Presentación del libro de Ramón Rosal: "Naufragio y rescate de un proceso vital. Testimonio de un ex cura del Opus Dei"

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Ramón Rosal es autor del libro Naufragio y rescate de un proyecto vital, Editorial Milenio 2010.

Intenciones del autor al escribir este libro

(Por Ramón Rosal)

A partir de la narración de experiencias íntimas de mi trayectoria vital, con sus logros y sus fracasos:

  1. Ofrecer una reflexión crítica y testimonio sobre la praxis de los miembros del Opus Dei, que se diferencia de casi todos los libros publicados sobre la institución por tres características:
    1. Evitar caer en un enfoque maniqueo en el que sólo se destaquen los errores y se silencien los aciertos.
    2. Ofrecer el primer testimonio escrito por alguien que fue, además de miembro laico, también sacerdote.
    3. Ofrecer un escrito no bajo la influencia emocional de una crisis y desvinculación reciente, sino con la serenidad que puede facilitar la distancia de 36 años tras su ruptura.
  2. Mostrar el hecho frecuente de la falta de armonía o incluso contradicciones entre las ideas-madres de las instituciones y lo que luego se manifiesta en la praxis real de las mismas. Pienso aquí que no sólo en el caso del Opus Dei –tema de este libro– sino en otras instituciones como los partidos políticos, las facultades universitarias, la institución matrimonial, los sacramentos de la Iglesia, etc. Invitar al lector a contribuir en la crítica constructiva y creativa frente a estos hechos.
  3. Revelar algunas experiencias personales –presentes también en la vida de otros sacerdotes– sobre una vivencia de una relación cordial y profundamente afectuosa con compañeros del proyecto evangelizador.
  4. Mostrar la posibilidad del pluralismo o de estilos en la vivencia del sacerdocio ministerial, incluida su compatibilidad con su implicación en una actividad profesional civil, para una experiencia evangelizadora también en el Primer Mundo.
  5. Subrayar la importancia de contribuir a que en la Iglesia se llegue a superar de verdad la promoción de los laicos y las laicas, como algo normal y no sólo excepcional.
  6. Invitar al lector a que tome conciencia de cuál es su proyecto vital, cuáles son sus aspiraciones principales en la vida. Y se pregunte si tales aspiraciones son realistas y sanas, y si encuentra bien encaminado para lograrlas.
  7. Si el lector es una persona en la edad del adulto maduro, invitarle a preguntarse si es capaz de vivir la serenidad al darse cuenta de su experiencia de las limitaciones personales e institucionales, limitaciones que habrán podido impedir el logro pleno de sus aspiraciones juveniles. Aspiraciones respecto al amor, o respecto a su vocación profesional, o a posibles ideales sociales, políticos, científicos o artísticos, o a sus ideales evangelizadores.
  8. Invitar al lector a convertir las experiencias importantes de su pasado –tanto las positivas y gratificantes como las negativas y dolorosas en sabiduría para la vida.
  9. Animar al lector a contribuir al logro de una sociedad en la que se cultiven con profundidad los valores éticos, como un denominador común que puedan compartir tanto cristianos –católicos o evangélicos– como agnósticos o ateos humanistas, y, asimismo, los vinculados al Budismo, al Islam, o a los Hinduismos, etc.

Y que la cosmovisión principal a la que uno se encuentre vinculado (sea religiosa, agnóstica o atea) se viva a partir de una “fe inteligente”, capaz de dar razón de dicha fe, y no como una mera herencia, o como una rebelión emocional respecto a tradiciones heredadas.

Y en el caso de los cristianos, que sepamos disfrutar y enriquecernos con las aportaciones de este Siglo de Oro de la teología, de la admirable acción misionera y del testimonio de los conversos del siglo XX.

Intervención de Ana Gimeno-Bayón

Buenas tardes. Quisiera emplear los minutos que tengo destinados, a contemplar algunos aspectos del libro desde el punto de vista psicológico, para dar cuenta, a través de ese análisis, del perfil de la persona que asoma tras sus páginas.

No es extraño que buena parte de los libros críticos con el Opus Dei escritos por personas que pertenecieron a esa institución, estén marcados, como es natural y razonable, por un estado de ánimo bajo, fruto del desengaño y sufrimiento que el desarraigo respecto a aquélla ha producido. Buena parte de esos libros seguramente se escribieron poco tiempo después de la desvinculación, todavía desde una fase de duelo interior.

