Programa de formación inicial (B-10), Roma, 1985/Apartado III 18

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APARTADO III Charla nº 18

Caridad

Así como la gracia santificante diviniza nuestro ser, y la fe diviniza nuestra mente para que pueda conocer cosas que por propia capacidad sólo Dios conoce, la caridad diviniza nuestra voluntad para que con ella podamos amarle de un modo superior al natural humano, es decir, con una intensidad, calidad y extensión sobrenaturales, que nunca alcanzaríamos por mucho que se dilatasen nuestras propias fuerzas.

La caridad nos permite amar con el amor de Dios: quererle sobre todas las cosas, con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, como exige el primer Mandamiento (cfr. Mt 22,36-38), y a nosotros mismos y a los demás por Dios, en Dios y, en cierto modo, como Dios nos ama a cada uno: "Como yo os he amado, amaos también unos a otros" (Ioh 13»34). No es posible amar a Dios sin amar lo que Dios ama.

3. A propósito del mandatum novum, nuestro Padre comenta: "Desde los primerísimos comienzos del Opus Dei he manifestado mi gran empeño en repetir sin descanso, para las almas generosas que se decidan a traducirlo en obras, aquel grito de Cristo 'en esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os amáis los unos a los otros’ (Ioh 13,35)” (Amigos de Dios, n. 43). "A mí me enamoró de tal manera que, ya en la primera casa que tuvimos, hice poner un gran cartel, que se conserva, con este precepto del amor" (De nuestro Padre).

4. Amar es querer el bien para los que amamos (sobre todo el Bien Supremo, que es Dios); y quererlo eficazmente, operativamente, en la medida de nuestras fuerzas: obras son amores y no buenas razones.

Como toda virtud, la caridad es ordenada, y aunque se extiende a todas las almas, aun a los enemigos (cfr. Mt 5, 43-47), hemos de amar "ante todo a aquellos que son mediante la fe de la misma familia que nosotros" (Gal 6,10); y especialísimamente a los "que tienen el lazo de la fraternidad, por ser hijos de una misma Madre, la Obra" (De nuestro Padre).

"Formad un solo corazón. Quereos como una madre a su hijo, como un padre a su hijo, como hermanos, que sois más que hermanos. ¡Por amor de Dios, quereos mucho! Si no, no vamos bien" (De nuestro Padre). "Sentid en vuestras almas esta bendita fraternidad que se traduce en quereros de verdad, más que si tuviéramos la misma sangre: que, además, la tenemos, porque somos hijos de Dios, bañados y purificados por su Sangre misma, y elegidos con idéntica vocación" (De nuestro Padre).

Esos maravillosos vínculos que nos unen –congregavit nos in unum Christi amor- se manifiestan en caridad sobrenatural

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y cariño humano: "No tengáis miedo a teneros cariño, pero sin familiaridades (...) Que os queráis, sin ninguna cosa particular, que es de gente boba, mal formada" (De nuestro Padre); sin sensiblerías, sin apegos ni desapegos, con un amor que pase por el Corazón Sacratísimo de Jesús y por el Corazón Inmaculado de María.

Alter alterius onera portate et sic adimplebitis legem Christi (Gal 6,2); "... con tal delicadeza y naturalidad que ni el favorecido se dé cuenta de que estás haciendo más de lo que en justicia debes" (Camino, n. 440). Poner el corazón en el suelo, para que los demás pisen blando. "Implete gaudium meum, llenadme de alegría (Phil 2,2), y haced que ningún hijo mío -nadie en la Obra- sienta la crueldad de la indiferencia" (De nuestro Padre).

Manifestación necesaria de caridad es la oración y mortificación por nuestros hermanos. Especialmente, por los que más lo necesiten: "Pedid por el que esté más necesitado, para que la caridad sea en la Obra tal como el Señor la ha querido. Y todo por medio del Corazón Inmaculado de Nuestra Madre Santa María" (De nuestro Padre). La Oración Memorare (oración saxum la llamó nuestro Padre) aplicada por el que mas lo necesita, será para él (y quizá para nosotros mismos, más de una vez) una ayuda formidable. Vale la pena ser generosos.

En el día de guardia tenemos especialmente presente que la Obra es a la vez familia y milicia, con todas las consecuencias. Es una Costumbre encantadora, que hemos de vivir con intensidad: de alguna manera la fortaleza de los demás del Centro, y de la Obra entera, depende en gran parte de nuestra vigilancia.

"Bonus Pastor animam suam dat pro ovibus suis (Ioh 10,11), el Buen Pastor da la vida por sus ovejas. Daréis vuestra vida, como buenos pastores de vuestros hermanos, preocupándoos unos de otros con caridad, ejerciendo la corrección fraterna, cumpliendo con amor aquel mandato del Señor: compelle intrare (Lc 14,23), ayudándoles a seguir con alegría el camino de su dedicación al servicio de Dios" (De nuestro Padre). La práctica de la corrección fraterna sirve como de termómetro para calibrar nuestra caridad.