Qué es para vosotros un agregado?

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Por GREGORY P., 13 de mayo de 2004


Quiero introducir un argumento nuevo en estas conversaciones con nosotros mismos que constituyen la página, en las que, según veo, suelen participar, en un alto porcentaje, ex - numerario/as.

La pregunta es: ¿Qué es para vosotros un agregado? ¿Qué relación teníais con los agregados? ¿Qué pensabais de ellos?

Lo que sigue son ideas deslavazadas, escritas en varios ratos, en diferentes días. Son tan caóticas como yo, y sólo pretendo introducir cosas de las que hablar.


1.- En primer lugar, he de decir que yo fui agregado, aunque nunca entendí el por qué. Me explicaré.

Cuando me dijeron que escribiese la carta al Padre, yo sólo sabía que, así, pertenecería, de alguna forma ignorada, al Opus Dei, institución a la que yo, en aquel momento, denominaba, en un derroche de familiaridad, "la Orden".

Cuando el director del centro me dio la cuartilla y me dejó su pluma, me suelta: "dile al Padre que lo quieres mucho, y que quieres ser agregado. Escribe algo más, pero no te enrolles".

Yo obedecí, como siempre a partir de ese momento, y puse agregado. Pero con el mismo conocimiento de causa que si hubiera puesto preservado, incubado, indubitado, prensado o disgregado. No tenía ni idea de qué cosa fuera un agregado, y por qué yo debía querer serlo.

Por eso, cuando me decían los directores que yo tenía una vocación de agregado como un camión, me entraba la risa flojas, y pensaba: qué potra tuve, no equivocarme al escribir.


2.- Ni que decir tiene que yo iba por un centro de agregados de un gran pueblo de los alrededores de Barcelona.

Una cosa curiosa: en ese gran pueblo había tres centros de "captación" de agregados, pero no había ninguno de "captación" de numerarios. Esos otros centros se situaban en Barcelona, y solían tener muchos más medios, y acudir gente de barrios más distinguidos. Todos los que acudían a mi centro eran hijos de obreros, y, como mucho, de oficinistas.

Es cierto que, en este gran pueblo, de cuyo nombre prefiero no acordarme, había un centro de numerarios, pero era una residencia. No se hacían otras actividades que las de darles de comer y de dormir a los numerarios.


3.- Pese a que yo estaba en un centro de agregados, pitaron algunos numerarios.

Sin embargo, estas personas siempre estaban como "separados" de los agregados. Menos en las tertulias, en las que participaban, y las meditaciones del domingo por la tarde, se les daba de comer aparte, con retiros, charlas, círculos, convivencias, etc, especiales.

Incluso al pequeño grupo de numerarios que se formó, nunca les daban charlas los agregados, ni siquiera las primeras de iniciación: siempre se buscaba un numerario que se las diera.

Esto, que nos puede parecer normal, a mí siempre me extrañó. Sobre todo, después de leer lo de que "hijos míos, yo sólo tengo un puchero". Pese al conocido único puchero, a cada uno se le daba de comer con una cuchara distinta, y en un plato diferente.


4.- Siempre me sorprendió la división estanca que se hacía entre los grupos de numerarios, agregados y supernumerarios, porque lo abarcaba todo. No sólo los círculos eran diferentes, sino también las convivencias, los retiros. Incluso los lugares donde se hacían las convivencias y los retiros eran diferentes de una rama a otra del mismo tronco opusiano.

Los agregados solíamos hacer las convivencias (excepto los enchufados) en alguna obra corporativa o labor personal reconvertidas en periodo vacacional, por el método de transformar las aulas en dormitorios de ocho camas, separando un lado y otro por una hilera de armarios donde colocábamos nuestra pertenencias. Qué recuerdos.

Sin embargo, los numerarios iban a sitios de ensueño, como los que describió Sátur en su momento.


5.- ¿Qué criterios utilizaban los directores para que unos miembros fueran numerarios, y otros agregados? Nunca lo supe.

En las primeras constituciones se decía que los agregados eran miembros de la Obra que no se casaban, que debían vivir los consejos evangélicos de pobreza, castidad, y obediencia, de la misma forma que los numerarios, pero sin vivir en comunidad. Y los motivos que se daban a esta diferenciación eran dos: que los agregados eran personas enfermas, o que no tenían estudios superiores, y se dedicaban a trabajos manuales. Motivos ambos por los que no podían ser numerarios, porque éstos debían ser personas sanas, y tener, o estudiar, una carrera, como mínimo.

