Qué es perseverancia? La batalla del lenguaje

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Por Unruhig, 11 de diciembre de 2006


Hace poco leí en opuslibros una referencia al trato con los que no “perseveran” y me vinieron a la cabeza unas reflexiones que me parece que pueden ayudar.

Fui invitado a salir de la Obra en 1995, aunque en la carta (que me hicieron rehacer porque decía la verdad: que los directores habían decidido que me fuese) puse que yo, agradecidísimo por lo mucho que habían hecho por mi pobre alma y consciente de que no daba la talla, pues adiós muy buenas. O sea, que soy de esos pobrecitos que no han perseverado, snif!...

Como hace ya algún tiempo, y la memoria se ha llenado de gran cantidad de contenidos nuevos, de vivencias, intereses, proyectos y demás, hay cosas que se me han olvidado. Esto tiene su interés, pues la vida normal mira al futuro, a los proyectos, a lo que aún está por hacer y nos ilusiona. Justo lo contrario que ocurre en la Obra, donde todo se mira “ad mentem patris” y ese pater es siempre el original, porque los demás son copias cada vez más desvaídas; de ahí que el opus va, lo mires como lo mires, al revés de la normalidad: mirando al pasado. Es un arbustillo que no quiere echar hojas ni frutos, sino permanecer muy pegado a esas raíces bien hundidas bajo tierra: lo suyo es clara vocación catacumbaria.

Todo esto venía a que recuerdo vagamente algunas de las batallas que históricamente se habían ganado en la Obra. Ya sabéis: la batalla jurídica (todo un éxito, siempre triunfando en soluciones definitivas “de momento”), la batalla doctrinal (qué risa, ¿os acordáis de los apuntes internos, por no hablar del modo en que se impartían aquellas asignaturas? En cualquier lugar público habrían echado a patadas a la mayoría de semejantes profesores. Aunque, por nadie pase, ¿qué iba a hacer el pobre ingeniero que, de pronto, en virtud de la sotana tenía que ser ya experto en metafísica? Y respecto a los contenidos, mirad lo que dice Jacinto Choza por ahí de cuando intentó escribir el manual de antropología –magnífico, por cierto- que resultó inaceptable).

De esas y otras batallitas que nos contaban los abuelitos Cebolleta del Opus, otro día hablaremos. Hoy me interesa otra. Y me interesa precisamente porque hay batallas que se ganan precisamente porque el enemigo no se da cuenta de que está en medio de una refriega y no sabe por dónde le vienen las tortas. Remito para esto a la célebre novela de Orwel, 1984. Si recordáis, ahí la pobre víctima sólo es ejecutada, muere, cuando se da cuenta de que merece morir y que quien lo mata es digno de amor, de todo su amor. Y yo que me leí esta novelita estando en el Opus, en el “digno de amor” y sus métodos ya reconocí algo de la Obra y la fraternidad del Gran Hermano.

Quisiera hablar de la batalla del lenguaje. Me parece que es una batalla en la que puede que algunos aún anden perdidos y amando al Gran Hermano que los machacó.

Volviendo al principio, lo de los que “perseveran” y los que no lo hacemos. Obviamente, nosotros estamos en el lado oscuro, entre los que han puesto la mano en el arado y han vuelto la vista atrás, etc. Todo teñido de oscuridad y tiniebla, llanto, crujir de dientes y mal rollo. De ahí que los que permanecen en la parte de la fidelidad, felicidad (aunque sea atriborrados a ansiolíticos), son los buenos, y nos ven como resentidos, condenados en vida, etc. Tiene su lógica, visto desde el triunfo en la batalla del lenguaje: somos los que no hemos perseverado.

Si no yerro, aquí hay un equívoco del que interesa ser consciente. Que nos va mucho en ello. Fundamentalmente nos va una cuestión: la verdad.

La perseverancia, la fidelidad es respecto al algo. ¿A qué somos, o dejamos de ser, fieles? A los compromisos asumidos en el momento del pitaje (me salto que un imberbe de 14 y medio sepa a qué se compromete, que esto también tiene importancia, pero aquí complicaría el análisis). Compromisos que, si no recuerdo mal, son algo así como buscar la santidad en medio del mundo, mediante la santificación del trabajo y el apostolado. Más o menos.

Viene bien recordar en este punto el interesante trabajo de Antonio Ruiz Retegui sobre lo institucional.

Cuando salí de la Obra el último emisario de la institución me preguntó si quería permanecer como cooperador. Y ya tenía yo bastante camino hecho como para responderle que no, que ellos se las apañaban muy bien para corromper el espíritu de la Obra y que no estaba dispuesto a cooperar en la destrucción de algo que yo juzgaba de Dios.

