Programa de formación inicial (B-10), Roma, 1985/Apartado I 2

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APARTADO I Charla nº 2

Ofrecimiento de obras

Durante el descanso de la noche, Dios Padre, con el Hijo y el Espíritu Santo, ha velado nuestro reposo con su mirada de infinito Amor, como una madre junto a su hijo. Como es lógico, al despertar, nuestro primer pensamiento ha sido para El; y también para nuestra Madre Santa María, para San José nuestro Padre y Señor, para nuestro Ángel Custodio y para nuestro Padre: siempre estamos acompañadísimos.

"El minuto heroico. -Es la hora, en punto, de levantarte. Sin vacilación: un pensamiento sobrenatural y ¡arriba!" (Camino, n. 206; ver también nn. 78, 191, 253). Al levantarnos besamos el suelo con un Serviam!, que expresa la voluntad de convertir todo el nuevo día en un acto de servicio a Nuestro Señor, para quien ha de ser toda la gloria. "Vosotros y yo sabemos y creemos que el mundo tiene como misión única dar gloria a Dios. Esta vida sólo tiene razón de ser en cuanto proyecta el reino eterno del Creador. Por eso escribe San Pablo: todo cuanto hiciereis, tanto de palabra como de obra, hacedlo en nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por mediación de El (Col 3,17). Y se lee en la primera Epístola a los Corintios: ya comáis, ya bebáis, hacedlo todo para la gloria de Dios (1 Cor 10,31) (De nuestro Padre, cn II-1969, p. 7).

Así pues, junto a la acción de gracias por el tesoro que Dios pone en nuestras manos -el tesoro del tiempo-, ponemos el ofrecimiento de todo lo que con él hagamos -pensamientos,palabras, obras-, ut cuncta nostra oratio et operatio a te semper incipiat et per te coepta finiatur(Preces), para que siempre por El empiecen y en El hallen su fin.

Cada uno a su modo "le decimos al Señor: mi libertad para Ti" (De nuestro Padre, cn II-1969, p. 11). Nos pueden servir las oraciones que quizá aprendimos de niños: "Todavía, por las mañanas y por las tardes, no un día, habitualmente, renuevo aquel ofrecimiento que me enseñaron mis padres: ¡oh Señora mía, oh Madre mía!, yo me ofrezco enteramente a Vos. Y, en prueba de mi filial afecto, os consagro en este día mis ojos, mis oídos, mi lengua, mi corazón" (Amigos de Dios, n. 296). La oración termina así: ". en una palabra todo mi ser. Ya que soy todo vuestro, oh Madre de bondad, guardadme y defendedme como cosa y posesión vuestra. Amén".

Después es natural pedir ayuda para cumplir los propósitos -especialmente los que hicimos en el examen de la noche anterior-, porque "si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan los que la construyen. Si no guarda el Señor la ciudad, en vano vigilan sus centinelas. En vano madrugaréis y os acostaréis tarde." (Ps 126,1-2).

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Pero no basta ese ofrecimiento general de la mañana. No es suficiente que la nave, al zarpar, dirija su rumbo al puerto de destino: la fuerza del viento y de las olas -las pasiones desordenadas- imponen una rectificación incesante. "Que vayáis ofreciendo al Señor -según el espíritu de la Obra- todo lo que hagáis; que vuestro ofrecimiento de obras no se reduzca a unos pocos momentos: al levantaros, después del examen de conciencia al mediodía, por la noche. el ofrecimiento de obras ha de ser constante: Señor, esto lo hago por Ti y, aunque me cuesta, quiero terminarlo bien, sin hacer chapuzas. Si obramos así, ¡qué felices somos!" (Del Padre, cn III-1982, p. 75).