Pero eso debió ocurrir con los primeros agregados, es decir, con los que yo no conocí. Todos los que había en mi centro, excepto dos o tres, cuando yo pité, estaban estudiando una carrera, o la estudiaron en su momento. Algunos con notas excelentes. Y, que yo sepa, ninguno estaba enfermo, al menos con alguna enfermedad digna de mención.

Por lo que la pregunta no había sido respondida. ¿Qué extraño silogismo convertía a un futuro miembro en agregado y no en numerario? Porque con los supernumerarios la cosa estaba clara: el que pasaba de 18 años, y tenía novia formal desde hace tiempo (el que tenga oídos para oír, que oiga) pitaba de supernumerario, y ya está. El problema estaba con los dos grupos que comento.


6.- Los pocos numerarios que pitaron en mi centro de agregados no eran gente muy especial. No provenían de familias especialmente adineradas. Eran listos, pero no muchísimo más que los agregados.

Lo único que les diferenciaba de nosotros es que eran hijos de supernumerarios de toda la vida, es decir, que habían vivido, mamado la obra desde sus inicios. Quizá fuera esa la distinción especial, que aconsejó a los directores.

Incluso los hijos de supernumerarios de hacía poco tiempo, no pitaban de numerarios, sino de agregados.


7.- Creo que los agregados sabían muy poco de los numerarios, y que, por ese motivo, los idealizaban, pensando que eran algo así como superhombres.

Pienso que ese distanciamiento, esa idealización, estaba calculada desde el primer momento, y servía para colocar al numerario en una especial posición, en una atalaya, desde la que mirar de forma perfecta sin ser visto del todo, desde la que poder mandar a sus hermanos con mayor autoridad.

Dicho de otra forma: aunque convivieras con un numerario durante diez años, sabías de él, de su familia, de sus cosas, apenas nada. Mientras que, sin embargo, él conocía absolutamente todo de ti.

De esta forma, el numerario era el "líder natural" del agregado. Desde el momento en el que pitaba, se le preparaba para el momento en que fuese nombrado tu director.

Eso lo vivíamos de manera muy intensa en el centro de agregados. Los numeraritos que pitaban en nuestro centro eran de nuestro mismo grupo, iban a nuestras mismas tertulias, y compartían las labores de apostolado del centro. Los veías crecer, pero te dabas cuenta de que su puesto no era el perpetuo indio, sino el de jefe. A veces, nos sentíamos como la loba que estaba criando, con solicitud, una cría humana, de un ser que, cuando creciese, nos dominaría, porque ese, precisamente ese, era su destino en la vida.


8.- Esta distinción, que quizá fuese necesaria para ejercer el mando, y que quizá sea la que existe en el ejército entre la soldadesca y los mandos, hacía que mirásemos con deferencia a los numerarios.

Y creo que, como efecto-rebote, conseguía que los numerarios mirasen con desdén a los agregados, como si fuesen "miembros de segunda", personas que no estaban tan entregadas como ellos en la Obra. Que habían dejado menos cosas. Que "no se enteraban".

Muchas veces, en plan de broma, pero diciendo lo que pensaban en realidad, los numerarios nos recriminaban que vivíamos como reyes en la casa de nuestros padres. Nos poníamos el pijama cuando llegábamos, mientras que ellos tenían que cenar con chaqueta, hasta en verano. Nos íbamos a dormir cuando queríamos, después de ver la "peli" que nos pasara por las narices, mientras que ellos veían lo que les decía su director. Comíamos de todo lo que nos gustaba, porque nos lo hacía nuestra mami, mientras que ellos comían lo que les hacía la administración, sin poderse permitir ningún capricho. Y así, mil cosas.

Evidentemente, los agregados veíamos la cosa de manera muy diferente. A todos nos habría gustado ser numerarios por un tiempo: vivir juntitos en el mismo sitio, sin tener que dar cuenta a las madres de nada; con un oratorio en casa, para rezar cuando quisieras; con un montón de coches que intercambiarse, mientras tú ibas con tu 127 de toda la vida, que se caía a pedazos; con unas hermanas que te servían con delantal negro y cofia blanca, que te hacían la cama y te dejaban la habitación como los chorros del oro, que te hacían crespillos en las fiestas importantes, y que no te pegaban bronca hicieras lo que hicieras.


