Reflexiones sobre la vocación al Opus Dei y la actuación proselitista de esta institución

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Autor: Josef Knecht, octubre 2007


¿Existe la vocación al Opus Dei?

En su escrito del 24.09.07 Ana Azanza afirma contundentemente que “la vocación al Opus Dei no existe”, para lo cual argumenta que los miembros de la Obra son captados mediante una técnica proselitista que, al engatusarlos en plena juventud, les impide tener plena consciencia y libertad en su decisión de ingresar a la Obra; también añade que es el Opus quien elige a sus candidatos y no son los candidatos quienes eligen al Opus. Esta tesis de Ana me parece vehemente y exagerada, pero tiene al mismo tiempo una gran parte de razón. Analicémosla...

No todos los que solicitan la admisión a la Obra han sido víctimas del proselitismo de la institución, pues algunos sí son conscientes de lo que hacen. En los primeros años de la historia del Opus Dei, los discípulos de Josemaría Escrivá y otros de las primeras generaciones eran gente madura que sabían muy bien lo que se hacían. Si leemos el libro de Jesús Urteaga El valor divino de lo humano, compuesto y divulgado por aquellos años, encontraremos en él una exposición honrada y animante de lo que es la vocación cristiana. Algo similar se puede afirmar del libro de Federico Suárez La Virgen nuestra Señora, que plantea con brillantez la vivencia de la llamada divina. Estos dos libros de literatura espiritual, pertenecientes a la colección “Patmos” de la editorial Rialp (Madrid), si bien no son geniales, destacan por una correcta dignidad conceptual.

Con el paso del tiempo y, a consecuencia de forzar desde Roma y Madrid la expansión de la Obra en los años 60 y 70, los directores del Opus han impulsado ciertamente una feroz técnica proselitista para captar nuevas y numerosas vocaciones. Y pueden justificar ese modo de actuar remontándose a la etapa fundacional de la Obra, por cuanto en Camino se encuentra un capítulo titulado precisamente “Proselitismo”. Estoy, pues, de acuerdo con el artículo de CastalioLos pitajes a granel y la vocación al Opus Dei” (19.09.07).

A pesar de practicar proselitismo, siempre ha habido –y habrá– gente a quien agrade e incluso entusiasme el carisma de la Obra. En estos casos no se puede decir que esas vocaciones hayan sido captadas mediante tácticas proselitistas. Se me viene a la cabeza el ejemplo, entre otros, del sacerdote numerario chileno José Miguel Ibáñez Langlois, una persona identificada intelectual y afectivamente al cien por cien con la mente y el espíritu de San Josemaría Escrivá; se podría afirmar, sin exagerar, que Ibáñez Langlois y San Marqués son como uña y carne. Igualmente, el supernumerario alemán Peter Berglar se identificó de tal manera con monseñor Escrivá, que llegó a escribir una biografía propagandística o, mejor dicho, hagiografía del fundador. Y es que en estos mundos de Dios siempre habrá personas que admiren la mentalidad aristocrática, elitista, rancia y obsoleta que San Marqués tenía de entender la vida humana y de vivir la fe cristiana (por ejemplo, la vocación de numeraria auxiliar o sirvienta responde a la cultura de la aristocracia y alta burguesía de la España decimonónica). Esas personas cultas ingresan al Opus Dei libre y entusiasmadamente, sin caer en ninguna red proselitista, en la que sí se dejan enredar personas más sencillas e inexpertas como son, entre otras, las numerarias auxiliares.

