Reconstrucción/Reconstrucción

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RECONSTRUCCIÓN
(18 años en el Opus Dei)

RECONSTRUCCIÓN


Volví con la conciencia de necesitar ayuda todavía, pero tomando esta vez la decisión de manera completamente autónoma, a hacer psicoterapia. La persona a la que me dirigí no pertenecía esta vez al entorno de la obra, más bien estaba en las antípodas.

Ha supuesto un trabajo largo, lleno de momentos bellos pero también de otros dolorosos y difíciles. La tentación de escapar ha sido, en algunos momentos, muy fuerte. Me ha sido de gran ayuda, en todos aquellos años, el propósito que me fue madurado dentro y que escribí para no perderlo de vista y por mantenerme fiel: "quiero aprender a encontrar el centro dentro de mí misma. Quiero -incluso sabiendo que puedo necesitar a los otros- lograr que nadie sea indispensable, no quiero sentir ese impulso invencible, casi forzoso, e irrazonable, de encontrar dos orejas fiables capaces y listas para escuchar lo que me angustia, o me deprime para luego sufrir más por no sentirme adecuadamente consolada. Quizás todavía he aprendido pocas cosas de la vida pero lo poco que sé, lo quiero tener bien seguro. Ante todo, que cada uno de nosotros es un santuario, que nadie si no Dios -tampoco el mismo interesado a veces - puede saber qué cosas hay realmente en la cabeza y en el corazón de otro, y que por tanto nadie puede saber qué es lo que está bien o mal para mì, salvo yo. Puede ayudarme a descubrirlo, pero no puede descubrirlo o entenderlo en mi lugar, ni mucho menos, imponérmelo."

El trabajo hecho con la psicoterapia ha sido fundamental. Cada uno de nosotros lleva dentro sus puntos débiles, más o menos acentuados. La diferencia consiste en aprender a administrarlos, porque eliminarlos completamente no se puede. He aprendido, poco a poco, a distinguir las cosas factibles de las irrealizables, a empeñarme en lo nuevo sin sentirme frustrada por el pasado; he aprendido a no manipular a los otros, tratándolos de tal modo que espere la gratitud o la consideración como recompensa. Hablando de ello, aprendiendo palabras para contarlo, he afrontado muchos momentos feos de mi pasado que consiguieron arruinarme el presente, porque no los entendí ni los desmonté hasta hacerlos inofensivos. La lección quizás más importante, ha sido la de que ser adulto significa hacerse responsable de las propias necesidades, no delegándolo en otros sino sintiéndonos responsable en primera persona. Ser adulto es aprender a ser padres de nosotros mismos: exigirnos, consolarnos, gratificarnos, mimarnos. Aprender a quererse y a sernos simpáticos. Poco a poco empecé a sentirme mucho mejor y hasta a rejuvenecer como mujer; mi físico, que hasta a entonces conservó las características casi de adolescente, empezó a tomar formas más definidas de mujer, y yo, dentro de él, estaba y me sentía más cómoda.

Cambié de trabajo y mis colegas, que no habían conocido antes a la persona rígida y poco natural que era, empezaron a cortejarme y a demostrar interés por mí. No fue una estúpida coquetería la mía. Fue el despertar a una espontaneidad nunca experimentada por una persona que se paró en la niñez sin llegar nunca a ser adolescente, que fue dada de la tutela agobiadora de los padres a la de una institución opresiva sin haber tenido el tiempo de vivir las experiencias propias, algo tontas, pero fundamentales, de todos los adolescentes.

Con la separación de mi marido, me puse de parte de los que siempre había considerado que estaban equivocados. Pero llegué después a este paso tras largas y serias reflexiones y todos los razonamientos que hice me llevaron a concluir que esta solución representó, al menos en mi caso, el menor de los males. Esta situación, paradójicamente, me ha llevado rápidamente a entrar en otra relación con Dios. En esto también me he sentido ayudada por la experiencia de la maternidad. Supe por experiencia directa lo que significa tener un hijo, y cómo se pueden convertirse en absurdas, frente a esta experiencia, las categorías mezquinas en que encerramos el amor de Dios hacia nosotros. La jovencita escrupulosa y obsesiva salió del foso y descubrió que el amor de Dios es otra cosa.

