que, pensé que, crei que, se me olvidó" puede ayudar a crecer interiormente y sobre todo a ahorrarse pérdidas de tiempo que te ven quemando todavía más.

Aquella intervención coordinada de los directores del centro y de la comisión por algo que era una verdadera parida que no tenía más repercusiones que ropa que dar a lavar me hizo preguntarme cómo es que la gente de la Obra con encargos de dirección tiene tanto tiempo para sentarse, ponerse a analizar sucesos como el citado y llegar a conclusiones como la que os acabo de presentar.

He de confesaros que ese proceder de parte del Opus, el contar una cosa y que en seguida te dieras cuenta de que lo sabe medio mundo, me sentaba como una patada en el estómago. Recuerdo por ejemplo una ocasión en la que el vocal de San Rafael de la comisión, alguien con quien nunca había hablado en mi vida, me pilla en medio de una merienda en un curso anual y, como si él me conociera mejor que yo, me dice algo que me habían dicho ya textualmente en la charla una semana antes: "Thomas Cook, tienes que tener más valentía e invitar a más gente a los medios de formación. Eres de los pocos que están en la universidad. Invitarlos puedes a todos, aunque no los conozcas. Cuentas con la gracia de Dios". No sabeis cuánto me molestaba que utilizaran siempre la misma formulación y todo. Gracias a eso, por lo menos me fui dando cuenta de que la charla fraterna no se hace sólo con una persona, sino con todo el grupo que está detrás de esa persona.

El problema es que eso no es algo que esté claro desde el principio. En el ciclo de formación no se explica qué es lo que pasa con lo que alguien cuenta en la charla, qué proceso sigue la información, quién se entera de eso, etc. Me fui y todavía no me lo había explicado nadie. Es que por no contarte ni te dicen que te han asignado una sigla como miembro de la prelatura, como una especie de DNI opusino compuesto de una manera similar a los cógidos que se utilizan en las actas de sociedades mercantiles (por ejemplo, n84/I sts o s90/II mpr, o algo así), y que luego, cuando en la charla cuentas que has cometido una falta grave, ésta va incluso con tu sigla por mensaje codificado a Roma. Cosas que, cuando te enteras, no animan que se diga a vivir la virtud absoluta de la sinceridad.

Estoy seguro de que la gente implicada en la dirección espiritual de los demás miembros preferiría dedicarse a hacer otras cosas y sin embargo se ocupa de ello con la mejor voluntad del mundo. De todas maneras, pese a esa buena voluntad, a mí concretamente muchos de los consejos recibidos de los directores me han traído grandes quebraderos de cabeza y estoy seguro de que no he sido el único numerario del Opus Dei que ha vivido casos tan desarmantes como el de la leche con azucar en el desayuno relatado anteriomente. Está claro que todos somos humanos y cometemos errores. Pero por más que me pregunto, no consigo explicarme cómo se puede atentar tan manifiestamente contra la lógica y el sentido común y luego hacer pensar a alguien a pensar que tiene que cambiar al café porque se lo pide el mismo Espíritu Santo. Lo dicho, parece que a muchos directores les sobra el tiempo para pararse a buscarle al gato más patas de las que tiene. Si no, no me explico cómo se puede llegar a conclusiones así.

Sobre la actuación política de los miembros

Un tema que siempre da de qué hablar en torno la Obra es la actuación política de sus miembros. Cada vez que a algún prominente miembro de la prelatura le dan un cargo público relevante, siempre hay algún medio de comunicación que saca un gran titular sobre la "Santa Mafia" o el "Octopus Dei" que trata con sus tentáculos de agarrar todo lo que puede y de ganar posiciones en el mundo político, religioso, económico y bla bla bla. Seguro que todos habreis leído alguna vez algún artículo similar. Viene ocurriendo así desde hace décadas, desde que nuestros queridos hermanos tecnócratas ocuparan ministerios durante el franquismo, y la prelatura siempre contesta lo mismo, que sus fines son exclusivamente espirituales y que sus fieles gozan de libertad política. Este último punto es verdad. Hay libertad de voto y afiliación política, no lo cuestiono. Pero no es verdad también que en ocasiones en el día a día en los centros cuesta un poco vivirla? Por lo menos en las casas por las que yo pasé no se podía defender con naturalidad una postura política diferente a la de la mayoría de los residentes. Te miraban como un bicho raro y por poco te hacían una corrección fraterna.