También existe la vocación para aquellos miembros de la Obra que, sin poseer tanta carga ideológica como en el caso de los dos ejemplos anteriores, se sienten a gusto viviendo en esa institución porque en ella o en torno a ella pueden desempeñar más o menos cómodamente su profesión civil, que suele ser de tipo técnico (abogados, médicos, ingenieros, arquitectos, etc.), o sus encargos internos. Son gentes que así tienen la vida terrena solucionada y también sienten tener asegurada la vida eterna; y viven de manera estable sin cuestionarse para nada la “versión oficial” que la Obra les presenta. A muchas de estas personas les ayuda a perseverar la circunstancia de que son hijos o hijas de padres supernumerarios o bien pertenecen a un clan familiar muy opusdeísta. Viven dentro de una burbuja y, como afirma Isabel de Armas, “mientras viven en su burbuja, aguantan” (cfr. Isabel de Armas, La voz de los que disienten. Apuntes para san Josemaría [Foca, Madrid 2005], págs. 49-56).

Por consiguiente, la vocación al Opus Dei sí existe: en unos casos, la tienen personas identificadas ideológicamente con el santo fundador y, en otros casos, gentes de menor carga ideológica, pero bien integradas dentro de una burbuja que les proporciona estabilidad profesional, familiar y psicológica.

La práctica proselitista del Opus Dei

Una vez hecha esta crítica a Ana Azanza, hay que reconocer que ella tiene toda la razón cuando denuncia que el Opus Dei practica proselitismo y que esos métodos acaban produciendo graves daños en quienes son víctimas de ellos. También tiene razón cuando constata que la autoridad de la Iglesia Católica podría reaccionar ante esa injusticia y apenas lo hace.

En efecto, tarea de la Iglesia es paliar y, a ser posible, erradicar los males de la humanidad: hambre, guerras, terrorismo, analfabetismo, enfermedades, drogadicción, sufrimiento provocado por las injusticias sociales o por el totalitarismo del Estado, mentalidad consumista-hedonista propia de una cruel economía de mercado, etc., dando así testimonio del mensaje salvífico de Jesucristo que reconcilió al género humano con Dios y a los hombres entre sí. El perdón de los pecados que trajo a la humanidad la obra redentora de Jesús, así como la llamada universal a la santidad no sólo se manifiestan en la predicación de la Palabra de Dios y en la celebración litúrgica de los sacramentos, sino también en signos visibles y palpables de lucha contra la corrupción y de crecimiento en el proceso humanizador de nuestro mundo. Así lo indicó Jesús de Nazaret: “Por sus frutos los conoceréis … Todo árbol bueno da frutos buenos, pero el árbol malo da frutos malos … Todo árbol que no da buen fruto es cortado y arrojado al fuego. Así que por sus frutos los conoceréis” (Mt 7,16-20).Y dar frutos buenos es algo que la Iglesia, a pesar de momentos de crisis y de lamentables faltas de testimonio, ha procurado realizar a lo largo de veinte siglos de historia en su labor misionera y evangelizadora.

Por ello, es del todo absurdo e inadmisible que la Iglesia contribuya a aumentar el sufrimiento de la gente. Cuando una institución eclesiástica practica proselitismo, corre el riesgo de hacer sufrir a los jóvenes que caen en esas redes, pues esas personas, al madurar con los años, se suelen dar cuenta de que fueron seducidas por un engaño que se aprovechó de la ingenuidad y de las ilusiones de la juventud; en esos procesos de maduración personal se atraviesan crisis espirituales que causan mucho sufrimiento interior, y lo más grave de ello es que ese padecimiento no se basa en la auténtica realidad de la vida humana, muchas veces defectible, sino en la burocracia, astuta e interesada, de una institución eclesiástica. Se trata, pues, de un sufrimiento algo artificioso y superfluo que debería evitarse de raíz porque contradice la esencia misma de lo que la Iglesia es y hace. La Iglesia no está para aumentar el sufrimiento humano y, mucho menos, para aumentarlo artificiosamente: esto es el colmo de los colmos.

Por eso, estoy de acuerdo con Ana Azanza en esta fase de su argumentación. La Iglesia debería prohibir explícitamente al Opus Dei que hiciera proselitismo. Así lo ha expuesto Vadovia en su escrito del 24.09.07, cuando reprocha los atentados a la dignidad de la persona humana perpetrados en la vida interna del Opus Dei. Estos son frutos malos.

