Purificar la religiosidad tras el paso por el Opus Dei

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Por Nicanor, 11 de abril de 2011


El presente artículo pretende presentar al lector algunas características de la Prelatura con relación a distintos aspectos ascéticos e interpretación de lo indicado por el Fundador del Opus Dei para su Prelatura. Materia que, para los que nos fuimos ha dejado cicatriz que nunca se borrará de nuestra memoria. Con ocasión del llamado del Papa a purificar la práctica de la religiosidad como tarea de los creyentes, divido el artículo en las siguientes partes:

Sueños convertidos en pesadilla

Son casi las dos de la madrugada. Desde hace un par de días que no dejo de soñar, esos sueños extraños, en que te ves y sientes que sigues siendo numerario y no sabes qué ha sucedido ni cómo escapar de aquella situación en la que te has involucrado. Es casi por seguro que todos hemos pasado y seguiremos pasando por este tipo de recuerdos que afloran en nuestro sub consciente tras tantos años dentro de aquella fundación de Escrivá que tanto daño nos ha causado por dentro y por fuera y, como me preguntaba un lector de otro país, ¿Cómo es posible que la Iglesia siga permitiendo la existencia de tal Institución habiendo tantos testimonios que han sufrido los abusos del régimen de la Prelatura? Honestamente, no lo sé. Lo único que me queda claro es que, el Santo Fundador, dejó por escrito una serie de instrucciones y ejemplos de actuación que han devenido en una práctica perniciosa de la religiosidad a la cual llama el actual Papa para que sean purificadas por los propios creyentes.

Atracción fatal y tristeza

No cabe duda que cara hacia el creyente, la Obra de Dios se presenta con un matiz atractivo, de fidelidad plena al catolicismo y a la Iglesia para luego ir, “como por un plano inclinado”, hacia la praxis subyugante de las normas y costumbres creadas por el Fundador y mantenidas por sus sucesores.

Narraba uno de mis lectores, de aquel amigo suyo al que le plantearon ser numerario el 19 de marzo y me solicitaba consejo porque le notaba triste, silencioso, sin deseos de abrirle el corazón a su mejor amigo. Táctica muy propia de la Obra y prescrita por el mismo Escrivá como parte de la “santa prudencia”.

Sectas y prácticas secretas

Hoy, durante la sobremesa del almuerzo, mi madre narraba un documental visto en “History Channel” de “Sectas Secretas”, donde mostraban prácticas anormales de purificación de los pecados que iban desde el golpear a los hijos, abandonar a sus familias, dejar ser golpeados, poner a disposición del Fundador esposas e hijas para satisfacción de su libido y, sobretodo, la entrega de todos sus bienes y ganancias para la “Fundación”. Obviamente, mi madre, levantó la vista y mirándome dijo: “me recuerda una historia conocida”. En fin.

Por lo menos el Director del Centro no se lanzó sobre mi hermana sino al contrario, mi hermana nos “mortificaba” santamente enviándonos sus primeras prácticas en repostería donde el cuchillo apenas podía atravesar el pastel y que, para no echarlo a perder, regalábamos generosamente al guardián de la calle.

Aquella conversación la unimos a la oposición del esposo adventista, de una compañera, para que su hija se perfore los lóbulos de la oreja y se ponga aretes. El papá, argumentaba que iba contra la Ley de Dios porque se catalogaba como “auto mutilación”. Así pues, inmediatamente, la pregunta que hizo mi prima vino como disparo de ballesta a mi persona: “Y tú, cuando te flagelabas y usabas cilicios ¿Por qué lo hacías?”. En aquel entonces la respuesta era obvia: “Porque la penitencia es grata a Dios, para purificarse, purificar, perdonar y pedir” por lo menos eso es lo que nos metieron en la cabeza, que era semejante a una gorda que se sometía alegremente a dolorosas liposucciones para verse esbelta.

Puesto que mi prima es una jovencita sesuda lanzó el segundo dardo: “¿Y nunca pensaste que eso no era propio de una persona normal?” No. Nunca se me había pasado por la cabeza que Dios no se sintiera satisfecho por todas esas horas dedicadas a Él en la práctica de provocarse dolor. En aquel entonces era la “mujer gorda” pero que ofrendaba aquello no por vanidad sino por complacer a aquel Ser Supremo y seguir fielmente las normas dejadas por Escrivá.

Ser o no ser

Esto trae a mi memoria la anécdota de acaecida en un UNIV (encuentro internacional universitario) en la que – según nos contaron – un numerario comentó que el conductor de uno de los buses quería “pitar” y le habían dicho que no porque su trabajo profesional no le podría permitir cumplir con sus obligaciones, a lo que el Prelado respondió: ¿Es que el espíritu del Opus Dei no es para los cristianos corrientes?”. Siguiendo la misma lógica, hice memoria si alguno de los porteros, jardineros o técnicos que trabajan en las casas del Opus son de la Prelatura: ninguno. Es más, recuerdo que uno de los Directores Regionales comentó en tertulia que el peor trabajador para una empresa era un numerario, porque en cualquier momento era llamado para atender labores internas o irse a Roma, sin mayor curva de aprendizaje ni estabilidad. Sin embargo y, como incoherencia de la misma praxis de la Prelatura, uno debe echar raíces allí donde esté pero sin “apegarse” a la “tierra” donde el árbol se soporta.

