Programa de formación inicial (B-10), Roma, 1985/Apartado III 2

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APARTADO III Charla nº 2

Llamada universal a la santidad

1. Haec est enim voluntas Dei: sanctificatio vestra (1 Thes 4,3) Elegit nos in ipso ante mundi constitutionem ut esse mus sancti et immaculati in conspectu eius (Eph 1,4). Los primeros cristianos, fieles corrientes, casados y célibes, de toda edad y condición, se sabían "santos por vocación" (Rom 1,7), "elegidos por Dios, santos y amados" (Col 3,12). Buscaban la santidad, en todas las actividades de la tierra. "Los cristianos no se distinguen de los demás hombres ni por su tierra, ni por su habla, ni por sus costumbres. Porque ni habitan ciudades exclusivas suyas, ni hablan una lengua extraña, ni llevan un género de vida aparte de los demás. A la verdad, esta doctrina no ha sido por ellos inventada gracias al talento y especulación de hombres curiosos, ni profesan, como otros hacen, una enseñanza humana; sino que, habitando ciudades griegas o bárbaras, según la suerte que a cada uno le cupo, y adaptándose en vestido, comida y demás género de vida a los usos y costumbres de cada país, dan muestra de un tenor de peculiar conducta admirable y, por confesión de todos, sorprendente" (Epístola a Diogneto).

2. Pasados los primeros siglos de cristianismo, se olvida prácticamente el carácter universal de la llamada a la santidad y se llega a considerar como patrimonio exclusivo de los que se apartan del mundo, para dedicarse a la contemplación de las cosas divinas en la soledad del desierto o del claustro y la celda. Los fieles corrientes que siguen en el mundo aparecen como cristianos de "segunda categoría", como si sólo pudiesen aspirar a una mediocre versión de la santidad. "Cuando se ven las cosas de este modo, el templo se convierte en el lugar por antonomasia de la vida cristiana; y ser cristiano es, entonces, ir al templo, participar en sagradas ceremonias, incrustarse en una sociología eclesiástica, en una especie de mundo segregado, que se presenta a sí mismo como la antesala del cielo, mientras el mundo común recorre su propio camino" (Conversaciones, n. 113).

3. El ideal de vida cristiana se llegó a reducir al contemptus saeculi, a la renuncia de las cosas de la tierra, que es uno dé los elementos que definen el estado religioso. El apartamento del mundo lleva a plasmar la vocación de los religiosos, en sus sucesivas formas diversas.

4. De otra parte, las necesidades apostólicas han originado, sobre todo en los tiempos más recientes, un proceso de regreso al mundo por parte de los religiosos, llegando incluso a tomar una apariencia de seglares, por su forma de vestir y trabajar en tareas seculares. Sin embargo, su estado sigue siendo distinto, lógicamente, al de los fieles corrientes, y se caracteriza también por su renuncia al mundo (cfr. Conc. Vaticano II, Decr. Perfectae caritatis n. 5). Sólo así, además, pueden y deben cumplir su santa y eficaz función en el seno de la Iglesia: "Los

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religiosos, por su estado, dan un preclaro y eximio testimonio de que el mundo no puede ser transformado ni ofrecido a Dios fuera del espíritu de las bienaventuranzas" (Const. Lumen gentium, n. 51).

5- La Obra no es un eslabón en la cadena evolutiva del estado religioso. "En nuestro caso nos encontramos frente a un fenómeno completamente diferente, porque no somos religiosos secularizados, sino ciudadanos cristianos que no buscan la vida de perfección evangélica propia de los religiosos, sino la santidad en el mundo, cada uno en su propio estado y en el ejercicio de su propia profesión u oficio. Quien no sepa superar los moldes clásicos de la vida de perfección, no entenderá la estructura de la Obra" (De nuestro Padre). "El canino de la vocación religiosa me parece bendito y necesario en la Iglesia, y no tendría el espíritu de la Obra el que no lo estimara. Pero ese camino no es el mío ni el de los socios del Opus Dei. Se puede decir que, al venir al Opus Dei» todos y cada uno de sus socios lo han hecho con la condición explícita de no cambiar de estado" (Conversaciones, n. 62).Nosotros no somos religiosos. "Ninguna autoridad en la tierra me podrá obligar a ser religioso, como ninguna autoridad puede forzarme a contraer matrimonio" (Conversaciones, n. 118).

"Con el comienzo de la Obra en 1928, mi predicación ha sido que la santidad no es cosa para privilegiados, sino que pueden ser divinos todos los caminos de la tierra, todos los estados, todas las profesiones, todas la tareas honestas". Precisamente "el mensaje del Opus Dei es que se puede santificar cualquier trabajo honesto, sean cuales fueran las circunstancias en que se desarrolla" (Conversaciones, n. 26).

Siendo vieja como el Evangelio, esta doctrina sonó tan nueva en los oídos de algunos, que la tacharon de herética. Sin embargo, el Concilio Vaticano II la confirmó expresamente en diversos lugares de sus documentos: "todos los fieles, de cualquier estado o condición, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad" (Const. Lumen gentium, n. 40; cfr. nn. 39 y 41 i Const. Gaudium et spes, nn. 35, 38, 48; etc.).

El mensaje del Opus Dei será siempre actual, y al llamarnos a la Obra para difundirlo por todos los rincones de la tierra, el Señor nos exige de modo especial que seamos santos en medio del mundo, siendo gente de la calle, en nuestro estado, en nuestra profesión u oficio, en los deberes ordinarios de la vida corriente.