Programa de formación inicial (B-10), Roma, 1985/Apartado I 1

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APARTADO I Charla nº 1

Amor a las Normas

Originalmente la palabra latina norma significa la escuadra o regla que da el ángulo recto; instrumento indispensable para el proyecto y construcción de cualquier edificio sólido, bello, de altura. Las Normas son también medio necesario -y suficiente- para levantar rectamente, según el diseño divino, nel bel mezzo della strada, el edificio imponente de la santidad personal de cada uno de nosotros y, en consecuencia, del Opus Dei en el mundo. "No son un fin", como nos advertía constantemente el Padre, sino un medio. Un medio ¿para qué? Un medio para que, siempre, siempre permanezcamos en la presencia de Dios, le digamos que le amamos, nos consideremos hijos suyos y, por lo tanto, llenos de fortaleza prestada, porque somos hijos del padre más poderoso que se pueda imaginar, y más lleno de Amor" (Del Padre, cn VII-1975, p. 28); es decir, un medio indispensable para hacer el Opus Dei en el mundo, siendo nosotros mismos Opus Dei.

Con la naturalidad con que el agua mana de una fuente, el Espíritu Santo las hizo brotar de la fecunda vida interior de nuestro amadísimo Fundador: "El me dio a mí los medios concretos para ser santos en nuestro camino del Opus Dei, y la Iglesia aprobó esos medios" (De nuestro Padre, cn II-1968, p. 7), que ya son inalterables: "En la vida nuestra el camino está perfectamente señalado: no hay nada que no esté ¡esculpido!" (De nuestro Padre, cn X-1957, p. 6).

Son cosa de Dios, y por ello todas son importantes e insustituibles; forman un conjunto maravilloso; en ellas "hay una continuidad perfecta; tienen relación una con otra; están armónicamente concatenadas" (De nuestro Padre, Meditaciones IV, p. 240). De modo que discurriendo por el cauce que constituyen las Normas de nuestro plan de vida, el alma alcanzará las más altas cumbres del Amor de Dios, la santidad de altar, que el Señor ha querido al llamarnos a su Obra.

No cumplir una Norma, de suyo no es pecado; pero podría llegar a serlo si sucediera por desprecio, negligencia o tibieza en nuestro deber de tender a la santidad. En consecuencia, si alguna vez los Directores dispensan a un miembro de la Obra de el cumplimiento de alguna Norma, o ha sido materialmente imposible cumplirla, "habéis de entender todo esto como lo que es: una excepción obligada por alguna circunstancia extraordinaria; no es dispensa de un deber oneroso, sino más bien la incapacidad momentánea de recibir un beneficio. Cuando un médico dispensa de comer a un enfermo por cierto tiempo -para reponerse, por ejemplo de una infección-, indica también la conveniencia de volver cuánto antes a la normalidad, justamente para recuperar fuerzas" (De nuestro Padre, cn II-1968, p. 10). Las Normas son, precisamente el alimento, "fuerza para nuestras almas contemplativas" (De nuestro Padre, Meditaciones IV, p. 240), que no son "plantas de invernadero", han "de estar a todos los vientos, al calor y al

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frío. y a la lluvia y a los ciclones" (De nuestro Padre, cn VII-1955, p. 3).

"Con esos medios divinos -con la vida interior, con las Normas, con la presencia de Dios, con el amor a la Virgen.- podemos ir a buscar en su ambiente a los peces que de otra manera no vendrían a la red" (De nuestro Padre, cn VII-1962, p. 54). "Las Normas son como el aparato de oxígeno de la pesca submarina, para ser pescadores de almas. Si van las Normas, podemos andar por ahí; si fallan, ¡a la barca corriendo a reponernos!" (De nuestro Padre, cn VII-1955, p. 3).