En los dos países en los que viví como numerario se produjeron cambios políticos mientras yo era de la Obra. En uno, al que he llamado X en un escrito anterior, un largamente afincado partido conservador dejó paso a un gobierno algo más a la izquierda. Ya desde la campaña electoral, cuando se iba perfilando el relevo, en mi centro el ambiente era verdaderamente catastrofista. Algunos se pensaban lo peor, que los futuros dirigentes iban a perseguir a la Iglesia, iniciar una campaña contra la moral etc.etc. Por aquel entonces no me consideraba ni de izquierdas ni de derechas, pero cada vez que abría la boca en la tertulia para tratar de llamar a alguien al sentido común y explicar que el mundo no se acababa por tener un jefe de gobierno socialista, que en España habíamos tenido uno mucho tiempo y continuábamos respirando, me caía una buena. En alguna ocasión el debate alcanzó tal tono que estuve a punto de salirme de una tertulia después de que, como si de una corrección fraterna instantánea y pública se tratara, me llegaran a decir de manera seria y personal que como numerario no podía en serio defender a una cúpula política así. Con el paso del tiempo se lo tomaron con mayor tranquilidad y cuando hablábamos de política alguno decía en broma "mira, Thomas Cook, nuestro extremista de izquierdas". Y eso que soy el ser más apolítico del mundo y que luego el gobierno -con el que no tengo nada, pero nada que ver, jolines- salió de lo más moderado.

Lógicamente, si en un centro se te juntan muchos numerarios conservadores, hay que aceptarlo -es su libertad- sin pensar por ello que la Obra sea conservadora. De todas maneras, la conducta de algún que otro director que conocí me dio mucho que desear. Todavía recuerdo aquella noche electoral de 1996 en España en la que consiguió la mayoría el Partido Popular y cómo el director del centro en el que era adscrito llamó personalmente el día antes a los agregados e incluso a algún chico de San Rafael para que vinieran a "celebrar" (lo dijo así) el previsible resultado con tertulión y cena fría.

Y ya el colmo.

De vuelta en X. Cuando apenas quedaban dos semanas para las elecciones y el resultado ya estaba completamente claro, vino el Padre de visita a la región y en una tertulia, en contestación a la pregunta desesperada de un anciano supernumerario acerca de qué hacer ante el inminente cambio político, va y dice: "Hijos míos, no debeis tener miedo de que se os vincule con una tendencia política concreta". Os lo prometo, tal como lo entendí en aquel momento sonaba a un "evitad que se produzca un cambio a la izquierda que haga daño al país, votad democristiano y no tengais miedo por ello de que la gente piense que la Obra es democristiana".

Además, a los pocos meses, cuando ya teníamos el nuevo gobierno, empecé a notar en el centro un activismo político proselitista por parte de algunos residentes que me puso los pelos de punta. Los nuevos líderes políticos habían presentado un proyecto de ley para permitir la doble nacionalidad de extranjeros naturalizados. La propuesta desató un fuerte rechazo por parte de la oposición, que inició una campaña de firmas que acabó bloqueando la nueva ley. Total, que un día llego al centro y en una zona pública de la casa donde se daban círculos, charlas, etc. me encuentro una de las listas de firmas con el logotipo del partido y un papel manuscrito encima que pone "por favor, firmar". Ya había firmado casi todo el centro. Con las mismas, fui a ver al director y le dije que me parecía muy mal que se pusiera una lista así en un centro para respaldar una acción de un partido político sobre un tema completamente opinable. La retiró, aunque luego el numerario que la había traído a casa acabó enfadadísimo conmigo. En fin, se tuvo que desenfadar.

