Programa de formación inicial (B-10), Roma, 1985/Apartado III 12

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APARTADO III Charla nº 12

Santa Misa y Eucaristía

1. La Santa Misa es el Sacrificio del Cuerpo y Sangre de Jesucristo, qué se ofrece sobre nuestros altares bajo las especies de pan y vino para perpetuar el Sacrificio de la Cruz, (cfr. Catecismo de San Pío X, 655; cfr. Apartado II-28, I, 1), de modo que podamos incorporarnos plenamente a él: es el Sacrificio de Cristo y de la Iglesia: "'Nuestra' Misa, Jesús..." (Camino, n. 533).

2. Es verdadero y propio Sacrificio, y no simple conmemoración de la Pasión y Muerte de Jesucristo.

Sustancialmente, el Sacrificio de la Misa es el mismo que el de la Cruz: un mismo Sacerdote y Víctima, e idénticos fines y frutos. Sólo existen diferencias accidentales: en cuanto al modo de realizarse.

Es centro y raíz de nuestra vida interior (cfr. Apartado II-28, I, 2-8).

3. Acudimos a la Santa Misa para identificarnos con Cristo Redentor; para hacer nuestro -El nos lo entrega- su Sacrificio único, de infinito valor. Nos los apropiamos y nos presentamos ante la Trinidad Beatísima revestidos dé los innumerables méritos de Jesucristo, aspirando con certeza al perdón, a una mayor gracia santificante y a la vida eterna; al tiempo que adoramos con la adoración de Cristo, satisfacemos con la satisfacción de Cristo, impetramos con la impetración de Cristo. Todo lo suyo se hace nuestros

4. Y todo lo nuestro se hace suyo. Nuestra oración, nuestro trabajo, todas nuestras obras, pensamientos y deseos, adquieren una dimensión sobrenatural, eterna. En rigor, todo cuanto hacemos adquiere valor en la medida en que se ofrece con Cristo, Sacerdote y Víctima. En la Santa Misa se cumple de modo sublime lo que dice nuestro Padre: "Cuando luchamos por ser verdaderamente ipse Christus, el mismo Cristo, entonces en la propia vida se entrelaza lo humano con lo divino. Todos nuestros esfuerzos -aun los más insignificantes- adquieren un alcance eterno, porque van unidos al Sacrificio de Jesús en la Cruz." (Via Crucis, X Estación, n. 5).

5. Identificados con Cristo Sacerdote y Víctima, nos convertimos en corredentores con Cristo. Nos ofrecemos con El, por El y en El y como El, en una entrega sin reservas de todo cuanto valemos y somos, a la divina voluntad, para la salvación de todas las almas. Así la Misa centra y colma nuestra vida entera: la limpia, la santifica, y nos lanza a una oración incesante, a un trabajo esforzado y apostolado continuo.

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6. Nuestra participación en la Misa culmina en la Sagrada Comunión, la más plena identificación con Cristo, como jamás la hubiésemos podido soñar (cfr. Ioh 6,54-57). ¡Ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mi! (cfr. Gal 2,20).

7. Nuestros Sagrarios son Betania (cfr. Camino, n. 322). En nuestros oratorios ha de hallar el Señor la conversación de Lázaro, llena de naturalidad y cariño; la atención amorosa, contemplativa, de María; el afán de servir con obras, de Marta. "'¡Tratádmelo bien, tratádmelo bien!'" (Camino, n. 531). Cfr. Ioh 12,1; Mt 26,6; Lc 7,36-50.

8. "Lo más importante en nuestro hogar es el Dueño de la Casa, Jesucristo (...); el Amo es El, que nos espera en el Tabernáculo -en el Oratorio de la sede del Centro, o en la iglesia habitual-, donde se halla realmente presente (...) Por esto, la primera obligación nuestra -gustosa obligación- en esta vida en familia es el Amor, la atención, el desvelo de nuestra piedad con Jesucristo Nuestro Señor (...)" (Del Padre).

9. "El Sagrario ha de ser un imán. Hemos de sentir la necesidad de acudir allí, muchas veces al día, aunque sea un instante: ¡te quiero mucho, Señor, ayúdame!" (De nuestro Padre). Saludar al Señor al entrar y salir de casa, con sosiego, con devoción y cariño, quizá con un Adoro Te devote! "Asaltar" Sagrarios (cfr. Camino, n. 876, 269» 270). Comuniones espirituales (cfr. Camino, n. 540)» Cuando no podamos acercarnos físicamente, hacerlo al menos con el pensamiento.