La Santa Sede podría tomar medidas prácticas contra el proselitismo de la Obra, como las siguientes:

  1. suprimir la costumbre anual de la “Lista de San José” con motivo de la fiesta del 19 de marzo y prohibir la elaboración de todo tipo de listas de “pitables”;
  2. prohibir la utilización de términos como “pitar”, “pitable”, “pitaje”, que se usan con frecuencia en el lenguaje interno de la Obra y hacen patente una fuerte mentalidad proselitista;
  3. suprimir la referencia al “proselitismo” que aparece en una de las preguntas del examen de conciencia leídas en el “círculo breve” de numerarios y agregados y en el “círculo de estudios” de supernumerarios;
  4. suprimir de los planes de formación impartidos en la Obra todas las charlas y meditaciones sobre el tema “proselitismo”;
  5. enseñar a los directores de la Obra que, contrariamente a la praxis hasta ahora adoptada por ellos, cuando una persona solicita la admisión a la Obra, ha de vivir en los primeros años de su vocación en un periodo de prueba y que esa persona ha de ser plenamente consciente de que está en periodo de prueba (en la Obra se practica lo contrario: cuando alguien solicita la admisión, se le inculca inmediatamente el escrúpulo de conciencia de que desde ese momento ya no puede dar marcha atrás en su vocación).

Con medidas prácticas como éstas quedaría claro a los miembros de la Obra y a sus directores que no deberían practicar nunca proselitismo con nadie; sí pueden y deben dar testimonio cristiano y actuar apostólicamente en la sociedad civil intentando dar buenos frutos, pero sin mentalidad proselitista. Una tarea pendiente del Opus Dei es aprender a practicar lo que se denomina “discernimiento vocacional”, el cual, a diferencia del proselitismo, se fundamenta en el respeto a la dignidad de la persona humana. El problema es que, al menos hasta ahora, esto que estoy escribiendo aquí no es más que un sueño; muchos obispos diocesanos y la Santa Sede hacen la vista gorda y permiten por desgracia que el Opus Dei practique el proselitismo para conseguir nuevas “vocaciones”, que, como bien dice Ana Azanza, en realidad no lo son.

La “vocación específica” al Opus Dei

A propósito de este tema sobre la vocación a la Obra, recuerdo haber leído algún estudio del sacerdote numerario español José Luis Illanes, el cual fue decano de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra y es actualmente director del Instituto Histórico San Josemaría Escrivá.

El profesor Illanes ha estudiado desde el punto de vista teológico la cuestión de la vocación cristiana, la santificación del trabajo, la secularidad y la vocación al Opus Dei (cfr. José Luis Illanes, Laicado y sacerdocio, [Eunsa, Pamplona 2001], págs. 95-198). Sus tesis son verdaderamente sorprendentes y, en algún momento, increíbles. Según él, la vocación al Opus Dei no es una determinación concreta como puede ser la de quien se hace religioso (benedictino, jesuita, etc.) o ingresa en un instituto secular, a pesar de que el Opus Dei fue un instituto secular desde 1947 a 1982; no es tampoco la determinación concreta de quien participa en un movimiento laical (el Camino Neocatecumenal, Comunión y Liberación, etc.). La llamada divina al Opus Dei es una “determinación general” o “global” o “fundamental” que consiste en ratificar o confirmar los compromisos contraídos en el bautismo. Illanes distingue en la Iglesia “vocaciones generales” (laico célibe, laico casado y sacerdote, que se corresponden a tres sacramentos: bautismo, matrimonio y orden sacerdotal) y “vocaciones específicas” (benedictino, franciscano, jesuita, teresiana, neocatecumenal, etc., que se corresponden a los carismas concretos); la llamada al Opus Dei sería una “vocación general”, ya que, según Illanes, esa vocación consiste en ratificar radicalmente los compromisos contraídos en los sacramentos del bautismo, del matrimonio y del orden sacerdotal.