En cambio, el libro que ahora presentamos, ya desde el título, tiene un aire mucho más optimista y más íntimo. Ante todo, el autor se refiere a sí mismo y a la frustración de su proyecto. Pero también a la posibilidad de persistir en él, más allá de los desastres sufridos por su adscripción al Opus Dei. Creo que es ese llamamiento a la esperanza una de las notas más características del libro y del autor.

Efectivamente, en el libro se narra la ilusión juvenil ante el encuentro con una institución que parecía óptima para volcar en ella unos ideales apasionantes. Me viene a la cabeza, al respecto, una anécdota que me contaba el propio autor, a propósito de un amigo suyo, sacerdote, que inició la homilía del seis de enero diciendo: Hoy hablaré sobre “los tres Reyes Magos”, que ni eran tres, ni eran reyes, ni eran magos. Algo así le sucedió al autor, cuando descubrió que la expectativa prometida cuando ingresó en la institución, centrada en la vivencia de un cristianismo radical en medio del mundo, desde el seno de una “organización desorganizada” (como le gustaba decir al fundador) y haciendo una vida de cristiano corriente, se fue revelando, cada vez más como:

  • la vivencia de un cristianismo pacato, cada vez más inmovilista, más beato que radical, con una visión farisaica de Dios. Un Dios que reclama el diezmo del comino pero que mira con reticencia la amistad y el afecto interpersonal (familia de sangre incluida), despreocupado de la justicia social, un Dios desconfiado que vigila día y noche en una guardia permanente, empeñado en pillar en falta al ser humano y tener que condenarlo (eso sí, muy a su pesar). Un Dios bastante distinto del que nos revela Jesucristo en los evangelios.
  • se encontró también con una clara contradicción respecto a la vida prometida de un laico corriente, que se convirtió en la prohibición de hablar con media humanidad (la mitad femenina de ella), beber una coca-cola, ir al cine o leer los libros de gente tan sospechosa como los teólogos que son llamados como asesores en el Concilio Vaticano II. Tan contradictoria que hasta se hace sacerdote porque eso le permitía alguna variante de acercamiento a la vida laical –que es lo que él esperaba- respecto a los miembros numerarios del Opus Dei. Y quiero resaltar aquí que el último de los ejemplos citados, la prohibición de leer a los teólogos más innovadores fue uno de los mayores sufrimientos que vivió dentro de la institución, en la que estuvo sometido a un régimen de hambre intelectual permanente, que le pilló por sorpresa y que tanto daño le hizo, y creo que también a su salud física.
  • una organización autoritaria, estructurada hasta el mínimo detalle, en la cual, por poner un ejemplo, hubo un tiempo en que las numerarias tenían que pedir permiso para beber agua fuera de las comidas, o en la que se vigilaba el número de veces que se citaba al fundador en las homilías. Una organización tan escrupulosa en su normativa que, a fuerza de añadir reglas, obligaciones, subreglas y suobligaciones (no por pequeñas menos coactivas), necesita, para regir su vida cotidiana, nada menos que de quince libros repletos de toda clase de indicaciones detallistas a seguir al pie de la letra en los aspectos más mínimos del día a día.
  • un alejamiento de los ámbitos fronterizos de la fe, del diálogo con personas plurales desde el punto de vista religioso, para replegarse cada vez más “hacia los de casa”

Estas y otras promesas fallidas (a las que acaso luego aluda el autor), vividas con perplejidad y dolor, (y capaces de llevar a un desengaño agrio o cínico, como ha ocurrido en tantas ocasiones), no han logrado doblegar la esperanza del autor, que narra su ruptura con la institución y su retomar entre sus manos los restos de aquél proyecto juvenil frustrado, para reconstruirlo en lo posible. Ahora con la consciencia de un adulto de cuarenta años, que conoce las limitaciones propias y ajenas, pero que no renuncia a que su vida tenga sentido en la fidelidad a unos valores, muy por encima de la fidelidad a cualquier institución.

Y es que yo creo que el libro podría servir de ejemplo paradigmático para una clase de psicología evolutiva. Pensemos, por ejemplo, en un esquema como el que suelo dar a mis alumnos: el que emplea Romano Guardini para hablar de las edades de la vida. Este autor señala cómo, después del proceso de maduración de niño a joven, el sujeto va pasando por una serie de crisis que, si las supera, van moldeando su personalidad y convirtiendo al adulto joven en lo que él llama “persona responsable”, al adulto maduro en una “persona serenada” y al anciano en una “persona sabia” sucesivamente.

