Programa de formación inicial (B-10), Roma, 1985/Apartado II 23

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APARTADO II Charla nº 23


I. La tibieza

La tibieza espiritual o acedía, es la- "tristeza ante el bien espiritual y divino" (Santo Tomás, S. Th., II-II, q. 35, a. 3): una falta de alegría, de prontitud, de entrega; un desánimo ante las cosas de Dios en cuanto que exigen esfuerzo. "Lucha contra esa flojedad que te hace perezoso y abandonado en tu vida espiritual. -Mira que puede ser el principio de la tibieza" (Camino, n. 325). Hay en la tibieza mucho amor a la propia comodidad, que puede llegar, incluso, al desprecio consciente de los medios que nos unen a Dios. A los tibios, Dios -que es Amor infinito- los vomitará de su boca (cfr. Apoc 3,14-16). Es un peligro -que en este mundo nunca acaba de desaparecer del horizonte- de las almas dedicadas a Dios.

No se debe confundir la tibieza con la aridez espiritual, con la ausencia de sentimientos en la oración, con las debilidades o pecados. La señal de tibieza está más bien en el "ceder sin lucha" porque no es pecado grave (cfr. Camino, n. 328). Es como un pacto con los defectos, con la pereza, con la comodidad; conformarse con las metas ya logradas, imaginando una estabilidad imposible; imposible, porque, en el camino hacia Dios, si no se avanza, se retrocede. El cálculo o "cuquería", el egocentrismo, las conversaciones ociosas y vanas, la connivencia con el pecado venial, el obrar por motivos humanos (cfr. Camino, n. 331); el no ir seriamente a la perfección dentro del propio estado (cfr. Camino, n. 326).

3. Hay que estar prevenidos también contra una forma de tibieza que puede presentarse con el paso del tiempo: el aburguesamiento, que para un hijo de Dios en el Opus Dei, "tiene unas manifestaciones muy claras. En primer lugar, el abandono de la lucha por cumplir bien las Normas. Luego la despreocupación de lo que es ocupación general de la Obra: la santidad personal y la santidad de los demás. La vergüenza o el abandono para hacer o recibir la corrección fraterna (...), luego el pensar que se hace mucho: yo me estoy matando, cuando no hacemos nada. En casa no se mata a nadie, por mucho que trabaje. Después, no tener interés en pegar esta locura de amor, haciendo proselitismo..." (De nuestro Padre).

4. El gran cariño -real, auténtico- de nuestro Padre, le movía a hablarnos con toda claridad sobre el tema: "El aburguesamiento, hijas e hijos míos, la falta de celo y de vibración son una deslealtad con Dios. Y los que se aburguesan nos hacen daño; son un obstáculo para toda la labor" (De nuestro Padre).

5. Se puede llegar a la tibieza por un descuido de las cosas pequeñas y por la falta de espíritu de mortificación. "No existe nada de poca categoría: un abandono, en algo que se nos antoja de escasa monta, puede traer detrás una historia desagradable de traiciones (...) Velad, para individuar con prontitud el menor síntoma de flojera en la lucha. Todo tiene su trascendencia. Mirad que el demonio pretende engañar y sugestiona, arguyen-

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tando que tal o cual detalle no lesiona ni la fe ni el camino y, si uno se deslizara por esos pequeños abandonos, acabaría perdiendo el camino y la fe. Atentos, hijas e hijos de mi alma, que el diablo no para, y todos arrastramos concupiscencias y pasiones" (De nuestro Padre).

6. Para evitar o salir de la tibieza:

La humildad de reconocer la situación interior, sin excusas, y la consiguiente sinceridad en la Charla y en la Confesión.

El deseo eficaz de santidad: "Hemos de ser santos de veras, auténticos, canonizables; si no, hemos fracasado, santidad auténtica, sin paliativos, sin eufemismos, que llega hasta las últimas consecuencias; sin medianías, en plenitud de vocación vivida de lleno" (De nuestro Padre).

Lucha concreta. Si hay lucha, no hay tibieza, aunque haya derrotas de calibre. Cumplir las Normas todos los días, con esfuerzo, poniendo la cabeza y el corazón. Concretar una lista de pequeñas mortificaciones, etc. Cuidar los exámenes de conciencia. Acudir confiadamente a Nuestra Señora. Comenzar y recomenzar .

II. Normas de siempre (II)

Actos de desagravio, por los pecados propios y por los ajenos: actos de contrición, que son la mejor devoción; deben acudir a nuestro corazón, y a veces a los labios, después de cada error práctico, del mismo modo que la sangre viene a la herida, repentina e inmediatamente.- Hacer muchas veces al día de hijo pródigo. Anécdota del gitano moribundo (cfr. Via Crucis, III, n. 3). Jaculatorias: Domine, tu omnia nosti, tu scis guia amo te!. Domine lesu, Fili Dei, miserere mei peccatoris!, etc.

Jaculatorias. Son oraciones vocales breves, aunque a veces no se pronuncien; como dardos de amor que se escapan del corazón enamorado. Expresión de cariño, y también medio para incrementarlo. "No se puede llegar a tener vida interior si no se pasan varios años con la preocupación de hacer muchos actos de amor de Dios, y tantas mortificaciones, y jaculatorias" (De nuestro Padre). Enseñar algunas jaculatorias.

Mortificación: es morir a uno mismo, al propio interés, a los propios gustos, con afán de cumplir "lo que resta a la Pasión de Cristo" (Col 1,29). "Paradoja: para Vivir hay que morir" (Camino, n. 187; cfr. Mt 10, 39) • "Hay que morir poco a poco, por la continua mortificación en mil detalles; y no es para asustarse, porque ha de llegar a ser una cosa tan natural como el latir del corazón. Yo no noto ahora el latir del corazón, pero se mueve, late. ¡Y ay del día en que se pare!" (De nuestro Padre).

III. Costumbres

1. Tiempo de trabajo de la tarde. Dura unas tres horas, desde el final de la comida o de la tertulia del mediodía, para

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preparar la oración de la tarde, poniendo especial empeño en la santificación del trabajo ordinario, y en las demás Normas de siempre. Se vive todos los días, también los domingos y festivos.

El modo de vivir esta Costumbre, se adapta a cualquier circunstancia personal y de trabajo. Lo importante es procurar un especial recogimiento; evitar la dispersión y las conversaciones superfluas; y guardar, siempre que no resulte chocante, el silencio exterior. En nuestros Centros: silencio y ambiente de trabajo.

2. Tiempo de la noche. Dura desde el examen de la noche hasta después de la Santa Misa del día siguiente; se guarda silencio externo, que ayuda a llenar ese tiempo de diálogo con Dios y a disponerse óptimamente para hacer muy bien la oración de la mañana y participar con toda intensidad en la Santa Misa.