Son como el guante que se adapta perfectamente a la mano, a cualquier situación en el mundo. Como son lo primero, siempre hay tiempo de cumplirlas. "Hijas e hijos míos, si alguna vez el trabajo -aun disfrazado de celo apostólico- os impidiese cumplir con amorosa fidelidad las Normas de nuestro plan de vida, ya no estaríais haciendo el Opus Dei: lo vuestro entonces sería obra del demonio, opus diaboli" (De nuestro Padre, cn II-1968, p. 10).

En cambio "puedo decir -asegura nuestro Padre- que el que cumple nuestras Normas de vida -el que lucha por cumplirlas-, lo mismo en tiempo de salud que en tiempo de enfermedad, en la juventud y en la vejez, cuando hay sol y cuando hay tormenta, cuando no le cuesta observarlas y cuando le cuesta, ese hijo mío está predestinado, si persevera hasta el fin: estoy seguro de su santidad" (ibid., pp. 7-8). "Un hijo de Dios en la Obra que cumple las Normas tiene la salvación asegurada" (De nuestro Padre, cn XI-1960, p. 25). Y de la superabundancia de su vida interior se alimentarán muchísimas almas.

Si alguna vez en nuestro caminar perdemos el sentido de la orientación, el guía, la señal que nos da el Norte, son las Normas. "¿Te acuerdas cuando andábamos, por aquellas tierras de Europa Central? (...) Había unos palos altos, pintados de rojo, para que cuando viene la nieve, haya un punto de referencia y se sepa siempre donde está el camino" (De nuestro Padre, cn II-1959, p. 56). "Y nosotros también tenemos unas señales maravillosas, que el Señor nos ha dado: nuestras Normas" (ibid.).

"Las Normas se han de cumplir con puntualidad: Hodie, nunc; fielmente, con delicadeza de amor. Y cuando se prevén dificultades, no se atrasan: se adelantan" (De nuestro Padre, n. 28). La oración, por ejemplo, "si alguna vez prevéis que vais a andar escasos de tiempo, es mejor adelantarla y hacerla, en cualquier lugar; si es necesario en la calle, en el tren, en el autobús, etc." (De nuestro Padre, cn II-1968, p. 12).

10. Pero "para ser fieles no podemos contentarnos con cumplirlas, sino que hemos de tener afán de hacer de cada una un encuentro más íntimo con Dios, y de esta manera una unión más prolongada" (Del Padre, cn VII-1975, p. 26). El cumplimiento de las Normas no puede degenerar en el cumplo y miento (cfr. Del Padre, Carta IX-1975, n. 45). "Vamos a ayudarnos unos a otros a cumplir bien las Normas, con la corrección fraterna, rezando unos por otros, cooperando unos con otros para convertir nuestras Normas en una filigrana de amor" (Del Padre, Carta VI-1975, p. 29).

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11. El Padre nos aconseja que comencemos y terminemos cada Norma "con un acto de humildad, invocando la asistencia de Dios Nuestro Señor" (Carta IX-1975, n. 55). Acudiremos, pues, al Espíritu Santo, y, como es lógico, a nuestro Padre, para que nos enseñe y ayude a cumplirlas como él lo hizo en la tierra, como desde el Cielo espera que las cumplamos.

Vida en familia: caridad, cariño

La vocación a la Obra nos hace partícipes de una misma gracia específica, propia de los que han correspondido a esa gracia soberana de la vocación, que anima todo nuestro ser, y hace que seamos "todos, una sola cosa, y que esto se manifieste en unidad de miras, en unidad de apostolado, en unidad de sacrificio, en unidad de corazones, en la caridad con que nos tratamos, en la sonrisa ante la Cruz y en la Cruz. ¡Sentir, vibrar todos unísonamente!" (De nuestro Padre, Cuadernos 3, p. 58). Hasta el punto de que podemos exclamar con particular fuerza: unum corpus muí ti sumus! (1 Cor 10,17). Nos unen vínculos más fuertes que los de la sangre. Estamos consummati in unum, formando un solo corazón: una familia unidísima, encantadora.

