Programa de formación inicial (B-10), Roma, 1985/Apartado III 38

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APARTADO III Charla nº 38

Charla fraterna periódica

1. La charla fraterna nació en el Opus Dei "sin esfuerzos, como nace el agua mansa de un tranquilo manantial, con la naturalidad con que mana una fuente" (Del Padre).

2. Su objeto es identificar nuestro espíritu con el de la Obra y mejorar nuestras actividades apostólicas.

3. Se trata de un medio sobrenatural para un fin sobrenatural; sería un error reducirla a mera cosa humana. A la dirección espiritual "no se va por amistad, ni por motivos personales; sino por motivos sobrenaturales" (De nuestro Padre). Por tanto, al hacer la Confidencia, hay que tener presente:

Que el espíritu propio es mal consejero. Nadie puede considerarse suficientemente formado y, menos aún, sin necesidad de mejorar. Precisamente acudimos a la charla para mejorar, no sólo para aprender: ir únicamente para este segundo fin, indicaría falta de buen espíritu.

Que cualquiera que atienda nuestra charla, es el mismo Padre quien la recibe. Lleve poco o mucho tiempo en Casa, cualesquiera que sean las circunstancias que concurran, es, para nosotros, en aquel momento, el instrumento para señalarnos la voluntad de Dios.

Que hemos de recibir los consejos que nos den "como si vinieran del mismo Jesucristo, Señor Nuestro" (De nuestro Padre): al luchar por vivirlos, luchamos en lo que el Señor quiere.

4. Para que la charla tenga toda su eficacia sobrenatural, es necesario que seamos objetivos al exponer nuestra situación en ese momento. Además de las pasiones, los estados de ánimo inmediatos a la charla pueden oscurecer y deformar nuestra visión de la marcha de la semana. Y tan malo sería desconocer las faltas, como no ver y no manifestar los avances de la vida interior.

5. A1 preparar y al hacer la Confidencia, es preciso, pues, un esfuerzo de humildad y de sinceridad. Podría decirse que nuestro Padre, opportune et importune, siempre tocaba esa tecla: la sinceridad: "Perdonad -mi machaconería, pero juzgo imprescindible que se grabe a fuego en vuestras inteligencias, que la humildad y —su consecuencia inmediata- la sinceridad (...) se muestran como algo que fundamenta la eficacia para la victoria. (...) ¡Abrid el alma! Yo os aseguro la felicidad, que es fidelidad al camino cristiano, si sois sinceros" (Amigos de Dios, n. 188-189).

6. La experiencia es ya muy larga: el que es sincero, es fiel, o acaba siéndolo; y el que no, no. "El que habla, ése sale

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adelante. De modo que no os apuréis" (De nuestro Padre).

7. "No os dejéis dominar por el demonio mudo, que a veces pretende quitarnos la paz por bobadas. Hijos míos, insisto, si algún día tenéis la desgracia de ofender a Dios, escuchad este consejo del Padre, que sólo quiere que seáis santos, fieles: acudid rápidamente a la confesión y a esa charla con vuestro hermano. Os comprenderán, os ayudarán, os querrán más. Echáis el sapo fuera, y todo andará bien en adelante.

Todo andará bien, por muchas razones: en primer lugar, porque el que es sincero es más humilde. Luego, porque Dios nuestro Señor premia con su gracia esa humildad. Después, porque ese otro hermano que te ha escuchado, sabe que estás necesitado y se siente en la obligación de pedir por ti. ¿Vosotros pensáis que las personas que reciben vuestra charla son gente que no comprende? ¡Si están hechos de la misma pasta! ¿A quién le va a chocar que un vidrio se pueda romper, o que un cacharro de barro necesite lañas? Sed sinceros. Es la cosa que más agradezco en mis hijos, porque así se arregla todo: siempre. En cambio, sentirse incomprendido, creerse víctima, acarrea siempre también una gran soberbia espiritual" (De nuestro Padre).

8. Con frecuencia nos ha recordado nuestro Padre que el día en que ocultemos algo a quien lleva nuestra Confidencia, en ese instante habríamos hecho un pacto con el diablo. No hemos de dejarnos engañar por el demonio mudo que "impide oír, se empeña en que las almas no hablen y, además, no quiere abandonar su presa" (De nuestro Padre). La vergüenza, para pecar.

9. La charla fraterna se debe preparar con hondura en la presencia de Dios. Podríamos faltar a la sinceridad -que es decir toda la verdad, y no una verdad a medias- por pereza en la preparación.

Con una buena preparación, la charla podrá ser habitualmente breve y profunda: “es preciso hablar con humildad y brevemente” (De nuestro Padre). De ordinario, bastan diez o quince minutos. "Tanto si la rehuyen como si la prolongan excesivamente, cuidado" (De nuestro Padre).

"Después de la Charla hay que dar gracias a Dios, grabar en el corazón los consejos recibidos y tratar de ponerlos en práctica" (De nuestro Padre). Concretar los propósitos, llevándolos a menudo a la oración.

Si, como debemos, deseamos la charla ardientemente, viviremos la puntualidad; importantísima para no perder el ritmo divino de nuestra lucha interior. Día fijo y hora fija. Siempre es preferible adelantarla, en caso de que se prevea una dificultad para hacerla en el día señalado.