Esto tendría como consecuencia práctica que nadie debería desvincularse de la Obra después de ingresar en ella, pues no es lo mismo aceptar una “vocación general” que recibir una “vocación específica”. Esta última sí es de quita y pon: uno puede ingresar en un monasterio y, al cabo de los años, salirse para pasar a ser sacerdote diocesano. En cambio, uno no puede renegar de su “vocación general”, como es la del Opus Dei, pues obrar así sería comportarse como un traidor con Dios al estilo de Judas: las “vocaciones generales” son, según Illanes, para toda la vida en virtud de su radicalidad fundamental.

El teólogo Salvador Pié-Ninot, en su libro Eclesiología (Sígueme, Salamanca 2007), del que presenté un resumen en mi escrito del 25.04.07, cataloga estas tesis de Illanes como las que caracterizan a la “Escuela teológica de Navarra”, pues no sólo es Illanes el que las sostiene, sino todos los teólogos de la Universidad de Navarra y, en general, los del Opus Dei; por ejemplo: Pedro Rodríguez, “La identidad teológica del laico”, en AA. VV., La misión del laico en la iglesia y en el mundo, (Eunsa, Pamplona 1987), págs. 71-111, Ramiro Pellitero (ed.), Los laicos en la eclesiología del Vaticano II, (Rialp, Madrid 2005). Cuando Álvaro del Portillo, siendo prelado de la Obra, participó en el Sínodo sobre el laicado (año 1987), también sostuvo en aquella asamblea sinodal la tesis del carácter teológico-escatológico de la secularidad como fruto de un carisma del Espíritu Santo, el cual proporciona al laico una posición estructural propia en la Iglesia.

Esta tesis de Illanes y de la “Escuela de Navarra” guarda relación con el deseo del Opus Dei de ser prelatura personal. En efecto, si la vocación a la Obra es de tipo “general” y no “específico” y proporciona al laico una posición estructural dentro de la Iglesia, entonces la Obra no ha de adoptar una figura jurídica de tipo asociativo (orden religiosa, instituto secular, movimiento laical, etc.), sino de tipo jerárquico (diócesis territorial, vicariato apostólico, etc.). Pero el problema es que, como bien sabemos los usuarios de esta página Opuslibros, las prelaturas personales están clasificadas en el actual Código de Derecho Canónico (cánones 294-297) dentro del fenómeno asociativo de los fieles cristianos y no dentro de las estructuras jerárquicas de la Iglesia. Por tanto, ya aquí comienza a fallar la tesis de Illanes.

Es más, la teoría de Illanes y de toda la “Escuela de Navarra” acerca de la “vocación general” a la Obra hace agua por varios flancos, según ya han manifestado otros usuarios de esta página Opuslibros. En un escrito de Varios Universitarios (6.06.07) leemos: “De la condición de bautizado no se deriva la costumbre de rezar cada jueves la oración del ‘Adorote devote’, ni la obligación de confesarse semanalmente con el sacerdote designado por los directores, ni mucho menos el hecho de que don Javier Echevarría sea ‘el Padre’, pues el Padre de un bautizado es Dios y nadie más que Él. Estos y otros compromisos que los miembros de la Obra contraen al ingresar en esa institución no se derivan de su condición de bautizados ni de cristianos corrientes, sino sencillamente de la propia institución que cree conveniente y necesario imponer o recomendar a sus miembros tales obligaciones. Por tanto, es evidente que los miembros del Opus Dei se encuadran en el fenómeno asociativo de la Iglesia y que son una ‘realidad eclesial’ como las demás de ese fenómeno asociativo”. En realidad, la vocación a la Obra pertenece, al igual que las demás vocaciones de la Iglesia, al fenómeno asociativo de los fieles cristianos y no es, como pretenden Illanes y compañía, una “vocación general”.

