Programa de formación inicial (B-10), Roma, 1985/Apartado III 14

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APARTADO III Charla nº 14

Espíritu de mortificación y de penitencia

"Yo he venido para que tengan vida y la tengan en más abundancia" (Ioh 10,10). El Señor ha venido a ofrecernos la filiación divina: la participación en la vida íntima de la Trinidad Beatísima, que es Sabiduría, Amor y gozo inmensos.

"Paradoja: para Vivir hay que morir" (Camino, n. 187): morir para tener vida sobrenatural. "Si vivís según la carne, moriréis; si con el espíritu mortificáis las obras de la carne, viviréis" (Rom 8,13). Es preciso "morir cada día un poco", negarse: negar al "hombre viejo" (Eph 4,21), las obras que nos apartarían de Dios o dificultarían el incremento de nuestra intimidad con El. Para caminar hacia la santidad al paso de Dios hay que reducir con esfuerzo las inclinaciones desordenadas, las malas pasiones.

3. La mortificación es necesaria para ser santos, de ahí que nuestro Padre nos diga: "Mortificación, hijo mío, mortificación. No comprendo un alma santa sin mortificación". Con ella el espíritu se halla pronto para responder a los toques del Paráclito en el alma. (cfr. Camino, n. 130); es posible tener una imagen perfecta de Jesús (cfr. Camino, n. 212); y se puede ser fiel al Señor: la mortificación "es necesaria porque, si no te acostumbras a ser mortificado, en alguna ocasión irás de narices. Si no guardas la vista, si no tienes sujeta la concupiscencia (...). andarás mal. La mortificación es necesaria; por eso caen tantos que deberían ser modelo y ejemplo y, para encubrir su mala vida, resucitan viejas herejías. De modo que el espíritu de penitencia y de mortificación es absolutamente necesario para poder seguir a Cristo" (De nuestro Padre). "Si alguno quiere seguirme, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga" (Lc 10,23).

4. Es necesaria también para ser almas de oración, "porque la mortificación no es más que la oración de los sentidos" (Es Cristo que pasa, n. 9): "Si no eres mortificado nunca serás alma de oración” (Camino, n. 172). La mortificación ha de acompañar siempre a la penitencia (cfr. Camino, n. 200).

5. La mortificación es indispensable para la eficacia apostólica, porque: "La acción nada vale sin la oración: la oración se avalora con el sacrificio" (Camino, n. 81). Por tanto: "Primero, oración; después, expiación; en tercer lugar, muy en ‘tercer lugar’, acción" (Camino, n. 82).

6. La mortificación tiene un motivo primordial: la corredención a la que hemos sido convocados: "la participación en los sufrimientos de Cristo" (Pablo VI, Const. Ap. Paenitemini, 17-11-1966, II), pues como San Pablo hemos de suplir en nuestra carne lo que falta a la Pasión de Cristo por su Cuerpo, que es la Iglesia (cfr. Col 1,24). Nosotros somos los primeros beneficia-

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rios, pero la eficacia sobrenatural de nuestra mortificación alcanza a todo el Cuerpo Místico de Cristo, y aun al mundo entero.

Es medio necesario de purificación y desagravio: imitando a Cristo, que hizo de su Vida un holocausto como expiación por los pecados de toda la humanidad, nosotros -identificados con los sentimientos del Señor- "queremos ofrecer nuestra vida, nuestra dedicación sin reservas y sin regateos, como expiación por nuestros pecados, por los pecados de todos los hombres, hermanos nuestros; por los pecados cometidos en todos los tiempos, y por los que se cometerán hasta el fin de los siglos" (De nuestro Padre).

Algunas características de la mortificación:

Continua: "Como el latir del corazón. Yo no noto ahora el latir del corazón, pero se mueve, late; y ¡ay del día en que se pare! Os digo a vosotros lo mismo: en nuestra vida espiritual, la vida del corazón, que es ese latir, es ese esfuerzo por mortificarse en cada instante" (De nuestro Padre).

Buscarla en la vida ordinaria, en las cosas pequeñas: "El espíritu de la Obra, respecto a la mortificación, es que la busquemos y encontremos especialmente en las cosas ordinarias y corrientes" (De nuestro Padre). "He dices: cuando se .presente la ocasión de hacer algo grande... ¡entonces! -¿Entonces? ¿Pretendes hacerme creer, y creer tú seriamente, que podrás vencer en la Olimpiada sobrenatural, sin la diaria preparación, sin entrenamiento?" (Camino, n. 822).

Alegre y deportiva, porque el nuestro es un ascetismo sonriente: "Que os sepáis fastidiar alegremente y discretamente para hacer agradable la vida a los demás, para hacer amable el camino de Dios en la tierra. Este modo de proceder es verdadera caridad de Jesucristo" (De nuestro Padre).

Con libertad de espíritu; pues lo constante, lo habitual ha de ser esa disposición estable hacia la mortificación que nos permite descubrir, en cada circunstancia, el momento en el que el Señor nos pide una renuncia: "La santidad tiene la flexibilidad de los músculos sueltos, sabe desenvolverse de tal modo que, mientras hace uña cosa que le mortifica, deja de hacer otra que también le mortifica -no siendo ofensa de Dios dejar de hacerla- y da gracias a Dios porque le da aquella comodidad" (De nuestro Padre).