Pues bien, en este libro se recoge el testimonio personal y transparente, en primera persona, del paso por

  • el despertar ilusionado, y lleno de grandes proyectos, de la primera juventud,
  • el compromiso activo de un adulto joven, que va madurando a través de lo que Guardini llama “la crisis de la experiencia”, es decir: la constatación de que los proyectos iniciales son más grandes de lo que permite la realidad,
  • y la llamada, “crisis de la experiencia del límite”, (también conocida como “la crisis de los cuarenta”, o “la época de balance”), que en este caso cristaliza en la constatación de unos límites en la institución a la que pertenece que no es ya que reduzcan las aspiraciones idealizadas de la juventud, sino que entran en claro conflicto con los valores que profesa el autor y vacían su vida de significado, cosa que le lleva a una dolorosa ruptura y a un “partir de cero” para rescatar lo que pueda de su proyecto vital. Naúfrago con la vida hecha jirones, en una playa vacía, reemprende su trayectoria a la búsqueda de aquél tesoro espiritual que se le había prometido vanamente.

También él, como los buscadores de oriente a los que profesa una especial simpatía, sigue con coraje la estrella de la intuición, que le guía en su viaje aventurero y confiado.

El libro, pienso yo, es un buen reflejo de una trayectoria a través del conflicto y la soledad, realizada sin amargura. Es curioso que, a pesar de las claras críticas a la estructura de la institución, es un libro que rebosa respeto, cuidado y agradecimiento a tantas personas buenas e inteligentes como conoció en su periplo por el Opus Dei. Sólo por eso, vale la pena asomarse a esta manera de vivir valiente, coherente, sensible y generosa.

Cuando tiene que hacer una crítica –como la que hace, por ejemplo, al fundador del Opus Dei- no es sin antes preguntarse por la legitimidad moral de la misma. Ciertamente, ahí el libro se demora para narrar la lucha interna de su autor entre el impulso a hablar de lo que conoce y el de callar lo que pueda perjudicar la fama ajena. No son páginas perdidas: es en esas disquisiciones y preocupación por el cuidado del otro donde se manifiesta de manera más patente la calidad moral del autor.

Por otra parte, el carácter moderado, tranquilo, reflexivo de su discurso –lejos del desahogo impulsivo de la denuncia del injusto dolor sufrido que caracteriza, con toda lógica, a buena parte de los libros de ex-miembros del Opus Dei- no se debe tanto al tiempo transcurrido desde su marcha de la institución –el tiempo todo lo enfría- sino a una característica muy suya que diferencia bien la denuncia de la estructura como fraude que le vendieron en base a una publicidad engañosa, y las personas que pertenecen a la institución, siempre valoradas y respetadas en tanto que seguidoras de una opción personal que no es la del autor, pero que saben comprometerse en forma intensa y honrada. Opción que acepta como válida para aquellos cuya, psicología concuerde con los presupuestos reales del Opus Dei, siempre que no sean llamados a engaño, o forzados a través de algún tipo de chantaje espiritual. Al respecto, creo que una de las motivaciones del autor para escribir el libro es precisamente la de alertar ante una situación en la cual el proselitismo engañoso por parte de la institución, lejos de disminuir, se dirige a personas cada vez más jóvenes (ahora a partir de catorce años y medio, comprometiéndolas moralmente en contra de lo prohibido por el Código de Derecho Canónico y desapareciendo el tiempo de prueba que la Iglesia exige para todo compromiso serio de este estilo) y susceptibles de sufrir un naufragio similar al suyo.

Libro, éste que ahora presentamos, matizado, equilibrado, de una asombrosa transparencia e independencia respecto a unos y otros, que no es otra cosa que el reflejo de la propia transparencia e independencia de juicio del autor, a veces desconcertante en una sociedad tan habituada a los disfraces, las reticencias y lo políticamente correcto. Un libro “valiente y ponderado”, como me han comentado las personas que lo han leído. No es poco que una persona de setenta y ocho años, que ha pasado por las vicisitudes que vivió el autor, pueda escribir un relato tan lleno de claridad e ingenuidad (en el mejor sentido de la palabra) y tan lleno de amor a la vida.



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