También me ponía de los nervios cuando en el curso anual te encontrabas con algún político venido de España, todo emocionado le pides que cuente algo en la tertulia y en lugar de relatarte su vida como diputado, el apostolado que se puede hacer desde un puesto así etc., el tío se tira una hora contando lo mal que lo había hecho el anterior gobierno y explicarnos lo necesario que había sido el cambio, lo santos que son en su partido, etc. Y todos allí contentísimos con la tertulia-mitin. Nada que objetar, pero lo que me pregunto es si un numerario del partido opuesto hubiera podido hacer algo similar.

La verdad es que en los años que estuve dentro, todos estos temas tampoco eran para mí de importancia vital, porque no era políticamente activo y porque tampoco me sentía a gusto con los planteamientos de ningún partido. De todas maneras, me imagino que hoy en día ningún numerario militante de algún partido no conservador -que supongo que los habrá- podría vivir en ninguno de los centros en los que yo viví. O acabaría muriéndose de asco, o los demás acabarían comiéndoselo vivo. Tal como lo veo, ni siquiera un liberal encajaría en esos centros. Y estoy evitando generalizar y limitarme sólo a la vida en esas casas, aunque supongo que en el resto no es muy diferente.

Pasemos a otro aspecto

Hoy en día, gran parte del mundo vive en una democracia firme. En el caso de España, uno de los países que conozco por ser el mío, es de dominio público que varios miembros de la Obra ocupan cargos de responsabilidad en altas instituciones políticas, incluso en el gobierno. Perfecto. Son ciudadanos de pleno derecho y son nombramientos que se han producido en el marco democrático, en un proceso transparente. De todas maneras, luego te pones a examinar los equipos de colaboradores de algunos de ellos y te encuentras que por una de esas casualidades sus secretarios, jefes de prensa etc. son también del Opus Dei. Mira tú por dónde. Es como aquel numerario conocido mío que era catedrático en una universidad pública y va y contrata como sus asistentes a dos numerarios (y eso que lógicamente algo así sólo funciona con permiso de la delegación). Es uno de esos casos en los que, cuando sientes curiosidad y preguntas, en la respuesta oficial te dicen que el que sean los dos numerarios es casualidad, que si están ahí es por que el catedrático quería tener a la gente mejor preparada que había en la universidad. Seguramente, en el caso del político al que me refiero también seleccionaría a su gente siguiendo exclusivamente criterios de calidad profesional.

No sé cómo se verán desde Roma las actividades políticas de los miembros de la Obra. A este respecto, se suele decir que el Opus Dei lo único que quiere es que sus miembros sean santos y que un miembro que sea ministro, si no quiere ser santo, no le sirve. De todas maneras, podría imaginarme que muchos directores del consejo, si pudieran, darían órdenes para que la gente del Opus vote a tal o cual partido o se apoye la candidatura de alguien concreto o cosas así, con la idea de que con ello se podría prestar un servicio a las almas. Dejadme que os explique en base a un caso puntual cómo es que llego a esta conclusión.

Cuando el actual alcalde de Santiago de Chile, Joaquín Lavín, supernumerario, se presentó a las elecciones presidenciales de hace pocos años en las que salió elegido Ricardo Lagos, el consejo desde Roma envió a las regiones información bastante parcial sobre el candidato. Si no recuerdo mal, se incluía una carta del director de la oficina de información de la prelatura en Chile al hermano del candidato, consiliario en algún país del norte, en la que le decía que las elecciones, debido a Lavín, se habían convertido en una ocasión excepcional para practicar el apostolado de la opinión pública. Todo estupendo y precioso, era el tono de la misiva. Además se enviaban también numerosos artículos todos de "El Mercurio", el principal diario del país, en el que se resaltaba la actuación de Lavín a favor de la familia, en contra del aborto, etc.

Todo era bonito hasta que en una de éstas se pasa por la oficina de información en X, en la que yo trabajaba, un supernumerario chileno y va y nos cuenta para sorpresa nuestra que Lavín había sido alguien promovido por Pinochet, que durante la dictadura había ejercido un puesto similar al de secretario de Estado y que precisamente había sido directivo de "El Mercurio", nuestra única fuente de información al respecto. Pasó lo que tenía que pasar. Llega el día de la primera ronda electoral y todos los diarios en X tienen el titular "Miembro del Opus Dei ahijado de Pinochet podría tomar el poder en Chile". Al no entender cómo no se nos había avisado de un dato tan clave en el tema (en X tal vez lo único que podía interesar con respecto a Chile era si los candidatos tenían relación o no con Pinochet), escribimos a Roma y preguntamos al respecto y la única respuesta fue "En Chile es conocido que Joaquín colaboró con la dictadura, como muchos otros católicos". Toma ya! Se quedan tan panchos y te lo dicen como quitándole importancia cuando ya te has comido el dichoso titular, sin amnestesia ni advertencia previa.