En efecto, la distinción entre “vocación general” (la del Opus Dei) y “vocación específica” (la de una orden religiosa o de un movimiento laical) es falaz y contiene un error de fondo. Cualquiera que ingresa en una orden religiosa, se reafirma previa o simultáneamente en vivir a fondo los compromisos bautismales y, además, se compromete a cumplir los compromisos “específicos” de su carisma vocacional. Pues bien, eso mismo hace cualquier candidato que ingresa en el Opus Dei: previa o simultáneamente se reafirma en vivir a fondo los compromisos bautismales y, además, se compromete a cumplir los compromisos “específicos” de la espiritualidad de la Obra. Cuando Illanes presenta la vocación a la Obra ensalzándola como una “vocación general”, está deformando la realidad, ya que el carisma del Opus Dei, al igual que los demás carismas en la Iglesia, alberga en sí características y obligaciones “específicas” de su propia espiritualidad.

No cabe duda alguna de que la vocación al Opus Dei es una “vocación específica”, como todas las demás en la Iglesia. La llamada a la Obra invita a santificarse en medio del mundo y en el ejercicio del trabajo profesional según enseña el carisma “específico” de san Josemaría Escrivá, sabiendo que existen muchas otras formas, también específicas, de buscar la santificación en medio del mundo. Además, los usuarios de esta web y mucha más gente ya sabemos que la vocación al Opus Dei, aunque se presente teóricamente como plenamente laical, no lo es en realidad; Elena Longo mostró en su estudio publicado en la revista Claretianum (volumen 46, año 2006, págs. 413-497) que las numerarias y los numerarios de la Obra llevan una vida propia de personas consagradas. Por ello, Daniel M. ha propuesto en su escrito del 1.10.07 que el Opus Dei debiera llamarse Prelatura personal consagrada de la Santa Cruz y Opus Dei, resaltando así el tipo de espiritualidad “específica” inherente al carisma fundacional de esa institución.

Por último, pretender que la llamada divina al Opus Dei sea una “vocación general” y no una “vocación específica” responde a la megalomanía narcisista de Josemaría Escrivá, en continuidad con lo que Marcus Tank expuso en su magistral artículo del 14.09.07. Los seguidores fieles de Escrivá, como son Álvaro del Portillo y José Luis Illanes, secundan el narcisismo de su fundador asentando unas tesis teológicas de muy mala calidad; cuando presentan la vocación al Opus Dei como si fuera una “vocación general”, incurren en un engaño o sofisma de “autobombo”: los del Opus somos la repera o la repanocha, pues la nuestra es una “vocación general”, a diferencia de las otras “vocaciones específicas” de la Iglesia. Y este sofisma, tan ridículo, cae por su propio peso, pues no se lo cree ni quien lo inventó, por muchos libros que se escriban intentando demostrar lo indemostrable.

Conclusión

Ana Azanza exagera cuando afirma rotundamente que “la vocación al Opus Dei no existe”, aunque acierta de lleno en sus denuncias del proselitismo ejercitado por los directores y directoras de la Obra. El error de José Luis Illanes es todavía peor, pues presenta la vocación a la Obra como una vocación “de primera”, a diferencia de las demás vocaciones “de segunda” que hay en la Iglesia. Este planteamiento clasista de Illanes responde a que él es un teólogo que no piensa por sí mismo, sino que está al servicio de la “versión oficial” de los directores de la Obra. En las ideas teológicas de Illanes se aprecian, por tanto, los mismos errores cometidos por los directores a quienes él sirve: elitismo, narcisismo, complejo de superioridad dentro de la Iglesia y, claro está, mentalidad proselitista. Y estos no son precisamente frutos buenos.

Para que la Obra de Dios dé buenos y mejores frutos, la Santa Sede y los obispos diocesanos deberían instar a los directores y sacerdotes de la Prelatura del Opus Dei a que se olviden de las técnicas proselitistas y aprendan a practicar el “discernimiento vocacional”. Espero que la autoridad de la Iglesia Católica no sea lenta en aplicar al Opus Dei esta corrección.

