Programa de formación inicial (B-10), Roma, 1985/Apartado I 20

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APARTADO I Charla nº 20

Mortificación

"Quien encuentre su vida la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará" (Mt 10,39). Para Vivir ha de alcanzarnos la Redención operada por Nuestro Señor Jesucristo. Y para que la Redención sea eficaz en nosotros, y la gracia santificante no resulte vana, hemos de incorporarnos a la Pasión y Muerte del Señor, mediante el Bautismo y los demás sacramentos; y también por ese morir cada día un poco que es la mortificación en mil detalles. Sólo así somos de veras hijos de Dios, "Y si hijos, también herederos; herederos de Dios, y coherederos de Cristo; ya que sufrimos con El, para ser con El glorificados" (Rom 8,17).

La mortificación voluntaria nada tiene que ver con un pretendido masoquismo. Porque amamos la Vida como el que más, "traemos siempre en nuestro cuerpo, por todas partes, la mortificación de Jesús, a fin de que la vida de Jesús se manifieste también en nuestro cuerpo" (2 Cor 4,10). Hay personas que se someten a una dolorosa operación quirúrgica para alcanzar la salud, o a ejercicios y dietas extenuantes sólo para estar en forma corporal.

3- "Mortificación, hijo mío, mortificación. No comprendo un alma santa sin mortificación" (De nuestro Padre, Cuadernos 3, p. 118). "Solamente así sale la Obra: con oración, con mortificación, con penitencia, y con la alegría de los hijos de Dios; esa alegría que ahora veo en vuestras caras" (Del Padre, cn 1980, pp. 174-176).

"Si no eres mortificado nunca serás alma de oración" (Camino, n. 172). Sin mortificación no adquirimos la sensibilidad necesaria para advertir las mociones del Espíritu Santo en nuestra alma; no es posible tener una imagen perfecta de Jesús (cfr. Camino, n. 212); no se puede ser fiel. "Como el grano de trigo tenemos, hijos míos, la necesidad de la muerte para ser fecundos. Tú y yo no queremos estar solos. Queremos multiplicar nuestra familia, dejar un surco hondo y luminoso. Por eso hemos de dejar al pobre hombre animal y lanzarnos por los campos del espíritu, levantando todas las cosas humanas y a la vez a los hombres que trabajan en ellas" (De nuestro Padre, cn IV-1963, p. 13).

"No es espíritu de penitencia el que está sólo en la lengua, o aquél que posee el que hace unos días grandes penitencias, y se olvida de mortificarse otros. Tiene espíritu de penitencia el que todos los días se sabe vencer, ofreciendo cosas por amor y sin espectáculo. Esto es amor sacrificado, limpio, sin buscar el aplauso" (De nuestro Padre, cn II-1962, pp. 13-14).

"El espíritu de penitencia está principalmente en recoger esas flores humildes que encontramos día a día en el camino -actos de amor y de contrición, pequeñas mortificaciones-, y formar un ramillete al final de cada día: un. hermoso ramillete para ofrecerlo a Dios" (De nuestro Padre, n. 221).

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"Os he enseñado siempre a encontrar ocasiones de penitencia y de mortificación en lo ordinario de cada día. Ahora os sugiero tres puntos muy concretos: el vencimiento que supone, a veces, el cultivo constante de las virtudes humanas; el afán por buscar y fomentar, entre todos sin distinción, una convivencia afectuosa; el empeño para que no falte nunca una sonrisa y una palabra de cariño, que haga más amable a todos el esfuerzo diario por servir generosamente a Dios en las almas" (De nuestro Padre, n. 183).

"Tu sonrisa puede ser a veces, para ti, la mejor mortificación y aun la mejor penitencia: ese alter alterius onera portate (Gal 6,2), aquel llevar las cargas de los demás, procurando que tu ayuda pase inadvertida , sin que te alaben, sin que nadie la vea, y así no pierda el mérito delante de Dios: para que, pasando oculto como la sal, condimentes nuestra vida en familia y contribuyas a lograr que, en nuestras casas, todo sea sobrenaturalmente amable y sabroso" (De nuestro Padre, n. 91).

La mortificación es gaudium etsi laboriosum.

Cruz de palo; amor a la Cruz

"Me preguntas: ¿por qué esa Cruz de palo? (...): porque la Cruz solitaria está pidiendo unas espaldas que carguen con ella" (Camino, n. 277). "(...) esa Cruz es tu Cruz: la de cada día, la escondida, sin brillo y sin consuelo, que está esperando el Crucifijo que le falta: y ese Crucifijo has de ser tú" (Camino, n. 178).

"Esa Cruz es tu Cruz", por eso la besamos ordinariamente al entrar o al salir del oratorio: amorosamente. Desde que Jesucristo murió en ella, dejó de ser lugar de maldición para ser lugar de bendición, de predilección divina, fuente de gozo y de sabrosos frutos sobrenaturales. Para ganar las indulgencias con cedidas en relación con la cruz de palo de nuestros oratorios, basta decir interiormente una jaculatoria mirando a la cruz, besándola o haciendo una inclinación de cabeza.

3. Los hay "que pretenden convertir la vida de los cristianos es un camino fácil, acomodaticio, sin renuncias ni esfuerzos, hasta el punto de arrancar del culto, o ponerla en un rincón, la Cruz de nuestro Salvador. Nos decía (nuestro Padre): a algunos les sobran Cruces, y a mí me faltan Cristos" (Del Padre, cn 1976, p. 1613). Al Señor le faltan discípulos que carguen con su cruz, cada día, y le sigan, siendo con El corredentores.

4. La Cruz no es una tragedia. "Cuando los cristianos lo pasamos mal, es porque no damos a esta vida todo su sentido divino.

"Donde la mano siente el pinchazo de las espinas, los ojos descubren un ramo de rosas espléndidas, llenas de aroma" (Via Crucis, VI, n. 5). Tendemos a inventarnos cruces que nos torturan, porque no son la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo. El yugo de Cristo es suave y su carga es ligera. La verdadera Cruz es amable.

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5. "Encontrar la Cruz es encontrar a Cristo. Y con El hay siempre alegría, aun ante la injusticia, ante la incomprensión, ante el dolor físico. Por esa razón siento desagrado -aunque comprendo que es un modo usual de decir- cuando oigo llamar cruces a las contradicciones, muchas veces nacidas de la misma soberbia de la persona, que no son la Cruz, que no son la verdadera Cruz, porque no son la Cruz de Cristo. Yo no me he sentido nunca desgraciado, y penas me las ha mandado abundantes el Señor. ¡Gracias, Señor! Gracias, Señor, porque me has dado una ascética que es la tuya, porque me has hecho entender que tener la Cruz es tener la alegría, es tenerte a Ti" (De nuestro Padre, Cuadernos 3, p. 14).