No puedo evitar especular después de algo así, después de que en Roma le resten importacia a un dato tan destacado como que el candidato tenía relación con Pinochet, líder de un régimen criminal desprestigiado mundialmente. Puede ser que me equivoque, pero lo sucedido me lleva a pensar que posiblemente más de un director soñaba con tener un presidente chileno supernumerario. Tal vez pensaban que así se contribuiría a mantener la cultura cristiana del país, en vista de que la campaña electoral acabó muy polarizada por temas como el aborto, por ejemplo, en los que los católicos deben mostrar una postura clara.

Si llego a una conclusión así es también después de ver el proceder de la Obra en otros terrenos. En principio, la gente de la Obra trata de evitar meterse en iniciativas empresariales particulares con otros miembros y cualquier operación al respecto -cuando uno monta una empresa con otro miembro o quiere contratar a alguien del Opus Dei- precisa de un permiso especial. En una ciudad vi cómo varios numerarios montaron empresas. Uno de ellos quiso contratar a un chico de San Rafael, pero no le dieron permiso aludiendo a viejos criterios y principios. Sin embargo, como los otros fundaron empresas de comunicación, campo en el que la Obra quiere que sus miembros estén cada vez más presentes, no tuvieron ningún obstáculo. Uno de ellos empezó con otro numerario como empleado e incluso con varios supernumerarios como socios inversores, y más adelante llegó hasta a conseguir contratos con ayuda de otros miembros. O sea, que si montas una gestoría no puedes contratar ni a un chico del club para que te haga de mensajero en verano, pero si te embarcas en una productora de televisión, algo que puede influir en la opinión pública, pues casi hasta te dan un cheque en blanco. En fin, la Obra puede afirmar una y otra vez que no es un grupo organizado con fines temporales y presentar miles de criterios al respecto. De todas maneras, actuaciones concretas me hacen dudar de ello. Aunque no sea un comportamiento generalizado, los criterios se echan por tierra cuando la institución lo considera oportuno, cuando algún fin lo justifica.

Thomas Cook y las mujeres

Si algo se me hacía raro durante mi paso por el Opus Dei era el trato con las mujeres. Ante ninguna me quedaba indiferente. Cada vez que hablaba con alguna que no fuera mi familiar, o me ponía muy nervioso, o perdía la voz, o enrojecía, o tenía la sensación de estar haciendo algo prohibido y me sentía muy mal o, si sabía que la otra era de la Obra, se me ablandaba el corazón y pensaba que estaba ante una de esas burritas que "tiran del carro en la misma dirección" que yo aunque no nos viéramos. Y eso que en el mundo hay más mujeres que hombres pero, si me pongo a recordar, hubo años al principio de mi vocación en los que como mucho la única mujer con la que intercambiaba de vez en cuando alguna frase era mi hermana y era para decirle cosas como "no, hoy tampoco voy a cenar" o "lo siento, no te acompaño al cine". En fin, jamás le expliqué que los numerarios no van al cine "porque tienen mejores cosas que hacer". Se hubiera muerto del susto.

Durante aquellos años, cuando era adscrito de un centro de San Rafael, vivía en un entorno libre de mujeres. En el colegio, de Fomento, como mucho había una mujer que atendía el teléfono. Pero es que, claro, en el centro al que iba a estudiar por la tarde ni eso y a casa no iba casi ni a dormir y por ello no veía ni a las amigas de mi hermana ni a las hijas de las vecinas. Y así me fui acostumbrando a no tener nada que ver con las mujeres y crecía en cierto modo feliz, mientras los medios de formación de la Obra tan sólo me llevaban a sacar un propósito: huye y no mires atrás.