Si ocurre, y ocurre, que la institución en multitud de ocasiones ha ahogado la posibilidad de vivir el espíritu. Si ocurre, y ocurre, que en multitud de ocasiones la institución imposibilita que sus miembros vivan en medio del mundo, se desarrollen humana y sobrenaturalmente. Si ocurre, y ocurre, que la institución imposibilita a muchas personas (ojo, que no digo a todos) perseverar en sus compromisos ante Dios. Si ocurre esto, digo, entonces la conclusión es la que yo vi estando aún dentro de la institución: la opus puede apartar a la gente de sus compromisos (esto está muchísimo más claro en el escrito ya citado de Ruiz Retegui, así que me ahorro su desarrollo). Y, por eso, en muchos casos, la fidelidad a los compromisos pasa por alejarse de la praxis de la Obra. Todos sabemos ya que en la opus, el término “perseverar” significa cumplir la praxis de la Obra, aunque el espíritu, los compromisos con Dios brillen por su ausencia o aunque tal praxis sea contraria a los derechos humanos, el evangelio y la legislación positiva de la Iglesia.

Subrayo que en muchos casos (y entre esos, abundan más los numerarios y agregados que los supernumerarios), para perseverar en el cumplimiento de los compromisos adquiridos, hay que alejarse de la praxis de la Obra. Cuando vi esto, empecé a funcionar según los compromisos asumidos (entonces yo decía “según el espíritu de la Obra”). Algunos de los resultados fueron que gané en paz interior y buen humor, trabajé con ilusión y alegría, y gente de mi entorno se acercó a la Obra (porque eso que me veían vivir era atrayente, que lo es), y que los choques con la institución fueron creciendo hasta que me sacaron el “ómnibus”, ya sabéis el autobús para irme de la Obra: o tomas todo, espíritu y praxis, o puerta. Como a mí me sonaba que hay que obedecer a Dios (el espíritu, los compromisos con Él) antes que a los hombres (la praxis, la chorradillas de estas gentes), pues me fui más contento que unas pascuas.

El daño que la institución ha hecho a no pocos de los que hemos pasado por allí ha llevado a que gentes que antes rezaban, trataban a Dios, tenían deseos de formarse, etc han quedado estragados, incapacitados. Remito a los trabajos sobre “rezar después de irse” y alguno más que ha aparecido sobre esta cuestión.

Por tanto, recuperando el lenguaje. Quienes no han perseverado han sido los que son responsables del funcionamiento de la Obra. Porque no me digan ustedes, señoritos directores que nos leéis, que os comprometisteis con Dios para vivir como lo hacéis. Recuerdo que en un centro en el que yo era adscrito se organizó un concurso cuyo premio era un viaje a Roma (al Univ) y oí comentar al sacerdote que no compensaba vivir la castidad para amañar concursos. Y entonces no entendí por qué decía aquello aquel buen hombre. Ahora sí. En fin, no me extiendo en la exposición de las cosas que se hacen en la Obra y que están en las antípodas de aquello que fue lo que nos ilusionó y a lo que nos comprometidos. Pensadlo, que aún estáis a tiempo de evitar el oír aquello de “tengo contra ti que has perdido el fervor de tu primitiva caridad”. Desde luego, cuando lo de las campanadas yo es que ni conocía la Obra (pité en 1977 con 15 recién cumpliditos, así que echad la cuenta cuando el campaneo). Pero quienes eran un poco mayorcitos y les sonaba que eso de los signos de los tiempos venía del Papa y visteis lo que decía ¿no os sonó? ¿no se os removió algo dentro? No quisiera yo estar en vuestro pellejo. Es que se ve la mala uva que destilan las campanadas insultando directamente al Papa, que no es el cura Paco el que escribió todo aquello.

No digo yo que todos los que han abandonado la institución lo hayan hecho por ver que era imposible perseverar en lo que Dios le pedía. Como tampoco digo que quienes siguen dentro todos hayan perdido su camino. Pero me parece que hay más gente fiel entre los de fuera que entre los que aún están dentro. ¿Quiénes han perseverado y quienes no? Dios lo sabe y cada uno puede tener una pista examinando su conciencia que es donde tiene por costumbre hablar Dios, según estudié en el catecismo de la Iglesia Católica (en el catecismo del opus a lo mejor no es así y Dios habla en los papelitos llenos de faltas de ortografía que vienen de la delegación o de más allá, pidiendo 500 numerarios para ya mismo o cosas de esas). Si hay que contar dónde hay más, si dentro o fuera, afortunadamente será Dios quien cuente que no se equivoca ni cuando cuenta los pelos de la cabeza. Porque si fuera la institución la que llevase las cuentas, apañados iríamos, que ya ha mostrado Claire Fischer que en cuestión de números tampoco son de fiar.

Entre los que no han perseverado en su camino (y siguen en la institución) muchos son causantes de daños tan graves que han logrado que otros (se hayan ido o no de la institución) hayan perdido su camino. Un escándalo, vamos. Ya sé, ya sé que es inevitable que haya escándalos. Pero no quisiera yo estar en la piel de aquel por el que vienen los escándalos; fijaos, que casi preferiría que me ataran una rueda de molino (por decir algo) y me arrojaran al mar.

A quienes han perseverado y han entregado todo (el omnibus aquel), Dios (no ningún Escriba ni fariseo) ha prometido la vida eterna y el ciento por uno en esta vida con persecuciones. Las persecuciones deben ser las que sufrimos en la Obra, así que eso ya está. Ahora a disfrutar, a gozar del ciento por uno. Y entre ese ciento por uno, si uno vive por Murcia, puede estar ir a la comida de amiguetes el día 16. Que, recuerdo, si hay alguien interesado y se entera ahora, que le pida mi emilio a Agustina.



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