Josef Knecht

Suplemento: la vocación al Opus Dei entendida de manera diversa por parte de las autoridades de la Iglesia y por parte de las autoridades del Opus Dei

En efecto, la “versión oficial” del Opus Dei entiende su propia vocación como una vocación laical en medio del mundo, merecedora de una figura jurídica no de tipo asociativo, sino de tipo jerárquico. Pero las autoridades de la Iglesia Católica saben, como lo sabe todo el mundo, que la gente de la Obra vive en realidad como personas consagradas y, además, entienden que la figura jurídica de la prelatura personal no es de tipo jerárquico, sino asociativo. Esta disonancia entre las autoridades del Opus Dei y las de la Iglesia Católica a la hora de entender el carisma del Opus Dei ya ha sido expuesta en esta página web en un escrito de Daniel M. (1.10.07), del que ahora transcribo un párrafo: “Parte del problema del Opus Dei es querer ser más de lo que realmente son. No son capaces de verse como son realmente dentro de la Iglesia. Y creo que no aceptan la visión que la Iglesia tiene de ellos. Tampoco han sabido captar la providencia de Dios de estos últimos años. El hecho que el Cardenal Ratzinger se opusiera claramente a considerar una prelatura personal como estructura jerárquica, que este Cardenal fuese nombrado prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y actualmente Papa, les debería haber iluminado lo que era la Voluntad de Dios durante los últimos 25 años. Pero algo les pasa, pues exigen obediencia plena y ciega a las disposiciones del Prelado. Pero éste, a su vez, no parece estar sujeto al mismo tipo de obediencia respecto al Papa. Lo natural sería que no exigiera a los demás lo que él no está dispuesto a cumplir ¿verdad?”.

La disonancia entre las autoridades de la Iglesia y los directores del Opus Dei acerca de la identidad del propio Opus Dei también se escucha en algunos tratados de teología católica. El teólogo catalán Salvador Pié-Ninot afirma que la línea de pensamiento sostenida por los teólogos de la Obra sobre las prelaturas personales es “insospechada”, “prácticamente única, no gozando del consentimiento del resto de eclesiólogos y canonistas incluso de diversas orientaciones”, ya que “se trata de una propuesta eclesiológica altamente sorprendente por su falta de fundamentación histórico-tradicional” (Salvador Pié-Ninot, Eclesiología, Sígueme, Salamanca 2007, págs. 340-345 y 427). El canonista alemán Heribert Schmitz, catedrático emérito de Derecho Canónico de la Universidad de Múnich y miembro del Senado de Baviera, refiriéndose a la transformación del Opus Dei en prelatura personal, llega a la conclusión de que “la nueva forma jurídica que el Opus Dei se ha hecho dar no corresponde a la esencia ni a la estructura de esa asociación, y por eso hay que buscar en adelante una mejor solución” (Joseph Listl – Heribert Schmitz [eds.], Handbuch des katholischen Kirchenrechts, Verlag Friedrich Pustet, Regensburg 1999, pág. 654). Según Schmitz y otros especialistas (Winfried Aymans, Lamberto de Echeverría, Oscar Stoffel, Ronald Klein, Giancarlo Rocca, etc.), el Opus Dei debería adoptar una forma jurídica distinta de prelatura personal, correctamente adaptada a la realidad de su carisma. Como se puede apreciar, las tesis de la “Escuela teológica de Navarra” resultan inaceptables por otros teólogos y canonistas que, además de conocer la realidad de la Obra, se mantienen fieles a lo que establece el Código de Derecho Canónico y a las pautas razonables del quehacer teológico.

La causa profunda de todo este galimatías, sorprendente y algo alucinante para quien no esté metido en el mundo teológico, radica en la arrogancia y la prepotencia del Opus Dei en la Iglesia y, más en concreto, en el deseo que tenía san Josemaría de llegar a ser obispo y jerarca; me remito otra vez al magistral artículo de Marcus Tank del 14.09.07 acerca del narcisismo de este personaje, situado en las antípodas de su compatriota San José de Calasanz.