En las charlas de formación, meditaciones y los círculos oías las historias de cómo nuestro Padre tiró a la alcantarilla las llaves de un piso que le habían dejado como refugio durante la guerra después de que se enterara de que en él vivía una mujer. O el santo -lo siento es de madrugada y no me acuerdo del nombre- que se tiró en momentos de tentación a una zarza. O te repetían la historia megagaláctica de aquel agregado que tuvo "la valentía de huir" y que a una que se le insinuó le contestó tan educadamente "a las 'pencas' las elijo yo". O cuando el fundador mandó poner en el pedestal de la imagen de Sancta Maria Mater Pulchrae Dilectionis en Villa Tevere una vela eterna con una placa en la que aparecía la fecha en la que alguien había perdido la vocación por un tema de pureza.

Mientras, aprendía a ir por la calle y "cuidar la vista" (anda que la frase se las trae), aunque de vez en cuando iba a la charla fraterna y contaba cosas como que en el autobús le había visto la nuca a una chica y me recomendaban que le rezara jaculatorias a la Madre del Amor Hermoso. Y recibía consejos como el de, cada vez que veía a una tía que molaba, pensar que también tiene ventosidades y defeca sentada (utilizo tecnicismos, que queda más fino).

En fin, no quiero decir que todas estas cosas no sean necesarias para alguien que ha entregado las famosas cinco "c" -la cabeza, el corazón, la cartera y los c...-, pero es que en ocasiones muchas de esas historias me parecían eso, galácticas, de otro mundo. Y menos mal que no tenía la costumbre de ir por la calle con mi hermana, que yo estaba dispuesto también a que no se nos viera juntos para evitar que alguien se pensara que me había echado novia y sembrar con ello el escándalo. Por cierto, que una vez me saludó por la calle y el numerario que me acompañaba se creyó que era una conquista mía y noté la preocupación en sus ojos al preguntarme quién era "la niña". En fin, con todo, el ambiente cole de Fomento y club de chicos era una burbuja tranquila que te ayudaba a vivir sin tensión porque había pocas mujeres de las que huir, pocas santas de la que separarse con pared de cal y canto. Todas estaban ya en cierto modo al otro lado del muro.

Aunque bueno, fastidiaba un poco el que, mientras que no podías ni soñar con coger de la mano a una chica, sobre todo en el colegio siempre había algún que otro cabroncete que cuando se enteraba de que eras del Opus y encima célibe hacía todo lo posible para que te sintieras incómodo. Y en eso venía uno y sólo para fastidiar me decía que tenía una chica que presentarme. Me cabreaba mucho. Y el tío seguía picándote y preguntándote si ya habías tenido tu primera vez y te contaba entonces el chiste ese barato de "en qué se parecen un arbol de navidad y un numerario?" (en que los dos tienen las bolas de adorno). Claro, tú o te metías con su madre, le decías que era un hijo de "penca" y acabas en las manos, o te ponías plan superhéroe, rezabas un "Bendita sea tu pureza" para desagraviar y le decías que una persona normal tiene el sexo como tema noveno o décimo de conversación y no como primero y que alguien que actuaba así era un enfermo mental y tenía que ir a confesarse. Total, que el tío o los tíos acababan siempre muertos de la risa e iban contando la escena por ahí hasta la saciedad, y mientras tú rojo y jodido del cabreo. Pero lo dicho, dentro de lo que cabe, por aquel entonces todo iba bien.

Las complicaciones llegaron cuando me fui a la universidad. Y es que podía haber estudiado muchas cosas, pero justo me metí en Letras, y ahí no había quien me salvara. Chicas y chicas por todos lados. Y además era en un país en el que todo lo que tenía que ver con España o con lo latino estaba muy de moda. Llegabas a la uni, te identificaban como hispanohablante y a tu alrededor tenías enseguida un grupito de chicas rubias que quería quedar contigo para practicar su español. La verdad es que dentro de lo que cabe tuve suerte, porque no era ni cubano, ni brasileño, ni argentino. Esos sí que estaban cotizados. Sí alguna chica te oía hablar en español en la entrada de clase se solía repetir una conversación similar:

- Hola, te he visto en clase. De dónde eres? Eres argentino o chileno?
- No, no, qué va, soy español. (En ese momento, la verdad es que notabas cómo perdías prestigio).
- Ah, ya, sí! España, me encanta España -contestaba ella. He estado mil veces en Barcelona. Me encanta la Barceloneta, el Gótico... Eres catalán, madrileño...?
- No, no, qué va, de Albacete. (La chica te ponía ya cara rara)
- Y eso qué es?
- No lo conoces, el Harvard de La Mancha?

