Prescindir del propio juicio

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Por Demócrito, 2.02.2007


Quisiera aportar un punto de vista que contribuya a clarificar la problemática creciente de perturbación anímica y psíquica que aqueja a algunas personas que han estado – o siguen estando – sujetas a tensión personal de pertenencia a la organización.

Puede resultar razonable – los lectores expertos en la materia se servirán corregirme – aconsejar a un sujeto que pasa por una coyuntura mental o emocional extraordinaria o delicada que suspenda temporalmente su criterio, que no tome al calor de esa situación decisiones de las que luego podría arrepentirse y que se ponga en manos de personas de su confianza que le ayuden a pilotar por el camino que conduce a salir de esa situación.

Porque de eso es de lo que se trata; de salir y restituir cuanto antes al propio juicio el control de la situación. Es decir, recuperar la condición estable de persona madura responsable de sus actos; o sea, normal.

Pero por el contrario, en la organización se postula esa estrategia – necesariamente singular, transitoria y extraordinaria – como objetivo permanente al que tender.




No se me escapa que esa cesión irreversible de autonomía personal – intimidad incluida - en favor de un colectivo, comunidad o congregación se ha dado en otros tiempos pero la historia hay que leerla siempre en su contexto y esa forma de entender las relaciones jerárquicas en un lejano pasado – pongamos anterior a la revolución francesa, por simplificar – no era privativa de las organizaciones eclesiásticas. Pero en el siglo XXI eso, la verdad, tiene poco mercado. Afortunadamente.

Y a mí, que quieren que les diga, cuando conocí la Obra hace ya bastantes años, me parece que esto no era así.

La página opuslibros ha puesto de relieve la dificultad de seguir el hilo del pensamiento de San Josemaria; no es de extrañar cuando treinta años después de su marcha se siguen produciendo publicaciones inéditas y, por otra parte, sus sucesores han reservado una parte significativa de sus escritos.

Con todo y volviendo al tema recuerdo muy bien que el Padre estimulaba muy decididamente lo que él llamaba el numerador diversísimo de cada uno. Y alentaba una obediencia inteligente porque con cadáveres no voy a ninguna parte; yo a los cadáveres los entierro.

Ciertamente que en medio de la mentalidad imperante en España – y hasta hacía muy poco en toda Europa – a mediados del siglo XX, eso era una bocanada de aire fresco.

Y cuando escuché aquello de que el mandato mas fuerte es "por favor" no me limité a entenderlo como una declaración estética puramente formal sino que comprendí todo lo que expresaba de respeto, también por parte de quien manda, a la persona y dignidad del que quiere – porque quiere – obedecer. Y cuando los Superiores dejaron de llamarse así y pasaron a llamarse Directores comprendí mejor que cuando me tocaba hacer cabeza no me convertía en superior a nadie.

Ingenuo de mi. Por el contrario se ha extendido en los últimos años en la organización la sensación de que la autoridad divina que reviste y avala todas las indicaciones internas – incluidas las referidas a las cuestiones más nimias y banales – reclama para ellas una adhesión plena y apriorística; hasta aquí casi podría pasar. Pero se da un paso más; como consecuencia de ello se exige deshabilitar de los propios sistemas emocionales e intelectuales cualquier dispositivo de percepción, reflexión y decisión personal; desactivando también, naturalmente, los resortes reactivos, no vaya a ser que les dé por apreciar contrastes. Y todo ello con el carácter más irreversible de que uno sea capaz.

De manera que lo que debería ser una respuesta a una emergencia transitoria – distraete, no pienses más en ello, descansa, ponte en manos de ..... , suspende temporalmente tu propio juicio – pasa a aplicarse con carácter permanente. Como si a una persona se le prescribiera de por vida un tratamiento fuerte y excepcional para afrontar una situación extraordinaria... que se pretende convertir en permanente. Ya se comprende que una cosa así debe someter la integridad anímica y mental del sujeto a un difícil compromiso. ¿Cuál es el tributo para la salud que resulta del propósito de desautorizar por adelantado el propio juicio y de aniquilar la propia intimidad?

Y así se dicen ahora lindezas del tipo de que obedeciendo no se equivoca uno nunca (Dios mío, ¿No han servido de nada las lecciones del siglo XX?). Y se desliza la sensación de que cualquier reserva de intimidad personal resulta una amenaza a la fidelidad propia y que es germen de una traición a la organización. Un secreto con el diablo. Solo cabe una sumisión completa que incluye la disolución del propio yo. Mejor dicho, su negación.




Cuando debería ser justamente al revés. Apreciamos en la Obra, cuando la conocimos, un proyecto de vida que nos ilusionó, que persuadió nuestra inteligencia, que ofreció horizontes a nuestro afán apostólico, que concitó nuestra complicidad, que mereció, en una palabra, decantar nuestro juicio a favor de dedicarle nuestra existencia toda, asumiendo explícitamente renuncias de respetable calado... ¿A que viene que, a continuación, nos exijan demoler por completo y sin reservas nuestra capacidad de percibir, analizar, expresarnos libremente y estimar? ¿A quien puede perjudicar el ejercicio personal y permanente del don divino de la libertad individual, que, iluminada la conciencia por la gracia divina, nos condujo a asentir a su llamada?

No sé si ese camino es un buen atajo a la santidad pero parece bastante ajeno – que digo, refractario – al itinerario vital de cualquier persona buena corriente. Y, por descontado, cada vez será más difícil reclutar adhesiones a una cosa así. Cómo no sea entre aquellos niños nacidos en el seno de una familia de supernumerarios, educados desde el primer día en un colegio propio, que han acudido desde el principio a un Club, luego han pedido la admisión... ¿Para cuando queda que descubran y aprecien el valor de sus propias decisiones sin red?

¿Que atractivo apostólico puede exhibir un sujeto así? Me refiero entre sus iguales, compañeros de trabajo, amigos, si es que los tiene. ¿Qué posibilidades de explicar, entusiasmar y contagiar, cuyo es el soporte humano de un apostolado personal y aun del proselitismo legítimo?




Recuerdo que entre los autores bajo sospecha figuraba Ratzinger.

Benedicto XVI en el reciente encuentro con cardenales y obispos indicaba que uno de los retos que deben afrontar "los musulmanes del siglo XXI, como los cristianos en su día y aun ahora...", es el de "Acoger las verdaderas conquistas de la Ilustración, los derechos humanos, y especialmente la libertad de fe y su ejercicio, reconociendo en ellos elementos esenciales también para la autenticidad de la religión" (la cita corresponde a diciembre 2006 y se ha tomado de la prensa).

Afortunadamente el timón de la Barca de Pedro sigue en buenas Manos. En medio de las naturales tormentas...



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