9.- ¿Qué pienso yo de todo esto? Siempre creí que estas divisiones radicales entre los numerarios y el resto de "grupos" de la obra las había ideado el fundador para envanecer a los futuros directores, para hacerles sentir orgullosos de su propia condición y preeminencia, y conseguir, de esta forma, que se creyeran algo radicalmente falso: que por su boca hablaba el Espíritu Santo, que tenían gracia de estado para dirigir a sus hermanos, y, muchas veces, amargarles la vida, ocultando sus deseos más egoístas con la excusa de "la voluntad de Dios".

Cuántas veces, y eso lo sabrá el que lo fue, cuando el director daba una instrucción "de conciencia", no buscaban agradar a Dios, o a las almas, ni siquiera a la Obra, sino sólo sentirse obedecido por personas inferiores, a los que se les hacía un favor admitiéndoles en la Obra, aunque fuera como agregado o supernumerario, porque, en realidad, como he oído infinidad de veces, "no se enteraban de nada".


10.- Es verdad que no nos enterábamos de nada. Yo, personalmente, me he enterado de un montón de cosas leyendo a los orejas.

Me he enterado de que tus confidencias se vertían en notas a mandar a Delegación, escritas en claves, contenidas en un librito disimulado, donde se contaban todas las cosas de los dirigidos a los directores, para que no se les escapase nada.

Me he enterado de las conversaciones del consejo local, donde salían a relucir, delante de los "escogidos" por la Providencia, todos los trapos sucios de los agregados dirigidos, incluso aquellos que, imbécil de ti, habías contado después de muchas lágrimas.

Me he enterado de las estadísticas que tenían que mandarse a delegación, sobre el apostolado que se hacía con la gente de San Rafael, con los chicos que habían ido a la meditación, que habían ido a círculo, que se habían confesado, que se les había hablado de pitar, que .... Personas que no eran de la Obra, que no habían dado su consentimiento para que hablasen de su vida interior, que pensaban dirigirse confidencialmente a unos amigos, cuando en realidad les contaban sus intimidades, como mínimo, a quince o veinte personas.

Todas esas cosas nunca las sabíamos los agregados de a pie. Luego era normal que a los numerarios se les diera de comer aparte. Y tan normal.

OJO: NO ESTOY HABLANDO MAL DE LOS NUMERARIOS QUE DEJARON DE SERLO, TODO LO CONTRARIO. Simplemente creo que la burocracia que creó "monseñor" alentaba este secreteo, del que él mismo era el gran muñidor, convirtiéndose en un enigma encerrado en el acertijo de un arcano.


11.- Acabo con una digresión, a la vista de que, en varios correos recientes, se nos llama cobardes por no dar nuestro nombre.

Sin embargo, es muy comprensible. Es precaución, porque, como he dicho antes, hay muchas personas que saben mucho de mí, aunque yo no sepa nada de ellas. Tanto dentro como fuera de la Obra. Por lo que, en caso de una posible batalla, estoy en clara desventaja. Y me explicaré.

El director que me habló de pitar dejó de ser de la Obra hace varios años. Se casó, tuvo un alto cargo de responsabilidad política y ahora está integrado dentro de un influyente grupo mediático, no sé en qué medida, porque le he perdido la pista. Ha triunfado humanamente, y me alegro por él, lo digo en serio, sin ironías.

Nunca le caí bien. Él llevó mis primeras charlas, y me dedicó los primeros desprecios, que quizá me mereciera, que sin duda me curtieron, que me hicieron mucho bien. Pero no por ello dejaron de ser desprecios, que un niño de quince años no se merecía, no había hecho nada para merecerlos.

A esta persona, que no es de la Obra, y no sé si sigue siendo creyente, cumpliendo con la enseñanza de la "sinceridad salvaje", le conté todas mis intimidades, sin especificarle que no se las podía contar a nadie. La verdad es que, a mis 15 años, no se me ocurrió que debía decírselo. Ni siquiera se me pasó por la cabeza que fuera a contar a otras personas las cosas de las que hoy, 23 años después, me sigo avergonzando, y que, en otro contexto, sólo habría contado al Padre Topete en confesión, y adiós muy buenas. Me imagino que ya no se acuerda, y, en cualquier caso, no creo que las publique en el grupo periodístico en el que trabaja. Al fin y al cabo, ¿a quién le importa la pobre vida de Gregory P?

Sin embargo, muchas veces me he preguntado: ¿a quién reportó JMFP todas las cosas que yo le conté? ¿Es posible que estén escritas en algún ficherito, en algún sitio recóndito de algún centro siniestro? ¿Las reportaría a Delegación, o a Comisión, o a Roma, para que conocieran mis problemillas?


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