Y bueno, llegado a este punto, por suerte, ya habías perdido casi todo el atractivo, no les parecías exótico, aunque seguías existiendo y las chicas rubias seguían saludándote y cuando te veían hablando con un colega venían, se metían en la conversación y te preguntaban que por qué no quedábamos y eso. La verdad es que no sé cómo me las arreglé durante toda la carrera para no quedar con ninguna sin pronunciar nunca un rotundo "no, no quiero".

Aunque bueno mi caso no era ni mucho menos el peor, pues sabía por ejemplo de numerarios latinos que hacían verdaderos malabarismos cuando les venían a pedirles clases para bailar Salsa. Y por ahí te encontrabas además a gente muy ingeniosa. Me acuerdo de otro numerario que durante un viaje de trabajo recayó en un hotel y tenía muchísimas ganas de utilizar la sauna. Para evitar que entrara una mujer y se desnudara, colgaba en la puerta un papel en el que ponía "No entrar, la sauna está siendo desinfectada". O mejor: "Hoy, sauna para hombres". En fin, yo como mucho llegaba a mentir en el número de teléfono.

Recuerdo el primer día de clase. Se sentó a mi lado una chica, también española, de Sanse, que tenía una habitación libre en su piso de estudiante. Estuvo un buen rato intentando convencerme de que se la alquilara y trató de darme un buen número de buenas razones para dejar de vivir en una residencia de estudiantes. Total, que ese mismo día me tocaba la charla y cuando me preguntaron qué tal mi primer día de universidad, voy y suelto: "Genial, lo que pasa es que está todo lleno de chicas y a mi lado se ha sentado una que incluso ha tratado de convencerme de que me vaya a vivir con ella". Bueno, el otro me dijo que en mi carrera tenía que acostumbrarme a esas cosas, que lo contara y nada, a salir adelante. La cuestión es que a los pocos minutos el tío con el que hacía la charla vino y me dijo en nombre del director que dejara de ir a ese curso. Era una petición un tanto incumplible, pues hubiera implicado cambiar de carrera y, por lo pronto, no hacer nada ese año. "Entonces, cada vez que hables más de un minuto con una chica vienes inmediatamente y me lo cuentas. Lo oyes, un minuto. Tenemos que hacer todo para proteger nuestra vocación", dijo.

Uuuuuuufffff! Aquella petición sí que se me hizo cuesta arriba. Después de aquella reacción, ya en mi primer día de carrera, me veía que a los pocos meses me pedirían que regresara a mi región de origen o me enviaban a comenzar la labor a un país árabe en el que las mujeres vayan tapadas, porque había que "hacer todo para proteger nuestra vocación". En fin, tal vez el no cumplir el consejo de acudir al director cada vez que hablaba con una chica más de un minuto -algo que pasaba a diario- fue uno de los factores que provocaron mi renuncia a la vida de numerario. Lo reconozco.

Pero bueno, la verdad es que me las ingenié como pude durante años para no quedar nunca a solas con chica, aunque siempre había momentos en los que acababas tomando un café con alguna en un pasillo o en la cafetería de la facultad. Y en ocasiones, aunque estabas algo nervioso porque hablar con una chica no te resultaba nada natural, te veías a otro de tu centro en una situación similar y te venía más bien un sentimiento de "me han pillado", que seguro era compartido por el colega. Pero había como una especie de pacto de silencio no expresado, que funcionaba y nadie se enteraba.

Pese a todo con el tiempo empezó a gustarme lo de provocar a la gente del centro con declaradas sobre mujeres. Por ejemplo, me acuerdo de una vez en la que surgió con dos tíos más una conversación pirata en la sala de estudio. Un numerario dijo que antes de ser de la Obra soñaba con fundar una familia y tener muchos hijos y me preguntó si yo también.

