Reflexiones sobre posibles abusos sexuales en el Opus Dei

From Opus Dei info
Jump to navigation Jump to search

Por Josef Knecht, 15.05.2009


De entrada, debo reconocer, como ha hecho recientemente Ruta de Aragón (11.05.2009), que en mis años en la Obra ni vi ni oí ni olí nada referente a abusos, heterosexuales ni homosexuales, entre gente del Opus: ¡nada de nada! Los así llamados “problemas de pureza” de los miembros de la Obra, de los que se hablaba con frecuencia y con detalle en las reuniones de los Consejos Locales, nunca se referían a este tipo de abusos, sino normalmente a tentaciones o pecados carnales secundum naturam, excepto la masturbación, pues en los manuales clásicos de Teología Moral ésta se incluía entre los pecados contra naturam, ya que lo solitario-sexual es, según aquellos manuales, antinatural...

Según esos tratados clásicos de Moral, como el del padre Prümmer, que se estudiaba en las correspondientes asignaturas del Studium Generale del Opus Dei, natural-natural es sólo la relación afectiva y sexual entre varón y mujer. Siempre me ha hecho gracia la sutil clasificación que esos manuales del siglo XIX y de comienzos del XX realizaban acerca de los pecados sexuales cometidos contra el sexto mandamiento. Los pecados secundum naturam eran la fornicación para las personas solteras y el adulterio para las casadas, siempre y cuando se tratara de relaciones íntimas mantenidas entre varón y mujer; los pecados contra naturam eran de tres tipos: 1º) los mantenidos entre dos personas de distinto sexo, pero realizados no en el “vaso” corporal ad hoc, sino no en otros “vasos” u orificios del cuerpo (como las orejas o las narices, por ejemplo); 2º) los mantenidos entre personas de distinto sexo, pero empleando medios anticonceptivos, incluido el onanismo; y 3º) la masturbación (por ser solitaria), la homosexualidad, la zoofilia, la necrofilia, así como las relaciones sexuales mantenidas entre más de dos personas al mismo tiempo. A esto había que añadir aquellos pecados no sólo carnales (sexto mandamiento), sino a la vez injustos (séptimo mandamiento): prostitución, violación, pederastia; y también el sacrilegio (segundo mandamiento) cuando quienes realizan el pecado sexual son una persona consagrada que ha hecho voto de castidad y su cómplice; y más aberrante aún es la relación sexual mantenida por un sacerdote y otra persona en el confesionario (en la sacristía o en la torre del campanario es menos grave, pues ahí no hay contexto sacramental).

Pero mi deseo no es ahora aburrir al público de opuslibros recordando lo aprendido en mis años de estudiante del Studium Generale del Opus Dei, sino manifestar una opinión que me gustaría fuera contrastada por quienes tienen mejores conocimientos de sociología que yo. Es decir, no pretendo pontificar, sino plantear un debate y contrastar opiniones.

Está claro que los abusos sexuales, sobre todo a menores de edad, son acciones moral y jurídicamente graves que deben ser debidamente sancionadas. Sin embargo, hay otros comportamientos que, siendo de suyo peores que los delitos sexuales, apenas son considerados delictivos en la Iglesia y por tanto no son sancionados. Desde hace varios siglos domina en la cultura europea un excesivo puritanismo en materia sexual (calvinismo, jansenismo, moral victoriana, etc.), que magnifica e hipertrofia los “problemas de pureza” presentándolos como si fueran lo peor de lo peor. A pesar del desarrollo del psicoanálisis, a pesar de lo que en Austria y Alemania se llamó a partir de Sigmund Freud (1856-1939) “Genuss ohne Reue” (“placer sin arrepentimiento”) y a pesar del consiguiente éxito de la industria pornográfica, sigue siendo dominante en la mente de los jerarcas de la Iglesia y de otros estamentos civiles de la sociedad europea un rígido puritanismo en materia sexual. Siempre me ha llamado la atención la coincidencia cronológica entre la revolución estudiantil de mayo de 1968 en Francia y la promulgación de la encíclica Humane vitae de Pablo VI (25 de julio de 1968). La revolución de Mayo del 68, que llevó consigo un cambio radical en las costumbres sexuales de la sociedad europea, y la encíclica Humanae vitae, pese a su coincidencia cronológica, pertenecen a dos universos espirituales antagónicos.

Puritana fue la opinión manifestada públicamente por don Javier Echevarría, prelado del Opus Dei, el 9 de abril de 1997 en la ciudad siciliana de Catania ante una multitud de gente congregada en una tertulia general para escuchar las enseñanzas del prelado; entonces monseñor Echevarría afirmó, tal vez en aplicación de lo que había aprendido en el Studium Generale de la Obra, lo siguiente: “Un sondeo dice que el 90% de los disminuidos físicos y psíquicos (en italiano handicappati) son hijos de padres que no han llegado puros al matrimonio”. Léanse a este respecto los acertados comentarios que Isabel de Armas dedica a estas declaraciones de monseñor Echevarría en su libro La voz de los que disienten. Apuntes para san Josemaría (págs. 177-183).

La mentalidad puritana tiene como consecuencia que errores morales distintos de lo sexual no sean percibidos como tan graves o ni siquiera como graves; es más, se tienden a justificar con bastante comprensión. Por ejemplo, que un obispo trate injustamente a alguno de sus sacerdotes se disculpa con una facilidad enorme (recordemos el triste desenlace de don Antonio Petit [1948-2007] y el modo con que don Javier Echevarría lo trató poco antes de su fallecimiento); en cambio, esa disculpa no se aplica nunca si se descubre a un obispo habiendo incurrido en un desliz sexual. Pero, bien pensado, contraviene mucho más al espíritu del Evangelio la comisión de graves injusticias contra la fraternidad sacerdotal (y, en general, contra la caridad cristiana) que la de deslices sexuales. Y es que en muchos sectores de la sociedad europea son las pautas puritanas y no las evangélicas las que todavía hoy hipertrofian lo sexual y amortiguan los errores cometidos contra otros ámbitos de la moral.

En mi opinión, son muchísimo más graves los errores que denuncia Oráculo en su artículo La libertad de las conciencias en el Opus Dei” que las dificultades sexuales que puedan tener los miembros de la Obra. La pertinaz obsesión que mueve a los directores y directoras del Opus a que sus dirigidos y dirigidas eliminen problemas sexuales es ridícula, si al mismo tiempo esos directores cometen las graves injusticias que Oráculo denuncia con acierto. Más todavía, los jerarcas de la Iglesia ven con horror la existencia de escándalos sexuales como los que se atribuyen al padre Marcial Maciel (1920-2008); pero se olvidan de que sería mucho más evangélico combatir otro tipo de errores morales (y no lo hacen), como los abusos contra la libertad de las conciencias que mucha gente del Opus Dei padece diariamente en su vida cotidiana. No sé si me equivoco, pero considero menos grave el hecho de que Marcial Maciel haya tenido hijos que las injustas tonterías que hay que soportar en la vida interna de la Obra. Es más, puestos a plantear situaciones extremas, me hubiera parecido más humano que don Javier Echevarría hubiese engendrado hijos carnales secundum naturam en vez de haber maltratado contra naturam a don Antonio Petit.

Se debería suprimir de la conciencia y de la mentalidad de muchos europeos el lastre de puritanismo que aún nos oprime, no para vivir en el libertinaje de la pornografía o prostitución por supuesto, sino para comprender con mejor nitidez la profundidad del Evangelio e intentar vivirlo mejor.



Original