"Formad un solo corazón. Quereos como una madre a su hijo, como un padre a su hijo, como hermanos, que sois más que hermanos" (De nuestro Padre, cn V-1973, p. 153). "Sentid en vuestras almas esta bendita fraternidad, que se traduce en quereros de verdad, más que si tuviéramos la misma sangre: que, además, la tenemos, porque somos hijos de Dios, bañados y purificados por su Sangre misma, y elegidos con idéntica vocación" (De nuestro Padre, Meditaciones VI, p. 12). Nuestra caridad llega con intensidad divina -"el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones" (Rom 5,5)- a todas las almas, pero especialmente a los "que tienen el lazo de la fraternidad, por ser hijos de una misma Madre, la Obra" (De nuestro Padre, Cuadernos 3, p. 87).

"No tengáis miedo a teneros cariño, pero sin familiaridades. Que os queráis; sin ninguna cosa particular, que es de gente boba y mal formada" (De nuestro Padre, cn VIII-1962, p. 13). "Dejaos de simpatías y antipatías; nosotros obramos sobrenaturalmente. ¡Quereos! ¡Quereos de verdad!" (De nuestro Padre, en VI-1969, p. 8). Con amor que es cariño humano y sobrenatural, que pasa por encima de todas las diferencias de raza, lengua, nación, modo de ser, temperamento, carácter. y defectos. Los defectos son "sombras que realzan las luces que hay en vuestros hermanos" (De nuestro Padre, cn IX-1972, p. 53); "si no son ofensa de Dios hemos de amarlos" (ibid.).

4."Somos un rinconcito de la casa de Nazaret"(De nuestro Padre, en II-1980,p.12); "a esa Familia pertenecemos" (ibid.)."Pertenecemos todos: Numerarios, Agregados y Supernumerarios. Todos formamos parte de este hogar. Y todos hemos recibido la misma llamada a llevar, dentro del alma, este calor de la caridad de Jesucristo, para comunicarlo al ambiente donde se desarrolle la vida en familia de cada uno; es decir, a la sede material de nuestros Centros o a la familia de sangre con la que conviven la mayor parte de mis hijas e hijos" (Del Padre, ibid.).

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En consecuencia, cualquier cosa de un hermano nuestro "debe ser -¡de verdad!- muy nuestra: el día que vivamos como extraños o como indiferentes, hemos matado el Opus Dei" (De nuestro Padre, en II-1980, p. 29). Hasta el punto de olvidarnos de nosotros mismos y "poner en el suelo el corazón, para que pisen blando nuestros hermanos" (De nuestro Padre, Cuadernos 3, p. 88). "¡Pues no es poco! Ahí tienes todas las delicadezas que se viven en nuestros Centros, todo ese cuidado de procurar fastidiarse cada uno para hacer más agradable a los demás la entrega a nuestro Señor, y para quitarles los obstáculos en su camino de santidad" (ibid., p. 92).

El trato humano ha de desenvolverse siempre en un tono de cordialidad y afecto: con "una extremada delicadeza en el trato mutuo" (ibid. , p. 90); con "esa politesse humana y divina que es la caridad, el cariño" (ibid., p.92).

Celebramos las fiestas de los de Casa -el cumpleaños o el santo-; nos alegran sus cartas, que leemos en familia; procuramos conocer sus gustos para poder complacerles; nos interesamos por sus ilusiones y trabajos; estamos pendientes de su salud, de su bienestar, de su alegría. Y "aunque somos pobres, nunca falta lo necesario a nuestros hermanos enfermos. Si fuese preciso, robaríamos para ellos un pedacico de Cielo, y el Señor nos disculparía" (ibid., p. 88). Evitamos que haya en nuestro porte exterior algo molesto, chocante o extraño, que desdiga del aire de familia. Cuidamos el horario del Centro, las reuniones de familia, las tertulias, pensando siempre en los demás. Procuramos evitar palabras malsonantes, gestos o modos de pedir las cosas poco delicados. Así las virtudes humanas y sobrenaturales se entrelazan maravillosamente; pulen y enrecian a la vez nuestra personalidad: la asemejan cada vez más a la de Jesucristo.