Así convertimos todo nuestro día en oración, en "hostia viva, santa, grata a Dios: ése es vuestro culto racional" (Rom 12,1). "Recordad que nuestro Padre escribió que para un apóstol moderno, una hora de estudio es una hora de oración; una hora en la que se procura ofrecer todo a Dios por la Iglesia, por la Obra (...) Sin embargo, como somos tan poca cosa, olvidamos actualizar ese ofrecimiento (...) Yo no puedo estar estudiando o despachando determinados asuntos, y a la vez diciendo continuamente al Señor que le quiero y que hago todo por El. Pero el dilema se resuelve fácilmente: se trata de trabajar lo mejor posible, por Dios y, cada vez que nos acordamos, ofrecer el estudio o el trabajo, y manifestar en ese momento todo el amor que quisiéramos haber puesto diluido a lo largo de los minutos., que habéis puesto, hijos míos, aunque no os dabais cuenta, si habéis luchado por trabajar bien" (Del Padre, cn VI-1981, p. 59).

Deseo de santidad. Filiación divina

"Os tengo que recordar que en la Obra estamos por vocación divina; porque Dios nos ha llamado. Y nos ha llamado para darnos del todo, sin regateos, para ser santos y santificar" (De nuestro Padre, Cuadernos 3, p. 45). Por tanto, "una preocupación hemos de tener los hijos de Dios en el Opus Dei, una preocupación exclusiva; y es ésta: ser santos" (De nuestro Padre, ibid.).

Es el eco de la enseñanza del Apóstol: Haec est enim voluntas Dei, sanctificatio vestra (1 Thes 4,3). Estote imitatores Dei, sicut filii charissimi (Eph 5,1). Imitar a Jesucristo -Dios hecho Hombre- es el programa lógico de los que son hijos queridísimos; que -por la gracia- participan de la vida íntima del Dios tres veces Santo.

La gracia nos hace partícipes de la naturaleza divina e hijos adoptivos de Dios. Por eso el afán de santidad y la lucha concreta por alcanzarla se apoyan siempre en sabernos hijos de Dios: "el fundamento de la vida espiritual de los miembros del Opus Dei es el sentido de su filiación divina" (De nuestro Padre, Cuadernos 3, p. 10), que se traduce en "un deseo ardiente y sin cero, tierno y profundo a la vez de imitar a Jesucristo" (ibid., p. 11), de modo que cada uno pueda repetir en su vida, con toda sinceridad, el grito del Apóstol: "no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí" (Gal 2,20).

Bien anclados en la filiación divina, nada puede hacernos desfallecer en la lucha por alcanzar la santidad. Vemos en todo la mano amorosa de nuestro Padre Dios: también en el sufrimiento,

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porque "tener la Cruz es identificarse con Cristo, es ser Cristo, y, por eso, ser hijo de Dios" (De nuestro Padre, Cuadernos 3, p. 15)

Hemos de considerar frecuentemente la filiación divina cada día, y no sólo ante las contrariedades, sino en muchos otros momentos: dar gracias a nuestro Padre Dios por sus beneficios; llenarnos de la seguridad de quien se sabe hijos de Dios, al hacer apostolado, etc.

Pero es preciso desear ardientemente esa identificación con Cristo; esa plenitud -aunque relativa en nosotros- de la vida divina que hace posible la gracia santificante. Tota vita christiani boni -decía San Agustín- sanctum desiderium est(Comentarios a la primera Epístola de San Juan, 4,6), la vida entera de un buen cristiano se reduce a un santo deseo: el deseo santo de ser santos.

Nuestro Padre Dios nos ha otorgado el inmenso don de la libertad. Pues bien, "la libertad adquiere su auténtico sentido cuando se ejercita en servicio de la verdad que rescata, cuando se gasta en buscar el Amor infinito de Dios, que nos desata de todas las servidumbres" (Amigos de Dios, n. 27). Por eso la más alta manifestación de libertad es querer la santidad, que es tanto como querer a Dios ex toto corde. De ahí que "la libertad y la entrega no se contradicen; se sostienen mutuamente. La libertad sólo puede entregarse por amor" (ibid., n. 31).