Así pues, en las charlas que daba a jóvenes numerarios, agregados y supernumerarios, la praxis de buscar el auto dolor, del amar pero no apegarse y del cumplir las normas y costumbres que – sin ser pecado – podían serlo si es que conscientemente se rechazasen hacerlas… era algo difícil de entender y, lo mejor, era asentir y decir: así lo quiere Dios porque así se lo mostró al Santo Fundador que dejó todo por escrito de lo que vio, porque la historia del Opus Dei es “la historia de las misericordias de Dios”.

Atravesado de tanta “misericordia” por décadas, el que era creyente – en la ruta del lector que me escribió – acaba por dudar de la infalibilidad de la Iglesia y hasta de en la existencia de un Dios que obliga actuar de modos tan raros. No le falta razón.

Recuerdo que, durante mis épocas de prácticas profesionales, el trabajo era tan intenso en la Oficina que no me daba tiempo para cumplir las normas de lo que se conoce internamente como “Plan de Vida”. Salía muy temprano del Centro sin escuchar misa y llegaba tarde y cansado a la tertulia de la noche, somnoliento, para luego del Examen de Conciencia ir a cenar lo que quedaba y a la cama. Nunca faltaba aquellos de los que intentan mantener el “buen espíritu” que, antes de levantar la “tertulia de la noche” para irnos a hacer el “Examen de Conciencia” al Oratorio, convenía en contar o preguntar algo sobre el Prelado o del Proselitismo en último momento.

¿Dudas de vocación o de vida ordinaria?

Eran esas ocasiones, las llamadas “dudas de vocación”, por la falta del “alimento espiritual” para sostener una “práctica de vida” de numerario incongruente con la práctica de vida normal de cualquier colega en la misma situación. Era el chofer que no podía pitar porque no podía u olvidaba usar el cilicio, la disciplina, hacer las medias horas de oración, el rosario, ir a misa, leer el libro de lectura, charlar con el director, con el cura, rezar el ángelus, los acordaos, el santo y seña, las jaculatorias, la lectura del evangelio, el rosario, la meditación de los demás misterios, hacer la cuenta de gastos, etc., toda una sinfonía de normas y costumbres que simplemente olvidabas por estar absorbido en aquello que te santificaba: el trabajo, el cual ofrecías a Dios y al cual le metías todo el empeño posible ¡Claro! Semanas después de un ritmo de este estilo, en la que llegas al Examen de Conciencia de la noche donde marcas en el papelito de normas las que has cumplido y ves tus resultados, te das cuenta que tu vida va por un camino distinto al marcado por Escrivá. Cuando esto se repetía semana tras semana, llegaba la “noche oscura del alma” en la que te preguntas: “bueno, ¿Amo mi trabajo profesional o amo la vocación que Dios me ha dado?” Esta pregunta es muy interesante porque se replantea así: ¿Quiero ser como los demás? O ¿Quiero ser alguien distinto?

Dejar las adicciones

No cabe duda que, el mejor método para dejar una adicción, es alejarse de aquello que la provoca. Sí, la práctica de la religión puede convertirse en perniciosa y cruel. Al Papa no le faltan motivos para pedir a los creyentes que sean los protagonistas de la purificación de las mismas. Salir de la pesadilla de un “¡Qué hago acá si este no es mi lugar o no debería ser así!” Pregunta que los fieles de la Prelatura que leen esta página, como los lectores de www.opusdeialdia.org u otros que especulan sobre una Institución que no han llegado a conocer.

Será el caso de los cooperadores, supernumerarios y agregados. Los primeros no aceptados como fieles de la Prelatura sino como apoyo económico de la misma y los segundos y terceros como apoyo para los numerarios. Es más, una de las consignas para con los agregados era que, en las fiestas de navidad y año nuevo, estuvieran lo menos posible con sus familias de sangre para no involucrarse con primas y amigas. Por ello organizábamos en el Centro “celebraciones” internas de asistencia obligatoria.

Abandonar la camisa de fuerza

En estos tiempos de crisis de vocaciones para el Opus Dei, como narraba mi hermano al cuestionar a su Director “¡Hace un mes que no hago la charla!” y éste le respondió “¡Y qué quieres que hagas si sólo somos tres en este Centro!” valdría la pena que los que siguen siendo de la Prelatura se cuestionen las razones por las que tienen obligatoriamente que cumplir con unas normas y costumbres que – en palabras del mismo Fundador – no constituyen pecado venial el no hacerlas. Ciertamente con todo el proceso de inducción para considerarlas como Ley de Dios el deber de practicarlas, la Conciencia reclama el no hacerlas como una falta gravísima. Como me aconsejó un numerario que murió a mi lado durante una excursión de curso anual: “alma, calma”. Sabio consejo que recomiendo a todos aquellos que creen que abandonar la Prelatura o algunas de sus praxis constituyen franca rebeldía contra Dios y condena infernal. Todo lo contrario, ocasión para quitarse el corsé o la camisa de fuerza y meditar el consejo de Benedicto XVI.



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