- Pues la verdad es que no. Sólo pensaba con tener muchas mujeres -contesté.

Me cayó una corrección fraterna que no veas.

Otra me cayó también cuando una vez estaba leyendo el periódico, uno me preguntó si había visto aquel artículo tan interesante sobre el vuelo intuitivo de los pájaros y yo dije que no, que sólo me había fijado en la chica del anuncio de Toyota en la página tres.

Pero bueno, en el centro no era el único que tenía puntazos de esos. Recuerdo cuando instalamos la antena a parabólica y empezamos a ver CNN para mejorar nuestro inglés. El domingo por la noche emitían el Sport Report, con Saxon Baines. Y se ve que a dos residentes les gustó la chica o el nombre y empezaron a decirse el uno al otro bastante a menudo "Saxon Baines", sin más. Total, que la gracia les duró un par de semanas. Fue cortada de seco por otro numerario, aunque más tarde ellos encontraron otra manera de decirse "Saxon Baines". Tan sólo se miraban a los ojos, ponían cara de sorpresa y ellos sabían lo que se querían decir con ello. Creo que en "De Espiritu" no pone nada sobre los gestos faciales.

Otra cosa que pasaba era que cuando teníamos alguna conferencia o ronda de discusión en el centro y la ponente era una mujer, parecía como si todos la encontraran genial y se hablaba de ella durante cuatro o cinco días. Te hacían preguntas como "Y no te parecía elegante?" o "No crees que se conserva bien pese a sus cuarentaytantos?". En fin, te dabas cuenta de que no eras el único al que le resultaba poco natural sentarse a hablar con una mujer con buena pinta.

Pero con todo, lo que más me asombraba y fascinaba en torno a la temática de las mujeres es que hubiera mujeres en la Obra. Pensaba en mundos paralelos que actuaban de manera similar sin que se les permitiera ningún contacto. Y tal vez esa separación institucional me llevó a que las mujeres del Opus Dei se convirtieran para mí en una especie de seres ideales, cargados de virtud, ciencia y belleza. No sé si será verdad, aunque para mí siguen siendo un mito. En fin, permitidme que reflexione sobre la otra sección en otra ocasión.

La verdad es que años después de dejar la Obra me doy cuenta de que todavía no me acostumbro al trato con las mujeres, y eso que he mejorado un montón. Cuando empecé a trabajar, me sentía como un pulpo en un garaje al estar todo el día en la oficina rodeado de mujeres jóvenes. Y la cuestión es que ellas se daban cuenta. Una llegó a decirme que le parecía muy raro que no mirara a las mujeres a la cara cuando hablábamos. Aquella apreciación y otras relativas a mis rarezas adquiridas llevaron a que le confesara mi pasado célibe, algo a lo que siguieron noches y noches de terapia con alcohol y más alcohol. Acabó siendo mi primera amiga, y también la mejor. En aquellos primeros meses, ya era de por sí toda una experiencia cuando una chica me cogía del brazo cuando íbamos por la calle. Menos mal que he mejorado en ese sentido y ya me he dado cuenta de que las mujeres no muerden, porque si no no estaría escribiendo esto: Me hubiera muerto ya del infarto.

Espero que después de leer toda esta colección de anécdotas y comentarios personales no penseis que soy un tío raro o carne de psiquiatra, pero os juro que pese a lo pintoresco y cómico del asunto, el relato se corresponde con la realidad. Espero que alguno de vosotros haya compartido algo similar. Pedía todos los días a Dios que me ayudara a vivir la Santa Pureza que, estaba convencido, era un "sí gozoso". Pero sea como fuere, el trato con el otro sexo era para mí algo forzadísimo. No sé si tendrá que ver con la condición de numerario en sí o con la de numerario que ha pasado su infancia y adolescencia en un cole de chicos, tal como me decía otro de la Obra, uno al que en la universidad invitaban a bailar Tango. En fin, con todo, pese a que podría escribir un libro con el título "Thomas Cook y las mujeres", estoy feliz de que ya no me den taquicardias cuando alguna me toma del brazo.


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