Programa de formación inicial (B-10), Roma, 1985/Apartado II 31

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APARTADO II Charla n° 31


I. Esperanza

La esperanza -virtud teologal-, es la confianza infundida por Dios en el alma, de alcanzar la santidad, nuestro fin sobrenatural; y, con ella, el premio que el Señor nos ha prometido (cfr. Mt 19,27-29). La esperanza es la virtud del caminante, del que aún no ha llegado a la meta. "Yo mismo -dice el Señor- seré tu recompensa inmensamente grande" (Gen 15,1).

Nuestra esperanza se funda en la fe y en la humildad. Solos nada podemos; hasta el último instante necesitaremos de la misericordia de Dios. Pero la fe nos incita a clamar: omnia possum in eo qui me confortat (Phil 4,13). "No es presunción afirmar ossumus! Jesucristo nos enseña este camino divino y nos pide que o emprendamos, porque El lo ha hecho humano y asequible a nuestra flaqueza" (Es Cristo que pasa, n. 15).

3. Ha sido el Señor quien nos ha elegido y El nos dará también los medios. La iniciativa ha sido suya. "Cuando Dios Nuestro Señor proyecta una obra en favor de los hombres, piensa primeramente en las personas que ha de utilizar como instrumentos. y les comunica las gracias convenientes" (De nuestro Padre). Qui coepit in yobis opus bonum perficiet (Phil 1,6). "Nuestra entrega nos confiere como un titulo -un derecho, por decirlo así- a las gracias convenientes para ser fieles al camino que emprendimos un día, porque Dios nos llamó. La fe nos dice que, cualesquiera que sean las circunstancias por que atravesemos, esas gracias no nos faltarán si no renunciamos voluntariamente a ellas. Pero nosotros debemos cooperar" (De nuestro Padre). Confianza en Dios. Somos hijos suyos. Somos sus instrumentos.

4. Al animarnos a ser fieles y a rechazar con prontitud cualquier tentación contra la fidelidad, nuestro Padre nos hablaba con frecuencia de un triple aspecto de esa virtud: "Tres cosas son, hijas e hijos míos, las que nos llenan de alegría en la tierra y nos alcanzan la felicidad eterna del Cielo: una fidelidad firme, delicada, alegre e indiscutida a la fe, a la vocación y a la pureza" (De nuestro Padre).

5- Hemos de ser fieles. Fidelidad es "cumplir exactamente lo prometido, conformando de este modo las palabras a los hechos" (S. Tomás, S.Th., II-II, q. 110, a. 3, ad 5). Es por tanto una meta a la que debemos acercarnos cada día más: siempre más fieles. Perseverancia significa no sólo permanecer, sino progreso espiritual; no es inmovilidad, sino hacer fructificar máximamente los talentos recibidos. ¡Fieles!, nos repetía nuestro Padre.

6. Medios para asegurar la perseverancia:

Pedirla humildemente al Señor: atque in Opere Dei perseverantiam.

Abandono en manos de los Directores: sicut lutum in manu figuli. (Ier 18, 6). Hacer el propósito de dejarnos llevar,

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como un ciego si alguna vez nos quedamos sin luz. Sinceros.

Cumplir las Normas de nuestro plan de vida, aunque no tengamos ganas. Dios sí desea que le busquemos, y nos espera en cada Norma.

Olvidarse de sí mismo y servir a los demás por Dios. Así desaparecen muchas preocupaciones inútiles, y el Señor nos premia con una humildad llena de alegría" (De nuestro Padre).

Descomplicarse.

Tener ocupado todo el tiempo, trabajar con orden y con constancia. Y con rectitud de intención: no permitir que los éxitos profesionales se suban a la cabeza, ni que los fracasos desesperen.

Vibración apostólica. El proselitismo es la contratuerca para nuestra vocación.

II. Sentido de responsabilidad.

Hemos de trabajar con la mentalidad de un padre de familia numerosa y pobre, que debe esforzarse mucho para sacar adelante a los suyos.

Nosotros tenemos la mejor y más numerosa de las familias, esparcida por todos los rincones de la tierra. Hemos de sentir el peso bendito de la responsabilidad: de ser muy leales, desviviéndonos por el bien -eminentemente sobrenatural- de los nuestros; de rezar mucho y sacrificarse por todos; de trabajar con esfuerzo par obtener los medios económicos necesarios para la expansión de los apostolados de la Obra. Tener también presente ese criterio a la hora de los gastos.

III. Devoción a los Santos Angeles Custodios

Fue voluntad de Dios que la Obra naciera un 2 de octubre, fiesta de los Santos Ángeles Custodios, mientras nuestro Padre oía el repicar de las campanas de la iglesia de Santa María de los Ángeles en Madrid. La devoción a los Custodios es un rasgo de la fisonomía espiritual del Opus Dei, una "manifestación encantadora de nuestra piedad colectiva" (De nuestro Padre). Es por lo tanto un ingrediente esencial de nuestra vocación contemplativa (cfr. Camino, nn. 562-570).

"Hijo mío: invoca a tu Ángel Custodio, a todos los Ángeles Custodios, que han sido desde el principio de nuestra Obra, los cómplices, especialmente de nuestra labor de proselitismo" (De nuestro Padre).

Nuestro Padre vivió con perseverancia heroica esa devoción. Por ejemplo, pasó muchos años saludando siempre antes al Custodio de las personas que trataba.

“Nos podemos imaginar a nuestro Ángel Custodio como queramos, pero a nuestro lado; unas veces podemos pensar que va a

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la derecha, y otras que nos precede abriendo camino, quitando las dificultades, sugiriendo: ten cuidado con este obstáculo, da este pequeño rodeo. Nos sopla al oído todo lo que debemos hacer para seguir nuestro camino e introducirnos -como dice la Sagrada Escritura- in locum quem paravi, en el lugar que el Señor nos ha preparado, que es el Cielo"(Del Padre).

5. En la sede de nuestros Centros, generalmente en la habitación del Director, debe haber una imagen del Ángel Custodio de la Obra, con las palabras: Deus meus misit Angelum suum, para poner en el corazón de todos los que gobiernan en Casa, y de los demás, una devoción práctica, real y constante al Ángel Custodio de la Obra, y al de cada Centro, y al de cada uno.