De aquella experiencia, mi mentalidad cambió radicalmente. Haber aprendido a quererme me ha vuelto más serena y tolerante con los demás. Poco a poco he entendido que la regla evangélica "quiere al prójimo como a ti mismo" no quiera decir que la medida mínima del amor que tenemos que llevar a los demás tiene que ser lo máximo del amor que tenemos por nosotros mismos, sino que si no aprendemos primero a querernos a nosotros mismos, el amor que pretendemos tener por los otros no será más que fuente de nuestras neurosis y frustraciones. He aprendido a hablar menos y con más calma, y a buscar dentro de mí el centro de mi equilibrio y de mi serenidad. Me han quedado algunas secuelas -cada vez más esporádicas- de la depresión, que me atacan en los momentos más inesperados a pesar de mi vida fundamentalmente serena. Yo me siento curada de la depresión real, pero cuando aparece esa extraña molestia, trato de aceptarla como una cicatriz de mi vida pasada. En realidad la depresión me ha dado lecciones importantes de compasión, de tolerancia, de no juzgar a quién parece más débil, de saber escuchar, sin querer por fuerza dar soluciones.

Tengo a una hija sana y feliz, que estoy intentando ayudar a crecer sin atajos y que sea capaz de ir al centro de las cuestiones. La relación con mi marido, pasados pronto los primeros momentos borrascosos después de la separación, está encontrando serenidad alrededor del objetivo común de hacer que la separación no influya en la felicidad de nuestra hija. Él trabaja al extranjero, y cuando va a Italia sabemos darle a nuestra hija la posibilidad de no tener que elegir entre ninguno de los dos. Y, en fin, hemos encontrado un modus vivendi bastante aceptable. Ciertamente, a menudo me siento muy sola. Después de mi separación, me fui a vivir de nuevo con mi madre porque coincidió con la muerte de mi padre. Tengo el soporte y el cariño de mi familia, y veo a mi hija crecer en un ambiente casi normal, pero añoro junto a mí una presencia masculina con la que compartir preocupaciones y alegrías. Pero por ahora está bien así.

Sé que mi historia es atípica. Conozco a personas que, incluso dentro de la obra, han conservado su lucidez de juicio y que han ido dándose cuenta de la injusticia de las cosas que sucedían allá dentro. Yo he tardado mucho tiempo en recobrar mi juicio. He dejado hacer y he colaborado activamente en mi lavado del cerebro; perdí, quizás por mi culpa, la capacidad de juzgar de manera autónoma según mi conciencia. He hecho y he dejado que me hicieran cosas que ahora me asustan. Mi cuerpo y mi psique reaccionaron antes que mi inteligencia y que la rectitud de mi conciencia. Me juzgan y me juzgo una persona inteligente, sin embargo buena parte de mi vida ha sido una gran estupidez.

Ahora, cuando pienso en mi historia, me veo como una nave espacial que viaja lentamente al principio para vencer la fuerza de gravedad, pero que luego, alcanzado un punto crítico, empieza a acelerar y a viajar cada vez más velozmente. Cuando luchaba, por dentro y por fuera de mí para recobrar mi libertad, personas acreditadas del Opus Dei me dijeron que me pesaría amargamente la decisión que estaba tomando, que no encontraría jamás la paz conmigo misma ni con Dios, que no tendría jamás tranquilidad. Después de más de diez años que hace que me fui, sin ninguna obligación ya de ser coherente con ideas preconcebidas, hago cuentas. Con una gran satisfacción y una serenidad que se parecen de cerca a la felicidad, puedo constatar que mi vida no ha sido nunca tan equilibrada ni ha estado tan en contacto con la realidad como lo está hoy.



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